Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Las actitudes frente a la muerte: una cita y un cuentito breve

Encuentro el libro que hacía años había perdido y que anhelaba recuperar (Los dados mágicos…): Historia de la muerte en occidente desde la edad media hasta nuestros días, del gran Philippe Ariés.

Lo vuelvo a leer y vuelvo a entender que el pasado es el más prodigioso de los tiempos, que en sus árboles crecen gemas preciosas que uno puede arrancar con las manos… (Hacia el olvido), pero además, ¡qué gran trabajo ha hecho Ariés! (La muerte en la historia).

Es un historiador, un antropólogo, un visionario de lo antiguo, un literato que escribe con ardor sobre un tema que parece frío (Los relámpagos de la muerte).

Frío para esta época que no admira la vida y por tanto tampoco puede admirar lo que la complementa, lo que la hace real: la muerte.

Escuchemos cómo dice que la familia, el médico y su equipo son “los dueños de la muerte, del momento y también de las circunstancias de la muerte, y se ha constatado que se esfuerzan por conseguir del enfermo un acceptable style of living while dying, un acceptable style of facing death“.

“El acento está puesto sobre acceptable. Una muerte aceptable es una muerte tal que pueda ser tolerada por los vivos. Tiene su opuesto: el embarrassingly graceless dying que pone en un apuro a los supervivientes, por cuanto desencadena una emoción demasiado fuerte, y es precisamente la emoción lo que conviene evitar, tanto en el hospital como en cualquier otra parte de la sociedad. Uno sólo tiene derecho a conmoverse en privado, es decir, a escondidas.

“He aquí en qué se ha convertido la gran escena de la muerte (…) Los ritos de los funerales también han sido modificados. En el ámbito de la muerte nueva y moderna, se intenta reducir a un mínimo decente las operaciones inevitables destinadas a hacer desaparecer el cuerpo. Importa ante todo que la sociedad, la vecindad, los amigos, los colegas y los niños adviertan lo menos posible que la muerte ha pasado…

“Una pena demasiado visible no inspira ya piedad sino repugnancia; es un signo de desequilibrio mental o de mala educación: es mórbido. En el interior del círculo familiar, se vacila aun a la hora de ceder al llanto, por miedo de impresionar a los niños. Sólo se tiene derecho al llanto si nadie lo ve ni lo oye: el duelo solitario y retraído es el único recurso, como una suerte de masturbación…

“Una vez abandonado el muerto, hay que olvidarse de visitar su tumba.”

Mis cenizas (el cuentito breve)

Escuché al médico comunicárselo a mi familia; percibí a mi familia llena de pena, buscando en el desconcierto un alivio ligero: “Pero doctor, ¿está seguro de que es ella?”.

Mi querido Martín, mi novio, se acercó desesperado y declaró: “Yo desayuné con ella hace unas horas”.

El doctor lo miró respetuoso, pero con pocas palabras lo devolvió a la realidad: “Esta no es una investigación policial, ella murió en el accidente”.

Hubo ajetreo, trámites. Al fin llegué en una caja a un lugar lleno de fuego.

“No es el Infierno -me dije-, sólo es el crematorio; como estoy muerta, no me va a doler.”

Era tan triste esa especie de teatro, de teatrino de titiriteros en llamas.

Y aunque creyéndome muerta veía y escuchaba, fue cuando sentí el horror de quemarme viva cuando comprendí.

No estaba muerta; pronto lo estaría.

Dividieron mis cenizas entre mi novio y mi familia. Eran dos frascos de cristal o de vidrio morado.

Mi familia destapó el suyo en el Parque del Sur y echó a volar el contenido sobre los árboles y el lago que yo tanto había amado.

Mi novio, que tanto me había amado a mí, lo colocó sobre la chimenea de su casa, junto a los retratos de sus padres y el de Borges y una estatuilla de la diosa sin brazos.

Con amor, para ustedes

Mora

Monografias

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Comentarios

3 respuestas a “Las actitudes frente a la muerte: una cita y un cuentito breve”
  1. Joise Morillo dice:

    Hola queridísima, saludos, en vuestras manos encomiendo mi letra.

