Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

La poesía de ciertas ropas antiguas (antología). Una curiosidad de mi memoria

Quiero vestir a mis personajes, de vez en cuando (La monja Alférez y su construcción frente a la sociedad).

A veces redacto un cuento, una perlita que ocurre en la Antigüedad o en la Edad Media (Literatura. Jorge Manrique), y mis personajes andan, supuestamente, desnudos. No los veo bien y casi nadie puede observarlos de cerca, dibujados en su imaginación (La radio, un medio para la imaginación). Nadie está muy seguro de cómo se vestía en otras épocas (La duda de Hamlet).

Leo una semblanza de Doña Juana la Loca –cuya historia de amor, desde chica, desde que me la contaron en la escuela, me estremece y a la vez me enternece y alguna vez la contaré (Delirios de amor)- y encuentro una nota al pie (Cómo hacer referencias en un trabajo escrito),  que es la siguiente:

“Es llamativa la evolución en el atuendo de Juana en los dos retratos hechos por Juan de Flandes (…) Aparte de ganar a su esposo en atractivo, se observa que el recatado vestido del primer retrato se pasó a uno de escote generoso (…) En ambos retratos Juana irradia una lozanía incitante, muy diferente del enigma y distanciamiento que palpita en otros dos, algo posteriores, que hemos mencionado. Curiosamente, Talavera (el padre confesor de Juana) da más importancia a la recatada ocultación del pecho masculino que del femenino: ‘Es mengua de buena vergüenza traer descubiertas algunas partes del cuerpo… Así como a los varones y aun a las mujeres es vergonzoso los traer descubiertos los pechos… verdad es que las mujeres que crían deben traer las tetas ligeras de sacar’.”

Intrigada, corro a buscar La Historia del Vestido, entre los libros de papel primero, en Internet después (Publicar o morir: Apología de la lectura).

Los antropólogos se ocuparon muy poco del tema, según veo

En Internet encuentro videos que son como flashes silenciosos y dan una mirada rápida a los años 30 y 40 del siglo pasado, para dar un ejemplo, o a la hermosa vida de Coco Chanel, pero la historia del vestido, la vestimenta o las vestiduras aparece en píldoras.

Finalmente encuentro lo que estaba buscando. Es lo poco que hay, además de esta recomendable monografía (Historia del vestuario).

Empieza diciendo, bajo el título Hacia una antropología de la indumentaria: el caso de los guambianos, como si fuera yo la que escribiera, quejosa:

“Los trajes son tema sobre el cual debían expresarse con frecuencia los antropólogos, pero ha ocurrido precisamente lo contrario: se ha mantenido un silencio sospechoso… En los textos recientes de Antropología Social las alusiones son tan escasas que cualquier lector desprevenido podría concluir que los nativos viven desnudos. El silencio de los antropólogos se parece en algo al de los Hombres Importantes de Nueva York, para quienes el vestuario es un asunto capital, aunque sobre el particular no mencionen palabra alguna. ‘Prácticamente –afirma Tom Wolfe- todos los hombres influyentes de Nueva York son fanáticos sobre las ventajas marginales de vestir a la moda. Pero estas ventajas constituyen una especie de insignia secreta para ellos, por lo que el tema es tabú. Ni siquiera quieren dar la impresión de que se interesan al respecto’.”

Y más adelante dice este autor que “Existen indicios positivos de que la tendencia de decorarse el cuerpo está arraigada en nuestra herencia de primates. Los chimpancés, por lo menos los que están en cautividad, se divierten decorándose con trapos y cuerdas, pintándose el cuerpo y retozando con ánimo exhibicionista… En consecuencia, el vestirse y adornarse, aun si hemos de concederle la inspiración de nuestros antepasados pre-humanos, resulta ser un producto esencialmente humano, como el lenguaje y la fabricación de herramientas.

-Todo lo citado en este apartado pertenece al libro Hacía una antropología de la indumentaria, que estaba escribiendo alguna vez Ronald A. Schwarz, Ph. D. y no sabemos si terminó, pero algunos de cuyos capítulos andan navegando por acá y por allá, en mi computadora.

Otras perlitas

Quizá no se ocuparon los antropólogos de nuestra vestimenta, pero escritores y poetas, pintores y escultores sí lo hicieron.

Me impresionaba al leer a Marcel Proust su preocupación por la ropa de sus personajes femeninos. Voy a buscar en La prisionera algo que recuerdo entre sombras, pero con impresión; veamos si lo encuentro…

¡Por supuesto que lo encontré, abrí el libro en el lugar preciso!

