Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Envíos de la niña de piedra

Lo que voy a contarles -de lo cual quizá ya les conté una parte antes, aunque no lo recuerdo (La memoria y el olvido)- toca, ¡otra vez!, al Cementerio de la Recoleta.

Puede ser que yo tenga una obsesión con este tema (“El Túnel” de Ernesto Sabato), un hechizo o un encantamiento (Hechicería e Imaginario Social), pero en el caso es casualidad, pura casualidad, o causalidad, dirán algunos, muy seriamente (Logosofía: ciencia de la causalidad).

Como un silogismo, o como una escalera que desciende, esta vez el relato empieza lejos del mencionado cementerio.

Yo estaba mirando televisión aquí, en Agua de Oro, Córdoba, hace unos días. Miraba el programa de Mario Marquic “En el camino”, en un canal de aire de Argentina.

El conductor recorre en cada entrega diferentes lugares de mi extenso, y variado, país. Esta vez estaba en la ciudad de La Plata, narrándonos su nacimiento. La Plata es actualmente, y orgullosamente, la capital de la provincia de Buenos Aires (Ciudades Diseñadas. El caso de La Punta (San Luis - Argentina).

Como encendí el televisor cuando ya “En el camino” estaba muy avanzado, lo que oí y lo que vi fueron flashes que después se acomodaron un poco forzadamente en mi entendimiento.

El primer pantallazo se trató de la fotografía -es decir, el daguerrotipo (Historia de la fotografía)- de Dardo Rocha. Él fundó la ciudad en 1883, con todos los adelantos modernos, y algunos futuros. Dardo Rocha, según Wikipedia, nació en 1838 en Buenos Aires, donde murió en 1921. Fue abogado, político, diplomático, militar, periodista y docente, y, además, creador de pueblos. Aparte de La Plata, fundó las ciudades de Necochea, Tres Arroyos y Coronel Vidal, y dio origen a la Universidad de La Plata, de vasta fama.

El segundo pantallazo o flash que atravesó mi mente siempre curiosa fue la maqueta previa a la construcción de La Plata.

Me asombró. Eran muchísimos cuadrados, que es lo común en nuestros pueblos de origen español, pero estos cuadrados estaban cruzados  por numerosas diagonales. En cada diagonal y en cada triángulo del dibujo, cada seis cuadras, se marcaba un espacio verde, un parque o una plaza.

Miré la maqueta que mostraba la cámara; se veía que a pesar de los cuidados del museo, el papel se había puesto amarillo, casi marrón, como una reliquia de ópalo.

Yo había estado una vez y sólo un día de visita en La Plata, recorriéndola, y me habían maravillado la Catedral, el museo Florentino Ameghino, que guardaba el temible esqueleto de un dinosaurio, y otros detalles fascinantes de distintas culturas latinoamericanas, además de cierta elegancia de las calles que dependía de las diagonales.

Escuché el nombre del hacedor de la maqueta, del constructor de la ciudad (Historia de la arquitectura): era Pedro Benoit, y algo me decía ese apellido desde el fondo de la memoria, desde ese bosque donde se mezclan nombres y acontecimientos.

El programa siguió y -con gran sabiduría- su conductor nos mantuvo ansiosos, a la espera de resolver al final el enigma que planteaba: el arquitecto de La Plata, Pedro Benoit, ¿de quién era hijo? (Franceses en la Argentina).

Yo se los revelo de inmediato: era hijo de Pierre Benoit, un francés que había llegado a nuestras tierras.

Pero, a su vez, ¿de quién era hijo Pierre, el padre de Pedro? La historia tiene espejos, curiosidades, abismos.

Parece ser que el padre de Pedro era, con el nombre cambiado, el mismísimo…

No, no puedo decirlo tan rápidamente. Primero voy a navegar.

Naufragué y navegué, me salvé y volví a hundir mi nave y a reaparecer por el mar de Internet hasta que vi la costa.

