Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Las afinidades del espíritu: una broma muy seria - II

Las afinidades del espíritu –una broma muy seria

Apuesto a que termino de escribir este artículo sin haberlo escrito. En parte, como el soneto de Lope de Vega, aquel que le manda hacer Violante. Seguro que lo escribo pero sin mencionar casi algún tema…

Yo he leído muy poco, muy salteado. Por eso pido perdón ante algunas fanfarronadas que, después de escribirlas, resultan altamente “cultas”.

Es porque mi memoria tiene metabolismo acelerado, y con lo poco que he leído puedo suscribir oraciones como aquellas con las que iba a empezar esta nota, de las que después me arrepentí, porque me dieron vergüenza por vanidosas. Y vanas.

Las fanfarronadas eran éstas, Dios me perdone:

Plutarco habla de vidas paralelas, Goethe de afinidades electivas, Proust de consaguinidad espiritual, Borges de precursores de grandes escritores como Kafka, es decir, afines en tiempos diferentes. En un libro de filosofía que estoy tratando de leer –o sea, de entender-, Clément Roset afirma que “la afinidad espiritual que vincula a Schopenhauer con Freud ha sido atestiguada por Freud desde el comienzo de su obra”.

¡Iba escribir al empezar el post esta frase! Y yo apenas abrí un día el libro de Plutarco que tengo a mi costado, y lo cerré; hojeé un día el Fausto de Goethe y lo cerré, y etcétera etcétera en lo que se refiere a todo eso.

Sin embargo, este juego me gusta. ¿Para qué tantas reverencias si lo más importante para mí, lo que más me gusta, es jugar?

Y son juegos muy serios, si es que no tuviera muchas objeciones contra ese último adjetivo.

Hago un aparte: eso de los adjetivos y sustantivos que gustan o no, que se saborean o se dejan a un costado del plato, se ve que es genético, me viene de familia y lo he dado en herencia. La última anécdota familiar al respecto es de mi nieta Lola, que aún no tiene tres años: se niega a comer “compota” porque no le gusta el nombre de ese postre. Pensándolo bien, a mí tampoco. Y no sé si podré volver a probarlo.

La ley de gravedad

Me deleita encontrar a escritores o pensadores o filósofos que apenas si conozco de nombre –bueno, hay excepciones y gradaciones de ese conocimiento-, parecidos en detalles sutiles.

Pero sucede con aquellos que conozco de nombre que los conozco porque están en la memoria de la humanidad, es decir en mi memoria de lectora –aunque sea de lectora de contratapas-, cuando leo algo siendo yo parte del mundo y no yo misma empecinadamente; perdida como individuo, olvidada casi de muerte y sólo pongo a funcionar mis capacidades de miembro de la especie, relaciono los grandes recuerdos que hay en mi memoria colectiva –y aquí también fanfarroneo, menciono a Jung.

Me gusta el juego, dije.

Y es el juego de escribir sobre ideas, aunque no se sepa.

Todo contribuye, todos contribuimos.

Puedo justificar estos juegos delirantes con algo que leí alguna vez y que de verdad recuerdo vivamente. Que todo es polvo, todo vanidad, vanidad de vanidades y sólo vanidad -y ni siquiera necesito poner comillas ni cursivas, quién va a creer que me lo quiero atribuir…

Amigos

Este post ya lo leyeron hace unos años, pero elegí repetirlo, porque mi pluma de ganso se niega a ser sostenida por mi mano más de 5 minutos, porque estoy algo melancólica…

Tenemos que separarnos después de once años, cuando aun los más secretos de ustedes ya eran mis amigos, aun aquellos cuyo nombre no supe nunca, ¿qué decir de Joise, José María, Vancho, Celestino, Felipe? ¿Qué decir del espíritu que está presente hace algún tiempo, nuestro querido José Itriago?

En medio de la ruta desierta, les dejo el más emocionado de mis abrazos

Mora

Monografias

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