Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El cielo se escribe

Escrito en una tablilla con punzón:

Y en este día doy fe por el dios-sol Utu que soy

un artista de los textos, un compositor de

canciones, un poeta, y que en tierras lejanas

donde no se conocen el pueblo de Sumer ni la

palabra escrita se recitarán mis obras como textos

sagrados y los hombres se postrarán ante mis

palabras.

Rey Shulgi, 2100 a.C.

Me encontraba por esos caminos del pensamiento sin estribos (El pensamiento creativo), con una duda (Las dudas): ¿los libros en papel seguirán existiendo para siempre?, cuando buscar una respuesta me arrancó una sonrisa.

Es que, con bastante torpeza (Saber Leer), fui a consultar a Barthes (El post estructuralismo francés -que murió en 1980 y nunca tuvo una computadora (Historia de las computadoras)-, y encontré lo siguiente:

“El soporte de la escritura, la cosa sobre la cual se escribe, es a veces denominada por los historiadores ‘materia subjetiva’; de esa manera ellos intentan decir que en la escritura una sustancia dada es puesta bajo la mano, como el suelo bajo los pies del que camina; y ese contacto entre la piel y la materia no puede dejar de incidir en el sujeto; éste acepta fatalmente su cuerpo. Si existen fatalmente tantas escrituras como cuerpos, desde un punto de vista histórico existen tantas escrituras como soportes (…) Si el número de los instrumentos fue siempre limitado en el curso de la historia, su materia fue muy variada: primero la roca, la piedra, la pizarra, la arcilla, la cerámica, el oro, el marfil, el vidrio, el bronce, el hierro, las láminas de cobre o plata, los caparazones, la madera, el papiro, el cuero, la tela, el papel. Se puede decir que la humanidad ha escrito sobre cualquier cosa, indiferentemente…”.

Y agrega más adelante:

“En cuanto al papel (que es nuestro material), nos llegó de China mediante los árabes; durante el alto Medioevo ya existe el papel en Samarcanda; el primer manuscrito europeo sobre papel es del siglo XI: es el misal de Silos, una localidad próxima a Burgos. (…) …ya antes de la creación de la imprenta este material ha ganado la partida. Pero no faltan las resistencias: Gerson, en 1402, prohíbe a sus alumnos el uso de papel y recomienda el pergamino, la única materia que se concilia con la perennidad de los textos. Es el inicio de toda una mitología que por medio de proverbios y lugares comunes identificará el engaño de lo escrito, su futilidad y su precariedad con la fragilidad del papel”.

Existe un librito delicioso -hablando de soportes de la escritura-, con muy poca letra, de un gran escritor. Es La historia de mi máquina de escribir, de Paul Auster, con ilustraciones de Sam Messer. No lleva más de unos minutos leerlo y mirarlo.

En realidad es una historia de amor, o, como es tan breve y tiene profusión de retratos de la Amada -de la musa inspiradora, de la máquina de escribir llamada Olympia, digamos-, tal vez más bien sea un poema de amor.

Se sabe por el autor de qué modo conoció a Olympia en 1974, cuando ella tenía ya 12 años, y cómo ella respeta los silencios de Paul sin un quejido. También Auster documenta los accidentes que sufrió, las cicatrices que nunca se borraron, sus hábitos de higiene -es como las reinas antiguas, no se asea más de unas pocas veces al año.

Esta historia, al fin, me emociona, como cuando mis viejas amigas recuerdan sus romances de juventud, pero además me hace buscar una frase que acabo de leer y que es de Barthes… la encuentro, está entre paréntesis: “(Una costumbre ligada a nuestra civilización en lo que ésta tiene de transitorio; en Estados Unidos todo es escrito directamente a máquina: misivas, textos literarios, sin ninguna preocupación humanística)”. (Es hora de que yo también escriba entre paréntesis: esta frase de Barthes, leída en la era de las redes sociales, me hace acordar al pudor entendido por mi abuela, que criticaba a mis amigas el largo de las polleras ¡y el de las mangas!: “se le veía todo el brazo”.)

Lo que cité por último de Barthes fue redactado en los mismos años en que Paul Auster  comenzó su aventura con Olympia. Creo que esta historia de amor es en sí una “preocupación humanística”, una refutación concreta a Roland Barthes.

Yo, que nací en la mitad del XX -es decir que me basta mirar un poco hacia atrás para ver el comienzo de ese siglo, y mirar un poco hacia delante para contemplar el del XXI-, aseguro que su sonido no es el de las catedrales que se hunden, los tanques de guerra, la bomba atómica, ni siquiera el de la música dodecafónica ni de los Beatles.

Ese tiempo está cubierto por el sonido de las máquinas de escribir.

Mi ciudad era -o es- muy burocrática. Sus edificios fundamentales eran la legislatura, la casa de gobierno, la facultad de derecho y las oficinas públicas en general. Además había muchos escritores. Osadamente diría que era una ciudad de abogados, empleados públicos y narradores -siento un cierto temor de que algunos artistas plásticos y músicos me salgan al cruce…

En fin, para mí el sonido que cubre el siglo XX es el de la máquina de escribir. Hasta parece emerger de los libros de Arlt, Scalabrini Ortiz, Quiroga, García Márquez -latinoamericanos, no estadounidenses.

