Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Daga Azul - II

Viene de Daga Azul:

Un día abrieron un taller musical en la prisión y me inscribí, por supuesto. Me inscribía en cada clase, en cada conferencia que dieran o en cada obra de teatro que presentaran. Mi idea no era compartir sino aprender, hubiera preferido estar solo en cada actividad.

Daga Azul II

Buscaba una salida para mi propia escala musical (La incidencia de la memoria musical en el desarrollo de la competencia auditiva): antes, el único modo de no escuchar la repetición nocturna de los partidos -de las 9 a las 12- era meterme en casas silenciosas (La melancolía: por una libra de carne).

Y acá debo dar una vuelta para atrás, hacia el comienzo; olvidé relatar algo muy importante (El olvido está lleno de memoria).

Acostumbrado ya a invadir los hogares de la gente durmiente, poco después de la muerte de mis padres fui una noche y entré por la ventana en el hogar de unos desconocidos. Todo lo desconocido y extraño era para mí una fiesta de descubrimientos, todo lo que no era yo y todo lo que no era mío me parecía un mundo deslumbrante (El gran viaje hacia la silueta tan distante).

Veía un fulgor especial en las personas que estaban durmiendo; en las cosas serenas que no me pertenecían y justo en esas horas de la noche alta (Guardianes de la noche, la memoria).

Aprendí a ser más cauteloso de lo que había sido nunca; me convertí en un gato que caminaba y se movía sin hacer el menor ruido por toda la casa que había asaltado; entreabría las puertas, espiaba gente dormida (Ante la puerta de la ciudad).

Esperaba encontrar a la chica más hermosa del mundo y quedarme a su lado mirándola dormir.

Una noche que llegué al piso alto de una casa muy vieja, abrí la puerta de un dormitorio y encontré abrazados, entrelazados, durmiendo, a dos ancianos. Recuerdo el moño rojo de la señora que veía de espaldas.

Me enternecí. Me quedé un rato velándolos, pensando.

Sobre la mesa de noche de la señora había un colgante con una piedra roja también como su moño.

De la puerta entreabierta venía un haz de luz -habían dejado encendidas las luces fuertes de los pasillos- que se posaba justamente sobre la piedra. Quedé embelesado: era un rubí.

Calculé que con lo robado aquel mes me alcanzaría, no quise tomar el rubí sino mirarlo.

No sé si lo miré horas o minutos, pero ese tiempo bastó para sentir el fuego de mi corazón.

Hay algo inexplicable en las piedras preciosas, tal vez porque también resulta inexplicable que sean de fuego y de luz petrificados; hay algo que mueve las cadenas con que estamos atados por dentro en presencia de ellas; cuando las miramos hay eternidad.

En esa eternidad me moví un rato; la pareja no despertó pero se desarmó en la cama, se desabrazaron, y yo me fui.

Caminé por el largo pasillo y abrí otra puerta; pude ver allí el perfil de la chica más hermosa del mundo.

Noté que dormía tan profundamente que me acerqué junto a su cama una silla que estaba en su cuarto y me senté.

Yo traía la belleza de la piedra; traía ese estado que queda de mirar largamente algo precioso, y ahora me había sentado junto a algo más precioso, junto a una princesa que soñaba. Tuve miedo de que mi corazón hiciera ruido.

La miré tanto como a la joya roja y hasta abrí del todo la puerta para que le diera mayor claridad. Me aprendí una a una sus facciones y cuando estaba observando su boca no pude contenerme, la besé.

Estaba helada, no se movió, no respiró.

Corrí hacia mi casa solitaria mientras aclaraba, las maravillas se desvanecían y aparecía la luz de un día común.

Al llegar ya no supe qué hacer, tomé inconscientemente mi instrumento de trabajo, que no había llevado esa noche, una pistola 9 mm, y salí a robar. Fue allí cuando algo salió mal y maté, no antes.

Aunque, una vez en prisión, sentí el dolor de haber matado a la muchacha, no a otra persona. Y de esa muerte nadie me acusó. Me propuse llenarme de joyas como sustitución de la chica más hermosa del mundo apenas cumpliera mi condena.

Apareció el profesor en el taller de música, un ala húmeda y polvorienta de la cárcel que habían acondicionado levemente.

Trataba de enseñarnos con una guitarra muy vieja; los internos pasaban al frente para aprender a colocar los dedos. Yo no me animaba ni a acercarme. En el lugar había butacas despanzurradas donde estaban sentados como podían los alumnos y los guardias.

Yo me sentaba especialmente en aquella en donde el profesor no podía verme, pero igual escuchaba los terribles sonidos que intentaban mis compañeros, y “el infierno musical” descendía a mí y se llevaba lo poco que me quedaba de amor a la belleza.

Descendía por un tubo más oscuro y tenebroso que mi celda, empecé a soñar con ruidos estridentes. Yo que tenía el consuelo de soñar con colores y paisajes, poblé mis noches de alaridos de sombras, por llamar de algún modo a aquello con lo cual soñaba; ni siquiera era sombra sino sonido desafinado montado sobre nada.

Y allí fue cuando, un día de taller, me animé a pasar al frente y pedir la guitarra. Quería que, milagrosamente, mis manos arrancaran melodías.

Tomé la guitarra, coloqué los dedos como si hubiera pasado cien años ensayando y lo que brotó de allí fue, efectivamente, una melodía, miles de melodías.

