Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Marzo, 2017

La herida de Ignacio de Loyola - II

Viene de:

Le pregunté si podría prestarme algún libro. No pude creer que sólo tuviera uno, que había sido de su abuela.

Se trataba de los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, del cual yo tenía noticias, porque era parte del programa de la universidad norteamericana donde estudié. Jamás había pensado que me cruzaría otra vez con ese libro. Yo leía, por ejemplo, en materia de literatura española, la Noche oscura del alma, por sus valores poéticos. Y también porque me atraía el torturado amor de su autor por Jesús.

Cuando ella se fue yo no sabía si abrir el libro de Loyola o continuar con mis complicados cálculos homicidas, para cuando me recuperara. Estaba seguro de que Alicia me permitiría permanecer por mucho tiempo en su casa.

Debía llamar a mis padres, confesarles lo del robo del dinero y el auto y contarles el accidente. Les diría que estaba en un hospital lejano, inaccesible para ellos.

La herida de Ignacio de Loyola II

Insisto en que la historia que estoy contando no hubiera podido ocurrir en otra época; ni antes ni después (Los jóvenes años 60).

Todo era diabólico y angelical en los 60, y persistía un aire de confianza entre explotadores y explotados, padres e hijos, criminales y víctimas (A Sangre Fría). No puedo expresarlo de otro modo, tal era la intimidad del bien y el mal (El gran conflicto; el bien y el mal).

Con algunos fragmentos de recuerdos, o apenas con titulares, se puede recomponer ese todo: la familia Manson -Charles aún toca la guitarra en prisión (Ensayo sobre la biblia satánica de Anton Szandor La Vey)-, las muertes/asesinatos que componen una historia de amor -al menos una canción de amor- de Marilyn (Los roles en nuestra vida), y Kennedy, y las jornadas interminables de días sin dormir, música y sentimientos amorosos fueron en esos tiempos. Tanto como la imaginación al poder y las fotografías de Diane Arbus, cuyo deseo era “fotografiar el mal” y retratar la belleza antinatural de personajes de los circos, y consiguió entre tantas cosas obtener una magna toma de El hombre al revés, el individuo que daba vuelta la cabeza 180 grados y se podía mirar sin complicaciones las nalgas, los talones. Diane Arbus, que escribió en su diario: “La Última Cena: un frasco de barbitúricos”, y realmente murió, increíble suicida (Fotografía americana en la primera mitad del siglo XX). Y tanto como los asesinatos de Robledo Puch, el jovencito más bello de Buenos Aires, con su remera a rayas y su aire, precisamente, a Marilyn Monroe; sus manos de pianista y su educación reglada en alemán (Robledo Puch: más allá de la sombra ).

Esas cosas influyeron en mí, seguramente, aunque yo también traía lo mío de lejos, de mis entrañas y mi alma moribunda (Muerte humana).

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La herida de Ignacio de Loyola

Soy un cura viejo y lleno de demonios (Mitología cristiana. Demonología). Ya estaba lleno de demonios el día que vino a visitarme el cardenal Bergoglio y se lo comenté (Enfermedades emocionales. La epidemia del siglo). Él me miró y sonrió, porque me comprendía (Inteligencia emocional).

Los curas tenemos múltiples vidas: todas las de quienes se confiesan con nosotros, y algunas más, muy propias (La neurociencia del ego).

Fue un año después de esa visita -tenía que ver y escuchar algo importante- que estaba tratando de arreglar a los golpes mi decrépito televisor en blanco y negro. Mis manos se habían puesto moradas de golpearlo arriba, atrás, a los costados, y nada, sólo una imagen borrosa, sin sonido.

En el colmo de mi desesperación, di un violento puntapié hacia la izquierda y apareció una voz con acento francés que leía en latín. Escuché la palabra Bergoglium: habían elegido al papa Francisco (Secretos del Vaticano).