Era una costa bella como el Palacio de Versalles, y yo quise, ciegamente, creer.

Pierre Benoit, según Wikipedia, “fue un marino, arquitecto e ingeniero francés, padre del ingeniero-arquitecto Pedro Benoit… Llegó al Río de la Plata en 1818 y fue nombrado por Rivadavia arquitecto constructor de planos… se supone que intervino en el diseño del pórtico de la Catedral de Buenos Aires…” Y así fue nombrado por Dorrego Director de Dibujo, por Rosas arquitecto civil en el Consjo de Obras Públicas, etc., etc., etc. Murió en Buenos Aires en 1852.

Pero al final, en Wikipedia, hay un interesante subtítulo:

En la cultura popular

“Como dato biográfico complementario, cabe acotar que algunos historiadores sostienen la hipótesis de que Benoit fue… Luis XVII de Francia, mediante un cambio de identidad, consecuencia de los trágicos sucesos posteriores a la Revolución Francesa. El escritor Manuel Mujica Lainez dedicó su relato “la escalera de mármol” a la hipótesis de que Pierre Benoit es el nombre disimulado de Luis XVII”.

¡Era el Delfín de Francia, el hijo de Luis XVI, guillotinado por la Revolución Francesa, y de María Antonieta, también guillotinada, aún más melodramáticamente!

Como dije al principio, esta escalera va descendiendo hacia la anécdota que quiero contar, que empieza en el Cementerio de la Recoleta.

Sin embargo, ¿por qué llega hasta allí?

Les diré: fueron mis horas de náufraga que me llevaron y trajeron de distintos lugares en donde pudo estar pisando Pierre Benoit.

Y el último donde pisó, o se recostó, fue el alabado cementerio.

Y ahí estaba enterrado; el sobrante es historia, o leyenda.

Pero en ese mismo sitio de Internet había un apartado titulado “Fantasmas de la Recoleta”. Pierre Benoit era uno de los primeros de la lista, un fantasma amable que, me parece recordar, aparecía los días de lluvia con traje, impermeable y bastón antiguos.

En la lista seguía otra fantasma prometedora, conocida por mí aunque hubiera muerto a principios del siglo XX, y, por supuesto, “hice clic en el link”. Nunca imaginé que Luz María García Velloso, que murió a los 15 años, fuera La Dama de Blanco de Recoleta.

El clic en el link me llevó a esta nota, que afrontando peligros y dragones de la muerte y el sueño rescaté para ustedes:

La Dama de Blanco de La Recoleta


Ésta historia llegó a mi familia por tradición oral, ya que la contaba un pariente lejano de mi padre, que había conocido  al cuidador del Cementerio de La Recoleta, en el 30 y
fue participe fortuito  de esta trágica y tenebrosa historia de amor.  

Luz María García Velloso (1910-1925) –

A poco pasos de entrar al Cementerio de La Recoleta, se encuentra una gran hornacina que contiene la escultura yacente de Luz María García Velloso, rodeada de flores, como durmiendo, la obra se le atribuye al escultor argentino Víctor Godín.

Luz María era hija del escritor Enrique García Velloso (foto)

quien fuera un precursor del teatro criollo, autor entre otras obras de “El Barrio de las Ranas” y “El Tango en París”, también llegó a ser el primer Presidente de la “Casa del Teatro”.

En ese ambiente intelectual creció Luz María, que tenía particular encanto para recitar poesías  en las tertulias hogareñas.

Muchos poetas, una vez muerta  le dedicaron versos que podemos observar en la pared lateral de su cripta.

Luz tenía tan solo 15 años cuando murió de leucemia en 1925, siendo única  hija, el golpe para la familia fue fatal, pero más lo sintió su madre, que había depositado todos sus sueños y anhelos en su hija.

