Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Copias de un viejo cuaderno

Acabo de descubrir que no tiré todos mis pasados escritos; descubro un cuaderno muy viejo, muy pequeño, muy desorejado. Se había ocultado en un cajón de ropa vieja (La risa como terapia).

No sé si las cosas que me resultan curiosas lo son también para ustedes, mis lectores amigos (La empatía y su entendimiento neural). Tal vez sólo las considero de ese modo porque me pertenecen y algo -aunque sea tonto e intrascendente- me dicen o me recuerdan de mí misma (Acerca del narcisismo).

En este cuaderno, sin embargo, no todo lo que está escrito -con mi letra- me pertenece, en algunos casos ni siquiera tiene que ver con mis elecciones de temas o con mis elecciones literarias. ¿Tienen ustedes, para esto, alguna explicación que me ayude a entender? (La enseñanza para la comprensión).

Pero me juego a que les interesa saber lo que esconde este infiltrado en el placard, que quiso salvarse de un gran incendio. El incendio que arrasó con mi pasado, voluntariamente (La fatalidad del fuego prometeico).

Contiene un poema mío, dos de Borges (La reinvención de Cervantes en dos poemas de Borges), varios comienzos de notas -mías o de otras personas, que quedaron truncas-, y hasta un principio de novela que no sé si alcanzaré a copiar. O que no sé si vale la pena hacerlo.

Copio

Abre con una nota inconclusa, que además parece venir de otro lugar, de una carta que alguien escribió y a la yo me refiero. Sería bueno tratar esta partecita como una novela de misterio. ¿Qué se explican ustedes con las partes halladas?:

Vuelvo de allí sin saber mucho más de lo que siempre supe.

No sé si existen cielos, infiernos, purgatorios, transmigraciones, edenes, ni siquiera si algo más allá nos aguarda.

No fue estrictamente, y tal vez no fue en absoluto, una experiencia sobrenatural, quizá ni siquiera extrasensorial.

No vi la Verdad de lo que es, de lo que no es, de lo que podemos o no esperar.

Pero lo que se me mostró, y por tanto aprendí, es tan intenso, tan poderoso -y disminuye tanto al ponerlo en palabras:

Vi por qué no sabemos la verdad. Ahora estoy segura.

Descifrando la respuesta

La carta no deja muchas rendijas para volver a preguntar. En especial porque pondera la debilidad de las palabras, porque aclara en otro párrafo que tampoco está dicho con toda precisión aquello de “haber visto por qué no sabemos” sino que la experiencia pierde verdad al ponerla en palabras.

Intento -contrariando el mensaje de la carta- descifrar ese vi por qué no sabemos. Y lo que sucede cuando lo intento es como el cubo mágico: cuando armo una cara se me descompaginan del todo las otras cinco.

Noticia que me brindó inspiración

Leí hace pocos días en Internet la noticia de que en mayo de este año ya iba a ser posible realizar viajes en el tiempo. Dicho así como lo digo, parece un infinito disparate.

Aunque en realidad no importa cuánto de realidad tenga la noticia, lo bueno es que resulta inspiradora, en especial para imaginar viajes hacia atrás y adelante. Y a lo mejor descubrir qué es lo que menciona como central en su experiencia la autora de la carta que menciono.

Párrafos de alguien cuyas iniciales son O. T., que no sé por qué están en mi cuaderno

El antiguo mito arquetípico del caer de las torres -más antiguo que el Viejo Testamento, más que la primera Babel- se materializó en Nueva York en septiembre de 2001. Con la caída de las torres los medios embarullaron el ya desordenado panorama con una explicación que terminó de desordenarlo: “el mundo había pasado a ser otro”.

Pero dos meses después el derrumbamiento de las torres era de otro tipo -aunque su suerte mediática fue mucho más efímera que lo del World Trade Center-, fue iniciado por Enron, el coloso mundial de la electricidad y la energía.

Y fue entonces, cuando las más grandes corporaciones habían destruido la confianza, clave reguladora del buen funcionamiento del capitalismo, que otros creyeron ver en esos nuevos e inesperados derrumbes el verdadero pasaje de un mundo a otro.