    Nietzsche en “Más allá del bien y del mal” escribió que: los únicos que tenían derecho a proferir y dispensar piedad son los mandatarios malos (tiranos, déspotas) porque tienen en su haber decidir entre quien vive y quien muere, el espíritu dionisiaco “anti judaico-cristiano”

    Por lo cual afirmaba:

    “No debemos sentirnos culpables, no debemos sentirnos en deuda con nadie, ¡no permitamos que nos hagan juicios morales, que nos arrepintamos de nuestra fuerza, de nuestra voluntad dominante!, ¡«des judaizaos», amigos!, ¡sed como una «bestia rubia» triunfal en la batalla, bárbaros, dionisiacos!, ¡zafémonos del resentimiento, no dejemos que crezcan gusanos dentro de nosotros: venganza inmediata u olvidar! ¡Vamos, aves rapaces!, ¿acaso no tenéis hambre?, ¡allá a lo lejos veo oscuros corderos, enseñémosles nuestra alegría y nuestro amor!”

    Además, se postuló en la esfera de los espíritus libres. En “Así hablaba Zaratustra.”, insinuando negar a Dios.

    ¿No es tu piedad misma la que no te permite seguir creyendo en Dios? ¡Y tu excesiva honestidad te arrastrará más allá incluso del bien y del mal!
    Mira, pues, ¿qué se te ha reservado para el final? Tienes ojos y mano y boca predesti-
    nados desde la eternidad a bendecir.

    (…) En mis dominios nadie debe sufrir daño alguno; mi caverna es un buen puerto. Y lo que más me gustaría sería colocar de nuevo en tierra firme y sobre piernas firmes a todos los tristes.

    Mas ¿quién te quitaría a ti de los hombros el peso de tu melancolía? Para eso soy yo demasiado débil. Largo tiempo, en verdad, vamos a aguardar hasta que alguien te resucite a tu Dios.

    Pues ese viejo Dios no vive ya: está muerto de verdad.

    Entonces nada tiene de extraño que médicos con espíritus diabólicos “dionisiacos” asuman de entre sus enfermos quien debe vivir o por quien se debe luchar para que viva y a quien dejar morir. Ahí no hay compasión, la ética cabalga sobre una hoz blandida por “guadaña” entre los lirios perfumados de una bata blanca.

    En nuestros tiempos todo depende del impulso crematístico, la moral, sucumbió para Dionisio. Creo, no estar meando fuera de pote, no soy un romántico desfasado como un retrograda comunista, ni un radical derechista, soy el hombre que pretende hacer un análisis desapasionado de la miseria humana y la voluntad de poder con “Nietzsche”, a quien no admiro, pero respeto por su integridad literaria, aunque desprecie su nihilismo.

    Os ama
    Joise

  2. felipe humberto rizzo dice:

    Querida Mora, a mi edad, 77 años, uno se vuelve temático y la idea de la muerte forma parte de mi pensamiento en un intento por comprender que se esconde tras su macabra máscara, quizás es tan grande su soledad que busca llenarla de vida y es por eso que nos la quita.
    Una reflexión sobre el tema.
    LA FINITUD DEL TIEMPO

    Acaban de abrirse las puertas del más allá.
    Una luminosa figura me invita a entrar.
    Me detengo, sé que es el fin y el comienzo de la eternidad.
    Ya mi carne comienza a degradarse.
    Siento el nervioso cosquilleo de los gusanos.
    Están ansiosos, quieren apoderarse de mi cuerpo.
    Sé que no podré detenerlos mucho tiempo más.
    Mi espíritu se rebela, no acepta la promesa de los Dioses.
    Morir para después vivir eternamente.
    Cruel mentira la de ellos.
    Esperanzas falsas dice mi razón.
    ¿Qué será de mis sueños y esperanzas?
    No hay pasado, presente, ni futuro.
    No tienen cabida en la infinita eternidad.
    No más recuerdos, no más afanes, no más sueños.

    Por favor les pido, olviden sus promesas.
    Déjenme morir en paz, ya mi tiempo ha terminado.
    Al final descubrí su juego:
    Consolarnos de la finitud de la vida,
    Es la forma de justificar la debilidad de vuestro poder.
    Son capaces de engendrar vida de la nada.
    Pero incapaces de desafiar la muerte eterna.
    Poderoso Dios que todo lo puede.
    Incluso acabar con el Universo todo.

    31 de Julio de 2.015 Felipe Humberto Rizzo

  3. José María Gil dice:

    ¡Hola,Mora!…, mi sorprendente escritora y amiga.

    Dejo aquí unas reflexiones relacionadas con el tema y una pequeña historia que bien podría ser un cuento de los tuyos, si no fuese porque sucedió así.

    Las reflexiones:
    Creo que las actitudes frente a la muerte pueden ser muchas y muy variadas, ya que todas ellas tienen la virtud o el defecto de ser personales, incluso cuando la muerte sucede de forma colectiva.

    La muerte, cualquiera que sea el motivo o su mecanismo, es el único suceso personal, intransferible y último en la vida de cada persona. Por ello ante la muerte, aunque nos veamos rodeados de sanitarios, familiares o amigos, siempre estamos solos. Es la soledad del tránsito hacia algo nuevo y desconocido.

    Por otro lado, las actitudes frente a la muerte dependen de múltiples factores y circunstancias relacionadas con el origen, la educación, la religión, las creencias, el estilo de vida y los numerosos sucesos (trascendentes o no) que nos han acompañado o han condicionado nuestro devenir.

    Finalmente, las circunstancias de cada final de vida, contempladas de manera objetiva, desmienten la frase tan manida de que “la muerte nos iguala a todos”, ya que no es lo mismo morir en un ambiente de paz, asistidos por quien más nos quiere o rodeados de familiares y amigos, que morir en la cama de una unidad de cuidados intensivos, solos, agobiados por lo cruel y fatal de la enfermedad e invadidos de cables eléctricos adheridos a nuestra superficie y de tubos en todos nuestros orificios naturales, o también morir solos y a oscuras en el fondo de una mazmorra, o sometidos a torturas, o siendo violentamente atropellados en un espacio público por un vehículo conducido por un terrorista.
    Ni siquiera el momento del entierro nos iguala, pues como ya es sabido, “a más dinero mejor entierro”.
    Una última reflexión me hace pensar que, en lugar de investigar o conocer cuáles son las actitudes frente a la muerte, si no sería preferible buscar cuáles deberían ser tales actitudes para que la muerte pueda llegar a ser un tránsito aceptado y natural.

    La historia:
    Hay en mi biblioteca un libro que adquirí hace años, durante mi época en París, en una “librairie de livres anciens” en la pequeña “Rue de La Boulangerie”, junto al Sena y frente a la “Ille de la Cité”. Se trata de una obra de finales del medioevo titulada “Ars Moriendi” (L´art de bien mourir) en una edición comentada de 1986. En su Prólogo hay una cita que pertenece a “La Imitación de Cristo” (obra de Tomás de Kempis) y que dice: “Bienaventurado aquél que tiene siempre ante sus ojos la hora de su muerte, y que se dispone cada día a morir”.
    Cito este libro, no sólo porque viene al caso en esta ocasión, sino también porque mi pequeña historia tiene una relación indirecta con el mismo, ya que los hechos sucedieron el mismo día de su adquisición.

