Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Breve autobiografía de poeta

Breve autobiografía de poeta

Mi padre fue pintor y retratista (El arte en el siglo XIX…), se llamaba José y firmaba con su segundo apellido, que era de la nobleza flamenca y que nos legó a mi hermano Valeriano y a mí (Don Juan de Austria). Quiso que cada uno de sus hijos -fuimos ocho varones- llevara el nombre de algún emperador. A mí me tocó el del rey de Suecia (Suecia entre las dos guerras mundiales).

Cuando tenía cuatro años, él me contó mi bautismo y nunca lo olvidé, porque lo contó como si fuera una fotografía (Historia de la enseñanza de la fotografía), o quizás una película muda, aunque ni fotografías ni películas había en ese tiempo; las hubo recién después que yo morí (Historia del cine).

El bautismo, de doble capa y con órgano, se realizó en la iglesia de San Lorenzo Mártir. Una joven me llevaba en sus brazos, Manuela, que era muy bella, sensible como pocas, y cruel. Estaba destinada a ser algo más que mi madrina, a ser algo así como una madre nada amorosa y distante para mí.

En la época de mi nacimiento fue más o menos cuando los turistas cultos empezaban a visitar el lugar, y mi padre se hizo rico vendiendo sus paisajes andaluces y retratos coloridos, al óleo (El romanticismo). Era un excelente artista. Recuerdo entre nieblas que tenía lindos coches y caballos y que vivíamos como príncipes, tal como él lo deseaba.

Pero de pronto yo tenía cinco años y mi padre murió, y mi madre, Joaquina, no había parido aún al octavo varón de la familia.

Como desde donde estoy el tiempo es un confuso fluir sin dirección, yo, que nací en 1836, puedo citar un párrafo de un libro publicado en Barcelona en 1959: “La historia del siglo XIX español ofrece un rasgo que debe sernos simpático: el de su desgarradora autenticidad. Sin aparatos ortopédicos excesivos, apoyada por el sentimiento romántico de la vida, España fue más España que nunca… Esta autenticidad del siglo XIX es lo que despierta en nosotros cierto sentimiento de timidez al contemplarlo, porque es de una sinceridad brutal, en sus pasiones y en sus choques. La intolerancia y el dogmatismo, el orgullo y el espíritu de secta, provocaron una continua atmósfera de guerra civil que, desde 1808 a 1876, devoró al país y paralizó su desarrollo económico”. (Vicens Vives, Historia económica de España.)

Yo era, como dice nuestro historiador, auténtico, de una sinceridad alarmante y, a la vez, nunca entendí los embrollos políticos de mi país ni me sumé a la gente que vociferaba, como Espronceda, el poeta, con sus “cantos de libertad y contra el absolutismo” (El Romanticismo).

Ladrillo a ladrillo, y con la base de todas las desgracias que sufrió mi familia, fui construyendo mi torre interior -”en extrañas cosas moro”, dirá en 1963 Alejandra Pizarnik, que me amaba (La poesía de Alejandra Pizarnik). O dirá Mora Torres en 2017: “moro torres”. Traté de entenderme a mí mismo para entender la verdad de los demás.

No digo que no amara al mundo, pero prefería más bien el amor trágico y susurrado, el sentido suavemente morboso, como los niños con sus cuentos, más que la versión comprometida, realista y feroz. Creía en el individuo, ¿cómo iba a ser de otro modo, si yo era sólo un poeta romántico?

Con la muerte de mi padre, mi madre y mis hermanos peregrinamos en busca de asilo.

La casa de mi primera infancia, los misterios que oculté en los rincones y en las baldosas flojas de los patios, los coches y preciosos caballos y hasta los objetos de arte y los cuadros, tuvieron que ser vendidos para que pudiéramos seguir viviendo.

Y aun así no alcanzó. Cuando tuve que despedir para toda la eternidad a mi madre -este modo de expresión no es mío, es de mi tierra- el abismo nos tragó a mis hermanos y a mí, y yo tenía 10 años.

Nos separamos los hermanos. Aunque nunca me separé del todo de uno de ellos, apenas mayor que yo, Valeriano. Como mi padre, terminó siendo un gran pintor, un gran artista apenas reconocido, y ahora olvidado fatalmente.

Yo me fui a vivir a la casa de esa joven que me sostenía en sus brazos el día de mi bautismo, Manuela Monnehay, con su origen francés y sus perfumes. Descubrí que, de forma contraria a lo que mi padre me contó, ella era insensible, descuidada, exquisita, terriblemente indiferente conmigo, y cuando yo llegué con mi orfandad, mis 11 años y mis ya definidos deseos de ser un escritor, me mostró su biblioteca y yo quedé encerrado entre libros. Aunque los libros de esta biblioteca eran muy viejos y estaban inconclusos, o les faltaban las primeras hojas.

Cómicamente, me dediqué a completarlos. Escribí insensateces para “terminar” el libro de Fray Luis de León, ese que empieza exclamando:

“Qué descansada vida

la del que huye del mundanal ruido

y sigue la escondida

senda por donde han ido

los pocos sabios que en el mundo han sido”.

Este verso magnífico y otros libros que eran novelas o ensayos completé!

Era tan niño y estaba tan solo que mi descaro no me da vergüenza, sólo me hace reír. Sé que, como dicen en España, ese fue mi bautismo de fuego.

Cuando yo me juzgaba poeta

Desde mi Celda. Cartas Literarias

Cuando yo tenía catorce o quince años y mi alma estaba llena de deseos sin nombre, de pensamientos puros y de esa esperanza sin límites que es la más apreciada joya de la juventud; cuando yo me juzgaba poeta, cuando mi imaginación estaba llena de esas risueñas fábulas del mundo clásico y Rioja, en sus silvas a las flores; Herrera, en sus tiernas elegías, y todos mis cantores sevillanos, dioses penantes de mi especial literatura, me hablaban de continuo del Betis majestuoso, el río de las ninfas, de las náyades y los poetas, que corre al Océano escapándose de su ánfora de cristal, coronado de espadañas y laureles, ¡cuántos días… fui a sentarme en su ribera, y allí… forjaba una de esas historias imposibles, en las que hasta el esqueleto de la muerte se vestía con galas espléndidas.

Yo soñaba entonces una vida independiente y dichosa, semejante a la del pájaro, que nace para cantar y Dios le procura de comer; soñaba esa vida tranquila del poeta que irradia con suave luz de una en otra generación; soñaba que la ciudad que me vio nacer se enorgulleciese con mi nombre… y cuando la muerte pusiese un término a mi existencia me colocasen, para dormir el sueño de oro de la inmortalidad, a la orilla del Betis, al que yo habría cantado en odas magníficas y en aquel mismo punto adonde iba tantas veces a oír el suave murmullo de sus olas. Una piedra blanca con una cruz y mi nombre serían todo el monumento.

Gustavo Adolfo Bécquer

Aclaraciones

Gustavo Adolfo Bécquer -sin haber publicado más que notas periodísticas, zarzuelas y comedias, más un libro que le ilustró su hermano Valeriano, titulado Historia de los templos de España- murió a los 34 años. La historia de sus amores nos la contará en la siguiente entrada de este blog.

Envío

Esta vez mi envío es especial, familiar, emocionado:

Para mi nieta Antonia Rodríguez, bella y musical, que hoy, increíblemente, cumple 18 años, todos mis besos.

Y para ustedes, mis queridos lectores, todos mis abrazos

Mora

Monografias

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Comentarios

3 respuestas a “Breve autobiografía de poeta”
  1. Gerardo Martín Solá dice:

    ¿que se puede comentar de semejante obra de arte? No me siento capaz, màs que de una sonrisa agradecida y un gracias, Mora.

  2. felipe humberto rizzo dice:

    Poeta de poetas. Que puedo decir de él. Solo admirar su pluma forjada por la miseria y el abandono.
    Gracias por recordarlo.

  3. linda verlliui dice:

    Estupenda ! Su blog es realmente genial!
    Gracias a existes !!!

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