Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Tres interrogantes

-¿Lo que lo había traído acá? -le preguntó la anciana señora, que esperaba junto a él y varios más en el consultorio de la “médica” (Fenómenos psíquicos).

Le dio vergüenza contestarle. Él ya era un hombre casi viejo también cuando se propuso descubrir la raíz de su incomodidad en el mundo (Teoría atómica del malhumor…).

Para eso compró muchos cuadernos y lapiceras y se extasió toda una tarde comparando el gramaje del papel y los colores de la tinta: describiría toda su existencia como si se la contara de verdad a Freud, a Jung o a Lacan -tenía una amplia cultura general, pero no la había profundizado-, a ver si descubría el momento justo en que algo lo había hecho como era (La anatomía patológica del mal).

-¿Y después, cómo armaría el rompecabezas de sus últimos años? (La muerte renovada).

Eso ya no importaba, él moriría conociéndose, al menos en parte (Autoconocimiento. Diálogos en confianza…).

-¿Y para qué, acaso para dar explicaciones a San Pedro o al Diablo? (Más acá del bien y del mal).

Tal vez todo ese mundo que estaba por encima de su cabeza no existía… Seguro que nada existía más que el afán de las personas de dar explicaciones a cada fenómeno que ocurría. Mas él moriría sabiendo algunas cuestiones que le concernían, y aunque después de muerto no fuera a ningún lugar ni le sirviera para nada la hazaña de cazarse a sí mismo, el momento de morir sería mucho menos desagradable si sabía.

Por ahora sólo conocía cuestiones elementales desde siempre e iba aprendiendo nuevas sobre la vejez, la enfermedad, el tiempo y la distancia, y hasta podía estar equivocado en su juicio sobre esas cuestiones. Por ejemplo, que envejecer era hacerse invisible, quizás eso no era del todo cierto.

-Aunque es verdad que uno va desapareciendo; la cara que yo encontraba antes en mi espejo no es la misma. Sólo cuando sonrío se nota que ésa era una cara; se nota el sentido de cada arruga -quien hablaba ahora era la anciana.

Puso un cuaderno y varias lapiceras en su mesa de noche. El proyecto consistía en que en cuanto sintiera nacer un pensamiento -mejor dicho un recuerdo- lo escribiera.

Todas las noches descendían recuerdos por el respaldo de su cama. Era magnífica la idea de ponerlos por escrito. ¿Cuántos recuerdos había perdido cada noche? Estaba pensando justo en los anteriores 24 horas más tarde, y ya no los tenía.

Pero cuando terminara de cenar y se acostara empezaría un nueva tanda. Ni él podía adivinar a qué parte de su vida lo llevarían. Porque no eran añoranzas ni evocaciones sino viajes reales, verdaderos. Aparecía él de verdad, con la edad que tuviera, y su padre y su madre, con la edad que tuvieran, y sus amores o cualquier otro argumento vivido al pasar, de repente. O un misterio que se le había presentado alguna vez. A lo mejor ya lo había resuelto, o todavía continuaba preguntándose por él.

-Ah, a mí ahora me toca ir a la casa de mi hijo mayor. Seis meses con el mayor y otros seis con el menor, hijas no tengo. Paso de mano en mano. Mi cuerpo por dentro es lo que me molesta, como si caminara con una lámpara que va marcando mis heridas y enfermedades, permanente radiografía. Ser mujer no es triste, tampoco tener hijos, y yo nunca pensé en la muerte. Lo horrible es la vejez. Y más horrible todavía: disimularla.

-¿La disimula ante mí?

-No señor, si apenas acabo de verlo, y en esta sala de fantasmas. A mí también me da vergüenza estar acá. Es la primera vez que se me ocurre preguntar cuánto voy a vivir. No me había imaginado la muerte, qué rara es. Yo era tan joven, bueno, hace mucho pero era tan joven, y ni ganas de imaginarla. Y después se me hizo costumbre, como un vicio. El vicio de no morir. Murieron todas mis amigas y Héctor también murió, hace años, y yo no aprendí nada, a morir. ¿Cómo se hará? Yo siempre me consolaba con otras distracciones, me consolaba con vestidos o con joyas o viajes y luego con el dinero de la herencia de Héctor, que era más que joyas y vestidos. Entonces no me di cuenta que llegaba tan lejos, a mis 88, aunque tan entera, tan sana. Me baño sola, me maquillo diariamente, no sé si alcanza a sentir pero tengo olor a jazmines…

-Yo no vine a preguntar por la muerte, la conozco muy bien. Como le decía, me compré esos cuadernos para anotar cualquier recuerdo que se me ocurriera. Todas las noches sucedía que bajaban los recuerdos como un río, me tapaba de tantos recuerdos. Y a la mañana ya no tenía idea de cuáles habían sido. Durante el día era un hombre sin pasado, con apenas una leve noción de quién había sido yo. Entonces decidí darme caza; todo lo que apareciera ante mí por la noche lo escribiría. Y así fue como después de elegir los cuadernos y lapiceras y ponerlos en mi mesa de noche, los recuerdos dejaron de visitarme, no apareció uno solo desde hace unos meses.

Yo vine a preguntar cuándo volverían.

De pronto se abrió la puerta del consultorio de la médica, y ella entró bailando, y cantando una dulce canción, se plagió a sí misma:

-Cuando estoy por empezar una sesión, estiro mi mente hasta llegar al cielo, contraigo mi mente hasta llegar a los dientes de las tinieblas. No es extraño que yo conozca tanto al consultante de mi tarot y mis visiones. Yo sé ser ella, ser él. Sueño sus sueños y sueño su vigilia.

Incluso me anticipo al visitante: quién vendrá hoy y quién vendrá mañana. Porque el techo está lleno de agujeros y yo espío por él. Al misterio no soy quien lo convoca; el misterio me mece, desocupa mis ojos de las sombras.

Antes de comenzar, yo preparo mi casa, unto mis manos con aceite santo, adorno el cuarto con flores silenciosas; las velas se encienden solas cuando entra el invitado. Más débil o menos débil es el fuego según cada pasión…

La mujer, que seguía cantando, se acercó al hombre casi viejo y a la señora anciana que estaban sentados uno al lado de la otra y preguntó: “¿Qué hacen aquí?”.

-Consultamos -dijeron.

Los otros pacientes miraban con cierta morbosidad.

Soy yo el hombre casi viejo, el que compró papeles y pagó con recuerdos.

No supe más de la dama tan anciana.

No supe más de ningún recuerdo mío.

Lo triste es que se quiebra este relato. Siempre pensé por qué ningún lector se ha dado cuenta de que las cosas no suceden.

Envío

Joise, ya sé que no te va a gustar el relato, que vas a decir que se aproxima peligrosamente al vacío o al existencialismo… Celestino: lo adorarás. José María: hablarás de otras cosas. Felipe: me darás un relato mucho mejor elaborado. Alejandro: te va a fastidiar. Gerardo: preferirás ver sus mejores fragmentos…

Todos: mis abrazos, mis besos y mis súplicas de piedad. Los espero

Mora

Monografias

Si le ha gustado esta entrada, por favor considere dejar un comentario o suscríbase al feed y reciba las actualizaciones regularmente.

Comentarios

6 respuestas a “Tres interrogantes”
  1. José Quesada dice:

    Me gustó, Mora. Pero veo que usted tiene dudas acerca de muchas cosas, como todos. En ese sentido me ayudó mucho leer “Conversaciones Con Dios”, de Neal Donald Walsh. Se lo recomiendo. Me pareció que tiene lógica. Y por lo tanto, algo ha de tener de cierto. Son tres tomos, por lo que confieso que los escuché en su versión de audiolibro que pued encontrar en Youtube.com

    Saludos,

    José Andrés

  2. Joise Morillo dice:

    Mora, Saludos y abrazos…

    No, Mora ya estoy acostumbrado a vuestros relatos surrealistas y divertidos, la narrativa es espectacular, ni existencialismo, ni vacío de contenido, es el divagar del que siente pena de si mismo por algo que ansía saber y le es imposible descifrar, desubicado en el espacio y el momento que ha vivido, aun cuando haya tenido buenos momento, felicidad esporádica que no ha sabido enrumbar a la posteridad, desconsolado ontológicamente, aun cuando se un triunfador en los menesteres de lo cotidiano y haber tenido profesión y vida social. ¡La muerte, para que preocuparse de ella, si cuando llegue no le podréis contar a nadie como fue!

    Os ama

    Joise

  3. ALEJANDRO FRANCO CHAVEZ dice:

    Querida Mora.
    Si conceptuara la vida gravitando sobre tu relato, se diría que que ésta es una inconclusión de cosas, y que tan solo la muerte podrá darle fin; siempre y cuando no nos vayamos con todo y nuestros cachivaches a vivir y sufrir otra vida (según los preceptos divinos establecidos).
    Ubicación ontológica aquí, diría Joise.
    Fíjate que yo necesitaría toda una papelería para plasmar todos los “fogonazos” mentales

  4. ALEJANDRO FRANCO CHAVEZ dice:

    que experimento durante el día…; durante la noche, sino no es por algún insomnio esporádico, tales fogonazos no acuden. Tendría que escribir sobre mis sueños, que nada tienen que ver sobre mi vida. O, ¿sí?
    ¡Las cosas que pones a uno a pensar…!
    Eres toda una Remedios y Leonora de las letras, ni dudarlo.
    Me gustó e inquietó tu relato. Me pondré a escribir los tantos”flashazos” que me abruman durante el día…
    Abrazo fuerte,
    Alejandro

  5. felipe humberto rizzo dice:

    Querida Mora, hablando de sueños, he aquí uno de los míos y que no pretenden competir con tu pluma.
    Abrazos.
    REGRESIÓN ONÍRICA
    Estar parado frente a su tumba es la pesadilla más macabra que uno puede llegar a soñar, y es lo me ocurrió mientras dormía. Me había acostado tarde y no podía conciliar el sueño, algo me alteraba, tenía la rara sensación que algún ser desconocido se había metido en mi mente y que no podría evitar el compartir mi sueño.
    Daba vueltas y revueltas en la cama sin animarme a apagar la luz, presentía una mala noche y eso me desvelaba y erizaba mis nervios. Al final me animé, apreté el interruptor y la oscuridad ganó mi habitación, cerré los ojos, dejé pasar unos minutos y comencé lentamente a entreabrirlos, quería cerciorarme que estaba solo, y ahí fue cuando me vi parado frente a una recientemente abierta tumba mirando hacia el interior de su profundo pozo, lo que hizo me rebele contra Dios.
    -¿Dime Señor, para que me trajiste al mundo sabiendo cual sería mi triste final, o acaso pretendes acepte mansamente el ser comido por los gusanos y que el tiempo inexorablemente acabe por convertir en polvo mis despojos? ¿Dónde se oculta aquel ser bondadoso que dices ser y me quitas la vida sin saber cuántos sueños y proyectos me restan por concretar?
    Fue solo una voz venida del fondo del pozo la que me contestó.
    -Vinisteis al mundo sabiendo de tu finitud, es tu destino de hombre él no ser perpetuo, al igual que tus padres deberás volver a ser polvo por toda la eternidad, esa es la ley sagrada que todos deben cumplir.
    Mientras lo escuchaba hablar comencé a retroceder lentamente buscando alejarme del foso.
    -¿Realmente quieres retroceder para demorar el fin?- me preguntó. -Eso sí te lo puedo conceder, pero debo advertirte que al final volverás al mismo lugar de donde quieres escapar.
    La oscuridad se disipó y creí despertar con diez años menos, todos mis proyectos y sueños sin cumplir daban vueltas a mí alrededor y solo tenía que estirar la mano para atrapar al que ese día quería realizar, era dueño del pasado y los sueños sin concretar.
    Me olvidé de Dios, día que pasaba con cada anhelo cumplido despertaba con mucho menos años. Miraba hacia adelante viendo cómo rápidamente se alejaba el futuro, me sentía como Dorian Gray el personaje de Oscar Wilde y su pacto con el diablo, escapándole a la muerte.
    Fue todo muy rápido, de golpe me tragué la vida, hoy joven, mañana niño y los sueños se me escapaban rápidamente de las manos hasta hacerme olvidar su encanto. Solo ocho años tenía cuando me detuve a pensar: ¿Qué va ser mí si mis padres han muerto, quién me cuidará cuando sea un bebé y no solo no sepa caminar y mucho menos hablar? Cientos de interrogantes me empezaron a acosar: ¿Quién me dará de mamar, quien cambiará mis pañales y acallara con sus besos y caricias mis ganas de llorar?
    La desesperación ganó mi ánimo y quería despertar, me hallaba solo y desvalido frente a la abierta tumba, aterrado la miraba mientras el reloj de la vida marchaba inexorablemente hacia la hora final del día. Me arrastré hacia su borde y recién entonces comprendí las palabras del Señor:
    -“…al final volverás al mismo lugar de donde quieres escapar”.
    Al no haber vientre materno donde volver, solo la fosa me puede acoger.

  6. María Cristina Schneider dice:

    No sé si es tan surrealista. Yo tengo recuerdos permanentemente de día y de noche, pero los disfruto si son buenos y me detengo en ellos, y los espanto si son malos. No soy escritora por lo tanto no surge en mi la necesidad de plasmarlos en el papel. Interesante como siempre tus relatos .



Deje su comentario

Debe para dejar un comentario.

chatroulette chatrandom

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda