Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

¿Quién es el fantasma?

¿Quién es el fantasma?

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Monólogo de la señora que compró la casa que soñaba

Yo había soñado desde niña con vivir en esta casa. No sé bien por qué; me parecía que cada vez que pasaba por aquí ella me lo pedía, y me contaba cuentos (Las pesadillas y los terrores nocturnos…). O me hacía advertencias: “No pises la baldosa rota”, cosas así (El hospital Santa María de Punilla).

Tal vez porque en esa edad ya empezaba a descubrir un secreto terrible que las personas mayores me ocultaban. No era el sexo (Notas para comprender la sexualidad humana). Era la muerte (La muerte).

Empezaba a sentir que algún día, por más lejano que pudiera ser, también yo moriría (¿Quién puede escapar de su destino?). Y esta casa tenía, a mi modo de ver, todo lo que se necesitaba para el caso: el aspecto muy fúnebre, el tamaño -era cinco o seis veces más grande que cualquier casa de mi ciudad-, la antigüedad. Los vecinos decían que se conservaba -lo decían cuando yo era chica- desde hacía unos 200 años, y que ningún desastre la destruiría. Ninguna guerra, ningún vendaval.

Era para sentirme aquí segura en los últimos años; casi estaba convencida de que la muerte no se atrevería a ir a buscarme al ver los mármoles más sombríos que ella misma. No se atrevería a abrir el portón de madera trabajada con ángeles caídos y caras de demonios, como para recordarle que ella no era lo peor, que lo peor era el mal.

Cuando, ya de vieja, volví a mi ciudad, la casa soñada estaba en venta. En todos los años de mi ahora larga vida no había estado habitada, me dijeron.

Los herederos vivían en España y finalmente se habían decidido a hacer los trámites necesarios para liquidarla desde allá. Se la dieron para vender a una inmobiliaria.

Fueron los de la inmobiliaria los que me la mostraron por dentro, y nada me decepcionó; todo lo que prometía la fachada se cumplía en su interior. Y había algo todavía mejor en esta casa que una promesa cumplida: era mucho más grande por dentro que por fuera, como si una, a medida que caminaba por sus pasillos abriendo puertas, fuera creando habitaciones.

Fui feliz cuando calculé que lo que había ahorrado toda la vida más lo que me dejaron mis padres -un lindo departamento-, alcanzaba para pagar esta maravilla, para recuperar mi infancia tan perdida.

Antes de mudarme, aunque ya muy dueña de mi sueño y con papeles, me pregunté cómo amueblar los múltiples ambientes. El dinero no me alcanzaba para tanto, y además tenía que seguir viviendo.

Las viejas no gastamos mucho, sólo me compro un prendedor, unas medias de seda y unos guantes de vez en cuando, pero además está la comida, los artículos de limpieza, los impuestos.

Decidí llevar apenas algunos muebles para llenar un dormitorio y una sala de estar. Mi idea era transportarlos por diferentes habitaciones cuando me cansara de esas dos que estaba utilizando.

En una casa de antigüedades adquirí todo y también un espejo de cuerpo entero para mirarme al salir, aunque hasta el momento, nunca me vi.

Los de la casa de antigüedades me ayudaron a acomodar los muebles.

Mi dormitorio quedó algo victoriano, muy romántico, con cierto lujo de lámparas y cortinas.

Para sala de estar elegí en la planta baja una cercana a la puerta de entrada, que es el ambiente más pequeño de todos. Y aún así, como arriba, en mi propio cuarto, tengo que ponerme los anteojos de ver de lejos para admirar las molduras del techo. Y ciertas manchas que parecen caras, ¿hay humedad?

En el ambiente más pequeño de la casa entraron mi gran biblioteca, el enorme escritorio, una mesa estilo chippendale y varias sillas, dos sillones con tapicería inglesa y, entre todo esto, desconcertante y desconcertado, el televisor.

Aun así parecen sobrar demasiados espacios y que rondan objetos y personas que quieren ocuparlos, y algo parece llenar el aire de cosas mucho más antiguas que mis muebles, cosas como muertas.

Estoy tan loca que me reprendo a mí misma: “¡Vos eras la que soñaba desde chica con esto! ¡Hay que adaptarse, o morir!”.

Me asusté ante mi propio reto y empecé a tratar de ver las cosas de un modo más amable.

Acostada en mi cama por la noche, oigo pasos en el piso de abajo.

Pasos tan sutiles que todo me lleva a pensar que es mi imaginación la que los da, aunque siempre tuve tan fino el oído, que lo dudo.

¿Pasos imaginados o pasos de fantasma?

Porque lo vi puedo decir que sí, que es un fantasma, yo que siempre quise ver a algunos de ellos y no lo conseguía, tanto que me volví escéptica ante todo fantasma, gnomo, vampiro, espíritu; o casi escéptica.

Lo inexplicable es que él no tiene conciencia de que lo es, no tiene conciencia de sí mismo.

Lo sé porque encontré algo más raro que un fantasma, encontré lo que ha escrito un fantasma.

Y en su escrito estoy yo, pretende entre otras cosas describirme. Y se atreve a decir: “Tendré que convivir con este espectro chillón”.

Monólogo del señor que habita desde hace años en la casa

Esta mañana escuché ruidos, oí caerse objetos pesados, gente que hablaba de manera vulgar: “lo pongo aquí, lo pongo acá, no, no, mejor del otro lado, enfrente”; ésta era una voz chillona a la que respondían dos hombres de modo grosero, parecidos a los que conducían el carruaje cuando yo era chico, a quienes mi padre hacía callar mientras mi madre preguntaba lo que estaban diciendo. Voces vagas lejanas.

Bajé y vi la ropa que usaban: no puedo describirla, venían de otro mundo se diría. Ambos hombres y la mujer de la voz estridente habían olvidado la peluca, y todo respeto en el vestir. A la mujer podían observársele completamente las piernas, de las rodillas hasta los pies. Casi desnuda, los brazos descubiertos, y ya no era ninguna jovencita, todo lo contrario. Los pies también estaban casi desnudos, entrelazados con tiras de cuero.

Se me cruzó la idea de que fueran fantasmas, yo que constantemente me burlo de esas creencias. Además, suponiendo que lo fueran, consideré inadecuado que en el reino de los muertos se vistieran y conversaran de ese modo.

Pensé entonces que podría haberse desatado una revolución y se habría dado muerte al representante del virrey, invadiendo mansiones y propiedades para repartirlas a la gente del pueblo.

En fin, no supe cómo entender todo esto, y ellos no me miraban, tal vez no me veían.

Nací en esta casa y a medida que mis padres, hermanos, sobrinos y otros parientes morían, yo me quedaba solo y me encerraba más.

Creo que fue esa soledad la que me preservó -esa soledad y mi hábito de no comer ni beber.

Soy un caso rarísimo y si bien perdí la cuenta exacta de mi edad, debo tener mucho más de 200 años, y estoy entero. Muy delgado quizá, pero esa falta de peso es la que me transporta sin que yo haga esfuerzos, y mi levedad impide que me caiga, con lo que podría quebrarme los huesos, no obstante que no siento hueso adentro mío ni músculo ni víscera.

Mi memoria no falla; puedo recordar tanto y tantas historias poner en orden cronológico que sospecho que mi memoria y mi inteligencia están intactas.

Sigo con el relato de los revolucionarios o fantasmas; los dos hombres se fueron y quedó la mujer. Es más joven que yo, pero calculo que no mucho.

Convirtió el dormitorio de mis padres en el suyo, con una gran cama de estilo y muebles no tan baratos como imaginé que elegiría.

Sin embargo, esta mujer baja a lo que ella llama “su” sala de estar, abre una especie de ventana de vidrio y aparecen personas chatas y objetos y colores. Estas personas son daguerrotipos pintados pero hablan, se mueven, hasta discuten, y a pesar de su irrealidad de pronto uno las ve como reales. Viven una vida muy propia, muy excéntrica, y visten de una forma menos apropiada todavía que mi fantasma…

Porque sí, comprendí que -mal que les pese a mis anteriores creencias de librepensador- ella es un fantasma, un verdadero espectro. Mis criados hubieran dicho: “A la vejez, viruela”.

Estoy solo, sin defensa. Tendré que convivir con este espectro chillón.

Envío

Celestino: gracias de todo corazón. Somos almas no gemelas pero sí mellizas, te quiero.

Gracias a todos, y a ver si descubren cuál es el verdadero fantasma, si la señora o el señor. Pero con argumentos.

Hoy los amo

Mora

Monografias

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Comentarios

5 respuestas a “¿Quién es el fantasma?”
  1. Joise Morillo dice:

    Hola querida

    El fantasma sois vos, que fuiste esperada por sus antiguos habitante, pacientemente, vinieras a casa.

    En ocasiones anteriores os lo he dicho

    El pasado esta “muerto” tomémosle como cosas de la historia, una parte que evitaremos para siempre y otra como ejemplo de provecho.

    El futuro Jua! esta por verse. Jjactarse de perspicaz, de visionario, sin sacarle el mejor provecho revela inseguridad, una tremenda falta de organización, no cónsona con la virtud que supuestamente se posee.

    El muerto estará incapacitado para presenciar su funeral y, además, nadie muere en la víspera.

    Debemos vivir intensamente el presente así sea tarde, eso significa: armonía, tanto peculiar como colectiva, ser benigno consigo mismo. De eso se trata, alimentar el intelecto. Recordad la frugalidad de la concupiscencia es mejor que la esterilidad intelectual.

    Os ama
    Joise

  2. Joise Morillo dice:

    Hola querida y todos, de nuevo con algo consolador del espíritu (platónico) Jua!

    (de vieja data, editado)

    La muerte, Ambrosía

    Retrospectiva, veo dentro de mí y;
    Detengo la huida, ¡casi perenne de mi vida!
    Mientras, mi impropio amor en si
    Me arranca un poco la vida.

    Mis sienes de nieve sienten madurarse
    Y caer, tal penacho de injertos
    ¿Para qué de viejos quejarse?
    Habiendo vivido tantos aciertos.

    Callad insensatas,
    No veis que asustáis los niños
    De tanto quejido y peroratas
    Vuestros lamentos destejen sus nidos.

    Mejor traedles sentidos,
    que sufraguen su poca cordura
    luego, habiendo crecido aprendidos,
    cosecharéis de ellos, fortuna.

    ¡ya que importan momentos pasados!
    ¡Si prodigasteis harta sabiduría!
    Les abristeis los ojos a cegados
    Sustituyendo entuertos por alegría.

    Ya no os lamentéis,
    Que la paz os favorecerá algún día
    Preocuparse por la muerte no tenéis
    Quizá, la misma, será ambrosía.

    Joise

  3. Mora Torres dice:

    Querido Joise: me gustaría que leyeras este párrafo de Clément Rosset:
    (Acaba de ver a un obrero trabajar en un andamio, resbalar, caer y morir, y después de otras importantes reflexiones escribe):
    “Nos hemos detenido ante ese cuerpo ensangrentado porque en él contemplábamos lo insuperable súbitamente revelado a nosotros. Pero… nos damos cuenta de que en realidad nos hemos quedado frente a ese cadáver al que ya estaban llevando porque, detrás de lo insuperable de su muerte, existía otro espectro, la revelación de todo lo que esa muerte tenía de irremediable para nosotros mismos, para la vida en general. De pronto ya no es una vida, ¡es la vida la que muere! Descubrimos que la muerte insuperable de un ser humano condena la vida de una manera irremediable.
    “Nos descubrimos irreconciliables al contacto con nuestra vida ulterior cuando nos damos cuenta de que todos los triunfos que obtenemos no nos aportan más que una satisfacción a medias. Nuestro goce, en el momento en que descubrimos y obtenemos una satisfacción afectiva, esto es, ser publicado y leído en el caso de un escritor, ser amado para un enamorado, ser elegido presidente de la república para un político, y tantas otras, ya no volverá a ser nunca puro para nosotros: desde el momento en que hacemos ademán de tocar el goce, un goce que resulta de un triunfo, inmediatamente sentimos un puñal que nos asesina y corta limpiamente nuestro impulso: ¿y aquel hombre que cayó de su andamio, qué harás con él? ¿Lo has olvidado o es que no quieres verlo? ¿No sabes que él ahora te impide toda clase de goce? ¿Que todo está muerto, que todo va hacia la muerte, que eso que tú aprehendes es un bien que está muerto? Entonces bajamos la cabeza y reducimos nuestro goce a las dimensiones más modestas de una concesión que lo trágico otorga, de una satisfacción condenada a muerte; la visión de un bien del que nos es dado disfrutar durante algunos instantes, pero del que uno sabe que deberá devolverlo; la ilusión del goce, no el goce. Quien ha visto la muerte ya no puede pasar un solo día sin verla a través de todos los momentos dichosos de la jornada que proponen precisamente una negación de la muerte. La idea de la muerte es solicitada, provocada por todos los instantes que tendrían tendencia a negarla; de tal manera que cuanto más gozosos estamos, más acerada es la punta del puñal que desgarra nuestro goce.” Un abrazo

