Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Las nueve lunas de José Pedroni

“Por esta galería bien medida y rimada

se puede ir a la muerte con la vista vendada”.

Hoy quiero dejar de lado los cuentos, los sueños y relatos (Cuatro relatos históricos) -hasta el próximo miércoles- con la intención de hacerles un regalo bien cumplido: olvidarme de mí y hacer que amen a José Pedroni. Todo el que lleve en sí alas de poeta lo amará. Y el que esté por ser padre, madre o abuelo/a… (Inmigración y literatura: Poesía 1872-2004).

Más allá de su Lunario santo, Pedroni escribió una narración épica en verso sobre la llegada de los inmigrantes a la mítica ciudad de Esperanza, en la provincia de Santa Fe, obra que ya es un clásico en la literatura -argentina, hispanoamericana, mundial (Borges y la eternidad en construcción). Pedroni, por épico, fue en parte nuestro Homero (Las fuentes escritas de Grecia).

Por simple, podríamos decir que fue nuestro Edgar Lee Masters (Rafael Arraíz Lucca: la mirada precavida).

“Pedroni nos habla de los artesanos de su pueblo con el mismo interés que pone en los problemas de índole universal. La antigua sabiduría y los modernos apremios, los fundadores de pueblos y los hombres qu labran la tierra (…) y la esperada gloria de la lluvia, la Biblia y el camión, convergen sin artificios en sus libros. Se diría que el suyo es un ademán abarcante donde tiene cabida todo aquello que lo toca de manera entrañable”, dice el poeta Carlos Mastronardi (En búsqueda de las claves poéticas de Orlando Van Bredam).

Lo importante ahora es no ocupar mucho espacio con nuestro vano prólogo para poder trasplantar casi todos los versos de su Lunario santo a este sitio de ustedes… Aunque empezaré por la Tercera luna.

Me pongo a trabajar de copista, honroso oficio, pero primero aclaro que no pondré en cursivas ni entre comillas estas joyas, que nadie confundirá con alguna chatarra mía:

Lunario santo

TERCERA LUNA

De un día para otro tu seno estacionado

-remanso con hoyuelo- ha empezado a crecer.

Cien veces me ha sufrido tu pudor agraviado,

y todavía, amiga, no lo puedo creer.

Ruidoso como un niño, mi buenhumor contrasta

con tu recogimiento de tímida perdiz;

y con el tono triste de tu reserva casta,

ruidosa como un niño, mi palabra feliz.

Así, mientras me pides con humilde protesta

para el secreto mutuo mayor intimidad,

yo quisiera vestirme con mi traje de fiesta

y salir a contarlo por toda la ciudad

CUARTA LUNA

En su viejo carrito de dos ruedas

la moza trajo los bizcochos frescos;

te miró de reojo la cintura

y se fue sonriendo.

Con la vasija para el vino tinto

salí tras ella en dirección al pueblo;

la alcancé en siete puertas, ¡y la pobre

ya lo estaba diciendo!

Por la calle volví con un amigo

hablando solo del amor materno,

pero de pronto me quedé confuso:

¡se lo estaba diciendo!

Amiga, de qué valen tu recato

y mi palabra de guardar silencio

si en ti ya lo descubren y yo mismo

a todos se lo cuento.

Sal a la puerta para ver la gente,

camina por el sol, ponte en el viento,

que lo que ha de venir para mi dicha

ya se te ve en el cuerpo.

Entregada al orgullo de mi brazo,

deja por fin la sombra de mi techo,

que a los ojos del cielo y de la tierra

será santo tu aspecto.

Y aunque pocos comprendan la grandeza

de lo que estás haciendo,

a la vista de todos, sin palabras,

te pasearé en el pueblo.

QUINTA LUNA

Con ojos de alfarero alucinado

sigo el cambio sin prisa de tus senos

porque son como vasos milagrosos

que se levantan a un divino fuego.

Y en verdad que tu vientre primerizo,

ni blanco ni moreno,

calladamente se deforma en cántaro

a la presión continua del misterio.

¡Ah, si me fuera dado referirte

lo inexplicable que en el alma siento

y hacer de modo que tu angustia santa

se te vuelva alegría todo el tiempo!

Mujer, en el secreto de tu carne

es mi destino el que se está cumpliendo,

y por eso sonrío a tu sonrisa

y sufro sin querer tu sufrimiento.

Y soy como un pastor ante su tierra

-que mi tierra es tu cuerpo-;

pastor que canta o que en la plaga llora

con los brazos abiertos.

Ah, poco a poco, como un niño triste,

de extraño mal me moriré en silencio,

si lo que llevas, que es mi propia viña,

te lo destruye el viento.