Tal fue ese dolor, que la familia (que era reconocida y querida en el ambiente artístico) consiguió un permiso especial, para poder pernotar en el cementerio junto a la cripta. Allí paso varios meses su madre durmiendo y llorando en un pequeño lugar del otro lado de la pequeña reja de la bóveda, todos decían  por aquel entonces,  que la madre no dejaba “descansar en paz”  e ir definitivamente del mundo terrenal a su hija.

En el año 1930  un muchacho de la alta sociedad cruzó la esquina de de Azcuénaga y Vicente López,  justos atrás de cementerio, allí vio sentada a una joven con un vestido blanco que abrazaba sus piernas sollozando, al muchacho le extrañó la situación y se acercó, le habló y le alcanzo un pañuelo,  para que secara sus lágrimas y la invitó a pararse.

La niña de lánguida figura y cabellos largos negros, fascino al muchacho por su belleza enamorándolo a primera vista.

Balbuceante  por el terrible flechazo que sentían en su corazón, la invitó a tomar un café  para consolarla y para conocer más de ella, le preguntó como se llamaba y ella respondió

-“Luz María”.

“Tú eres desde ahora la luz que ilumina esta noche oscura”, le dijo el párvulo enamorado, mientras se sacaba el saco y se lo apoyaba por arriba de los hombros, la joven temblorosa le devolvió el gesto,  con una hermosa sonrisa.

Caminaron del brazo respetuosamente durante los cien metros del oscuro paredón izquierdo  del Cementerio y  se dirigieron al café “La Veredita” hoy trasformado en La Biela, allí charlaron y bebieron animadamente por varias horas.

El joven aristócrata estaba feliz, esa mujer no se parecía en nada a las que frecuentaba diariamente. Luz María le contó de su afición por la poesía y de sus amigos los poetas, que le habían dedicado varios versos para ella.

Un poco ante de la llegada del crepúsculo, pidieron un café más para cerrar la animada tertulia.

De repente, la muchacha se empezó a poner nerviosa y a temblar nuevamente tal como la había encontrado el joven casanova, para calmarla la agarró de su brazo y le prodigo un beso profundo y romántico el que jamás le había dado nadie en su vida.

-“Me tengo que ir”  dijo Luz María  levantándose de golpe de la mesa, volcando el café sobre el bolsillo derecho del elegante saco McCalls cruzado blanco

-“Me tengo que ir”… tengo que volver….adiós”…

y salió rauda por el medio de Plaza Alvear, la joven corrió sobre los jardines y se encamino hacia  las puertas del Cementerio y allí se perdió.

El  joven enamorado que seguía sus pasos  tan sólo unos metros, le gritaba que no se alejara y que le diera una dirección al menos para poder ir a buscarla.

Llegado al gran enrejado del  cementerio, vio como Luz María se perdía en la calle principal envuelta en la bruma matinal y se internaba en una calle que se bifurcaba a la derecha, el joven excitado y desesperado por perderla, empezó a golpear la rejas buscando el lugar por donde había ingresado su amada, sin encontrar portal alguno…. se quedo allí golpeado,  mientras la noche se hacia día.

El cuidador del cementerio alertado por tanto grito , se levantó  y se acercó

-“Déjenme entra le gritó el joven”… “una mujer entro aquí”…

El cuidador  con marcado acento español le respondió

-“Ni modo, el cementerio no tiene entradas alternativas salvo este portón”.

El joven llorando le explicó  toda la historia y de su imperiosa necesidad de encontrar a la mujer de su sueños, ¿no tiene usted una hija llamada Luz María?  le preguntó el muchacho al cuidador

-¡Luz María!  grito el cuidador asombrado, que locura es esta… abriéndole la reja.

