Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

¿Bécquer? No, yo

Pensaba escribir sobre Bécquer para levantarlo un segundo de su caja, halagarlo un poco, después agradecerle (Lo siniestro en las leyendas de Bécquer: la ajorca de oro).

Empecé a recordarlo leyendo el comienzo de un prólogo con una cita del propio Gustavo Adolfo en las palabras fúnebres a su hermano Valeriano; parecen una simpleza pero tienen su encanto de despedida y, examinando la vida de los hermanos, mucho más (Lenguaje verbal. La importancia de las palabras):

“Como sabes nuestro padre era pintor y murió siendo nosotros muy pequeños” (La Civilización Española en el Siglo XIX).

El prólogo de marras empieza a su vez citando a los hermanos Álvarez Quintero (El Genio Alegre, novela de Joaquín y Serafín Álvarez Quintero) y este comienzo no lo puedo rehuir, coloca en situación:

El barrio de San Lorenzo, de Sevilla, es, sin duda, uno de los más típicos y sugerentes de la encantadora ciudad. A ello conribuyen circunstancias sin cuenta. Flotan en su ambiente, aromatizándolo y dándole su raro prestigio, viejas y medrosas leyendas; tiene en su pintoresca y dilatada extensión una principal y graciosa plaza, donde se alza el templo que le da nombre: Casa de Nuestro Señor del Gran Poder, la famosa escultura ante la que fervorosamente ora toda Sevilla (…) El Guadalquivir corre tan cerca de las calles del barrio que se nos figuraría como curioso de asomarse a ellas para reflejarlas en sus aguas; a pocos pasos del templo de Jesús del Gran Poder y de la Soledad se ensancha la populosa y siempre picaresca alameda de Hércules, que se complació en pintar Velázquez, quizá para regalarle el lienzo a su novia, que en aquellas proximidades vivía(…) En la calle número 26 de la calle del Conde de Barajas, calle que desemboca en la propia plaza de San Lorenzo, nació, para eterno orgullo del barrio y de Sevilla entera, el poeta más popular y amado que ha habido en España.

¿Pero qué sucedió con mi deseo de resurrección de Bécquer? (Movimientos literarios:El romnticismo)

Consideré que tenía poco tiempo para hacerlo pasablemente bien, que más valía dejarlo para una próxima entrega -¡va a ser sorprendente! (Destiempo).

En el mismo cuaderno donde proyectaba las andanzas del caballero poeta -y no hay nada más verdadero y tangible que estos cuadernos viejos que a menudo menciono, que cada tanto me da por tirar a la basura y de la cual uno o dos siempre se escabullen y se refugian en lugares donde permanecen años encerrados hasta que los descubro, ¿estará llena de duendes pícaros mi casa de escritora?- encontré unos versos míos que ya no recordaba, aunque esta vez inmediatamente los recordé a la segunda lectura.

El conjunto tiene un título temporal, Mi Tía Tata, y podría asegurar que si existen verdades poéticas -que es como pedir que exista Dios, pero ¿por qué no podrían convivir las verdades poéticas con Dios?- es la obra que salió de mis manos que más verdad contiene. Al menos más sinceridad. Y es de cuando esa mujer entrañable se estaba muriendo, aunque luego vivió -y en ese estado- unos quince años más, llegó casi a los cien.

Apenas leí -o “releí”- esos versos, sentí la necesidad de compartirlos con ustedes. Quizá puedan responderme algunas de estas cuestiones: ¿cómo me consuelo de vivir después de mis muertos, cómo de morir yo misma, cómo lleno tremendas ausencias, con qué clono a los que partieron?


Bécquer que espere, que merece más. Me esforzaré por crearle una vida de cuento… de terror -no sería difícil.
Lo que no puede esperar es el cuaderno: debo compartirlo antes de que fuerzas extrañas -¿estarán encabezadas por el fantasma de Gustavo Adolfo?- que se apoderan de mis brazos y mis manos, lo “boten”.

Mi Tía Tata

I

La semilla era ella,

ella daba maderas de cantos,

de laúdes donde muere la muerte:

los ataúdes de la muerte

secándose en la cuerda

cantó una elegía

pero bien tuvo amores de amar

el besar rojo

aunque después de haber vivido esos amores

ella planchaba con aire de nodriza

mi destino de trapos.

II

-De lo que había de

mí hay esto-

pensé, porque

ella reclinaba

como una enferma de cien años

su cabeza

de pelo gris

sobre la almohada

y me miraba

desde el fondo de imágenes

indescifrables

de agonía

de las que pude escuchar

campanas y ver

el fuego

de la tarde

en el silencio

que ella hacía.

Entre ella,

que no sabía quién era yo,

estaba mi infancia

en la que había oficiado

de Hada.

De lo que había de mí se rompía todo

en ella que flotaba

como un madero en el mar

hacia la muerte

y sorprendentemente

vi que sí reconocía a la muerte

ella que había olvidado todo.

Dije -Cuando venía a esta casa

a esta hora

tomábamos el té-

y el cucú de aquellos

tiempos dio la hora

y ella ahuecó las manos

como quien sostiene una taza

y me las dio

pero yo ya no era para ella

su querida niñita

sino una extraña

que la observaba

caer, disolverse, morir

y que se inmiscuía

en su íntimo trato

con la muerte.

Sólo por gentileza

me ofreció

el té de sus manos.

III

Vi que se está tan solo

junto a la muerte

que toda compañía

toda mano

perturba,

que si se mira el morir

se es invasor

de un territorio singular,

que nada puede ofrecerse

para aliviar

al corazón que se aleja

porque ya

hizo pacto

lejano de los otros.

IV

Ella miraba más

lo invisible

que mis ojos

aunque quizá mis ojos

eran menos materia

que los suyos

había algo

muy material

en la agonía,

algo carnal en el dolor

que se hacía visible

en el borde morado

de las sábanas.

Como si lo sobrenatural fuera peor,

como si los dioses fueran malos,

el lugar estaba lleno

de sucios ídolos

y de ninguna lágrima.

Vi que era de verdad

cruel el morir,

como decían las leyendas,

y desaprendí

las lecciones del amor allí.

Envío

Queridos: sigue y sigue el cuaderno con el mismo versito; mejor cortar acá y dormir la siesta.

Soñaré con vuestros consuelos, mientras esperan a Bécquer que solloza mejor.

Con mucho cariño

Mora

Monografias

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Comentarios

Una respuesta a “¿Bécquer? No, yo”
  1. linda verlliui dice:

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