    Era ya entrada la tarde de un día de invierno, cuando yo salía del hospital “Hôtel Dieu”, cuya fachada da a la misma Plaza de Notre Dame, junto a la catedral. El día había comenzado sereno y frío, pero la tarde se había vuelto desapacible y las primeras gotas de lluvia me sorprendieron cuando atravesaba el Sena por el “Petit Pont” para dirigirme por la calle Saint Jacques al viejo edificio de La Sorbona donde mi esposa, profesora agregada de Historia Medieval, estaría ya próxima a finalizar una de sus clases.
    Yo venía de presentar una ponencia en una reunión de Medicina Ortopédica y Manual y por tal motivo mi aspecto era más arreglado que en los días normales de trabajo por lo que, al no llevar conmigo el paraguas y queriendo evitar empaparme la ropa, entré en aquella pequeña librería tantas veces visitada por Jorge Luis Borges y Pablo Neruda. Aproveché para hojear algunos de los libros dispuestos en hileras en las mesas del fondo y adquirí el ejemplar del Ars Moriendi, pero no tuve que esperar mucho más, pues la lluvia cesó de repente y pude reemprender mi marcha con cierta prisa.
    A los pocos metros, cuando me hallaba cerca de la iglesia de San Severín, la lluvia arreció de nuevo y esta vez acompañada de viento. Ante la imposibilidad de poder tomar un taxi en aquel lugar y aquella hora, me vi obligado a refugiarme en el templo (refugium pecatorum) por una pequeña puerta situada en un lateral de la fachada posterior que da a una sala por la que se accede al interior de la iglesia y en la que ya se habían refugiado también otras personas.
    Tras comprobar que aquel aguacero iba para largo, decidí pasar al interior de aquel templo, donde el silencio y la tibia luz que emana de las vidrieras del maestro Chagall siempre han causado en mí una agradable sensación de paz. En aquellos momentos el interior del templo comenzaba a estar ya en penumbras y yo me senté frente al altar mayor, en el extremo de uno de los primeros bancos del lado derecho, junto al pasillo central. Fuera del templo la tormenta seguía arreciando y la fuerza del agua resonaba de manera continua en la techumbre y a ráfagas impulsadas por el viento en algunas de las vidrieras.
    Ignoro el tiempo que estuve allí en silencio, pensando en mis cosas, aunque no sería mucho, cuando, al tiempo que se iluminaban algunas lámparas del altar y de la nave central, por la misma puerta por donde yo había entrado comenzó a entrar gente muy arreglada que se fue acomodando en varios de los bancos del lado izquierdo. Al mismo tiempo, desde el fondo del pasillo central unos hombres acercaron una especie de túmulo funerario sin féretro que quedó emplazado ante el presbiterio, a pocos metros del banco donde yo me hallaba sentado.
    Supuse que se trataba de un oficio funerario o de una misa conmemorativa por algún difunto y, como la lluvia no daba señales de parar, decidí quedarme al oficio.
    Un sacerdote, flanqueado por dos acólitos con candeleros, accedió al altar y dirigió unas palabras de bienvenida a los presentes y una plegaria de intenciones para con el difunto, de quien hizo también una breve semblanza. No resultaba fácil de entender lo que decía, al resonar sus palabras en una iglesia tan grade y casi vacía, en donde se mezclaban también los ruidos procedentes de la fuerte lluvia, pero sí pude captar que el finado, cuyo nombre traía a mi mente lugares y paisajes más allá de los Urales, era viudo y sin hijos, había fallecido hacía menos de un mes, siendo en vida muy querido y respetado por sus vecinos y compañeros de trabajo y llevaba largo tiempo viviendo solo, lejos de su país.
    No me resultó extraño que el sacerdote, hiciera su breve discurso dirigiendo sus miradas a ambos lados de la nave central, pero lo que sí llamó mi atención es que al dirigir sus palabras hacia los bancos del lado derecho, donde por cierto sólo estaba yo, algunas de las personas que ocupaban los bancos del lado izquierdo dirigieran una y otra vez sus miradas hacia mí. Pensé que algo extraño estaba ocurriendo que escapaba a mi control.
    No soy persona que llame poderosamente la atención por su aspecto, aunque algunas veces me han preguntado si soy alemán del norte o de alguno de los países bálticos. De hecho soy algo más alto que la media de mi país, de contextura fornida, cabello rubio claro, tengo los ojos muy azules y cuando no he llevado barba siempre he llevado un bigote pelirrojo muy poblado y con guías. Si a ello sumamos la prenda de abrigo que llevaba ese día y el gorro invernal peludo que descansaba a mi lado en el extremo del asiento del banco, probablemente podía pasar por ruso. Y creo que eso es lo que sucedió exactamente porque, al terminar la misa, el sacerdote vino directamente hacia mí para expresarme sus condolencias más sinceras y tratar de consolarme y darme ánimos con sus buenas palabras, tras lo cual, me deseó un buen viaje de vuelta a mi país.
    Yo no sabía qué hacer, pero creí que lo más conveniente era no soltar palabra alguna en francés y capear la situación con una espiración profunda y una inclinación de cabeza que indicaran a la vez dolor y agradecimiento.
    Fueron unos momentos tensos en los que lo pasé mal, pero lo peor vino a continuación, pues una vez el oficiante se hubo retirado con sus acólitos hacia la sacristía, los ocupantes de los bancos del lado izquierdo comenzaron a desfilar ordenadamente ante mí y allí fueron besos, abrazos y apretones de manos, acompañados de frases de conduelo y de ánimo, a las que yo no podía responder sino con gestos. Llegué a tomarme tan en serio mi papel que me parece recordar que hasta se me humedecieron los ojos más de una vez.
    Cuando hubo pasado el último deudo o amigo del difunto, opté prudentemente por sentarme en mi lugar y permanecer allí con semblante compungido, hasta que la iglesia quedó vacía y terminaron de oírse voces y murmullos en la sala contigua a la entrada.
    Cuando salí del templo había dejado de llover, el tráfico en la calle era denso y las aceras volvían e estar llenas de gente.



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