SEXTA LUNA

El mismo día que lo supe todo

con esta Biblia regresé del pueblo

y la empezamos a leer felices

a la rojiza claridad del fuego.

(Lía la grácil y Raquel la hermosa;

la paloma y el cuervo;

cautivos pálidos, guerreros hoscos

y faraones negros.

Abisag y David. Jepthé llorando.

El Jordán y el Mar Muerto.

La voz de Dios en las llanuras calvas

y un pueblo y otro pueblo.)

Y he aquí que al entrar como una luna

en su sexta figura tu misterio,

leo el último salmo del profeta

y te contemplo ante el primer proverbio.

Ah, tú que tienes la suprema dicha

de llevarlo en el cuerpo,

aprende la palabra de los santos

y háblale luego con el pensamiento.

Cuéntale siempre este remoto drama;

háblale a solas de este antiguo ejemplo

y deja que la arena de las horas

caiga sin ruido en el reloj del tiempo.

Así, sin esperarlo, ante tus ojos

blancos de fe, se detendrá el momento,

y en el alma tendrás recién oída

la voz del Evangelio.

Después, rama quebrada, con alivio

descansará tu cuerpo,

y al lado de la rama, el fruto hermoso

caído a tierra por la ley del viento.

Y ante los dos, como Melchor el mago,

mi corazón venido del desierto.

SÉPTIMA LUNA

Frente a frente en la mesa, que es un humilde altar,

hablamos en voz baja del que está por llegar.

Sobre la tinta verde del hule de la cena

la lámpara proyecta su tibia luna llena.

Y una penumbra suave refleja en toda cosa

la flor iluminada de su pantalla rosa.

Y cortado del diario que nos llegó en el día,

el molde sufre el peso de la copa vacía.

Molde de camisita que en el papel conserva

casi todo el dibujo de un pastor en la hierba.

Molde de camisita con una historia trunca

y la palabra siempre y la palabra nunca.

Caído de tus manos, el ovillo de lana

estira hasta la puerta su purísima cana.

A tus pies duerme el perro, y a mi calor, liviano,

el libro recibido de un poeta lejano.

Libro de adolescente, libro desconocido,

en mis rodillas juntas, como un recién nacido.

Y he aquí que te digo: -Si tal es tu querer,

también, por tu alegría, yo lo espero mujer.

Pero que siempre sea de dulce condición,

no importa, amiga mía, si es mujer o varón.

De modo que en sus manos, ya de José o de Marta,

el pan se subdivida y el vino se reparta.

Aunque después los otros, en un olvido cruel,

sirvan el pan sin ella o el buen vino sin él.

Así, sencillo y bueno, sencillo y sin fortuna,

será de los que tienen su símbolo en la luna.

Que la luna noctámbula, en su piedad remota,

es moneda de todos, y casi siempre rota.

OCTAVA LUNA

Ya no sales conmigo cuando parto

ni vienes a mi encuentro cuando llego.

Andas con tu rubor de cuarto en cuarto,

pájaro triste, animalito ciego.

Andas… Y santifica nuestra casa

la presencia de Dios en tu fatiga,

como hace grave nuestra cena escasa

la simple vestidura que te abriga.

Y al verte muda, vacilante, opresa,

siento en las manos un temblor divino

que se acrecienta si al tender la mesa,

sobre el mantel, se te derrama el vino.

Por eso adquiere en mi temor cristiano

un suceso común, hondo sentido:

la copa que se cae de tu mano

o el clavo que desgarra tu vestido.

Y a remorderme en esta vida nueva

viene un recuerdo y otro del olvido:

la cría inerme que ultimé en la cueva

y la paloma que atrapé en el nido.

Y cada vez que tu aflicción callada

te deja en algún sitio recogida

mis ojos ven en ti, transfigurada,

la liebre madre que maté dormida.

NOVENA LUNA

Dos cartas iguales escribí en la noche

para dos ausentes: tu madre y la mía.

Las madres salieron de distintos puntos

y llegaron juntas al caer el día.

Mi madre, del campo, con su cochecito;

la tuya, de lejos, en veloz carruaje;

una con mantillas que compró en el pueblo

y otra con un gorro que tejió en el viaje.

Llorando, en la puerta, me besó tu madre;

llorando y riendo me abrazó la mía,

y yo, como niño que no sabe nada,

lloraba con ellas o me sonreía.

Entraron a verte las dos madres juntas.

En la puerta, solo, me quedé parado.

Y esperé el suceso como si tuviera

que verlo en el fondo del camino andado.

