Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Un gaucho

Yo era libre (La libertad) y salvaje; cuando me apresaron, la muerte me devolvió la libertad casi inmediatamente.

Es que para los gauchos el horizonte es sin puertas, sin cerrojos; mi caballo y yo eran mi cuerpo (El gaucho).

Dicen que el primer gaucho fue un andaluz, un tal Alejo Godoy que se lamentaba todo el tiempo por la vida miserable que llevaba en la aldea de Buenos Aires como soldado raso (Inmigración a la Argentina: Españoles -hasta 1975-). A fines del 1500 le escribió una quejosa carta al rey de España, y como el rey no le contestó se puso a gritar en la plaza mayor: “¡Muera Felipe II!” (Felipe II: El primer globalizador). Antes de que lo prendieran partió raudo al campo al galope y se perdió en la tierra ancha. Así de libre quiere ser el gaucho, nómada eterno, sin vueltas y dueño de su propia ley.

En Argentina (Historia argentina), donde yo nací, la gente distinguía entre gaucho bueno y gaucho malo (Los gauchos de Sarmiento frente a los gauchos de Hernández).

El primero era rastreador y baqueano -Sarmiento no lo quería decir, pero era hijo de un gaucho rastreador y baqueano, todo se sabe cuando uno ha llegado, como yo, al más allá-. El gaucho malo, para Sarmiento, era una especie de ermitaño movedizo cuyo único hogar era el caballo: “un salvaje de color blanco”, escribió.

Yo, si me atengo a esos modelos, fui un gaucho malo -solidario, noble, pero bien fuera de la ley; ya les cuento mi historia.

Me mataron el 8 de enero de 1878, y empiezo a contar por el final porque fue mi muerte la que me dio más fama que mi vida.

Ya era, sin embargo, el Robin Hood de la provincia de Corrientes, de las zonas rurales como Pay-Ubre, que ahora se convirtió en Mercedes, donde nací en 1840.

Robaba ganado cimarrón y lo repartía entre mis compadres pobres, aunque yo había terminado siendo el gaucho más pobre de tanto repartir.

A pesar de eso, no me atraparon por abigeato, me atraparon porque no quise ir a la Guerra de la Triple Alianza, porque deserté. Yo no quería asesinar hermanos latinoamericanos; yo no quería matar, en realidad, a ninguna persona.

El coronel Salazar, desgraciadamente, puso sus ojos en mi espalda, y me llevaron a la comisaría de Mercedes.

Todo el pueblo pedía por mí; modestamente, mis compatriotas me amaban.

Se decidió trasladarme a la ciudad de Goya, también en Corrientes, y ahí se desesperaron los llantos.

Todo el mundo sabía que “el traslado” de cualquier preso concluía inevitablemente en su muerte. Los policías que lo acompañaban lo mataban a mitad de camino, y regresaban diciendo que “se había querido escapar”.

Mis gentes no podían permitirlo; según mis gentes, yo era un santo, curaba, hacía milagros -y el único milagro que había hecho hasta allí fue convencerlos de ser generosos.

Le escribieron una carta a la Mayor Autoridad, pero ésta lo pensó un poco y demoró y cuando llegó la orden de liberarme yo ya estaba en camino hacia Goya con mi guardia mortal.

Me acompañaba un sargento pendenciero. Me condujo por caminos que ya conocía, campos que alguna vez sembré y ese aire a infancia que lo perfuma todo cuando uno se despide.

Recordé a mi padre, un arriero español que eligió las vestiduras y los hábitos del gauchaje, y a mi madre, una “china” de Corrientes, una criolla linda.

Mi padre vivía del ganado que no era de nadie sino del primero que lo enlazara, cuando la tierra no tenía cerraduras, ni me la habían dividido con alambre de púas.

No llegué ni cerca de Goya. Apenas al salir de Mercedes, en un cruce de caminos, vi el brillo negro en los ojos del sargento.

Ahora me fusila, pensé. Y le dije: -Va a derramar la sangre de un inocente.

El sargento me miró y se me rió en la cara. Mientras aprestaba su fusil, tuve el impulso de decirle: -Usted va a matarme. Esta noche, cuando llegue a su casa, su niño se va a estar muriendo. Tóquelo con mi sangre y lo salvará.

Él me atravesó con poderosas balas; por las dudas, se acercó a mí cuando ya estaba muerto y empapó un trapo con mi sangre.

Volvió a la comisaría de Mercedes y vio que había llegado la orden de liberarme. Corrió a su casa donde su mujer sostenía un niño moribundo. Lo envolvió con el trapo con mi sangre y gritó: ¡Bendito seas Antonio Gil!

Y su hijo sanó.

El sargento llevó una cruz adonde me había fusilado y enterrado, en ese cruce de caminos.

Soy El Gauchito Gil, figuro así en lo que llaman Santoral Pagano.

Hace más de cien años que donde está la cruz y el monumento que me hicieron después hay gente rezando, esquelas de agradecimiento, bastones blancos, trajes de novia, chupetes, muletas. Este 8 de enero me llevaron un tren de juguete y una muñeca Barbie.