No quiero prolongar más las expectativas sobre mi originalísima vida: cuando salí de la cárcel el maravillado profesor me esperaba en su conservatorio para que yo mismo fuera uno de los que daban clase de guitarra.

Con dos o tres nociones básicas de teoría musical, yo aprendí como nadie.

Y el profesor era, además, el dueño de una joyería donde, sabiendo que me era muy difícil conseguir trabajo debido a mis antecedentes, me tomó como empleado.

Entre clases de guitarra, conciertos y ahorros de mi sueldo de empleado, gané bastante plata. Pero no quería abandonar la joyería. Ya era un joyero por mis conocimientos y mi especialidad eran las piedras preciosas, en especial rubíes.

Tenía ya 45 años y una vida que para mí era un paraíso, entre acordes y colores y fuegos rojos, verdes, transparentes, azules.

Pero ya me había empezado a adaptar a la vida y sentía que quizá faltaba algo: una mujer.

Compré la revista Nocturno que leía mi mamá antiguamente, y vi que todavía publicaba una página de citas. Allí encontré el nombre “Daga Azul”.

No sé por qué, me emocionó ese seudónimo de una mujer de mi edad que quería conectarse sentimentalmente con alguien. “Conmigo…”, pensé, e inmediatamente le escribí una carta. Pero fue un impulso, no estaba muy seguro de querer… De correr el peligro de que mi soledad se viera amenazada.

Cité a Daga Azul en el negocio de joyería.

Apareció una muerta, ustedes se imaginarán por qué lo digo.

Era la chica más hermosa del mundo, que al parecer, yo no había matado con mis besos.

Me casé con ella y con el rubí, podría decirse, y con la historia de sus abuelos, la leyenda de que se amaron hasta la muerte y que Daga Azul y yo pretendemos recrear.

Envío

En primer lugar les pido perdón por mi retraso. Algo me bloqueó y no pude seguir escribiendo este cuento. Hice un esfuerzo supremo pero no sé si me salió…

Hoy gracias infinitas a Vancho por su manera de leer, de escribir y de escuchar. Siento que en sus manos soy un caracol de mar que con sólo ponérselo al oído interpreta todas mis palabras.

Y a todos los que escribieron con verdadera simpa-empa-tía -perdón por el neologismo

Mora (¡Feliz Día del Amigo!)

Monografias

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Comentarios

4 respuestas a “Daga Azul - II”
  1. Joise Morillo dice:

    Saludos Mora y a todos…

    La delincuencia es ignorancia, le padecen aquellos individuos que, no han tenido en su haber la oportunidad de convertirse en personas, adaptarse a una sociedad organizada con fundamento a normas y leyes derivado de las costumbres (reguladas) y necesidades salvadas en la vida cotidiana (leyes). Por otro lado, respecto a esto: “Hay algo inexplicable en las piedras preciosas, tal vez porque también resulta inexplicable que sean de fuego y de luz petrificados; hay algo que mueve las cadenas con que estamos atados por dentro en presencia de ellas; cuando las miramos hay eternidad.”, todos los días del universo es un día productivo de diamantes y metales, las diferencias de presiones entre Capas que se contactan (branas) en el espacio sideral, hacen que se produzcan explosiones (hoyos negros), que generan, por altísimas presiones y temperaturas, combinaciones de elementos contentivos en el, produciendo principalmente diamantes y otras piedras preciosas. Por ello, los brillantes de las novas y la producción de las llamadas estrellas (sol) en nuestro caso. En la tierra se produjeron durante su génesis, con el mismo origen, tales minerales cristalinos.

    Os ama
    Joise

  2. Celestino Gaitan dice:

    Amada Mora,
    Amados Tod@s…
    …Celestino estuvo aquí, y hoy más de lo común, quedó pasmado, sin palabras ni comentario alguno.
    ( y es que Mora no solo escribe, teje historias y descifra con palabras las sensaciones y sentimientos que alguna vez fueron vivencias y siempre logra abrir mi cofre de las nostalgias.)
    (El olvido está llenos de memoria) y reviví aquella revista “Confidencias” con sus divertidos anuncios de búsqueda de pareja y otras en Inglés con abreviaturas SWW busca BM ( Single White Woman busca Black Man) …ja.ja ja…solo falto la W para confundirse con un señor Auto de lujo (BMW)…esto me llevó a otro travieso y simpatico personaje de Monclova, que insertaba anuncios en el periódico tales como…”compro colas de rata para fabricar fundas de pica hielo” o aquel otro que decía “Busco novia, de preferencia que tenga automóvil…enviar foto…del automóvil ”
    Estimada Mora, es tanta la simpa-empa-tía y la admiración que me provoca, que con el perdón y la venia de sus amores, mis sentimientos rallan en “adicción y enamoramiento”, dicho esto con todo respeto.
    Como siempre Abrazo a Tod@s y en especial a Mora Torres.

  3. Iván Salazar Urrutia dice:

    ¡Ay! mis ya antiguos amigos, Joise y Celestino, ladrones ambos; ¡que alguien los proteja en su Santo Reino! Uno, echándole el ojo a las novas y otras vitrinas de tesoros espaciales; en tanto, el otro, queriendo robar algo más que siderales gemas preciosas, ¡el mismo corazón de Mora!
    Les deseo éxito a ambos, mientras yo les robo un poquito de cariño tras la cortina nevada de Los Andes…

  4. Mora Torres dice:

    Precioso escrito, Vancho. A la altura de todo lo tuyo, pero para que yo lo guarde en el corazón.



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