Una vez adentro el joven aristócrata,  recorrió el mismo camino que había hecho su amada hacia menos de una hora…llegado a la primera calle que se bifurca la derecha vio que allí estaba su saco, manchado de café… tapando una efigie de una mujer joven y delgada que reposaba sobre un lecho de rosas, lo levantó… temeroso… como si su subconsciente le advirtiera lo que iba a encontrar allí…

Allí estaba… allí estaba, la figura tallada a cincel de la que hacia minutos había tenido entre sus brazos, allí estaban esos labios tallado en mármol, seguramente tan fríos, como los que hacia instantes había besado…

Confundido y enajenado… se alejo un poco del sepulcro y vio la leyenda que sobresalía en su friso “Luz María García Velloso”.

El muchacho se sintió desfallecer y sus piernas flaquearon un instante… y si no fuera por la mano segura del encargado del cementerio, (que lo ayudo a apoyarse en una de las paredes de la bóveda) habría caído al piso.

Allí el joven alcanzo entonces a leer una de las tantas poesías,  que habían esculpidas en honor a la fallecida…y leyó

“Blanca nívea reposa sobre un lecho de rosas,
la acaricia la brisa donde flota su aroma,
Luz María, una tierna y dulce adolescente
yace frente a tus ojos, como bella durmiente.

Duerme su sueño eterno, el sueño de la muerte
esperando tal vez que un beso la despierte,
el beso que quizás ella siempre ha esperado,
el beso del amor, de un príncipe encantado…”

fin

Claudio Navarro

Historia triste pero bella, ¿no?

Lo que resta contarles, para que el título de mi entrega de hoy tenga un sentido -”Envíos de la niña de piedra”- es que en mis primeros años en Buenos Aires yo sentía que caminar diez cuadras casi todos los días e ir a visitar a los célebres muertos de Recoleta me ayudaría a integrarme en la historia viva de la ciudad. Después conocería a los verdaderamente vivos.

Y así fue, así empecé, caminando hacia allí.

Aunque había un problema. Apenas trasponía las puertas del cementerio y andaba en línea recta por dos o tres panteones, llegaba a uno que me impedía seguir. Me quedaba allí hasta que cerraban, hechizada durante horas.

Por supuesto, era el lugar donde dormía Luz María, el que aparece en las fotografías que les traje. Esa niña esculpida en la piedra, al natural, que parecía hablarme desde su sueño.

Y una noche, mientras yo dormía, ella vino al mío.

Era una niña de piel rosada y suelto cabello entre rubio y rojizo, parecía un retrato de Renoir.

Y no me dijo mucho, sencillamente me dictó poemas, que al despertar yo pasé días tratando de recordar y trasladando a un cuaderno.

Se los mostré a mis amigos, quienes en general dijeron: son muy bellos, muy suaves, pero no son tuyos, no es tu estilo.

Olga Orozco dijo: “son pétalos”.

Les puse ese título que ahora menciono por tercera vez: “Envíos de la niña de piedra”, aunque sé que no me pertenecen, que nunca fueron míos. Jamás los mostré como propios ni los presenté a ningún concurso. Pero tampoco encontré nunca poemas de otro autor que se les parecieran.

El miércoles que viene los copiaré, con todos esos recaudos…

Envío

Para mis lectores más amados, una perla: un día encontré una revista vieja donde se hablaba del padre de Luz María, el dramaturgo Enrique García Velloso, y se decía de ella que era la musa de todos los poetas de su época y que los recitaba moviendo su deliciosa cabellera rubia-rojiza. Como hubo cierta polémica entre dos bandos, uno que postulaba que la niña tenía el cabello negro azabache, y otro que la pintaba de pelo muy rubio, creo que mi sueño ganó.

Un abrazo, mis queridos… y hoy pregunto otra vez por José María y Celestino.

Mora

Monografias

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Comentarios

6 respuestas a “Envíos de la niña de piedra”
  1. ALEJANDRO FRANCO CHAVEZ dice:

    Querida Mora:
    Aunque pareciera un relato un tanto acuñado, no por ello deja de ser bello. Para mi gusto, pienso que daría para más; pues faltaría un mejor, justificado y creíble final; que no fuese tan solo la lectura por el joven enamorado, de los poemas grabados sobre los muros. No lo sé, pero como que me quedé a medias.
    Y no me puedo imaginar si tal pasaje me hubiese sucedido a mí; y que haría al perderla…
    Abrazo,
    Alejandro

  2. LUIS BENITO HERNANDEZ MARTORELL dice:

    Me encantó y despertó en mi imaginación una serie de escenas poéticas. gracias desde las pampas de Argentina.