Sale de las redacciones de los diarios, que estaban en el norte de la ciudad y que las maestras nos llevaban a visitar para que conociéramos el oficio del periodismo; sale de las oficinas ministeriales en donde trabajaban mis padres, y de la misma máquina de escribir que ocupaba el centro de mi casa.

Para salvar el buen nombre de mi admirado Roland Barthes, copio uno de los párrafos que amo de su obra, porque sí:

“Parece haber existido una relación privilegiada entre la astronomía y la escritura. En el famoso quipo de los incas… la ciencia de los números que se pone en juego remite, al parecer, a períodos astronómicos (los seis orientes eran distinguidos mediante colores diversos). Entre nosotros, el sistema de los signos del Zodíaco es como un compendio de las posibilidades estructurales de la escritura, que mezcla las formas figurativas a las geométricas. El cielo se escribe; o también: trascendiendo el lenguaje, la escritura es el lenguaje puro de los cielos.”

Envío el mejor cielo para cada uno.

Mora

Monografias

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Comentarios

6 respuestas a “El cielo se escribe”
  1. Iván Salazar Urrutia dice:

    Mora, amiga: De puro viejo uno olvida lo que otros dijeron y cree, inocente, que lo dijo uno. R. Barthes dijo la mayoría de las cosas que creo digo yo. Del mismo modo tú comentas comentarios que podrían ser míos si yo fuera tan buen comentarista como eres tú.
    Te envío un poema y muchos saludos para los viejos amigos de esta pantalla: Joise… no, no se puede nombrar a ninguno sin nombrar primero a nuestro Itriago. (saludos a todas y todos)
    MIRO EL ALTO CIELO.

    Miro el alto cielo y pienso
    Que ya no somos tan serios,
    Que el tiempo nos ha quitado ese rictus profesional.
    Que cada río en los pies descalzos,
    Que cada brisa tropical en la camisa,
    Que cada golpe de políticas,
    Cada gozne de miradas,
    Y cada asiento orillas de camino
    Nos ha llevado de la mano
    Hasta aquí.

    Y, ahora, yo te quiero pensar,
    Y no te pienso. Te quiero conocer
    Y no logro desenredar la mirada.
    Amor quiero andar de a pie en tu sendero,
    Volar de colibrí sobre tu flor,
    Ser nube y ser azul para tu cielo
    Y no logro Viole mía ser tan tuyo.

    Miro el alto cielo y pienso
    La artesanía del amarte cada día.

  2. felipe humberto rizzo dice:

    Querida Mora, hubo un tiempo en que los hombres escribían con una pluma de ave, y quiero pensar que si así lo hacían es porque sabían que los pájaros usan el cielo como si fuese papel. Sus trazos son sus vuelos y con su aletear riman sus versos y con sus planeos lo hacen en prosa; cosa que el hombre no puede igualar y cuando lo intenta con sus modernos artificios de vuelo, solo borronean y manchan su inmaculado azul.
    Volver a la pluma sería lo ideal, y así los modernos poetas podrían echar sus poemas a volar y competir con los pájaros para ver quien de los dos maneja la pluma mejor.
    Abrazos
    Felipe

  3. Iván Salazar Urrutia dice:

    Los Cuentacuentos son magníficos. Se saben o se sienten escuchados y comienza a desbordarse una narración que hipnotiza a la concurrencia. Ellos no escriben, ellos no precisan una materialidad que dé permanencia. Es su voz, misma que se llevan por los caminos, cafés, plazas, y -seguramente- a la intimidad de una alcoba.
    Los Cuentacuentos son la voz que desde antaño y vericueteando, llega a nos.
    Los Cuentacuentos escudriñan la mirada del oyente y penetran en lo profundo escondido.
    Ay, por favor, por piedad, que nadie los grabe nunca. Que su voz sea siempre un recuerdo que muere con el recordante.

  4. Joise Morillo dice:

    Hola querida…y todos

    Se le escribe y le escriben como se escribe un poema y se escribe de los poetas, toda una relación sujeta al interés del individuo y los que conforman un colectivo, que contempla estéticamente la belleza del universo, su esplendor y magnificencia y, de los pocos a los cuales le importa un bledo lo que la vanidad no entiende que es el consumismo y, a lo cual ese concepto no abordan. Por Fútil y tribal.

    La estética de la poesía es el sentimiento plasmado de la fuente al contenedor, es casi ontológico su teleología comprende la pureza del alma, con fuente de inspiración relajada en la mente del genio, quien le crea.

    Puede ser dañina o inicua todo depende del objeto al que se dirige y el sujeto que le concibe.