Donde el protagonista consulta a la duquesa de Guermantes sobre un vestido rojo para Albertina

“…si encontraba a la duquesa envuelta en la bruma de un vestido de crespón de China gris… me dejaba invadir por la atmósfera que desprendía, como ciertos atardeceres envueltos en algodón gris perla por una niebla vaporosa; si, por el contrario, aquel vestido era chinesco con llamas amarillas y rojas, la miraba como a una puesta de sol muy luminosa…

“Desgraciadamente, yo no tenía tiempo de prolongar indefinidamente esas visitas, pero solo con cuentagotas podía obtener de madame de Guermantes los datos sobre sus toilettes, que me eran útiles para encargar para Albertina otras toilettes del mismo estilo, en la medida en que podía llevarlas una muchacha.

“-A propósito, duquesa, el día en que iba usted a comer a casa de madame de Saint-Euverte… llevaba un vestido rojo, con zapatos rojos, estaba usted asombrosa, parecía una gran flor de sangre, un rubí en llamas; ¿cómo se llamaba aquel vestido? ¿Puede llevarlo una muchacha soltera?

“La duquesa, dando a su rostro ajado la radiante expresión que tenía cuando Swan le decía galanterías, miró llorando de risa, con un aire burlón, interrogativo y feliz… Parecía decir ‘¿Qué le pasa, está loco?’. Después, dirigiéndose a mí con gesto mimoso:

“-Yo no sabía que pareciera un rubí o una flor de sangre, pero recuerdo, en efecto, que he tenido un vestido rojo; era de raso rojo, como se llevaba en aquel momento. Sí, en rigor una muchacha soltera puede llevar eso, pero usted me ha dicho que la suya no sale de noche. Es un vestido de gran gala, no se lo puede poner para hacer visitas.”

De Gente de la Edad Media, de Eileen Power

Una carta del Ménagier a su esposa, un ama de casa parisiense en el siglo XIV (fragmento):

“Cuida de estar vestida honestamente; no te pongas adornos extravagantes y no lleves demasiadas, ni tampoco escasas, fruslerías. Y antes de salir de tu alcoba y de tu casa, ten cuidado de que los cuellos de tu camisa no sobresalgan uno del otro, como les sucede a ciertas mujeres ebrias, tontas o necias que no cuidan su honor ni el recato de la dignidad, suya o de sus maridos, y que caminan mirando con ojos extraviados y con la cabeza terriblemente levantada como un león, y los cabellos desgreñados y fuera de la toca (…) Por lo tanto, dulce hermana, debes cuidar que tu cabello, tu caperuza y el resto de tu atavío estén arreglados y decentemente ordenados… Mantén al caminar la cabeza erguida, ten bajos los párpados y no parpadees, mira en línea recta delante de ti a una distancia de cuatro varas…”

Envío

Tal vez si alguno está leyéndome se pregunte: “¿Cuál es la curiosidad de la memoria de Mora, al fin?

Pues no es al fin, sino al principio. Se me ocurrió ponerle el título de una obra de Henry James a esta nota, dudé si era exacto, busqué en Google y… ¿qué apareció?

“La poesía de ciertas ropas antiguas”, Monografías.com, Mora Torres, etc. ¡Cita mi artículo del 15 de septiembre del 2011!

¿Se había roto el reloj del tiempo, influido por mi adorado Einstein?

Rotundamente no. Algo –pequeño como un olvido- se había roto en mi memoria, una nota del año 2011 que ya no recordaba.

¡Felices días a los que están leyendo y a los que se olvidaron de leerme! Besos especiales para José María Gil… y muchos más…

Mora

Monografias

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Comentarios

2 respuestas a “La poesía de ciertas ropas antiguas (antología). Una curiosidad de mi memoria”
  1. Iván Salazar Urrutia dice:

    MARIANITO
    Así, simplemente, con permiso, Marianito….
    Nunca supe de su figura, de su pelo colorín; tampoco de su voz pastosa tan lejana del canto…
    Pero “uno busca lleno de esperanza el camino que los sueños le trazaron a sus ansias”, eso, eso sí.
    Qué suerte la mía, de pequeño me gustaron los tangos, y hoy tienen sabor a padre – sastre, a fiesta de amigos en el barrio, a las pocas, pero buenas fiestas familiares.
    “Cuartito azul, dulce morada de mi vida…” y yo caminando buscando el sentido de esa vida mía.
    Era Marianito, Marianito Mores.
    Y sí, vestía de pelo colorín, de pianista, creador de músicas para vestir los poemas de los mejores poetas argentinos… y creador de recuerdos para pasear la memoria y tributar aquellas chispas que aún se acurrucan en alguna parte del caldero del pasado.
    No te mueras antes de terminar este saludo de amor. En veinte años más nadie sabrá de este saludo y tú seguirás vivo.

  2. Joise Morillo dice:

    Hola Mora

    Interesante post. Si, sin lugar a dudas, el objeto del vestido es protección, tanto espiritual (social-cultura), como físico. Esta sujeto a las conductas de quienes le utilizan, en ello priva en gran medida, la natural o exacerbada vanidad de los individuos que al menester, prestan sumo interés. Y al medio que se circunscriben.



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