Me emocioné, porque soy un poco simple. O tal vez no sea tan simple, ya que la simplicidad es más bien una virtud, porque, como insinué, cargo sobre mí casi todos los pecados del mundo, pero me conmoví. Quizá porque soy un hombre común, reconstruí el momento en que Francisco -cuando era cardenal, en Buenos Aires- me dio su mano y se quedó un largo rato reteniendo la mía cuando vino a visitar mi parroquia y me ofreció ayuda para el barrio.

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El templo de la infidelidad

Ya de por sí son fantasmales las historias de la gente que se queda sola en viejas mansiones por donde corren las leyendas (Estancias, mansiones y fantasmas: La Estancia Montelen), y únicamente se relaciona con sus servidores en medidas palabras. Y si esa gente tiene una inmensa biblioteca, más aún (La otra biblioteca).

Y este era el caso.

Casi no puedo pronunciar el nombre de ese hombre, de puro respeto y temor. Al decir “Pedro” convoco una oscuridad dentro de mí que casi se puede tocar, que mis manos pueden tejer (¿Qué puede representar el nombre propio para la Psicología?).

Pedro fue niño y apenas si pisó la escuela (El miedo en la infancia). Sus padres le enseñaron a leer -aunque podrían haberle puesto un tutor ellos le enseñaron- y a partir de que aprendió a leer todo lo demás le resultó poco importante (Estrategias para la lectura).

Pedro fue adolescente, pero el mundo que se abría ante él se cerró como un libro que ya hubiera leído muchas veces. no le interesaba lo bueno ni lo malo de ese mundo o lugar (Adolescencia y Juventud).

Las muchachas más bellas y enigmáticas aparecían dando vuelta las hojas, Pedro se relacionaba con ellas por medio del deseo que le transmitían desde lejos, a veces desde épocas remotas (Concepción del amor y la mujer en “De sobremesa”).

No era por cobardía (Las emociones negativas). Él estaba seguro de que cuando tomara de la copa que le ofrecía Lucrecia Borgia se intoxicaría (Los Borgia), o que cuando se enfrentara a Elizabeth Bathory, la condesa, para salvar a aquellas niñas a quienes ella les bebía la sangre, sería atravesado por una espada de la criada G., que amaba a Elizabeth (Asesinos seriales).

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Canibalismo

Cuando cumplía años era como si un momento de silencio y de quietud atravesara la fiesta (Y si estoy, ¿en donde estoy?).

Ahora cumplía nueve y sucedió lo mismo. Miro esa vieja “fotografía”: mi mamá cortando la torta rosada, mi amiga Patricia extendiendo su plato, y a mí no me veo, claro, yo soy la que mira la foto imaginaria (La fotografía).

Después, de nuevo cantos, juegos y risas (La Parranda ¡Aleluya!). En ese silencio de un segundo estaba contenido mi destino, esa quietud era mi quietud actual (¿Existe el destino?).

Venía la parte en que salvajemente mis amigas y yo hacíamos explotar los globos, uno detrás de otro. Teníamos sensaciones de guerra, de fusiles que respondían, de ráfagas de ametralladora -ráfagas de ametralladora decían en esa época las noticias de los diarios, del diario que yo le leía entrecortadamente a mi abuelo, ciego en su último año (Los iluminados - de Marcos Aguinis).

Mi mamá se había retirado a la cocina a fabricar más chocolate -el chocolate para el que tenía un rayador especial que lo convertía en hebras deliciosas (Chocolate - Origen e historia).

Los globos habían acabado de estallar; sin embargo nuestros rostros de niñas guerreras seguían en combate, y luego las manos, los cabellos y hasta los pies combatían, aunque nos conteníamos bastante con una dulzura hipócrita que nos habían enseñado (“La Náusea” -Jean Paul Sartre).

De pronto llegó a la casa la abuela; ella sí era dulce de verdad y traía abrazada una muñeca gorda -tan tierna, tan parecida a mí con sus hoyuelos en las mejillas y en cada comienzo de los dedos.

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