Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El misterio de mi muerte

Empecé a escribir lo que les prometí (Yo te amo… Yo te amo), una nota sobre Benjamín Solari Parravicini, pero de pronto me nació un cuento, de esos que a ustedes les gustan en ocasiones (Efectos de red).

Entonces démonos un respiro de augures, científicos que pronostican el fin del mundo y otras yerbas (Calentamiento global), y otro día continuaré con el profeta latinoamericano…

Informe sobre el misterio de mi muerte

No puedo quejarme por el fracaso de mi velatorio; sería una desagradecida, porque había mucha gente. Aunque quiero aclarar ciertas preguntas que rondan alrededor de mi muerte, cuando ésta no fue nada del otro mundo (¿Qué es el mundo?).

Yo andaba entre puntada y puntada transformando las cosas, mientras una angustia alucinada se sumaba a mis transformaciones (La transformación de la sociedad).

Había cambiado la lapicera por la aguja, conversión que en una mujer de mi edad ya de por sí resulta extraña. Debido a esto me perseguían los fantasmas de mi antiguo oficio (El artista y la conformación/disolución del espacio en Kafka).

Y esos fantasmas no son cualquier cosa, son retorcidos y acosadores, hasta aterradores llegaron a ser; piensen en juntarse con Poe o Lovecraft y ya verán de lo que se trata.

En ese momento tenía una tarea difícil entre manos: quería convertir un gabán negro, de buena tela y de poco uso, en un traje abrigado para un perro labrador que venía todos los días a mi casa a pedirme comida. Hacía frío y decían que estaba por nevar.

Mientras alimentaba a Marcel -como se ve, mi antiguo oficio persistía en mí al menos para bautizar, ya que le puse Marcel en homenaje a Proust- le tomaba las medidas.

Después de asegurarme de la precisión con que lo había hecho, subí a mi cuarto en busca del gabán.

Lo había dejado sobre la cama hacía unos minutos, media hora como máximo, pero ya no estaba.

No voy a mentir; ya les dije que fui escritora, y fui de las más fantasiosas. Se me ocurrió que algo sobrenatural, un dios o un ángel, habían hecho desaparecer mi futura costura. O un diablillo.

Pero el diablillo estaba allí, a mi lado, en la figura de Otto, y esto ya no era sobrenatural, era más bien muy natural. Otto era -o es quizá todavía- mi caniche toy de color blanco, y acostumbra robar todo lo que encuentra. Yo había tenido que irme caminando un kilómetro por las sierras para dar con mi ropa interior recién comprada en la ciudad o mi zapato izquierdo.

A la vez sospechaba aún. Otto, con su pequeñez, ¿era capaz de transportar muy lejos esa prenda tan grande y de paño pesado? Era raro.

Entonces se produjo la primera aparición del fantasma de Julio Cortázar.

Sé que decirlo así es muy crudo, ¿hay cómo decirlo de otro modo?

El escritor me alcanzó el paño negro con una sonrisa irónica en su cara de niño; ya le había sacado los botones y otras costuras y ahora era una tela negra lisa, sin fisuras, ideal para trabajar sobre mi mesa de modista.

Tuve un poco de miedo pero también me alegré, primero por la reaparición de la tela y segundo porque ya estaba lista para ser cortada con el molde. Cortázar desapareció enseguida, como se esfuma un servidor prudente que le alcanza una prenda a su ama.

Mientras cortaba el traje de perro, el traje de Marcel, sobre la gran mesa del comedor, se me aparecían preguntas difíciles de contestar.

¿Qué hacía Cortázar en mi casa, a miles de kilómetros de donde murió y está enterrado?

¿Qué tenía que ver el abrigo con él?

¿Quién era yo para recibir una visita tan importante? ¿Tal vez en el más allá me consideraban buena escritora?

Aunque yo ya no era escritora, lo repito, a lo mejor mandaron a un emisario de gran reputación para que me convenciera de dejar la costura y volver a lo mío…

Una vez cortado lo que tenía que cortarse, empecé a coser. En tela negra sólo se puede coser de día, no hay ojo que aguante por la noche esta tarea.

Así que mis mañanas eran felices; me levantaba, desayunaba y cosía sin pausa. El frío más terrible se acercaba, según leía en los pronósticos. Y soy lenta, lo sé. Y Marcel es un perro de poco pelo.

La sombra de Cortázar se proyectaba a veces sobre la mesa, pero yo me decía que era la sombra de un árbol que se veía detrás del vidrio u otro objeto no tan sensacional. O una nube que pasaba y se  asomaba a la ventana; había nubes que planeaban muy bajo.

De noche me preocupaba más, porque siempre que me quedaba dormida estaba el escritor plantado dentro de mi sueño, silencioso, a veces con su pipa.