Levantóse polvo. Vi en la nube un punto.

Vi en el punto un niño. Vi en el niño un hombre.

La nube de polvo se elevó hasta el cielo.

Y alzando las manos pronuncié tu nombre.

Envío

Y junto a mi regalo, les mando mis abrazos…

Mora

Monografias

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Comentarios

5 respuestas a “Las nueve lunas de José Pedroni”
  1. Joise Morillo dice:

    Hola querida.

    Totalmente hermosa la prosa de Pedroni, representa la concepción en una estética brillante, concibe como apología (valga el termino) lo sublime del embarazo, manifiesta la ingenuidad del primerizo ante la prudencia indescriptible, diáfana y a la vez maravillado del orgullo propio de quien procrea y le hace publico.

    Os ama

    Joise

  2. ALEJANDRO FRANCO CHAVEZ dice:

    Querida Mora:
    Me conmovió en el alma esta alegoría de la más bella de las esperas. La llegada de la simiente germinada. La vida misma.
    Abrazo,
    Alejandro

  3. María Cristina Schneider dice:

    Querida amiga. Como buena y orgullosa santafesina que soy (que somos ) he leído por milésima vez Las nueve lunas y por milésima vez no he podido evitar emocionarme . Es que en forma tan sencilla pero a la vez de una calidad poética puede relatar el sublime milagro de la procreación . Excelente idea la tuya de publicarlas. Besos

  4. JAIME HERNÁN GONZÁLEZ GÓMEZ dice:

    Hola, recordada Mora:
    Eres mi conexión con remotos pasados.
    Recién cumplí seis años, mi madre embarazada escondió entre sus recortes de periódicos y revistas un poema que le pareció muy bello; al año siguiente y para el día de las madres, en el colegio me designaron para declamar algo dedicado a ellas y me obligaron a aprender, de Gabriela Mistral, aquello de: “Madre, madre, tú me besas, pero yo te beso más. Como el agua en los cristales caen mis besos besos por tu faz…”, Mi hermano había nacido el 31 de abril y ella me hizo prometer que se lo diría todos los días de la madre, lo que hice durante no sé cuantos años más… Yo sabía que era feliz, porque mi precoz inclinación a leer, inclusive poesía, le alimentaba su propia y secreta afición a coleccionar y “cometer” versos que escondía en una bellamente colorida caja de latón que alguna vez contuviera bizcochos ingleses. En esa caja, allanada en secreto a mis trece años me encontré aquel recorte y decidí aprenderme la parte final del poema que la había impresionado. En los años siguientes, todas mis parientes y amigas embarazadas, incluyendo las madres de mis tres hijos, se convirtieron en “objetivo sentimental” del fragmento del hermoso poema, al que creí que te referías en ésta entrega de tus deliciosas crónicas. No fue así.

    Mi poema es la última parte de “MATERNIDAD”, de José Pedroni y siempre me ha parecido más diciente y sensible que el de las nueve lunas.

    Como en tu última entrega (Envíos de la niña de piedra) dejas entrever cierta reticencia hacia Google, te comparto, de memoria, el fragmento:
    ———-
    Mujer: en un silencio que me sabrá a ternura,
    durante nueve lunas crecerá tu cintura;
    en el mes de la siega tendrás color de espiga,
    vestirás simplemente y andarás con fatiga.

    El hueco de tu almohada tendrá un olor a nido,
    y a vino derramado nuestro mantel tendido; si mi mano te toca,
    tu voz, con la vergüenza, se romperá en tu boca, lo mismo que una copa.

    El cielo de tus ojos será un cielo nublado;
    tu cuerpo todo entero, como un vaso rajado que pierde un agua limpia.
    Tu mirada un rocío, tu sonrisa la sombra de un pájaro en el río.

    Y un día, un dulce día, quizá un día de fiesta,
    para el hombre de pala y la mujer de cesta;
    un día en que las madres y las recién casadas
    vienen por los caminos a las misas cantadas;
    el día en que la moza luce su cara fresca,
    y el cargador no carga, y el pescador no pesca. . .

    Tal vez el sol deslumbre, quizás la luna grata
    tenga catorce noches y espolvoree plata
    sobre la paz del monte;
    tal vez en el villaje llueva calladamente; quizás yo esté de viaje.

    Un día, un dulce día, con manso sufrimiento,
    te romperás cargada como una rama al viento,
    y será el regocijo de besarte las manos, y de hallar en el hijo
    tu misma frente simple, tu boca, tu mirada,
    y un poco de mis ojos, un poco, casi nada. . .

  5. linda verlliui dice:

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