Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Olvidos extraordinarios: Milosz

No es Czeslaw Milosz, que obtuvo el Nobel en 1980 (El Premio Nobel y los devaneos del ser humano), y de quien todos los que saben de literatura conocen algo (Entre palíndromos y retruécanos: cuando el aparato social se pone en marcha).

Es su tío, el olvidado Oscar W. de Lucbiz Milosz (Las barcas de la noche - cuento).

Para encontrarlo en Wikipedia no hay que dejar de recordar su primer nombre. Si uno escribe secamente su apellido, aparece Czeslaw -por otra parte, digno de una profunda lectura-, y si uno finalmente encuentra a Oscar, las informaciones son muy breves y hasta algunas están equivocadas (Ollantay).

Se subraya que fue diplomático y políglota, y se dice que era primo lejano de Czeslaw, como importante referencia (Cultura de los Incas).

Pero -aparte de la intrascendencia de los parentescos- Czeslaw no era primo lejano sino sobrino carnal de Oscar, y éste lo acogió en su casa de París y lo ayudó a pagar sus estudios.

También se dice que la madre de Oscar era una judía polaca de la localidad lituana donde Milosz nació, y que su padre era un ex oficial del ejército ruso.

Lo cierto es que su padre era el noble feudal de ese lugar, y su madre, una de las muchas criadas de su padre.

Este es un extracto de la historia que uno de sus más viejos amigos escribió, porque lo había oído de su boca:

“Como el poeta le había significado su deseo (al cuidador de su antigua casa en Lituania, que no sabía quién era él y lo trataba como a un visitante más) de visitar también el pabellón, no ocupado ya sino por el cuidador y su familia, atravesaron el jardín crepuscular, como aquella noche, y como aquella noche Milosz pudo ver la estancia donde furtivamente había vuelto solo a las altas horas, para despedirse del cadáver de su madre, cuando él tenía diez años. Y donde, habiéndose ocultado al sentir llegar a alguien, pudo presenciar desde su escondite la escena en que el terrible amo y señor -su padre- cubrió de besos insanos a la muerta -su madre-, y se golpeó la frente contra los bordes del humilde lecho de muerte.

“El rostro del verdugo decrépito aparecía demudado por no se sabía cuántos remordimientos, mientras el de la joven criada, su víctima, parecía transfigurado también por no se sabía qué perdón. Y el hijo, el niño poeta, sofocando sus suspiros, creía asistir al derrumbe de todo cuanto se nos enseña de bueno y de malo…

“Allí no se pondría ninguna lápida, y sin embargo Oscar podía decir, como había dicho, que ahí había comprendido de una vez por todas, siendo niño, ‘de qué muertes sordas, irremediables, están hechos los días de la vida”. Augusto D’Halmar.

Porque Vancho -Iván Salazar Urrutia- me ha hecho llorar (ver comentario de Vancho en el post pasado), voy a contar cómo yo “conocí” a Milosz en un paseo que hice con mi tío por el centro de la ciudad de Santa Fe.

Era noviembre del ‘68 -no, perdón, acabo de fijarme que escribí en el libro “Octubre 1967, junto a mi adolescente firma…

Nos metimos en la librería Colmegna, que creo que ya no existe, pero existió durante muchas décadas.

-Elige uno -dijo mi tío.

En la mesa de libros nuevos relumbraba uno de tapas celestiales; era en verdad un cielo al que lo atravesaban unas nubes blancas, y estaba escrito algo que sonaba muy bien: Milosz, y, más abajo: Antología poética.

Lo abrí antes de elegirlo, y leí el primer poema, “La Extranjera”, el mismo del que Vancho -ya lo dije, es cierto- hizo un análisis apologético el miércoles pasado.

Y claro, lo elegí.

Después ese librito, traducido por Lysandro Z. D. Galtier, prologado por Adolfo de Obieta -hijo de Macedonio Fernández, ya que se habló de parentescos-, me dio a lo largo de los años todo lo que es posible que te dé el mejor de los maestros y el poeta mayor de tu vida. Ahora es inconseguible, lamentablemente.

Envío

Es también extraordinario este regalo que les hago:

La berlina detenida en la noche

A la espera de las llaves

-él las busca sin duda

entre las ropas

de Tecla, muerta hace treinta años-

escuchad, señora, escuchad el viejo, el sordo

rumor

nocturno de la alameda…

Tan pequeñuela y débil, envuelta dos veces en mi capa,

yo te llevaré a través de las zarzas y de la ortiga de las ruinas

hasta la alta y negra puerta

del castillo.

Así el abuelo, antaño, regresó

de Vercelli con la muerta.

¡Qué recelosa, y muda, y negra mansión

para mi criatura!

Ya lo sabéis, señora, es una triste historia.

