Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Niño modelo (primera parte)

Miro la fotografía que me envía mi madre por correo (Inmigración a la Argentina - Daguerrotipistas y fotógrafos) y no puedo creer que ése sea el niño que yo fui (Recuerdos de mi pasado - Cuento).

El niño que yo fui tiene ya unos doce años en la fotografía, pero no hay rastros de mí, del que ahora soy, en él; ya no tengo ni siquiera esos ojos, ni la forma de la nariz o del mentón, ni los pómulos tan altos ni la sonrisa suave en labios delicados (Regularidad y cambio en la personalidad).

Un aura cubre al niño del retrato, y a esa aura la recuerdo muy bien. Casi debería contar esta historia como si yo fuera otro, al que lo envolvía ese resplandor (Bioenergética I).

Nací -o sólo recuerdo de mí este fragmento- para saber la verdad, para encontrar lo que se encuentra inmaculado dentro de los seres; para hallar la transparencia (El inquietante problema de la verdad).

Me desvelaba desde muy chico espiar detrás de las máscaras y hasta de mi propia máscara que sabía ajustada a mi nuca con un delgado elástico todavía posible de forzar. Yo sentía el roce de ese hilo elástico igual al que se usa para sostener los bonetes que les dan a los niños en las fiestas. Sentía que podía sacármela y ser yo después de algún entrenamiento; que era apenas un poco más difícil que desprenderme del bonete de papel metalizado (Las máscaras del ego).

Mi entrenamiento comenzó por las noches, en mi cama, antes de dormirme, horas antes de dormirme. Yo era un chico casi insomne.

Me entrenaba pensando, calculando, midiendo la manera de extraerme la máscara para llegar al fondo donde yo sabía que estaba yo, que estaba la verdad.

Al otro día, cuando medio dormido decía junto a mis compañeros: “Buenos días señorita Susana”, también sabía que estaba tirando del elástico para ajustarlo un poco más; me daba rabia y miedo.

Había perdido todo lo que había entrenado por la noche: no decir buenos días, no convidar mis caramelos al compañero que se sentaba en el banco de al lado a menos que yo tuviera de verdad ganas de convidárselos. Y nunca tenía ganas, pero siempre lo hacía.

Llegué a no respetarme demasiado; me miraba en el espejo y me sacaba la lengua, tan poco me estimaba cada vez que no cumplía con las enseñanzas que yo mismo me daba por la noche.

Me sacaba la lengua y me decía: falso. ¿Cómo era posible vivir en un planeta de tanta falsedad, y darme cuenta de eso, y ser falso también como los otros?

Me consolaba prometiéndome cambiar. Al otro día sería auténtico, aun cuando me mataran diría la verdad; a la señorita Susana le haría saber que no la respetaba, que sentía que no era inteligente, ni linda, ni afectuosa.

Allí me veía el aura, resplandeciente en el espejo, cuando me hacía estas promesas, y dejaba de sacarme la lengua.

Yo era en apariencia tan equilibrado, tan bueno, que maestros y profesores de música y dibujo hablaban de mí, me señalaban como un niño perfecto. Bastaba con parecer así, tan dulce y lleno de respeto, para conseguir la aprobación de casi todo el mundo.

En el silencio yo sabía que empezaba una parte de mí, aunque la sábana fuera un pequeño obstáculo para sentirme. Me rozaba el cuerpo y parte de la cara, la barbilla, esos lugares donde las sábanas fastidian y nos arropan sin acompañarnos.

Pero escuchaba el gran silencio unos segundos hasta que otra sensación -como expliqué, el roce de la sábana- venía a buscarme.

Después me quedaba dormido, y ya era muy tarde, era de madrugada o de alta noche, tenía ya casi que levantarme.

No sé si estaba dormido y era un sueño, o si despierto imaginaba un túnel que conducía mi cama hacia la escuela, no para seguir durmiendo, sino para seguir recostado con los ojos apenas abiertos.

En mi fantasía -porque si había sido un sueño después siguió como una fantasía que yo buscaba tentando imágenes oníricas cada vez que veía aparecer la primera luz-, cuando llegaba a la escuela, mis compañeros ya habían llegado por distintos túneles y con la cama, igual que yo.

Las pocas veces que me dormí temprano no tuve necesidad de imaginar estos trenes y túneles; me amanecía con una cierta voluntad, una cierta alegría que me llevaba caminando hacia la escuela.

Y además esos días -que fueron pocos- la máscara no me molestaba. Tampoco las de los otros, ni la sonriente de la señorita Susana, ni la bandera y la canción que cantábamos cuando la izábamos en el patio. Pocos días felices; eran puramente días de niñez o de infancia.

Yo crecía y seguían mis inseguridades de que detrás de los otros había otros y que detrás de mí tal vez un monstruo y no un muchacho de mirada transparente.

Llegué a convencerme de que la verdad, es decir mi musa, es decir la virtud de la cual yo estaba enamorado por puro capricho -como en cualquier amor-, era el Mal, sin embargo.