  4. Joise Morillo dice:

    Saludos, cierto querida, linda filosofía, ¡me encanta!

    Creo no hay mayor veracidad que: “la felicidad” -goce en los más de los casos- es efímera y, debemos estar preparados para su intermitencia -en el mejor de los casos- así como para el momento de la muerte, “sea imprevisto o no”, no, cuando por asuntos de enfermedades terminales, inefablemente, hemos en deceso, imprevisto: accidente. Empro, considerando la vida en este sentido, tal que la felicidad, efímera; vivamos pues, lo más benévolos peculiar y para otros, posible.

    Esta propuesta contempla la capacidad que se tiene de entender para que y, porque, la perfección de nuestro ser, incluyendo, nuestras almas libres de escoger cual camino andar.

    Todo es abstracción, en la medida de una impronta fecunda de lumen que, de vigor a una fructífera capacidad de pensar, se obtendrá una buena cosecha, esta, es saber vivir, siempre en fundamento del bien propio y de los demás, comulgar cuando se debe comulgar, profesar cuando se debe y como se debe. Todo es armonía, en el sentido del saber, el buen uso del mismo y lo que ello produce, tanto carne como espíritu. Luego, tácita: la última esperanza. Eso es “la gloria” es -valga la comparación- ¡como la victoria del guerrero!

    El secreto: liberarse del egoísmo y sus variantes “psicópatas”

    Os ama
    Joise

  5. Celestino Gaitan dice:

    Ahora…¿Quien es el fantasma?, quien…yo?
    Y yo porque? Solo porque estuve aquí y no me habían visto?
    Creo que lleva mano la señora…porque no ha podido verse en el espejo.
    Aunque pensándolo bien, podría ser el propietario. Que persona normal podría habitar por 200 años, de manera sustentable, independiente y solitario en tamaña mansión?
    Acaso, la misma casa, sería el fantasma, que a través de sus peticiones, cuentos y advertencias procuraba compañía para su solitario y aburrido habitante?; Quién como el, que ahora tendrá la doble compañía de la nueva huésped y los fantasmas de la tv, durará otros 200 fácil.
    Creo que cada quién tiene y necesita sus fantasmas, como creo lo que alguien mencionó al asegurar que solo existe democracia en la muerte, en ella todos somos iguales.
    Soy, o mas bien…fui el tercero de 11 hermanos, los dos mayores fallecieron alrededor de sus 30’s y la menor de mis hermanas (la décima de 55 años), apenas hace dos semanas.
    Por muchos años, mis hermanos y mi padre han sido los fantasmas que me visitan entre sueños, no he soñado a mi hermana, ha de estar acomodándose apenas para hacer de las suyas.
    No me perdonaría el no comentarles, que yo mismo, después de renacido he encontrado el fantasma de lo que fui, en Internet, en comentarios, notas, cálculos y diseños que ya forman parte de la memoria colectiva.
    Y que, más que las experiencias de vida, las experiencias de muerte, hacen de nosotros mejores entes…concientes, ávidos, empáticos y amorosos.

    Gracias Mora Torres por lo de almas mellizas, yo se lo que sientes, cuando tecleas Celestino, Imagina pues los fantasmas que me visitan (sin mencionar nombres) cuando escribo:

    Como siempre Abrazo a Tod@s, y en especial a Mora Torres.



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