Yo, que fumo hasta en sueños, un día me animé a pedirle fuego. Extrajo una cajita de fósforos del bolsillo de su pantalón y lo único que dijo antes de irse fue que me la guardara, que él tenía muchas más. Yo me espanté pensando que al despertar tendría una caja de fósforos sobrenatural en la mano y no sabría dónde guardarla. Esta preocupación me despertó justo cuando había encontrado el lugar perfecto para esconderla, pero ya no la tenía en la mano; no tenía nada en la mano.

Otra noche me pareció ideal preguntarle la hora, pero él tartamudeó:  ”noó, acá no existe, acá noó”, y de inmediato dejó de ser él mismo y se convirtió en un hermoso viejo de alborotado pelo blanco que tocaba el violín y que dejó de hacerlo para decirme la siguiente incongruencia: “si quieres permanecer joven, sólo tienes que acelerar”. Y luego me preguntó si quería fuego otra vez. Le contesté que no. Era tan agradable su rostro que no me dio mucho miedo, hasta que al otro día, en la vigilia, mientras daba puntadas, supe de quién se trataba, porque el televisor del comedor estaba encendido y daban un documental sobre Einstein… Es decir que, adonde sea que yo haya ido en mi sueño, Cortázar escuchaba y Einstein tocaba el violín en el jardín; nunca me imaginé esta amistad.

Einstein -como Cortázar-, me dio miedo por su alta envergadura, no por otra cosa. Aunque de todos modos no volvió a aparecer en mis sueños, se ve que era una amistad casual la suya con el escritor.

Seguí levantándome temprano para coser, mi idea era confeccionar la prenda más perfecta que jamás hubiera salido de mis manos, una especie de frac de sastrería para Marcel, como los que usaba Proust. Y todo a mano, puntada por puntada.

Esa mañana decidí no levantarme de la cama, apenas poner en mi cabecera otro almohadón.

Y allí me encontraba yo cosiendo cuando miré la biblioteca que estaba en mi cuarto. Mi vieja biblioteca apolillada con la que ya no tenía más contacto, ni discusiones, ni amor atormentado. Vi el abandono en que la había dejado ya hacía algunos años y me puse a limpiarla. Abría y cerraba cada libro, pasaba a cada hoja trapos limpios y de vez en cuando amorosas miradas.

Abrí un libro de Cortázar justo en la primera frase de un cuento: “El frío complica siempre las cosas…”.

Temblé.

¿Acaso él me estaba buscando porque los dos -mejor dicho los tres, si contamos a Marcel- teníamos frío?

No recordaba bien el cuento y lo leí.

No era por el frío ni porque yo debía seguir escribiendo, sino por la muerte que se aproximaba, él me quería avisar.

Lo supe cuando llegué al final de la escalera enredada en el traje apenas terminado, que me empeñaba en entregar rápidamente en manos -patas- de Marcel, que me esperaba en el jardín.

Supe viviendo todo eso, porque el golpe que provocó mi muerte me lo dio el último escalón. En el más allá, que ahora es el más acá para mí, las cosas tienen otra explicación. Pero en esencia lo que Julio Cortázar quería avisarme era que estaba en peligro de enredarme en una prenda y morir como lo había hecho el protagonista de uno de sus cuentos. Y para entender debidamente mi historia, deberá buscarse el libro Final del juego y en él leer “Que no se culpe a nadie”.

Envío

Mis agradecimientos para Joan Palmarola Nogué, Gerardo Martín Solá, José Gros, Iván “Vancho” Salazar Urrutia, María Cristina Schneider, Julie Kipkalya, Joise Morillo, Felipe Rizzo, Alejandro Franco Chávez, Maya Lestari, Celestino Gaitán.

Mis besos y abrazos para todos los que llegaron hasta acá…

Mora

Monografias

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Comentarios

6 respuestas a “El misterio de mi muerte”
  1. Luis Contreras dice:

    Raro escrito, pero bueno ella lo escribió no fui yo.

  2. Mora Torres dice:

    Raro comentario de Contreras. Pero él lo escribió, no fui yo.
    Todavía no lo pude entender, ¡tan fácil que es entender mi cuento con sólo leer a Cortázar!

  3. felipe humberto rizzo dice:

    Querida Mora
    Admirable cuento. Solo una maestra del arte de escribir puede mezclar en un mismo relato a Cortazar con Einstein, Poe o Lovecrft con hilos agujas y telas y que de ello surja un maravilloso cuento. Felicitaciones.
    Perdón por mi osadía, pero no puedo dejar de compartir un cuento de mi autoría para que tus seguidores puedan comparar una tiza de una pluma.
    PESADILLA
    Soñarse muerto debe ser una de las peores pesadillas, y eso es lo que hoy me pasó, y de la cual aún no puedo despertar.
    Había sido un día por demás tranquilo, y dos problemas que hacía tiempo me aquejaban, de pronto y sin quererlo, como si hubiesen sido tocados por la varita de un genio se solucionaron favorablemente.
    Me sentía optimista, así que decidí terminar el día regalándome una reunión con amigos. Nos juntamos en la confitería del club, los recuerdos y las anécdotas de nuestra juventud fueron los temas recurrentes, no hubo malos recuerdos, ni de enfermedades u otro tipo de males.
    Las últimas dos copas del brindis de despedida achisparon mi ánimo, así que les hice prometer que nos volveríamos juntar por lo menos una vez al mes, sin importar los motivos, solo por el gusto de compartir una cena.
    Me sentía algo mareado, así que ni bien llegué, a medio desvestir me metí en la cama. Mi último recuerdo fue la protesta de mi esposa por haberla despertado.
    La insistencia de alguien tocando el timbre de calle me despertó, refunfuñe una maldición, pero al ver que mi mujer ya no estaba a mi lado fue suficiente excusa para seguir durmiendo, ella se encargaría de atender al inoportuno visitante.
    Un creciente murmullo me volvió a despertar, llantos y voces apagadas me alarmaron, seguro - pensé- falleció uno de mis tíos que sufría de un cáncer terminal, menos mal que había dejado de sufrir y por fin descansaría en paz -me consolé- y volví a seguir durmiendo.
    No recuerdo cuánto tiempo más seguí disfrutando del relajante abrazo de Morfeo, solo recuerdo que un coro de llantos y voces de dolor me libraron de sus manos.
    Abrí los ojos y me llamó la atención la placidez del paisaje, árboles, césped, flores y abejas libando su néctar y el trino de los pájaros escondidos en su fronda. Agucé la vista y descubrí en medio del verdor de tan edénico paisaje a un grupo de gente rodeando algo que no alcanzaba a ver. Me acerqué lentamente, no quería importunarlos con mi presencia, aunque si sentía curiosidad por saber que estaban haciendo.
    ¡Sorpresa!, allí estaba ella, mi esposa, a quién creía en casa, se mesaba los cabellos y lloraba sin consuelo; a su lado mis hermanos y los amigos de anoche. Dos hombres apoyados en sus palas esperaban el final del sermón de despedida que un viejo cura rezaba. La escena me enojó, cómo se atrevieron a sepultar a mi tío sin tan siquiera despertarme, no me dormí tan borracho, fueron solo dos copas de más.
    No me pude contener, me acerque furioso al grupo, ya me iban a escuchar. Las últimas palabras del cura me frenaron.
    José Alberto, descansa en paz y que Dios te reciba en su Santa Gloria. Amén.
    Desesperado comencé a gritar que el muerto no era yo, que estaban equivocados. Parecían no escucharme. Alguien arrojó un pequeño ramo de flores a la fosa, los sepultureros comenzaron a palear, y a cada palada mi mujer lloraba con más fuerza. La tierra fue acallando mis gritos y alejando el llanto de mi esposa, y al final solo alcancé a oír unas últimas palabras, que supongo serían las del sacerdote intentando consolarla.
    Llevo tres días gritando, pero ya nadie me escucha, solo espero poder librarme del encierro antes que comiencen a llegar cientos de hambrientos gusanos dispuestos a devorar mi carne.
    He pellizcado con fuerza mi cara, pero no hay caso, no puedo dejar de soñar, Morfeo y los vapores del alcohol se ve que se han complotado y no me dejan despertar.

  4. felipe humberto rizzo dice:

    Querida Mora
    Admirable cuento. Solo una maestra del arte de escribir puede mezclar en un mismo relato a Cortazar con Einstein, Poe o Lovecrft con hilos agujas y telas y que de ello surja un maravilloso cuento. Felicitaciones.
    Abrazos
    Felipe

  5. linda verlliui dice:

    Vraiment sympa ce site web
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  6. José María Gil dice:

    ¡Hola, Mora!
    A mí, en una ocasión (no me quedó muy claro si fue o no en sueños), me visitó también uno de mis escritores más apreciados. Fue D. Ramón de Valle Inclán y no fue precisamente para anunciarme o prevenirme sobre mi muerte, sino más bien para hablarme de la suya, aunque se expresó de manera muy escueta.
    - Yo sí que asistí - me dijo - a mi propia muerte, posiblemente porque era allí necesaria mi presencia…, pero fue sólo hasta el momento del tránsito, a partir de ahí se me desdibujan los recuerdos.
    Eso fue todo.
    Saludos.



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