Me convencí de eso y la seguí amando más y más y los hechos les dieron la razón a mis convicciones y tengo casi la seguridad de que yo empecé a caer apenas nacido, como dije al principio, y por amor a esa mujer perversa, la Verdad.

Con la fotografía de cuando yo tenía 12 años me entregaron una carta de mi madre que pasó la censura. Ella me decía -y en lugar de “vos” me decía “tú”, quizá para hacerlo más poético-: “Sé que no fuiste tú”.

Tal vez Tú era ese niño de la foto y no completamente yo, por eso acepté esas palabras sin rebelarme en primera instancia.

Pasé ayer y antes de ayer con la carta y la fotografía entre mis manos, con ganas de saber la verdad, y la supe: sí, era yo por entero, mi madre estaba equivocada. Aunque es comprensible que una madre no acepte la condición extrema de un hijo.

La perdoné, pensé en mi primer acto de monstruo.

Mi primer acto de monstruo no parece tal, pero cargado de intención como estaba, se entenderá rápidamente que sí lo era. (Continuará.)

Envío

Mis más cariñosos saludos para Celestino, el mexicano. Para Vancho, chileno; para José María, catalán;

para Felipe, argentino; para Joise, venezolano. Y no creo que ninguno se salve de cuestiones muy serias de su país…

Si alguno vive en otra parte, por ejemplo en El Paraíso, que me lo haga saber y lo incluiré en mis cariños…

Mora

Monografias

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Comentarios

3 respuestas a “Niño modelo (primera parte)”
  1. Joise Morillo dice:

    Querida Mora, saludos y gracias por tan bello gesto (eterno) de amor a vuestros seguidores.

    Quiero, con el siguiente juego de frases, incluir un mensaje de optimismo y reflexión, mediante la abstracción a mis habientes en vuestro blog.

    “El mundo es de los hechos y no de las cosas”
    Wittgenstein

    No soy yo, es el mundo

    No había encontrado; belleza en mi alma.
    De pronto y fortuito ¿porque no? Observando mi espejo,
    Vi un rostro, uno que conocía, uno que sabía que existía
    Sin embargo, un rostro de alma insospechada.

    Un rostro, pulcro y prolijo, pero, sin lumen interior
    Ignorado por omisión, ¿qué importa mi entorno?
    Al fin, ¿qué importa el mundo? Ante toda causa estoy vivo.

    Empero, ese ánimo tiene algo que le sustenta
    Algo que no es mío solamente, pues, ¡no estoy solo en el mundo!
    Está mi origen, mi entorno, quien debía quererme
    en la medida de mi voluntad de dejarme querer o amar.

    Total ¡Sorpresa! Me he encontrado a mí mismo, por ende,
    Mirándome bien adentro, he encontrado mi razón de ser.
    Profundo en mi interior, he encontrado mi propia vida
    para disfrutarla, con “los demás”.

    Pues, existir no solo soy “yo”
    Es, el mundo.

    Os ama

    Joise

  2. José María Gil dice:

    ¡Hola Mora!
    Hoy, tras unas semanas fuera, me he reincorporado a la lectura de tus editoriales; es por ello que tengo pendientes algunos comentarios a los mismos.
    Miedo me da el posible final de este cuento. Su planteamiento de entrada es, al menos, inquietante.
    Por cierto, mi catalanidad es un tanto circunstacial. Fueron mi profesión y mis ansias por superarme lo que me hizo recalar en esa tierra. Pienso que igual me hubiera podido quedar en Francia o en Quebec. Pero me quedé en Cataluña y después de 45 años allí he aprendido a amar aquella tierra casi con furor.
    En realidad soy valenciano, al menos de nacimiento, y actualmente canario por derecho consorte y porque ya voy de camino al fin. Creo que es justo compensar así a mi compañera de siempre por el abandono de su tierra para acompañarme, durante tantos años, en mis locuras.
    Un beso

  3. Iván Salazar Urrutia dice:

    Qué cosa; qué cosas: ¿Cuándo el mentiroso dice la verdad?
    ¿Dónde la máscara: delante o detrás?
    ¿Y aquel que nos cuenta, qué nos cuenta,
    qué poetisa el poeta?
    Acaso el escrito ya era aún antes…

    ¡Buenos días! y el eco revoleteando entre los calendarios
    hasta repicar campana adentro de la propia catedral.

    Es el elástico, digo yo. No es que apriete
    un poquito, un tanto, quizás; es más bien
    ancla que besa la mar
    de una boca y otra boca, con sus labios
    deseosos ambos de pasión.

    En fin, que para eso están las madres,
    sonríen en la tempestad y mienten
    para que sus hijos miren con ojos de felicidad.
    Aún cuando no fui yo, tal vez sí fui
    porque aún conservo en mi
    la tiza del maestro y su lección:
    Es, el mundo.



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