Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

La herida de Ignacio de Loyola - III

Viene de:

Sentí que estábamos adentro de un caleidoscopio de luces negras, violetas, rosadas, con figuras inmóviles pero que cambiaban: Alicia, los muebles, yo, nos movíamos sin movernos, es decir, avanzaba el tiempo sobre nosotros y nos modificaba, y mis ojos se habían transformado para ver esos movimientos del tiempo que tan segura aunque tan lentamente iban cavando las arrugas dentro de nosotros, debilitando nuestros cabellos hasta hacerlos incoloros un día, haciéndonos más frágiles y adelgazando la madera de roble de la cama, la mesita, el ropero.

“Desgaste”, pensé. En un segundo había podido observarlo. Pasaba suavemente, se producía en años o en décadas, pero yo lo había visto pasar en un segundo.

Desgaste; lo que yo haría con Alicia era más bien piadoso: acelerarlo.

Entendí que debía esperar un poco más, apenas si llegaba a la página 10 de los Ejercicios… y si hoy mataba ya no podría terminarlo.

Cuando ella abrió los ojos a la mañana, le dije:

La herida de Ignacio de Loyola - III

-Alicia, si me mataras, ¿cuánto tiempo estarías en prisión? (Análisis crítico de la prisión).

Y antes de su respuesta, aclaré:

-Cuando digo vos digo ellos, nosotros, yo o algunos más…

Se desperezó:

-Si te matara me darían perpetua (Hamlet-Ofelia, ¿el duelo como una erótica?). No entiendo la aclaración que hiciste (Principales aportes de la ciencia a la comprensión de la envidia).

Se levantó y se vistió, agregando:

-Tengo miedo, creo que lo hablamos cuando nos conocimos (El miedo y el renacimiento de lo fantástico).

-Hace tres días…, y no hablamos más. ¿Por qué estás conmigo? -le pregunté, y ella tomó su bolso y se fue mientras decía:

-Porque estás conmigo. Pero, ¿por qué estás conmigo? (Las etapas emocionales del ser humano).

Cuando la oí cerrar la puerta le grité:

-¡Son todos juegos de palabras! (La afasia, la histeria y el psicoanálisis).

Y exactamente eso sentí: mi propia vida, nuestro encuentro, mi caída por los escalones, eran juegos de palabras. Fue esa mañana cuando decidí apresurarme.

Sentí una angustia que venía del recuerdo de mis padres, quizá por única vez.

Yo sabía que ellos conocían mi modo de actuar, mis desapariciones que duraban hasta un mes, mis apariciones llenas de hipócritas pedidos de perdón. Aparte, los había llamado apenas empezó mi estadía en lo de Alicia, dándoles todas las excusas posibles.

Sin embargo, y aunque no veía señales que llegaran del cielo para proceder con Alicia, sí algo se conmovía en mí en relación a mis padres.

Los llamé.

Mamá dijo “hola” y yo le contesté, hubo unos segundos de silencio y escuché que lloraba. Le pregunté por qué. Me preguntó: “¿estás allí?. Le dije que sí, y supuse que “allí” era el ignoto hospital de mi fábula. Papá tomó el tubo y dijo: “Ya casi juntamos el dinero”.

Y colgó.

Iba a volver a llamar, pero me quedé sentado, confundido. Sospecho que algo que no llegó del todo a mi conciencia entendía; sin embargo, traté de convencerme de que el dinero al que se refería mi padre era el que yo le había robado, como si por una causa milagrosa alguien se lo hubiera devuelto. Cambié varias veces de convencimiento: no era posible, sí era posible; no, no era posible; quizá sí, sólo si Alicia se hubiera comunicado con ellos. ¿Cómo?

No le había dicho ni siquiera mi apellido, aunque resultara probable que un papel o una tarjeta con mis datos, o hasta mi documento, se escurriera de mis bolsillos cuando me enyesaron la pierna.

¿Alicia había caído seducida por mí hasta cualquier sacrificio -devolver mis dineros robados, por ejemplo-, como San Juan de la Cruz, de Jesús, o como San Ignacio, de la Virgen?

Escribía Ignacio:

“…y asimismo lo que hacen el ángel y nuestra Señora, es a saber, el ángel haciendo su oficio de legado, y nuestra Señora humillándose y haciendo gracias a la divina majestad; y después reflectir, para sacar algún provecho de cada cosa destas”.

Pura locura mía; yo no escuchaba voces pero las esperaba. Esperaba del cielo o del infierno una señal, y hasta de la tierra.

Cada vez más seguro de que el prodigio llegaría esa misma noche, me dediqué a revisar las reliquias que Alicia guardaba en las vitrinas de la sala.

Como le había vociferado a Alicia, la verdad estaba por ese tiempo, para mí, sólo compuesta de juegos de palabras, de hábiles juegos de palabras: la joven que entró en el bar aquella noche de primavera lo hacía siempre, entraba a ese bar todos los días a esa hora.

Las cosas habían sido planeadas por mi mejor amigo y yo, aunque él sólo creía en mis mejores intenciones: enamorar a Alicia.

Él mismo fue quien diagnosticó la quebradura inexistente. Se asesoró sobre cómo colocar un yeso, compró todo lo necesario para el caso y atendió el teléfono cuyo número le pasé a Alicia. La atendió diciendo: “Urgencias traumatológicas”, y fue a verme y a enyesarme.

Al revisar las vitrinas de la sala descubrí una preciosa colección de piezas, varias de estilo gauchesco.

Mis ojos recorrieron aperos, tabas, fajas, boleadoras, y me detuve en los cuchillos.

Vi un cuchillo de plata de unos quince cm de largo que tenía en la traba grabado el escudo nacional argentino. Vi un Toledo original, muy antiguo. Y, en sus vainas, cuchillos franceses con bellos cuños y cabos de madera de palo santo. Y había con cabos de madera de ébano.

Pero mi mano eligió algo más rústico: una cuchilla de marca Lamson, de hoja de acero y cabo de madera dura con remaches de bronce, cuya hoja, de un largo diez centímetros más que el de los cuchillos, se iba afinando hacia la punta. Lo sostuve, pasé suavemente los dedos por su espléndido filo. También pensaba en las cuerdas de las boleadoras, en los hilos de oro y plata trenzados que colgaban de fajas y cinturones, pero tenía la cuchilla, caminaba con ella, me hipnotizaba. Ahuequé el yeso como pude y la guardé en mi propia pierna, rozándome la piel.

Volví al dormitorio, me recosté, y seguí con los Ejercicios Espirituales. Tenía que terminar de leer el libro.

Lentamente fui entrando otra vez en la escritura, atravesé el umbral de almas que descendían como sobre una selva, entre demonios trepados a gigantescos árboles que me miraban fijo. Casi no aparecían mis pensamientos a medida que leía, tan lejos estaba esa realidad. Hasta que comencé de nuevo a encarnarme en el libro, a ser el rey en esa realidad, a ser un Atila, un Nerón o un condenado ya llegado a su fuego. Los más crueles demonios trabajaban en mí construyendo planetas donde no estaba yo y seres que no eran yo que los destruían con un soplo. Los miraba sin embargo con gran intensidad y me decía a mí mismo que debía aprender. Aprender a matar.

Recordé una frase que no sabía de dónde había sacado: “Sólo de los lugares más oscuros y horribles podría emerger la fuerza suficiente para terminar”.

En ese momento oí que luchaban con la cerradura y que se abría la puerta del departamento; caí en estado de gracia.

Entraron intentando hacer un espantoso silencio, Alicia, su amigo y otro más.

Yo, como dije, había caído en estado de gracia, lo que no impedía que escuchara y entendiera en parte, y en parte me confundiera con las visiones de San Ignacio. Me envolvieron con yeso, cuchilla y una parte del libro en la mano -porque me resistí, y porque la edición era muy vieja y se deshojaba- en una gran manta dura o alfombra, me bajaron por el ascensor y me colocaron en la parte de atrás de mi coche, que había quedado estacionado hacía tres o cuatro días en la puerta.

No hablaban, pero sentí el perfume de Alicia inclusive dentro del auto.

Esta es mi historia. Después de reponerme del secuestro y de mi propia idea espantosa de un crimen, conservé las hojas sueltas de aquel libro mucho tiempo, hasta que conseguí una edición nueva. En ella había una breve biografía de Ignacio de Loyola. Decía:

“Íñigo López de Recalde, mejor conocido como San Ignacio de Loyola, fue un soldado español herido en las piernas por una bala de cañón durante el asalto de los franceses a Pamplona, en 1517, a resultas de lo cual queda cojo. Los vencedores lo tratan con suma cortesía y es trasladado penosamente en parihuelas a su casa natal. Mientras convalece de sus graves heridas -sus dos operaciones llenan varias páginas con el ejemplo de su valor, recordemos que por entonces no se conocía la asepsia ni los anestésicos- comienza a leer, no hay en el castillo otro tipo de libros, la vida de los santos. La lectura lo maravilla y sufre un cambio profundo: aquellos héroes le parecen infinitamente superiores a los de las novelas caballerescas. Se decide a imitarlos y resuelve convertirse en un soldado de Dios”.

De Alicia y de sus cómplices no se supo nada, pero yo todavía recuerdo sus ojos, sus vestidos floreados. Cuando estoy de excelente humor le dedico una misa.

Envío

Los saludo apurada… Mis besos y cariños para el próximo miércoles, y para todos.

