Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Noviembre, 2017

Las afinidades del espíritu: una broma muy seria - II

Las afinidades del espíritu –una broma muy seria

Apuesto a que termino de escribir este artículo sin haberlo escrito. En parte, como el soneto de Lope de Vega, aquel que le manda hacer Violante. Seguro que lo escribo pero sin mencionar casi algún tema…

Yo he leído muy poco, muy salteado. Por eso pido perdón ante algunas fanfarronadas que, después de escribirlas, resultan altamente “cultas”.

Es porque mi memoria tiene metabolismo acelerado, y con lo poco que he leído puedo suscribir oraciones como aquellas con las que iba a empezar esta nota, de las que después me arrepentí, porque me dieron vergüenza por vanidosas. Y vanas.

Las fanfarronadas eran éstas, Dios me perdone:

Plutarco habla de vidas paralelas, Goethe de afinidades electivas, Proust de consaguinidad espiritual, Borges de precursores de grandes escritores como Kafka, es decir, afines en tiempos diferentes. En un libro de filosofía que estoy tratando de leer –o sea, de entender-, Clément Roset afirma que “la afinidad espiritual que vincula a Schopenhauer con Freud ha sido atestiguada por Freud desde el comienzo de su obra”.

¡Iba escribir al empezar el post esta frase! Y yo apenas abrí un día el libro de Plutarco que tengo a mi costado, y lo cerré; hojeé un día el Fausto de Goethe y lo cerré, y etcétera etcétera en lo que se refiere a todo eso.

Sin embargo, este juego me gusta. ¿Para qué tantas reverencias si lo más importante para mí, lo que más me gusta, es jugar?

Y son juegos muy serios, si es que no tuviera muchas objeciones contra ese último adjetivo.

Hago un aparte: eso de los adjetivos y sustantivos que gustan o no, que se saborean o se dejan a un costado del plato, se ve que es genético, me viene de familia y lo he dado en herencia. La última anécdota familiar al respecto es de mi nieta Lola, que aún no tiene tres años: se niega a comer “compota” porque no le gusta el nombre de ese postre. Pensándolo bien, a mí tampoco. Y no sé si podré volver a probarlo.

La ley de gravedad

Me deleita encontrar a escritores o pensadores o filósofos que apenas si conozco de nombre –bueno, hay excepciones y gradaciones de ese conocimiento-, parecidos en detalles sutiles.

Pero sucede con aquellos que conozco de nombre que los conozco porque están en la memoria de la humanidad, es decir en mi memoria de lectora –aunque sea de lectora de contratapas-, cuando leo algo siendo yo parte del mundo y no yo misma empecinadamente; perdida como individuo, olvidada casi de muerte y sólo pongo a funcionar mis capacidades de miembro de la especie, relaciono los grandes recuerdos que hay en mi memoria colectiva –y aquí también fanfarroneo, menciono a Jung.

Me gusta el juego, dije.

Y es el juego de escribir sobre ideas, aunque no se sepa.

Todo contribuye, todos contribuimos.

Puedo justificar estos juegos delirantes con algo que leí alguna vez y que de verdad recuerdo vivamente. Que todo es polvo, todo vanidad, vanidad de vanidades y sólo vanidad -y ni siquiera necesito poner comillas ni cursivas, quién va a creer que me lo quiero atribuir…

Amigos

Este post ya lo leyeron hace unos años, pero elegí repetirlo, porque mi pluma de ganso se niega a ser sostenida por mi mano más de 5 minutos, porque estoy algo melancólica…

Tenemos que separarnos después de once años, cuando aun los más secretos de ustedes ya eran mis amigos, aun aquellos cuyo nombre no supe nunca, ¿qué decir de Joise, José María, Vancho, Celestino, Felipe? ¿Qué decir del espíritu que está presente hace algún tiempo, nuestro querido José Itriago?