    Os ama
    Joise

  5. Celestino Gaitan dice:

    Amada Mora…
    …amados Tod@s.
    Hoy por fin me he regalado, dentro del ajetreado vivir (o debería precisar…sobrevivir), este remanso que ha resultado como un agasajo de bohemia literaria; Sutilezas que nos unen, Arte, Poesía, Sensibilidad, Curiosidad o el simple ejercicio de ser Amorosos?, o volver a estar enamorado…?
    Desconozco de que estaremos hechos, pero me leo y me encuentro en sus palabras, esta vez tuve que elegir por mi retrazo y escogí para empezar por “El cielo se escribe”, los he disfrutado, les doy las Gracias por Ser y como quedé vacío, sin palabras esta vez me expreso con “Tu que nunca serás…” y me adueño del “Soy” (que siento que me define). Bellos Poemas de su Alfonsina Storni…

    Tú que nunca serás…
    Sábado fue y capricho el beso dado,
    capricho de varón, audaz y fino,
    mas fue dulce el capricho masculino
    a este mi corazón, lobezno alado.

    No es que crea, no creo; si inclinado
    sobre mis manos te sentí divino
    y me embriagué, comprendo que este vino
    no es para mí, mas juego y rueda el dado…

    Yo soy esa mujer que vive alerta;
    tú, el tremendo varón que se despierta
    y es un torrente que se ensancha en río

    y más se encrespa mientras corre y poda.
    ¡Ah, me resisto, mas me tienes toda,
    tú, que nunca serás del todo mío!

    SOY
    Soy suave y triste si idolatro, puedo
    bajar el cielo hasta mi mano cuando
    el alma de otro al alma mía enredo.
    Plumón alguno no hallarás más blando.

    Ninguno como yo las manos besa,
    ni se acurruca tanto en un ensueño,
    ni cupo en otro cuerpo, así pequeño,
    un alma humana de mayor terneza.

    Muero sobre los ojos, si los siento
    como pájaros vivos, un momento,
    aletear bajo mis dedos blancos.

    Sé la frase que encanta y que comprende
    y sé callar cuando la luna asciende
    enorme y roja sobre los barrancos.

    Celestino, 31/Oct./2017
    Monclova, Coah.Mx.

  6. José María Gil dice:

    Conocí a Barthes una fría tarde de Noviembre de 1974 en la “Librería Española” de París, en el 72 de la Rue de Seine, durante mi primera época en aquella ciudad. Él se encontraba al fondo de la sala interior del establecimiento en compañía del escritor Juan Goytisolo y del dramaturgo Fernando Arrabal, atendiendo seriamente a los comentarios del primero y riendo con hilaridad las disparatadas excentricidades del segundo. Fue precisamente Fernando quien tuvo el detalle de presentarme a sus amigos.
    La Librería Española de Antonio Soriano, refugio intelectual de notables exilados españoles de la dictadura franquista, era frecuentada también por muchos escritores franceses y de otros países, todos ellos amantes de la libertad.

    “La Librería Española de Antonio Soriano del 72 de la Rue de Seine, fue durante décadas el punto de cita obligado de todos los exiliados españoles del 39 y los viajeros de la Península de paso por París: desterrados y visitantes ávidos de lecturas vedadas por el franquismo nos reuníamos en ella como en un café. La simpatía acogedora de Soriano invitaba a la convivencia: después de comprar u hojear las novedades publicadas en Francia o las que llegaban de Iberoamérica, proseguíamos la plática en la trastienda” (Juan Goytisolo: Antonio Soriano y la Librería Española de París, El País 12 Dic. 2005)

    Hasta esa fecha yo sólo conocía a Barthes a través de su libro “El Grado Cero de la Escritura”, en una edición argentina de los 60; una auténtica revindicación del lenguaje escrito. A partir de entonces he tenido el placer de poder leer otras obras suyas en versión original.

    Volví a ver a Barthes en otras ocasiones y siempre me pareció una persona elegante, sumamente culta y discreta. En algunas de sus opiniones parecía disentir bastante de los planteamientos de su contemporáneo Sartre.Todavía tengo muy presentes algunos libros suyos como “Elementos de semiología”, “Crítioca y verdad”, “El sistema de la moda”,”La cámara lucida”, “El placer del texto” y algunos otros…

    Es ahora cuando llega lo más curiosos de este comentario que aporto, ya que unos años más tarde y precisamente durante una corta estancia en París, me enteré del accidente sufrido por el escritor precisamente al siguiente día del suceso. La mañana del martes 26 de Mayo dos compañeros cirujanos del Hospital Cochín comentaban, en el el área de lavado de manos del quirófano de Cirugía Ortopédica, la noticia del atropello y lo extraño que resultaba que el herido hubiera sido trasladado al Hospital de la Pitié Salpétriere, cuando el lugar del accidente estaba más cercano a nuestro hospital. Barthes había sido atropellado la tarde anterior por una furgoneta de reparto al atravesar la Rue des Ecoles, cuando regresaba de un almuerzo al que había acudido invitado por el político Francois Miterrand.

    Aunque las lesiones al principio no parecían importantes, el proceso se complicó por una infección sobrevenida y una profunda depresión personal y Barthes acabó muriendo (dejándose morir, según algunos) unas semanas después. Tenía 65 años. El entierro se celebró en un ambiente discreto, casi íntimo, y sus restos reposan en el cementerio de Urt, un pueblo rural cercano a Bayona.

    Un mes más tarde fallecía Jean Paul Satre. Su entierro en Montparnasse fue algo multitudinario.



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