Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Las palabras de piedra

Yo salía de mi departamento del barrio del Once y no iba a ningún lado en realidad (Brújula). Un hombre que pasaba me preguntó adónde me dirigía y le mentí:

-Voy para allá -apenas susurré, y él siguió caminando conmigo por la calle Viamonte (Teoría matemática del destino).

Llegamos a Junín y yo crucé y doblé, y él junto a mí.

Caminamos por Junín muchas cuadras. Nos mirábamos la punta de los zapatos.

No sé qué descubrí en la punta del mío que me inspiró a decir esto:

-Gente que ha muerto hace tiempo y que hace pedidos desesperados como H. P. Lovecraft en sus relatos, me inquieta (El cuento de terror).

Mi acompañante me miró asombrado, aunque sorprendentemente sabía de lo que hablaba:

-No vuelvo mucho a él porque el escalofrío que me produce llega desde mis años de juventud hasta acá. Y no es un golpe, es un redoble. Es la palabra de piedra de un muerto (Las palabras ocultas en la inteligencia).

Le di la razón y agregué:

-Hace pedidos desesperados pero sólidos, ¿quién se atrevería a seguir excavando cuando Lovecraft dice: “…insisto, con toda la fuerza de mi ser, para que se abandonen todos los intentos de desenterrar aquellos fragmentos de lo desconocido, cimientos primordiales…” (Introducción a la Historia).

-Tiene una bella memoria -fue su comentario a mi hipótesis.

Le respondí malhumorada:

-No, es lo único que recuerdo palabra por palabra de lo que se ha escrito en el mundo, lo olvido todo, pero eso no.

Y me hizo una pregunta que estaba destinada a ser recordada para siempre:

-¿Qué olvida, por ejemplo?

Me puse a la defensiva, soy tan vulnerable:

-Es una pregunta rara, ya sabe, porque si olvido, no recuerdo, y no puedo explicarle qué recuerdo de lo que no recuerdo.

-Eso es -se le notaba nuevo entusiasmo en la voz-, dígame algo de lo que no recuerda.

Respondí de inmediato, se ve que no era tan difícil:

-Cuando era chica leí un cuento sobre un asesino que elegía en la calle a sus víctimas, primero las invitaba a su casa y…

-Yo también lo leí -dijo el hombre-. Pero no lo recuerdo, ¡hace tanto tiempo!

-¿Cuánto? -pregunté mientras cruzábamos avenida Santa Fe.

Cuando llegamos a la otra acera él contestó:

-¡La gente común es tan complicada! ¿Acaso no ve lo que es el tiempo?

-Sí, es nada, es una línea recta mezclándose con el espacio -dije por decir.

Y acerté, porque él sentenció severamente:

-Es así, pero la gente descomunal que se hace pasar por gente común me desagrada, porque es más complicada todavía, y más común.

Me encogí:

-¿Lo dice por mí?

-Claro -contestó.

Decidí seguir con lo mío:

-Primero invitaba a sus víctimas a su casa y después les hacía pasar tres o cuatro días maravillosos…

-¿Maravillosos como qué? -se rascó la cabeza, revolviendo en su memoria.

-Les hacía vivir todas las cosas que habían soñado hacer en su vida, pero usted ya lo sabe porque también lo leyó.

-Sí -dijo con firmeza-. Ya no recuerdo cómo adivinaba las cosas que esa gente deseaba -se puso algo nostálgico.

-¡Les tiraba las cartas y les sacaba información! -exclamé.

-Cierto -asintió.

Seguimos caminando como si la brisa nos empujara, sin darnos cuenta del todo, en busca de asociaciones, precisiones, memorias. En busca del recuerdo de un cuento leído una vez hacía muchos años, que ni siquiera sabíamos si era un botín compartido o cada uno tenía su tesoro. Y en “las nieblas del tiempo”, además, se nos había escurrido el autor.

Cruzamos Plaza Francia, entramos sin querer en el cementerio, caminamos por sus calles y avenidas -el Cementerio de la Recoleta es el único en el mundo que tiene calles, veredas, avenidas, esquinas; quizá falten semáforos.

En nuestra charla, el cuento progresaba hacia un horizonte desconocido, como nosotros dos, el hombre y yo.

-No -dijo el hombre vislumbrando alguna cosa, de pronto-, no tiraba las cartas para conocer los deseos de sus futuras víctimas; me parece que sólo tiraba las cartas para elegir sus víctimas y nada más.

Me sonó falso, como si toda la historia cambiara por un hecho tan simple. De repente, algo se removió en mis vísceras y exclamé:

-¡Se llamaba El Jardín de las Delicias! Aún no me sale de la punta de la lengua el autor, pero ese era el título.

Él dijo más seriamente que nunca:

-No, Señora, ese es otro cuento, renacido de las cenizas de los cuadros de El Bosco.

-No, Señor -me burlé-. Lo sentí escrito en mí como en un muro.

Y de muros hablábamos. Pasábamos por palacios y por mansiones donde vivían los muertos. Tenían escaleras y esculturas de mármol y altas puertas adornadas con trabajos de orfebres, llamadores de oro y plata que nadie atendía, vitrales para que se admiraran las visitas que los dueños de casa no disfrutaban.

-Me llega un recuerdo bastante frágil -el hombre me miró como para confrontarme-. Al empezar la historia, el asesino había empezado a criar con excesivo cuidado una plantita…

-La protegía del frío, del calor, del viento. Le ponía la cantidad exacta de agua que necesitaba diariamente -continué su hazaña mnemotécnica.

-Era para aprender a amar, aunque fuera a una planta -dijo conmovido, conmovido tal vez por tener una memoria tan buena.

-Así era -contesté-. Sí, es el mismo cuento.

-Nunca lo dudé -remató él.

Pero tal vez no pensaba rematar ahí, sospecho que algo lo interrumpió.

Bueno, no es que sospeche, estoy segura, porque lo que se levantaba cuando doblamos esa calle del cementerio era una inmensa y despojada casa pintada de amarillo; podría decirse que sólo era un gran muro amarillo, pero adentro yacía su amo y dueño.

Lo del amo y dueño lo dije en voz alta. El hombre que caminaba conmigo respondió:

-No es sólo el amo y dueño del panteón. Fíjese arriba.

Vi unas letras gigantescas sobre el muro amarillo. Pero nada de adornos. Claro, el que yacía había sido, además de escritor, un pobre vagabundo. Iba de pensión en pensión, por Buenos Aires, mudando su biblioteca y su poncho. Lo raro fue notar cómo había progresado de muerto. Esa cantidad de metros cuadrados en ese cementerio eran del mismo precio que un castillo francés en la campiña.

-¡Es él! -gritamos ambos.

Sí, era Él, el autor del cuento que todavía no sé adónde lo leí cuando era chica, y eso que debido a este encuentro revisé toda su obra. ¿Sería un escrito primerizo, un escrito que mandó a una revista de las de antes y que yo recogí en una librería de viejos? Yo solía hacer eso cuando era niña, porque con el vuelto de los mandados me alcanzaba para leer uno o dos libros.

Mi acompañante me dejó; tal vez se escabulló entre las losas sepulcrales.

Volví a mirar el nombre de Macedonio Fernández en el muro, y me llené de lágrimas por él, por el señor que lo había descubierto, por mí. Lágrimas de felicidad o de tristeza, no sé bien.

Envío

Gracias a José Quesada; a Joise -él tiene que saber que lo acompaño en estos duros momentos de su patria-, a Alejandro y a todos los que posaron sus ojos por aquí.

Mora

Monografias

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Comentarios

Una respuesta a “Las palabras de piedra”
  1. Joise Morillo dice:

    Hola Mora, esto me sucedió en Recoleta:

    Había una persona al fondo, recostada en la pared de una de las criptas me fui acercando a el para reguntar algo y, no existía se había esfumado en mi presencia. Paseando por en el cementerio de Recoleta, al momento de buscar información, camine la dirección donde estaba el individuo, luego de segundos desapareció en la nada ante mis ojos. Luego una imagen detrás de la estatua de mujer cerca de una de esas mansiones funerarias en frente vi un gato, tampoco existía, se desvanecieron ante mi cuando me acerque al sitio, fue algo totalmente patético, sobrenatural, ocurrió visitando la tumba de Evita Perón hace 7 años de viaje con Olga.

    Aclaro hay muchas cosas de las cuales soy escéptico, no obstante, los sentidos pueden ser entes que crean imágenes o ilusiones que se hacen visibles, quizá derivado de alguna predisposición, aunado a espectros que cojen forma, imaginaos, “un cementerio”, la imaginación vuela y crea. ja ja.

    os ama
    Joise



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