En medio de la ruta desierta, les dejo el más emocionado de mis abrazos

Mora

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Mientras maquillan a una muerta-

He visto, o imaginado (Principios sobre creatividad), a varias poetisas con párpados fosforescentes: verde para Olga Orozco (El rol de la mujer dentro de los contenidos curriculares), morado para Marosa di Giorgio, y es posible que ambos colores y algunos más estuvieran en los párpados de Delmira Agustini y de Juana de Ibarbourou, tal vez ninguno en Gabriela ni en Alfonsina (Mujeres latinoamericanas expresadas en versos…).

La enfermedad, y no siempre la actual, sino más bien antiguos padecimientos, es otra de las lámparas que hacen la iluminación o el clima de algunas señoras (El yo y la enfermedad). Por ejemplo, Milagros escribió:

Enfermedad o locura que me criaste de niña con comida de pájaros, que me pusiste plumas y pico y piel antigua de muñeca en banquete de flores que me queman; enfermedad tan bella que me diste los ojos erizados de la fiebre y me alcanzaste libros de palabras cantoras; ahora te perdono, todo lo que no pude es lo que pude decir en mis cuadernos.

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Se trata de Germinal Nogués…

Hace noches que sufro la pesadilla de una deuda impaga que no sé cuál es, de la que se me han borrado todos los recuerdos (La memoria de los olvidos: Manuel Scorza). De ella sólo sé que aparece en una pesadilla, en un sueño horroroso que trata de mis deudas impagas (Frente al espejo - relato).

Parece ser que se trata de una deuda de mucho más que dinero (Origen del dinero).

En fin, esta mañana me levanté igual, hurgando en la misma tristeza, sin encontrar una sola imagen, culpa o herida proferida por mí, más allá de las que me son bien conscientes (La literatura: una vía hacia un despertar de la conciencia crítica).

Tomé melancólicamente mi café.

Y otro vaso de agua.

El agua del segundo vaso circuló hasta llegar a mi cerebro, donde todo se esconde, como en cualquiera que se precie de persona (¿Qué es una persona?).

Entonces, ya en trance, me acerqué a la computadora, y seguía en trance cuando abrí Mis Documentos.

Pasé cientos de documentos guardados, la mayoría de las veces por neurosis de acumulación. Llegué a un nombre que hizo un ruido con compás: Germinal Nogués.

Era un archivo escrito por mí, un informe de lectura que -ahora empiezo a recordar- presenté en una editorial que previamente me había dado a leer un libro para que diera mi opinión.

Es el siguiente escrito, que no encomillaré por pertenecerme, y aparte, porque si no fuera mío, nadie se pelearía por ser su autor. Pero trata, eso sí, de algo de gran precio.

Sé que puede resultar un poco largo, más aún si se le suma el relato que lo explica.

Aunque si tienen paciencia se encontrarán con una bella, triste, enriquecedora historia que, además, aguarda su final y este final no depende quizá de mí sino de alguien generoso.

Copio el infome que escribí a finales del año 2000, creo.

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Violeta Parra y sus ratitas

Poco había escuchado a Violeta Parra (Un Encuentro con el Espaciotiempo), muy poco más allá de sus estremecedores “Volver a los 17″ y “Gracias a la vida” (El suicidio en el arte. Análisis histórico y cultural).

Las ratitas de biblioteca somos así: a veces nos perdemos los mejores platos del banquete y el vino más fino para tomar café descafeinado y bocaditos ligh (La otra biblioteca).

Acabo de escuchar un disco de Violeta -de aquellos discos “de 90″- y apenas empecé a escucharla me pregunté:

¿Qué cara me mira

desde lo hondo de su música?

Pero dudé al anotar la última frase; ¿no será desde lo hondo de su voz? (Ser o no ser. La duda de Hamlet).

Aunque su voz no es honda, ella lo es, su vida y su muerte lo son y, más que su música, sus letras, y sus tapices expuestos sorprendentemente en el Louvre (Museología y museo).

Ahora que se cumplió el centenario de su nacimiento -fue en octubre de 1917-, sé que ella durmió cien años en mi corazón, como la princesa de los cuentos.

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