Ellos duermen dispersos en países lejanos.

Desde hace cien años

un lugar señalado los aguarda

en el corazón de la colina.

Conmigo su raza se extingue.

¡Oh Dama de estas ruinas!

Visitemos el bello aposento de la infancia: allí

la hondura sobrenatural del silencio

es la voz de los retratos oscuros.

Arrebujado en mi lecho

como en el hueco de una armadura

yo escuchaba por las noches latir sus corazones

en el ruido del deshielo, detrás de los muros.

¡Para mi criatura temerosa, qué patria salvaje!

La linterna se apaga, la luna se ha velado;

llama el alucón a su cría en el boscaje.

A la espera de las llaves

dormid un poco, señora. Duérmete mi pobre criatura, duérmete,

paliducha, apoyando contra mi hombro tu cabeza.

Verás cuán bello es el bosque ansioso

en sus insomnios de junio, ataviado

de flores -¡oh criatura mía!-, como la hija predilecta

de la reina loca.

Envolveos en mi capa de viaje:

la espesa nieve de otoño se funde sobre vuestro rostro

y tenéis sueño.

(En el haz de luz de la linterna ella gira, gira con el viento,

como giraba en mis sueños de niño

la vieja -¿recordáis

la vieja hechicera?-.)

No, señora, nada escucho.

Él es muy anciano,

su cabeza está trastornada;

apostaría a que ha ido a beber.

¡Para mi criatura temerosa, una mansión tan negra

en lo hondo del país lituano!

No, señora, nada escucho.

Mansión negra, negra.

Cerraduras mohosas,

enredadera muerta,

puertas aherrojadas,

postigos clausurados,

hojas sobre hojas desde hace cien años en las alamedas.

Todos los servidores han muerto.

Yo he perdido la memoria.

Para mi criatura confiada, ¡qué mansión más

negra!

Ya no recuerdo sino el naranjal

del tatarabuelo y el teatro:

los pichones del búho comían allí en mi mano.

La luna miraba a través del jazminero.

Eso era antaño.

Oigo un paso en el fondo de la alameda.

Sombra. Aquí llega Witold con las llaves”. Oscar de Lubicz Milosz

Mora

Monografias

Si le ha gustado esta entrada, por favor considere dejar un comentario o suscríbase al feed y reciba las actualizaciones regularmente.

Comentarios

4 respuestas a “Olvidos extraordinarios: Milosz”
  1. Iván Salazar Urrutia dice:

    Solo in instante, una catedral del tiempo,
    unos pocos segundos en la caparazón del oscuro
    caracol de jardín, un cósmico momento
    sin llaves para abrir la bóveda del tiempo,
    los goznes de la negra historia de los castillos negros.
    Es el tiempo estrecho para ramonear la nostalgia
    del no ser y no poder recuperar la pérdida,
    la pálida y bella pérdida del amor perdido.

    Ho, Amiga, luego será el óxido derruido del
    cementerio, del cementerio de Lofoten.

    Vade retro, tanto dolor de muerte insepulta.

  2. Iván Salazar Urrutia dice:

    Solo un instante…
    Oh, Amiga…
    (perdón)

  3. Iván Salazar Urrutia dice:

    Ayer murió Daniel Viglietti. Uruguayo cantor de nuestros pueblos. Poeta de los humildes. Voz de los sin voz. Estatura mayor de nuestros hermanos.
    Es tiempo de amarlo, antes que lo lloren los hipócritas.

  4. Joise Morillo dice:

    Tengo más de un amigo
    El científico, el músico, el obrero
    Irme de paseo;
    Es, lo que más deseo.

    Despistado en una jungla
    Ignoro definirle, de arboledas de cementos
    Lo cierto es que la sufro
    A causa de: leones, hienas y jumentos.

    Los caminos por mí andados
    Junto a mis tres amigos
    Son senderos desolados
    Por culpables y testigos.

    Entre la jungla, desolada;
    Con los tres, para que mas
    Como ocultos, fuera de la ensenada
    Hemos divisado dos surtidores de gas.

    Custodiados y acechados,
    Cual erario o tesoro
    Por leones y gendarmes malvados
    Y, dilapidados, por contables sin probidad, ni decoro.

    No son leones asesinos los enajenadores
    Son hienas que muerden garganta
    Mal timonel, marinos, violentos y agresores
    Empero, el verbo sus cerebros, quebranta.

    Estoy extraviado mas no perdido.
    Veo la tierra hoyarse cual toroides de burbujas
    El retorno a mi lar persiste tedioso, obstruido
    Como camino al purgatorio, como rúa de brujas.

    Oraré, a Dios por los amigos.



Deje su comentario

Debe para dejar un comentario.

chatroulette chatrandom

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda