Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

La herida de Ignacio de Loyola - II

Viene de:

Le pregunté si podría prestarme algún libro. No pude creer que sólo tuviera uno, que había sido de su abuela.

Se trataba de los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, del cual yo tenía noticias, porque era parte del programa de la universidad norteamericana donde estudié. Jamás había pensado que me cruzaría otra vez con ese libro. Yo leía, por ejemplo, en materia de literatura española, la Noche oscura del alma, por sus valores poéticos. Y también porque me atraía el torturado amor de su autor por Jesús.

Cuando ella se fue yo no sabía si abrir el libro de Loyola o continuar con mis complicados cálculos homicidas, para cuando me recuperara. Estaba seguro de que Alicia me permitiría permanecer por mucho tiempo en su casa.

Debía llamar a mis padres, confesarles lo del robo del dinero y el auto y contarles el accidente. Les diría que estaba en un hospital lejano, inaccesible para ellos.

La herida de Ignacio de Loyola II

Insisto en que la historia que estoy contando no hubiera podido ocurrir en otra época; ni antes ni después (Los jóvenes años 60).

Todo era diabólico y angelical en los 60, y persistía un aire de confianza entre explotadores y explotados, padres e hijos, criminales y víctimas (A Sangre Fría). No puedo expresarlo de otro modo, tal era la intimidad del bien y el mal (El gran conflicto; el bien y el mal).

Con algunos fragmentos de recuerdos, o apenas con titulares, se puede recomponer ese todo: la familia Manson -Charles aún toca la guitarra en prisión (Ensayo sobre la biblia satánica de Anton Szandor La Vey)-, las muertes/asesinatos que componen una historia de amor -al menos una canción de amor- de Marilyn (Los roles en nuestra vida), y Kennedy, y las jornadas interminables de días sin dormir, música y sentimientos amorosos fueron en esos tiempos. Tanto como la imaginación al poder y las fotografías de Diane Arbus, cuyo deseo era “fotografiar el mal” y retratar la belleza antinatural de personajes de los circos, y consiguió entre tantas cosas obtener una magna toma de El hombre al revés, el individuo que daba vuelta la cabeza 180 grados y se podía mirar sin complicaciones las nalgas, los talones. Diane Arbus, que escribió en su diario: “La Última Cena: un frasco de barbitúricos”, y realmente murió, increíble suicida (Fotografía americana en la primera mitad del siglo XX). Y tanto como los asesinatos de Robledo Puch, el jovencito más bello de Buenos Aires, con su remera a rayas y su aire, precisamente, a Marilyn Monroe; sus manos de pianista y su educación reglada en alemán (Robledo Puch: más allá de la sombra ).

Esas cosas influyeron en mí, seguramente, aunque yo también traía lo mío de lejos, de mis entrañas y mi alma moribunda (Muerte humana).

Cuando finalmente empecé a leer los Ejercicios Espirituales, pensé que su autor era un filósofo trágico, víctima no del fracaso mundano sino del éxito de su empresa: el cielo.

Ignacio de Loyola ejercitaba almas haciéndolas percibir el olor a santidad del sufrimiento y el nauseabundo de las legiones de demonios. La muerte de Jesús era su escuela, el tormento que Él padeció su enseñanza. La angustia, no tanto la culpa, era su método.

¿Debo explicar que este método, esta enseñanza, este sufrimiento, me parecían, a medida que iba leyendo, más y más adecuados para mi inamovible propósito?

Para matar la bella, suave, etérea Alicia como si fuera un sustantivo común: no “a la bella, a la suave, a la etérea” sino la bella, la suave Alicia, ¿se comprende? Porque en ese entonces yo creía que todos éramos sustantivos comunes, aunque estuviera lleno de una mal entendida y peor adaptada -por mí y para mí- religión. Matarla tal vez como a Jesús.

Y, en especial, para saber.

Para saber qué pasaba en mi alma.

Ya mi aspecto se había transformado cuando había pasado dos días en la casa de Alicia, con la pierna estirada sobre la cama o, si emprendía viajes a la sala, sobre un diván.

