Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Julio, 2017

¿Quién es el fantasma?

¿Quién es el fantasma?

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Monólogo de la señora que compró la casa que soñaba

Yo había soñado desde niña con vivir en esta casa. No sé bien por qué; me parecía que cada vez que pasaba por aquí ella me lo pedía, y me contaba cuentos (Las pesadillas y los terrores nocturnos…). O me hacía advertencias: “No pises la baldosa rota”, cosas así (El hospital Santa María de Punilla).

Tal vez porque en esa edad ya empezaba a descubrir un secreto terrible que las personas mayores me ocultaban. No era el sexo (Notas para comprender la sexualidad humana). Era la muerte (La muerte).

Empezaba a sentir que algún día, por más lejano que pudiera ser, también yo moriría (¿Quién puede escapar de su destino?). Y esta casa tenía, a mi modo de ver, todo lo que se necesitaba para el caso: el aspecto muy fúnebre, el tamaño -era cinco o seis veces más grande que cualquier casa de mi ciudad-, la antigüedad. Los vecinos decían que se conservaba -lo decían cuando yo era chica- desde hacía unos 200 años, y que ningún desastre la destruiría. Ninguna guerra, ningún vendaval.

Era para sentirme aquí segura en los últimos años; casi estaba convencida de que la muerte no se atrevería a ir a buscarme al ver los mármoles más sombríos que ella misma. No se atrevería a abrir el portón de madera trabajada con ángeles caídos y caras de demonios, como para recordarle que ella no era lo peor, que lo peor era el mal.

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Daga Azul - II

Viene de Daga Azul:

Un día abrieron un taller musical en la prisión y me inscribí, por supuesto. Me inscribía en cada clase, en cada conferencia que dieran o en cada obra de teatro que presentaran. Mi idea no era compartir sino aprender, hubiera preferido estar solo en cada actividad.

Daga Azul II

Buscaba una salida para mi propia escala musical (La incidencia de la memoria musical en el desarrollo de la competencia auditiva): antes, el único modo de no escuchar la repetición nocturna de los partidos -de las 9 a las 12- era meterme en casas silenciosas (La melancolía: por una libra de carne).

Y acá debo dar una vuelta para atrás, hacia el comienzo; olvidé relatar algo muy importante (El olvido está lleno de memoria).

Acostumbrado ya a invadir los hogares de la gente durmiente, poco después de la muerte de mis padres fui una noche y entré por la ventana en el hogar de unos desconocidos. Todo lo desconocido y extraño era para mí una fiesta de descubrimientos, todo lo que no era yo y todo lo que no era mío me parecía un mundo deslumbrante (El gran viaje hacia la silueta tan distante).

Veía un fulgor especial en las personas que estaban durmiendo; en las cosas serenas que no me pertenecían y justo en esas horas de la noche alta (Guardianes de la noche, la memoria).

Aprendí a ser más cauteloso de lo que había sido nunca; me convertí en un gato que caminaba y se movía sin hacer el menor ruido por toda la casa que había asaltado; entreabría las puertas, espiaba gente dormida (Ante la puerta de la ciudad).

Esperaba encontrar a la chica más hermosa del mundo y quedarme a su lado mirándola dormir.

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Daga Azul

Amigos, dentro de poco -el 20 de julio- será nuestro día (José Martí y la amistad). Saludo a todos los que pasaron una vez por aquí (Esa otra manera de vivir), y lo recuerdo en especial a Joise por el dolor de su país, además de agradecerle que embellezca mi sitio desde hace tantos años… Y a Celestino y a José María. Y a la memoria inmensa de José Itriago, otro venezolano como Joise, “que se nos fue pero aún nos guía”, diría el tango.

Y a Felipe: gracias también. No sólo a mí me hipnotizan tus relatos, hay gente que busca este blog para leerte.

Hoy les traje un cuento (El cuento y sus características). Ustedes me dirán si los entusiasma y si quieren saber el final:

Daga Azul

Daga Azul me parece un nombre encantador y tal vez sangriento para una mujer, por eso me despertó curiosidad (Literatura y Alquimia). Aunque antes de contar esta historia, debo decir algunas cosas sobre mí.

Soy un hombre afortunado. Mi fortuna no consiste sólo en dinero, tengo también un tesoro enorme de soledad. Me necesito a mí mismo, me apruebo y desapruebo con las palabras que un amante encontraría para hablarle a su amada. Y esto es bueno, o era bueno. Solo bajo el cielo de la noche o el día, mi propia compañía me resultaba espléndida; mi sombra, mi ombligo (Narcisismo y personalidades fronterizas).

Quizá no tanto mi ombligo… De niño me sentí separado de mis padres por una pared o una red (pared-red) invisible.

Ellos eran fanáticos, alucinados. No me miraban nunca a mí sino a sus respectivos delirios: el fútbol y las fotonovelas.

Todavía escucho una radio con la voz de José María Muñoz, apellidos de jugadores de fútbol marcando un gol o errándolo; siento la náusea que me producían los domingos. Y los comentarios amargos o eufóricos de toda la semana.

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