Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Mayo, 2017

Envíos de la niña de piedra

Lo que voy a contarles -de lo cual quizá ya les conté una parte antes, aunque no lo recuerdo (La memoria y el olvido)- toca, ¡otra vez!, al Cementerio de la Recoleta.

Puede ser que yo tenga una obsesión con este tema (“El Túnel” de Ernesto Sabato), un hechizo o un encantamiento (Hechicería e Imaginario Social), pero en el caso es casualidad, pura casualidad, o causalidad, dirán algunos, muy seriamente (Logosofía: ciencia de la causalidad).

Como un silogismo, o como una escalera que desciende, esta vez el relato empieza lejos del mencionado cementerio.

Yo estaba mirando televisión aquí, en Agua de Oro, Córdoba, hace unos días. Miraba el programa de Mario Marquic “En el camino”, en un canal de aire de Argentina.

El conductor recorre en cada entrega diferentes lugares de mi extenso, y variado, país. Esta vez estaba en la ciudad de La Plata, narrándonos su nacimiento. La Plata es actualmente, y orgullosamente, la capital de la provincia de Buenos Aires (Ciudades Diseñadas. El caso de La Punta (San Luis - Argentina).

Como encendí el televisor cuando ya “En el camino” estaba muy avanzado, lo que oí y lo que vi fueron flashes que después se acomodaron un poco forzadamente en mi entendimiento.

El primer pantallazo se trató de la fotografía -es decir, el daguerrotipo (Historia de la fotografía)- de Dardo Rocha. Él fundó la ciudad en 1883, con todos los adelantos modernos, y algunos futuros. Dardo Rocha, según Wikipedia, nació en 1838 en Buenos Aires, donde murió en 1921. Fue abogado, político, diplomático, militar, periodista y docente, y, además, creador de pueblos. Aparte de La Plata, fundó las ciudades de Necochea, Tres Arroyos y Coronel Vidal, y dio origen a la Universidad de La Plata, de vasta fama.

El segundo pantallazo o flash que atravesó mi mente siempre curiosa fue la maqueta previa a la construcción de La Plata.

Me asombró. Eran muchísimos cuadrados, que es lo común en nuestros pueblos de origen español, pero estos cuadrados estaban cruzados  por numerosas diagonales. En cada diagonal y en cada triángulo del dibujo, cada seis cuadras, se marcaba un espacio verde, un parque o una plaza.

Miré la maqueta que mostraba la cámara; se veía que a pesar de los cuidados del museo, el papel se había puesto amarillo, casi marrón, como una reliquia de ópalo.

Yo había estado una vez y sólo un día de visita en La Plata, recorriéndola, y me habían maravillado la Catedral, el museo Florentino Ameghino, que guardaba el temible esqueleto de un dinosaurio, y otros detalles fascinantes de distintas culturas latinoamericanas, además de cierta elegancia de las calles que dependía de las diagonales.

Escuché el nombre del hacedor de la maqueta, del constructor de la ciudad (Historia de la arquitectura): era Pedro Benoit, y algo me decía ese apellido desde el fondo de la memoria, desde ese bosque donde se mezclan nombres y acontecimientos.

El programa siguió y -con gran sabiduría- su conductor nos mantuvo ansiosos, a la espera de resolver al final el enigma que planteaba: el arquitecto de La Plata, Pedro Benoit, ¿de quién era hijo? (Franceses en la Argentina).

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Las nueve lunas de José Pedroni

“Por esta galería bien medida y rimada

se puede ir a la muerte con la vista vendada”.

Hoy quiero dejar de lado los cuentos, los sueños y relatos (Cuatro relatos históricos) -hasta el próximo miércoles- con la intención de hacerles un regalo bien cumplido: olvidarme de mí y hacer que amen a José Pedroni. Todo el que lleve en sí alas de poeta lo amará. Y el que esté por ser padre, madre o abuelo/a… (Inmigración y literatura: Poesía 1872-2004).

Más allá de su Lunario santo, Pedroni escribió una narración épica en verso sobre la llegada de los inmigrantes a la mítica ciudad de Esperanza, en la provincia de Santa Fe, obra que ya es un clásico en la literatura -argentina, hispanoamericana, mundial (Borges y la eternidad en construcción). Pedroni, por épico, fue en parte nuestro Homero (Las fuentes escritas de Grecia).

Por simple, podríamos decir que fue nuestro Edgar Lee Masters (Rafael Arraíz Lucca: la mirada precavida).

“Pedroni nos habla de los artesanos de su pueblo con el mismo interés que pone en los problemas de índole universal. La antigua sabiduría y los modernos apremios, los fundadores de pueblos y los hombres qu labran la tierra (…) y la esperada gloria de la lluvia, la Biblia y el camión, convergen sin artificios en sus libros. Se diría que el suyo es un ademán abarcante donde tiene cabida todo aquello que lo toca de manera entrañable”, dice el poeta Carlos Mastronardi (En búsqueda de las claves poéticas de Orlando Van Bredam).

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Las palabras de piedra

Yo salía de mi departamento del barrio del Once y no iba a ningún lado en realidad (Brújula). Un hombre que pasaba me preguntó adónde me dirigía y le mentí:

-Voy para allá -apenas susurré, y él siguió caminando conmigo por la calle Viamonte (Teoría matemática del destino).

Llegamos a Junín y yo crucé y doblé, y él junto a mí.

Caminamos por Junín muchas cuadras. Nos mirábamos la punta de los zapatos.

No sé qué descubrí en la punta del mío que me inspiró a decir esto:

-Gente que ha muerto hace tiempo y que hace pedidos desesperados como H. P. Lovecraft en sus relatos, me inquieta (El cuento de terror).

Mi acompañante me miró asombrado, aunque sorprendentemente sabía de lo que hablaba:

-No vuelvo mucho a él porque el escalofrío que me produce llega desde mis años de juventud hasta acá. Y no es un golpe, es un redoble. Es la palabra de piedra de un muerto (Las palabras ocultas en la inteligencia).

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Tres interrogantes

-¿Lo que lo había traído acá? -le preguntó la anciana señora, que esperaba junto a él y varios más en el consultorio de la “médica” (Fenómenos psíquicos).

Le dio vergüenza contestarle. Él ya era un hombre casi viejo también cuando se propuso descubrir la raíz de su incomodidad en el mundo (Teoría atómica del malhumor…).

Para eso compró muchos cuadernos y lapiceras y se extasió toda una tarde comparando el gramaje del papel y los colores de la tinta: describiría toda su existencia como si se la contara de verdad a Freud, a Jung o a Lacan -tenía una amplia cultura general, pero no la había profundizado-, a ver si descubría el momento justo en que algo lo había hecho como era (La anatomía patológica del mal).

-¿Y después, cómo armaría el rompecabezas de sus últimos años? (La muerte renovada).

Eso ya no importaba, él moriría conociéndose, al menos en parte (Autoconocimiento. Diálogos en confianza…).

-¿Y para qué, acaso para dar explicaciones a San Pedro o al Diablo? (Más acá del bien y del mal).

Tal vez todo ese mundo que estaba por encima de su cabeza no existía… Seguro que nada existía más que el afán de las personas de dar explicaciones a cada fenómeno que ocurría. Mas él moriría sabiendo algunas cuestiones que le concernían, y aunque después de muerto no fuera a ningún lugar ni le sirviera para nada la hazaña de cazarse a sí mismo, el momento de morir sería mucho menos desagradable si sabía.

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