Venden estampitas conmigo vestido como siempre de gaucho y una Oración al Gauchito Antonio Gil. Yo estoy a la diestra de la Difunta Correa.

Envío

Discúlpenme por mi silencio respecto a saludos personales y agradecimientos. Me embarqué en un proyecto trabajoso, pero ya emergeré, queridos amigos…

Mora

Monografias

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Comentarios

5 respuestas a “Un gaucho”
  1. Joise Morillo dice:

    Hola Querida, Encantador relato

    Creo, alrededor de 10 años tenía, claro, la belleza y la bondad no le apercibía con la propiedad que debía ostentar un adulto, mucho menos con su carácter filosófico, no obstante, si, respecto a lo sutil de la inocencia y el buen gusto por un cine original y excelente, el argentino de los 50,60,70, los veía por televisión he añorado a Luis Sandrini, Libertad Lamarque, al mismo Carlos Gardel, la Coca Sarli, Tita Merello, J C Meza, El gordo Porcel (cómico agudo) y muchos otros de los cuales no me acuerdo de nombres, lo que más me encantaba era su romanticismo, su épica y hombría gaucha (el propio macho latino de las pampas) sin embargo nobleza y estirpe.

    Poco he leído de sus anecdotarios pero se de su gran calidad de carácter y arrojo.

    Os ama
    Joise

  2. Roberto Sartoro dice:

    Ah! Muy bueno. Felicitaciones. Nostalgia para nosotros los mas veteranos que alcanzamos a caminar por nuestra tierra libremente… junto a otros “gauchos” o como gauchos (antes de que llegara internet y google y estuvieramos todos “fichados” para siempe!)… En muy pocos años se nos dio vuelta el mundo… Ahora somos los “vagabundos” de la red y de Whastapp, casi sin poder salit “libremente” de nuestro “rancho”. Que pasó? Que pasó que nos pasaron por encima?…

  3. felipe humberto rizzo dice:

    Querida Mora, su excelente relato fue el disparador que me decidió a entretejer su bien contada historia con uno de los míos.
    Desde ya le pido perdón por la osadía.
    ANTONIO GIL Y JUAN BAUTISTA BAIROLETO
    DOS GAUCHOS PARA UNA HISTORIA
    De mentas te conocí, y aunque parezca mentira, pese a los años que no separan, 54, debemos de ser hermanos nacidos de un mismo vientre. La injusticia nos parió y ella misma nos mató.
    Vine a la vida el 11 de noviembre de 1894 en la localidad de San José, provincia de Santa Fe, y según recuerdo, hijo de inmigrantes italianos. Y una vez más, vaya casualidad, nuestras raíces europeas, íberas e itálicas, se acollararon en los campos de esta bendita tierra.
    No nacimos para cargar grilletes ni capataz que nos mande, y al igual que a los pájaros, no hubo alambrada que nos pare; cielo y tierra se entremezclan ande nace y muere el sol.
    -Viste lo que te digo: ¡hermanos hemos de ser! Y no vayas a creer que mi destino fue mejor. Al igual que a Cristo un Judas nos traicionó.
    Me bautizaron Juan Bautista, como el de la Biblia y creo que lo mismo le ocurrió a Jesús; de perseguido pasé a ser santo y de malo a venerado. Cosas que tiene el destino, según dicen.
    Y para que no te queden dudas, tus amigos te apodaron el Robín Hood de Corrientes, como a mí el de las Pampas.
    Pero volvamos a las desgracias conque nuestra madre Injusticia nos premió. La maldita me enamoró de la mujer equivocada: de la Rosa Pérez, novia del Turco Farach; de profesión policía. Se trataba de un novio dispuesto a no correr riesgos, así que me marcó el terreno y cortó mis alas de gavilán, y fue más allá. Me recomendó que me alejara del pueblo, del apacible General Alvear, sureño departamento mendocino que durante años me cobijó. Acepté la recomendación. Pero a mi modo.
    Pasado unos días, para ser más exactos, un 4 de Noviembre de 1919 lo esperé en el boliche de Castex (La Pampa), ni bien lo vi entrar agarré la pistola; fueron dos tiros no más, el primero lo clavé en las agujas reloj de la pared del bar justo a las 13.30 y el segundo le agujereó el cuello. Hasta la hora recuerdo de cuando comenzaron mis males.
    ………………………………………………………………………………………………………………
    Pero volvamos a tu historia. Según leí, le gusta recordar su vida comenzando por el final, cosa que respeto, que según usted dice: su leyenda comenzó el día que lo mataron, un 8 de Enero de 1878, y fue su muerte la que le dio más fama.
    Fue en Mercedes (Corrientes), donde nació un día del año 1840. Eligió robar ganado cimarrón que repartía entre los paisanos pobres, y de puro zonzo y buenazo terminó más pobre que una rata.
    Pero la culpa de su muerte la tuvieron los gobernantes que se embarcaron en la guerra de la Triple Alianza, y como no quería matar hermanos latinoamericanos, desertó, y lo metieron preso, no por abigeato sino por cobarde.
    Se decidió trasladarlo a Goya, Corrientes y usted sabía que un traslado era una sentencia de muerte, que los policías justificarían diciendo que “se había querido escapar”.
    La partida la comandaba un sargento pendenciero. Me llevó por caminos que ya conocía, campos que alguna vez sembré y tuve la sensación de aspirar ese aire a infancia que lo perfuma todo cuando uno se despide.
    Apenas salimos de Mercedes, en un cruce de caminos, vi el brillo negro de sus ojos que todo lo decían. -Ahora me fusila, pensé. Y le dije: Va a derramar sangre de un inocente. Nada contestó, solo rió mientras aprestaba el fusil.
    Y solo atiné a decirle: Esta noche cuando vuelva a su casa, su niño va a estar muriendo. Tóquelo con mi sangre y lo salvará.
    Dos balas atravesaron mi pecho. Recordó mis palabras y por las dudas empapó un trapo con mi sangre.
    Al llegar a la comisaría vio que había llegado la orden de liberarme. Corrió desesperado hasta su casa y encontró a su mujer con el niño moribundo en brazos. Lo envolvió con el trapo empapado con sangre y gritó: ¡Bendito seas Antonio Gil! Y su hijo sanó.
    El sargento llevó una cruz al lugar donde me fusiló y enterró.
    Soy el Gauchito Gil, el de los milagros, y así figuro en el Santoral Pagano.
    ………………………………………………………………………………………………………………
    Todo lo que me contó, reafirma más mi idea de nuestra hermandad.
    Después de saldar mi deuda, cuestión de polleras, según la policía, comenzó la cacería. Como querían vengar a su amigo, no hubo robo, atraco o asesinato que no se me endilgara, Fueron tantos los hechos que terminé con un abultado prontuario que me colocó primero en la lista de los delincuentes a atrapar.
    Después, se sucederían otros delitos hasta acumular 35 robos caratulados, más hurtos, disparos de armas, lesiones, atentados contra la autoridad y otros 7 homicidios. Por sus andanzas movilizaría a la policía de La Pampa, Mendoza, San Luis, Río Negro y Neuquén.
    Según crecían los atracos, probados o no, crecía mi popularidad al punto de ser “visto” al mismo tiempo en distintos puntos del país cuando se registraba un robo sonado. No era un ladrón más: ultra veloz con las armas -insuperable si se trataba del Winchester o del Máuser recortado-, eximio jinete -se dice que saltaba a caballo los alambrados que los policías debían cortar para pasar-, hábil para burlar la persecución policial -capaz de ser él mismo caracterizado quien señalaba a la autoridad por dónde había escapado el malhechor-. Pero sobre todo, se me adjudicaba quizás la principal cualidad que llevaría a tejer mi leyenda: que robaba a los ricos para repartir entre los pobres. El Robín Hood de las pampas. Los más favorecidos eran los puesteros de los campos. Por eso, me protegían y apoyaban con un caballo siempre reservado para asistirme en la huida, además de un plato de comida, yerba y tabaco.
    Después de ayudar a Farach, el policía pampeano a liberar su alma, lo dejé tendido en el piso sobre el charco de su propia sangre. Pero no llegué lejos y la policía y terminó atrapándome sin que opusiera resistencia.
    Terminé con mis huesos en una cárcel de La Pampa y recién me liberaron el 1° de Junio de 1921. Recién ahí la gente comenzó a idealizar mi vida y las historias de mis andanzas, ya como bandolero, hablaban de mí como si fuese un héroe y contaban de mis asombrosas aventuras en cuanto boliche había a cientos de leguas a la redonda.
    Para vengativos no hay como la policía, nunca me perdonaron la muerte de su camarada, así que no dejaron de perseguirme hasta acabar con mi vida, la que no entregué fácilmente.
    …………………………………………………………………………………………………………….
    Y aquí viene el final de nuestras historias. Quienes la escribieron dicen que a los dos nos entregó un Judas, que sospecho es la reencarnación del que traicionó a Jesús.
    El mío se llamaba Vicente Gaszcone o “Nato Gascón”, quien me entregó a cambio de la condonación de pena. Este traidor formaba parte de la banda que comandaba un tal “Mate Cosido”, que asoló el país desde la Cordillera patagonica hasta las selvas del Chaco.
    El tuyo, se corporizo en alguien que vestía uniforme de sargento y cuyo nombre no recuerdas, que desgraciadamente puso sus ojos en tu espalda, te hizo esposar y en el traslado a la comisaría de Mercedes aprovechó para ejecutarte.
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    Los hombres sencillos buscan apoyo para sus males en la intervención de sus Santos Paganos nacidos en su tierra y dejan para el rico y poderoso a los que habitan iglesias y visten de “brocato”. Y eso es lo que nos hermana y hacen al paralelismo de nuestras vidas.
    Mucha suerte con trabajoso nuevo proyecto.
    Felipe

  4. linda verlliui dice:

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