Así comienza O. T. su relevamiento de “lo que nunca tuvo lugar”, por diarios y revistas, por Argentina y por el mundo, de lo que llama casi poéticamente “El principio destructor del no suceder de las cosas”, principio del cual se desprende una rara mutación del modo de informar: los hechos se han convertido “en una interrogación sobre su posibilidad de existir”. Es precisamente esta interrogación lo contrario al trabajo de informar.

Ahora viene un poema que me gusta mucho

Límites

De estas calles que ahondan el poniente

una habrá (no sé cuál) que he recorrido

ya por última vez, indiferente,

y sin adivinarlo, sometido

a Quien prefija omnipotentes normas

y una secreta y rígida medida

a las sombras, los sueños y las formas

que destejen y tejen esta vida.

Si para todo hay término y hay tasa

y última vez y nunca más y olvido,

¿quién nos dirá de quién, en esta casa,

sin saberlo, nos hemos despedido?

Tras el cristal ya gris la noche cesa

y del alto de libros que una trunca

sombra dilata por la vaga mesa,

alguno habrá que no leeremos nunca.

(…)

Para siempre cerraste alguna puerta

y hay un espejo que te aguarda en vano;

la encrucijada te parece abierta

y la vigila, cuadrifronte, Jano.

Hay, entre todas tus memorias, una

que se ha perdido irreparablemente;

no te verán bajar a aquella fuente

ni el blanco sol ni la amarilla luna.

No volverá tu voz a lo que el persa

dijo en su lengua de aves y de rosas,

cuando al ocaso, ante la luz dispersa,

quieras decir inolvidables cosas.

¿Y el incesante Ródano y el lago,

todo el ayer sobre el cual hoy me inclino?

Tan perdido estará como Cartago

que con fuego y con sal borró el latino.

Creo en el alba oír un atareado

rumor de multitudes que se alejan;

son lo que me ha querido y olvidado;

espacio y tiempo y Borges ya me dejan.

Jorge Luis Borges

Una entrada inconclusa

Acabo de leer “El Mal y el hombre moderno“, de Ángel Grimalt.

Es un trabajo que discurre sobre la existencia o no de Dios, la crueldad ciega de la historia y los males del mundo. Esencialmente intenta definir “ese enigma que es la existencia del mal en el hombre moderno”.

A la vez, cita a Urs Von Baltasar, a quien citó Ernesto Sabato en Antes del Fin.

Me sumo a la cadena -de “citadores”- transcribiendo el final:

“Hemos fracasado sobre los bancos de arena del racionalismo, demos un paso atrás y volvamos a tocar la roca abrupta del misterio”.

Es cierto, el Mal es uno de los misterios más complejos que acompañan al hombre a lo largo del tiempo; no creo que sólo o más intensamente al hombre “moderno”.

También estoy de acuerdo con lo que dice Grimalt a mitad de su trabajo respecto al consentimiento del mal: cuando no tratamos de evitarlo, cuando miramos a un costado.

Encontré lo que fue un prólogo del irlandés Arthur Machen con enunciados como “Brujería y santidad, he aquí las únicas realidades”, que aparece al inicio y me obligaron a seguir leyendo.

Habla de la grandeza tanto del bien como del mal, y cómo esta “grandeza” es tan poco común y los hombres apenas la conocen.

Es un punto de vista luminoso, aunque parezca extraño. Aquí lo que se condena es la mediocridad. Hay un párrafo que me hizo pensar en si nosotros, también mediocres para el bien tanto como para el mal, tenemos derecho a condenar…

-y en los tres puntos, lamentablemente, ya que me hubiera gustado leer tal párrafo, se trunca.

Envío

Por más pequeño que sea el cuaderno, le he hecho entrar demasiadas cosas: falta transcribir al menos la mitad. ¡Y no vale la pena!

Como juego, vale. Me encanta jugar con mis amigos. Me gustaría más si pudieran explicarme algo de lo que entendieron… También, si pudieran enviarme juegos descabellados como éste, o menos o más descabellados.

Abrazos, felicidades

Mora

Monografias

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Comentarios

4 respuestas a “Copias de un viejo cuaderno”
  1. Joise Morillo dice:

    Querida Mora, Saludos cordiales

    Analicemos:

    “En este cuaderno, sin embargo, no todo lo que está escrito -con mi letra- me pertenece, en algunos casos ni siquiera tiene que ver con mis elecciones de temas o con mis elecciones literarias. ¿Tienen ustedes, para esto, alguna explicación que me ayude a entender?”

    Primero querida, derivado a que estáis escribiendo en un idioma que, seguro, se maneja por la totalidad de vuestros lectores, debería entenderse en mayor grado, lo difícil es captar las ideas sin una explicación diáfana y sencilla, de modo que, trataremos, si esto a continuación se capta lo suficientemente bien para concebir una idea de lo que os inquietó en un otrora y, ¿Por qué?
    Escribisteis lo propio y de otros en cuaderno. Digo el juego de Schopenhauer.

    Sigmund Freud, concibe el genio como alguien que capta y desarrolla en base a lo que le atañe y circunscribe, obras. Devenido del impacto, lo patético, en otras palabras, de la estética que ellas produzcan a la sensibilidad humana, o sea, de quienes tienen contacto –de cualquier índole-con estas; su cualidad es de “arte”. De modo que, quien en su haber les produce es artista. Si esa producción genera suficiente o, un impacto exacerbado ante quienes le sienten, entonces, es una genialidad, producto del ingenio de ese individuo a quienes llamaremos genio.

    Empero, eso no queda allí, también, quienes tienen la virtud de criticar lo suficientemente apropiado tales obras también tienen su cuota de genios. Por eso querida Mora no es para menos que en ese viejo, desordenado y polvoriento cuaderno encerrado en un viejo baúl y que podría inspirar la lontananza de un impresionismo, se conserva el producto, la inquietud y quizá las críticas documentadas de un virtuoso.

    La mezquindad es propia de quienes por ignorancia o temperamento desconocen o no aprecian la virtud del genio –al cesar lo que es del cesar, a dios lo que es de Dios- como la única obra “sublime es la obra de Dios” entonces la virtud es reconocer lo estético del cesar (la especie humana). El arte del genio.

    Por otro lado, el verdadero escritor, escribe lo que le viene a la mente, la mayoría de las veces sin ninguna discriminación de modo que llena cualquier espacio posible, sin coordinar –muchas veces frases- slogans, proverbios y, un sinfín de dígitos, símbolos o signos gráficos en frases que en futuro se decodifican “sin sentido” pero, que en pretérito tuvieron una razón de ser en nuestros pensamientos. Las más de las veces graficados como catarsis de estados de ánimo y/o critica a la estética que por poco análisis quedan inconclusas. Sencillo, una abstracción aguda para un solo instante. Así lo llamo.

    He ahí mi peculiar explicación, pudiera ser que otros más audaces tengan otra explicación la cual, con mucho respeto me gustaría aprehender.

    De esto:

    “Es un punto de vista luminoso, aunque parezca extraño. Aquí lo que se condena es la mediocridad. Hay un párrafo que me hizo pensar en si nosotros, también mediocres para el bien tanto como para el mal, tenemos derecho a condenar”

    La inteligencia: Bruta, limitada, evolutiva, todo depende del grado de cultivo y la voluntad de desarrollarle que cada individuo, considerando buenas condiciones, le otorgue o dedique a su mente, para enajenarle en función de ser mejor para sí mismo y la otredad. La mediocridad es el reflejo o símil de lo limitado ej.: para conocer la verdad del Universo, como, cuando y porque de él, igualmente, de nosotros. Y no por inconveniencia sino por lo absoluto de su ignorancia. En otras palabras, conocemos el fenómeno, pero no lo que lo produce (noumeno) por tanto se está en un término medio.

    Os ama
    Joise

  2. linda verlliui dice:

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  4. ALEJANDRO FRANCO CHAVEZ dice:

    13 de Abril de 2017 a las 9:58 pm
    Querida Mora: (perdonarás lo confianzudo, pero así lo siento).
    Guardo todo lo tuyo; cosa que voy leyendo y releyendo en mis escasos huecos de tiempo. Así que, recién he leído “Nina”; y me ha dejado boquiabierto; has de saber que “ese genero” me chifla; y sobre el mismo escribí un libro ya publicado en Amazon.
    Que la lectura de “Nina” me cautivó del todo, es muy cierto. Una antigua amiga y paisana de vos, de nombre Alejandra Gianello, una vez me dijo: “Si te gusta lo picante…”. Y el resultado fue el libro que te menciono.
    Con un fuerte abrazo,
    Alejandro



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