  3. Ruben Dario Vega Sayago dice:

    Hola Morita !!
    Llevaba tiempo sin escribirte.
    Una vez más me asombra tu capacidad de mezclar realidad con fantasía, hasta el punto de no saber donde está el límite entre ambas. Supongo que es real lo que cuentas sobre tus visitas al cementerio de La Recoleta en tus primeros años en Buenos Aires. También debe ser cierto la existencia de un panteón dedicado a Luz María García. La parte creada por tí debe ser el relato del muchacho que la conoció una noche del año 1930; pero no estoy claro si es parte de la fantasía o fue real que soñaste con ella y te dictó unos poemas. Otra interrogante ¿Si el cuento del muchacho es creación tuya, por qué dices que tenía el cabello negro en el cuento si en el sueño lo tenía cobrizo ?
    ¡¡ Feliz mes de junio !!

  4. Mora Torres dice:

    Gracias Rubén Darío, bienvenido otra vez!
    Tengo que hacer una urgente aclaración: por lo que me dices, creo que entendiste que “la parte creada por ti (mí)” es “el relato del muchacho que la conoció (que “conoció” a su fantasma) en el año 1930″. Y no es así.
    A ese relato me llevó un link de “Fantasmas de Recoleta”. Está firmado por Claudia Navarro, y al mismo sitio pertenecen las hermosas fotos del panteón.
    Es decir, desde el subtítulo “La dama de blanco de la Recoleta” hasta la firma de Claudia, nada me pertenece. Sí todo lo demás, el sueño con Luz María y, no sé si me pertenecen o no, los poemas que me dictó. Un abrazo fuerte y todavía mejor junio para vos…

  5. Joise Morillo dice:

    Querida Mora, saludos cordiales,

    Bello e interesante relato, con una estética exóticamente lúdica. Me encantó.

    Yo también tuve una experiencia ¿sobrenatural? en Recoleta, dos eventos, me parecieron muy particulares, primero los creí como terrenales y casuales, pero después dudé. De todos modos, la imaginación tiene mucho poder, y de verdad os digo disfrute y disfruto cualquier cosa que haya sido, me agrada mucho y le cuento amenamente siempre y cuando puedo. Es interesante lo cósmico de ese cementerio. No pierdo las esperanzas de visitarle alguna vez.

    Os ama
    Joise

  6. Iván Salazar Urrutia dice:

    TOMA ESTA FLOR.
    Dedicado a la memoria de Víctor Vaccaro.

    Toma esta flor le dije a la paloma y la paloma en vuelo se alejó.
    Grito de furia lancé a la tempestad y como sábana se tendió sobre la mar.

    Entonces, me dije, mejor salgo a dar una vuelta. Y de poco en poco y con un poquito de dolor, las articulaciones dieron los pasos necesarios.

    El aire en el rostro, en el mío. O tal vez mi piel empujando el aire: uno no sabe.
    Saludando de vez en cuando a alguien que te saluda o simplemente te sonríes y tú piensas que lo conoces.
    Y lo de la paloma: tal vez no se alejó, tal vez se acercó a donde quería estar como paloma, una torre de iglesia, un techo de casa vieja, un pasaje de plaza pública.
    Pero lo del mar es otra cosa: a quién se le ocurre gritarle al mar. Hay que ser muy tonto, ambicioso y prepotente. El mar posee el grito más profundo de la Tierra; profundo y constante. Quizás mi grito no fue sino un ácaro en el retumbar de las aguas.
    Tengo vergüenza de la paloma. Soy culpable del grito contra la mar.



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