Alicia también se estaba transformando; creo que sus predicados de amor y paz se veían levemente torcidos, como hierba movida por viento; creo que empezaba a tenerme miedo, mucho.

Ella iba y venía de su trabajo y sus amigos, me preparaba comidas, al tercer día apareció con alguien que -escuché- le reclamaba no poder ocupar la cama porque estaba yo. No supe si era un amante o un simple compañero de ruta, como se decía en esos tiempos.

Tal vez mi inmovilidad, mi falta de planes, la atemorizaban. Yo no decía que me iría a mi casa mañana ni pasado, ni que visitaría al traumatólogo como habíamos quedado. Tampoco pedía ayuda para higienizarme; reptaba hasta el baño sólo para cumplir necesidades elementales que no incluían ningún tipo de aseo. Era la libertad de abandonar hasta llegar a lo salvaje todo lo que me habían enseñado. Me comportaba de un modo que parecía un secuestrador y un secuestrado, y ella tenía escrúpulos o temor de preguntarme, se la escuchaba vacilar, hablar cortando las palabras.

Leía varias veces cada frase, quería encarnarme en el libro, que el libro se me encarnara, saberlo de memoria para responderme a mí mismo cuando dijera “la maté” y tuviera que defender ese pecado, defenderlo ante mí en primer lugar. Porque ya las cosas se estaban extendiendo demasiado y no encontraba la señal que debía venirme del cielo o del infierno para cometer mi crimen.

Cuando Alicia conversaba en la sala con su amante o compañero de ruta, yo justo estaba leyendo y aprendiendo estos párrafos de Ignacio de Loyola:

“…oír lo que hablan las personas sobre la haz de la tierra, es a saber, cómo hablan unos con otros, cómo juran y blasfemian, etc.; asimismo lo que dicen las personas divinas, es a saber: Hagamos redención del género humano, etc.; después mirar lo que hacen las personas sobre la haz de la tierra, así como herir, matar, ir al infierno;… y después reflectir, para sacar algún provecho de cada cosa destas”.

Hizo calor, era muy tarde, el yeso estaba casi negro, me picaba, de pronto me sentí incómodo, degradado. Tenía la misma ropa que la noche en que la conocí a Alicia, no me había cambiado ni una vez; ella dormía santamente a mi lado. Me había conseguido unas muletas para que me desplazara. Quise ir al baño, utilicé las muletas y volví.

Cuando volví era el momento.

Alicia seguía santamente dormida; logré pararme rígido junto a ella y la miré dormir.

La habitación era grande, con ventanas abiertas que comunicaban con un cielo nocturno muy claro.

Sentí que estábamos adentro de un caleidoscopio de luces negras, violetas, rosadas, con figuras inmóviles pero que cambiaban: Alicia, los muebles, yo, nos movíamos sin movernos, es decir, avanzaba el tiempo sobre nosotros y nos modificaba, y mis ojos se habían transformado para ver esos movimientos del tiempo que tan segura aunque tan lentamente iban cavando las arrugas dentro de nosotros, debilitando nuestros cabellos hasta hacerlos incoloros un día, haciéndonos más frágiles y adelgazando la madera de roble de la cama, la mesita, el ropero.

“Desgaste”, pensé. En un segundo había podido observarlo. Pasaba suavemente, se producía en años o en décadas, pero yo lo había visto pasar en un segundo.

Desgaste; lo que yo haría con Alicia era más bien piadoso: acelerarlo.

Entendí que debía esperar un poco más, apenas si llegaba a la página 10 de los Ejercicios… y si hoy mataba ya no podría terminarlo.

Cuando ella abrió los ojos a la mañana, le dije:

(Continuará)

Envío

Queridos amigos: ¿recuerdan los folletines por entregas?

Bueno, para recordarlos auténticamente deberían tener más de cien años… Me encantaría que si algún lector los tiene lo dé a conocer. Para nuestro homenaje y celebración.

La pregunta más fácil sería sin embargo: ¿recuerdan haber oído hablar de los folletines por entregas?

¿No sería una idea genial modernizarlos y que aparecieran en Internet? ¿Hay algún cuentero de largo aliento que me apoye?

Porque, a pesar de lo prometido, no me alcanzan los caracteres asignados para terminar el cuento, y todavía falta mucho, creo.

Envío mis saludos más espléndidos a Isabel Eloísa González Cepero -¡gracias!-, Celestino Gaitán -¡besos!-, Joise Morillo, Carlos Gonzaga, Jaime Espinoza, Gerardo Martín Solá y José María Gil.

A todos, mil abrazos y la promesa de un final, el miércoles próximo

Mora

Monografias

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Comentarios

8 respuestas a “La herida de Ignacio de Loyola - II”
  1. Gerardo Martín Solá dice:

    Temía leer un final trágico, feo, truculento que me lastimara. Elegí para mi vida no verlos ni leerlos.
    Hasta aquí no sucedió. Mi curiosidad superó a mi temor y lo leí. Disfruto como siempre esa esgrima de las palabras y adjetivos, en el lugar exacto siempre, donde más punta y filo tienen. Me sumo al rebaño que esperará la próxima entrega. Como siempre, usted me sorprende. Lo disfruto. Hasta la próxima,entonces!

  2. José María Gil dice:

    !Hola princesa!
    Tampoco yo viví, aunque por pocotiempo, la época de los folletines por entregas. En cambio sí tuve la suerte de vivir los “cómics por entregas” que aquí los llamábamos tebeos: “El guerrero del antifaz”, “El Jabato”, “El Capitán Trueno”, algunos números seriados de “Hazañas bélicas” y otros por el estilo; todos ellos más apropiados para chicos que para románticas damitas impacientes…
    Eso sí, guardo como oro en paño una “novela de aventuras por entregas” que mi padre coleccionó en su adolescencia y que más tarde quedó extraviada durante los años de la terrible Guerra Civil que casi asoló una generación de jóvenes en mi país. Se titulaba “Luis Puñales, el bandido generoso” y su argumento se desarrollaba en Méjico durante los años del conflicto civil entre Maximiliano y Benito Juarez. El protagonista, un noble español (no podía ser de otra manera) ayudado por amigos mexicanos, colombianos y otros centroamericanos, luchaba noblemente por la revolución liberadora de Méjico contra los opresores afrancesados, viviendo un montón de aventuras muchas de ellas divertidas y persiguiendo siempre el amor casi imposible de su amada Guadalupe.
    Más de 20 años después de la guerra, apareció la colección de fascículos (más de 30) dentro de una caja de madera en casa de unos primos, aunque faltaba el nº 28. Ello hizo trabajar mi imaginación hasta el punto de hacerme reescribir esa parte de la historia y poder completar la obra a criterio mío y con poca fortuna por cierto, ya que unos meses después apareció el número perdido en un anaquel de la cuadra de caballos en casa de mis tío y pude ver lo errado de mi versión. Es el único fascículo que no conserva las cubiertas.
    Hoy la obra está cuidadosamente encuadernada en un grueso volumen y en estos momentos disfruta de ella mi yerno mejicano Walter, director de orquesta y esposo de mi hija mayor, quien, con toda seguridad se la entregará en su día al hijo que están esperando.
    Una abrazo, Mora.

  3. Joise Morillo dice:

    Saludos querida y, a todos

    A esa entregas en mi país le llamábamos cuentos, eran de lo mas interesantes, y de diferentes temas y tópicos desde históricos hasta novelescos y cómics.

    Ahora bien,

    Siempre en el camino de la reflexión y la contemplación, abstraerse trae como producto dos clases de conductas, buena y mala, la primera fructífera, la segunda, detrimento –incluso para quien desolado, angustiado, resentido o paranoico hasta el punto de sentirse renegado- peculiar y del prójimo. El primer caso es la mejor herramienta del poeta. Por ello pasa a la inmortalidad. El segundo la herramienta del des-adaptado. Hagamos una retrospectiva.

    Platón, en “el banquete” en función de lo bello, incluso, la creación del “poeta” contempla la conducta humana en derivación de concebir el amor.

    El conjunto las enseñanzas que le fue dada por sus mentores y oráculos, en las distintas ocasiones en que habló sobre cosas del amor, concertaron, que: “con mucho, la más grande y la más hermosa forma de lo bello es, la sabiduría moral que es el ordenamiento de las ciudades y de las comunidades, que tiene por nombre el de moderación y justicia.”

    Así, el sabio afirma que cuando alguien se encuentra cultivado de conocimientos respecto a la bondad y tiene en el alma muchas virtudes desde niño, “inspirado” por la divinidad, al llegar a edad conveniente desea enseñar, desarrollar y mantener toda esa virtud en beneficio común y colectivo, también él, según creo, se dedica a buscar en torno suyo la belleza en la que pueda engendrar, pues en lo feo jamás engendrará. Siente, en gran medida mayor apego por los cuerpos bellos que por los feos, en razón de su estado fecundo y de encontrar almas bellas, nobles y bien dotadas. Muestra entonces extraordinaria afición por el conjunto y al punto encuentra ante tales individuos abundancia de razones a propósito de la virtud y de cómo debe ser el hombre bueno y a las cosas a que debe aplicarse, mediante la educación.

    De este modo da vida, concibe al genio interior que tenía el pupilo desde antes y le cosecha; de tal manera que es una comunidad mucho mayor que la de los hijos la que tienen entre sí, un afecto mucho más firme, ya que tienen en común lo bello e inmortal. Pues, su genio les procura inmortal fama y recuerdos por ser lo que han sido.

    Agustín de Hipona previo a Loyola, acude a la filosofía, sobre todo la platónica, contribuyéndole a acercarlo más a Cristo y al Logos, la razón creadora. Los libros de los filósofos le indicaban que existe la razón, el mundo, pero no alcanza la verdad hasta toparse con las cartas de Pablo y, la fe católica. Agustín sintetizó en “Confesiones” donde, angustiado por incertidumbres y habiéndose retirado a un jardín, escuchó de repente una voz infantil en cantilena nunca escuchada por el: «tolle, lege; tolle, lege», «toma, lee; toma, lee» (VIII, 12, 29). Entonces toma el códice de Pablo que poco antes tenía en sus manos: lo abrió y la mirada se fijó en el pasaje de la carta a los Romanos donde el Apóstol exhorta a abandonar las obras de la carne y a revestirse en reflexión tal que Cristo.

    No así, el arrepentimiento y el sosiego llega a las almas, para todos, sucede lo contrario, por ejemplo, con resentidos sociales, y maltratados por sus padres (renegados) como protagonistas de la historia y, quienes en sus avatares han hecho más maldad que bien contrario a la reflexión con buenos propósitos. Pongamos por caso, Hitler, fue un ejemplo de resentimiento social y teológico, la antropología que le atañe le distorsionó su mentalidad.

    Manifestada también en obras, la miseria humana de este estilo ¿que sería el descubrimiento del poeta? Pongamos un ejemplo, al Bardo de Avon el Hamlet, su conducta retaliativa, derivada de la intriga y la envidia, le hace sin querer ser el culpable de la muerte de inocentes como Ofelia, por ejemplo.

    También Camus, con su mal entendido, convierte en criminal a madre e hija y casi que filicida.
    Pero el colmo de los males es el maltrato familiar en sí, quien puede convertir a un ser en criminal “en potencia” solo por el hecho de odiar a su padre o madre, bien sea por el maltrato de violencia doméstica, o por el despotismo que en el seno de la familia impera. Es el caso de Ramón Budiño de Mario Benedetti en “gracias por el fuego” donde ante sus avatares y cotidianidad recuerda con añoranza y desprecio la conducta del “viejo” –su padre- que aun siendo él, adulto maduro, se cala los desmanes del que siempre le hace sentir inferior.

    Algo contrario a los ejemplos primeros y parecidos a los ejemplos últimos pueden dar lugar a esa mentalidades desquiciadas y patéticas que ignorando como derivar en placer sus angustias paranoicas, creen experimentar como caso de realizaciones de identidad genuina; algo que les coloca en el tapete de la criminalidad y la socio patología o al psicópata social que protagoniza vuestro interesante relato.

    Os ama
    Joise

  4. Celestino Gaitan dice:

    Gracias Mora…Excelente capacidad para cautivar y ahora con “suspense” incluido… Completamente de acuerdo con el sentir de Gerardo Martín Solá. Y con el comentario de José María Gil.
    Nosotros los nombrábamos simplemente “Cuentos”(los vecinos del norte los nombran “Comics”) y fueron para nosotros el entretenimiento que evolucionó a la radio, TV, videojuegos…en el barrio nos los rolábamos “La Pantera Roja”,”Santo el Enmascarado de Plata”, “La Familia Burrón”,”El Memín Pingüin” etc…Hasta que mi Hermano mayor muy Formal se suscribió a la “Selecciones de Reader’s Digest” y nos daba la tarea de lectura para luego coleccionarlas…con el tiempo se fueron llenando las cajas.
    …al final de tu Entrega, desde “Cuando volví era el momento, hasta el final del capitulo II” quedé pasmado, después de mi doble infarto fulminante y doblemente renacido, quedó mi sistema inmune sumamente debilitado, padecí innumerables infecciones…la revelación sucedió con la infección del sistema nervioso (Encefalitis) yo lo describo como que “se suprime la conciencia y la zalea queda al garete en manos del caprichoso inconsciente” Personalmente experimenté el “Desgaste” y tuve el control (o descontrol) personal intencional para avanzar y/o retroceder los eventos sin límite…infantilizar o pulverizarme en el devenir del tiempo…Genial experiencia recuperar la cordura habiendo experimentado la esquizofrenia, la paranoia, la completa locura y sentir como en algún lugar de nuestro ser anidan y brotan recuerdos…como piezas de un rompecabezas del misterio que formamos cada uno de nosotros como Ser…
    Después de esta su Genialidad, quedo admirado, sorprendido, agradecido y al pendiente de lo que sigue…
    Abrazo a Tod@s y en especial a Usted.

  5. Analia Guardia dice:

    Esperaba un tragico final, pero me quede con las ganas!! besitos y espero la segunda parte. Ana

  6. ALEJANDRO FRANCO CHAVEZ dice:

    ¡Vaya!, por la lectura de cuentos que menciona Celestino Gaitán, el hombre es más mexicano que el mole. Me encantó su relato personal, tanto, que me inspira para mi próximo libro, solo que le cambiaría el sexo; o sea, el protagonista principal sería una mujer. Ya se verá si lo logro.
    (Del náhuatl mulli.)
    sustantivo masculino México COCINA Salsa espesa preparada con diferentes ingredientes, chiles y especias.
    Mora:
    Me dejaste en total absorto y en la zozobra con este capítulo de tu cuento.
    Un fuerte abrazo,
    Alejandro

  7. María Cristina Schneider dice:

    Impresionante como se trasluce en tu narración la personalidad psicopata del personaje. Realmente nos tenes atados esperando la próxima entrega.

  8. felipe humberto rizzo dice:

    Querida Mora, en respuesta a tu pregunta de si conocí los folletines por entrega, debo decirte que si.
    Como era demasiado chico, ese tipo de lecturas mis padres consideraban que eran inconvenientes para un niño y los reemplazaron por la revista Leoplán (que entre sus páginas contenía cuentos y novelas de grandes autores), la inolvidable Dartagnan y para mi delicia El Tony. Con ellas aprendí a leer y a amar las letras. Estas dos últimas publicaciones presentaban las obras en formato de historieta y sus dibujantes eran grandes dibujantes e ilustradores.
    Hasta hace unos años contaba con colecciones completas, algo más de cuatrocientas que lamentablemente el terremoto del ‘85 que asoló mi tierra, Mendoza, hizo que estas fueran a parar aun galpón, quedando a merced de ratas, cucarachas y lluvias que terminaron por convertirlas en basura.
    No soy de lagrimear, pero el recuerdo que despertó tu pregunta hizo que se me piantara un lagrimón.
    Con respecto a tu narración, atrapado por tu estilo y a la espera de la próxima entrega.
    Abrazos.



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