Mora

Monografias

Si le ha gustado esta entrada, por favor considere dejar un comentario o suscríbase al feed y reciba las actualizaciones regularmente.

Comentarios

6 respuestas a “La herida de Ignacio de Loyola - III”
  1. Celestino Gaitan dice:

    Gracias Mora.
    Como siempre…superaste mis expectativas, excelente final.
    Enceste sin baranda, de lo tenebroso a lo hilarante…en un solo brinco.
    Y remonté en mis recuerdos, la misma sensación de la infancia…debido a mi mala memoria, aunque no recordara el capitulo anterior, cada “Cuento Semanal” en si, para mi resultaba en uno completo, aunque me hubiera brincado el anterior, lo que en voz (o palabras del filósofo de Güémez) sería equivalente a:
    • Lo que de aquí pa’llá es subida, de allá pa’cá es bajada.
    Y aclarando sobre el Comentario de la semana anterior de Alejandro Franco Chávez…si, me siento mas Mexicano que el Mole Poblano (Puebla es región centro), yo soy norteño, nacido en Tamaulipas, educado en Nuevo León y residente en Coahuila, aunque sea de origen y final humilde siempre me he considerado como ciudadano del mundo. Mi vivir ha coincidido con la Globalización, ahora en proceso de Des-globalización, yo la nombro y la promuevo como Regionalización, o regreso a la Nacionalización.
    Ja.ja…y si le cambias el sexo, resultaría La Celestina, que ya fue escrito… creo que por Fernando de Riojas.
    Regresando a lo del Filosofo comparto esto, sacado de wikipedia…”El filósofo de Güémez fue un personaje controvertido, ya que su identidad se atribuye a diferentes personas del municipio de Güémez en Tamaulipas, México. Asimismo hay quienes consideran su existencia un mito. Este personaje expone la forma lógica y sencilla de pensar de las personas de medios rurales y pueblos del noreste de su país, específicamente del Estado de Tamaulipas, la parte colindante de Nuevo León” y comparto una selección de sus puntadas:
    • Si dos perros corretean a una liebre y el de adelante no la alcanza, el de atrás… menos.
    • Todo lo que sube tiende a bajar… a menos que se quede arriba.
    • La venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena.
    • ¡La confianza dura… hasta que se acaba!
    • El que anda hecho madre se muere, y el que no… también.
    • Todo tiempo pasado fue anterior.
    • Se está muriendo mucha gente que no se había muerto antes.
    • ¡Cría cuervos y tendrás muchos!
    • Agua que no corre es charco.
    Abrazo a Tod@s y en especial al Sr.Alejandro y por supuesto a Mora Torres.
    Celestino Gaitán Chuys. Monclova, Coahuila, Mx. 8/Abril/2017.

  2. Joise Morillo dice:

    Buenos días querida,

    Excelente, como coincido con Celestino, de la angustia y la indignación, de lo patético a lo fortuito y motivado increíble fin.

    Creo que Alicia en el país de las maravillas se quedo corto con lo inesperado y mágico-ficticio de la mente de un prodigo psicópata analizado y descrito en este cuento.

    Por otro lado me encantó la cita lúdica de Celestino totalmente perorata por parte de Guemez

    Os ama

    Joise

  3. Joise Morillo dice:

    Por parte del filósofo de Guemez quise decir

  4. María Cristina Schneider dice:

    Genial Mora! Totalmente inesperado. Mi mente morbosamente ya se imaginaba un secuestro de parte de Alicia con un pedido de rescate a sus padres. ( tipo Melodie, la película). Pero eso porque leo muchas novelas de misterio. En realidad lo único que importa es esa impresionante descripción de lo que es un Psicopata. Quiero más. Cariños. Y Felices Pascuas!

  5. ALEJANDRO FRANCO CHAVEZ dice:

    13 de Abril de 2017 a las 9:58 pm
    Querida Mora: (perdonarás lo confianzudo, pero así lo siento).
    Guardo todo lo tuyo; cosa que voy leyendo y releyendo en mis escasos huecos de tiempo. Así que, recién he leído “Nina”; y me ha dejado boquiabierto; has de saber que “ese genero” me chifla; y sobre el mismo escribí un libro ya publicado en Amazon.
    Que la lectura de “Nina” me cautivó del todo, es muy cierto. Una antigua amiga y paisana de vos, de nombre Alejandra Gianello, una vez me dijo: “Si te gusta lo picante…”. Y el resultado fue el libro que te menciono.
    Con un fuerte abrazo,
    Alejandro

  6. linda verlliui dice:

    Bravo ! Votre blog est l’un des meilleurs que j’ai vu !
    voyance gratuite en ligne



Deje su comentario

Debe para dejar un comentario.

chatroulette chatrandom

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda