Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Una mujer que leía un cuento

Una mujer que leía un cuento largó desesperadamente el libro (Módulo escritura). Llegaba a la parte en que la mujer protagonista iba a conseguir hacerlo: matar (Principio de no maleficencia).

La mujer había entrado al zoológico buscando algo para odiar -un animal, un hombre que se cruzara por las galerías, una brisa repentina que le levantara la falda (El Gen Homicida, y Atavismos que Matan).

Había probado los enamorados que gritaban y se besaban en la montaña rusa -ella misma sacó un boleto para sentarse en la montaña rusa- para odiar en masa. Detrás de los barrotes, trató de odiar al león. A los monos también; a uno que la miraba fijamente.

No pudo (El fenómeno de violencia más devastador que existe en la actualidad: la agresión humana a los animales). Pero ahora la lectora se dio cuenta de que sí iba a poder. El relato se acercaba peligrosamente a la palabra “oso”, y “El oso” era el título del cuento. La escritora le había puesto ese título porque algo sucedería con el oso (El oso de anteojos).

Largó desde su cama el libro lejos, muy lejos. Ese rectangulito luminoso de tapas brillantes atravesó la puerta de su cuarto, mirado, desde la cama, por ella, y se iba perdiendo en el pasillo hasta que no lo vio más, en el montón informe de cosas que desaparecen de la vista y poco a poco del recuerdo. Ella no lo vio más; se dio vuelta en la cama después de acomodar las sábanas y la colcha y se preguntó si sabía bien quién era ella… No era la eterna pregunta filosófica, era una pregunta real. No daba múltiples opciones ni buscaba que le contestaran que ella era una especie de diosito interior, o el mismo universo, o el destino de una mujer, o una esclava de fuerzas exteriores, o la reencarnación de Nefertiti. No.

Ella estaba de verdad confundida y para su pregunta sólo había una respuesta de dos. O sólo una confirmación de dos posibilidades: ¿ella era la lectora o la escritora de “El oso”?

Había creído desde el principio que era la lectora, pero ahora encontraba apariciones en el relato, apariciones de cosas que ella conocía antes de leer las palabras que estaban dibujadas en el libro en arial 12.

¿La mujer conseguiría matar al oso?

Como antes que nada explicaba la escritora, primero debería encontrar al oso en el zoológico, entre la gran cantidad de jaulas y los vastos espacios y galerías; después, rápidamente, tenía que aprender a odiarlo para que le corriera por las venas las ganas de matar. No importaba si tenía o no instrumentos para hacerlo, el deseo de matar los inventaría, supliría filos y lazos. No hay cuchillo más afilado ni veloz que ese deseo.

Apenas sintió -y ni siquiera estaba escrito todavía- que el oso se acercaba, largó el libro lejos, al pasillo.

Ah, entonces era ella la lectora… necesitaba que el oso estuviera escrito para que el oso apareciera; en cambio, si ella fuera la escritora, ya escrito o todavía sin escribir el oso, estaría allí, en su cabeza, por aparecer… ¿Y eso no era exactamente lo que había ocurrido?: nadie mencionó al oso -excepto en el título- y ella tiró el libro. ¿Entonces ella era -al revés de lo que había empezado a pensar-, ella era la escritora, porque había pensado en odiar al oso antes de que éste apareciese por escrito -excepto en el título?

Aunque, ¿qué escritora tiene el rectángulo brillante, el librito con su foto en la tapa, y puede tirarlo desde su cama y hacerlo atravesar la puerta abierta e ir a dar lejos en el pasillo, antes de escribir la palabra que determine ese acto de arrojar?

Temió estar volviéndose loca. Ella había ido al zoológico, primero a la jaula de los leones. Era primavera; la brisa les daba amor a los leones, entibiaba la sangre, y el león “acarició la cabeza calva de la leona”.

¿Por qué esas comillas en la cabeza de la leona si ella había visto positivamente que el león le acarició la cabeza calva a la leona?…

…y después fue por las calles del zoológico hacia donde estaban los monos y uno la miró fijo…

(ahora no necesitaba poner comillas porque no estaba escrito exactamente así, y aunque decía lo mismo eran otras palabras…)

Entonces ella no era la escritora sino la lectora, porque la escritora no necesitaría poner comillas en ningún lado, ni siquiera en la calva cabeza de la hembra reina.

Entonces, de verdad, ella era simplemente la lectora, la que había arrojado el libro justo cuando sospechó que la escritora iba a llegar a conocer al oso, a escribirlo, a odiarlo, a matarlo.

Aunque, ¿cómo sabía tantas cosas de lo que iba a escribir la escritora si ella no era la escritora? ¿O sí lo era?

Hacía algunos años estaba allí ese libro, guardado, sin que nadie lo leyera. Era de Clarice Lispector y ese cuento en particular se llamaba “El búfalo”, no “El oso”.

Se trataba no de una escritora sino de una mujer que la escritora había elegido como protagonista, una mujer cuyo anhelo desesperado era odiar a alguien o algo, porque nunca había tenido -nunca- ese sentimiento. Y ahora posiblemente alguno la había abandonado -un amor la había abandonado, un hombre la había abandonado…

…y ella deseaba desesperadamente odiarlo, pero sabía que, para que el odio se hiciera de a poco presente, ella debía comenzar por cosas menos cercanas, menos… íntimas, adorables, y fue al zoológico para aprender a odiar, pero no podía, no se le daba, ni con los leones, ni con los monos ni con el hombre que de pronto atravesó la jaula y vino con un cuchillo.

¿Tal vez ella, la lectora, era intuitiva y genial y sus sospechas estaban bien fundadas cuando creyó que iba a aparecer el oso, pero la escritora se equivocó cuando hizo emerger a un hombre con un cuchillo ensangrentado de la jaula del oso?

Envío

Este cuento sobre un cuento analiza la imposibilidad de leer cualquier escritura sin que se atraviesen los fantasmas y los relatos propios del que está leyendo, y cómo uno/a termina leyéndose más a uno/a mismo que al verdadero autor. No debería aclararlo, porque los cuentos no se aclaran, pero me arriesgo a hacerlo antes de que aparezca Alejandro Franco Chaves, con su mentalidad un poquito demasiado estructurada, y nos torture con conclusiones definitivas.

Sólo una pregunta: por José María Gil. Y a todos: mis besos más angelicales

Mora

Monografias

Si le ha gustado esta entrada, por favor considere dejar un comentario o suscríbase al feed y reciba las actualizaciones regularmente.

Comentarios

5 respuestas a “Una mujer que leía un cuento”
  1. José María Gil dice:

    ¡Hola Mora!
    Tranquila, pues sigo aquí, escrutando en Internet cada jueves en espera de tu escrito semanal.
    Todas estas semanas siempre he querido hacer algún comentario o aportar alguna historia a tus palabras, pero unas veces por no tener tiempo y otras, las más, por confiar demasiado en una capacidad de trabajo que ya va mermando por la edad, no lo he hecho. La verdad es que no tengo excusas, pero espero que sepas perdonarme.
    Tu relato de esta semana me ha encantado pues, además de escribir muy bien y dominar nuestro bello idioma, desarrollas los planteamientos de tus relatos de manera admirable. Muchas gracias por los buenos ratos que me proporcionan sus lecturas.
    Tengo a medio escribir algunos de los comentarios a que antes me refería. Incluso la aportación de un relato largo que debía formar parte del comentario correpondiente al tema de “los inmortales”. Pero déjame una semana más para que abandone esta Barcelona babilónica y vertiginosa y me refugie de nuevo en mi caserón de 1770 en la isla de Gran Canaria (mi Agua de Oro particular), para poder dar rienda suelta a mi pluma.
    Hasta entonces, un beso

  2. Joise Morillo dice:

    Saludo querida

    El amor y el odio, dos genuinos y nobles sentimientos, se producen de la empatía y antipatía respectivamente, antes que toda otra causa, no obstante, la misma miseria humana, el egoísmo, la codicia, la intriga y el narcisismo megalómano, ha desencadenado las más terribles consecuencias en el mundo. Todo devenido de la crueldad que aflora del inconsciente y, se desarrolla del propósito de obtener satisfacciones mezquinas y particulares.

    Entonces, ella, la creadora, debería, si se autoanalizara, sentirse feliz de no poder concebir odio en su alma, el odio es producto del espíritu que afecta al individuo por causa de lo que le acaece lo que le rodea y no inherente al ser en sí.

    Empero, está claro, al no ser nadie perfecto –mentalmente por ahora- no es raro que la curiosidad, derive en obsesiones, unas perversas y otras inicuas pero angustiosas que afecten la tranquilidad del ser individual y en el peor de los casos la armonía en todo un colectivo.

    Así somos.

    Os ama
    Joise

  3. Lic.: Jorge V. Rodríguez Rodríguez dice:

    ME GUSTO MUCHO EL CUENTO,,, muy bueno que está….felicidades y reciba mis respetos, saludos desde cuba para usted

  4. linda verlliui dice:

    Bravo pour ce superbe travail !!!

    voyance gratuite par email

  5. Juan Diego dice:

    Me gustó mucho el cuento, a parte del estilo narrativo que mantiene la escritora que atrapa al lector, esta aportación es admrable y digna de ser leida por muchas personas. Juan

    Visita: http://www.ups.edu.ec/ para más información académica.



Deje su comentario

Debe para dejar un comentario.

chatroulette chatrandom

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda