Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Enero, 2017

Las olas de la memoria

De ustedes recibo mucho, permanentemente. A veces me parece que estoy en falta de reconocer y agradecer, aunque sólo es el apuro (Tibidabo).

El tiempo debería abrirse y fluir como un universo (El sueño de Einstein).

Por eso hoy comenzaré  a saludar con nombre y apellido a los últimos que me escribieron, a los que tengo más a mano (El porqué de los apellidos y su formación).

Con el tiempo, y yéndome para adelante y para atrás, tal como la memoria y sus olas, habré saludado a todos mis amigos. Si Dios o los dioses lo permiten (Quienes son vuestros dioses).

Por ahora, a todos, hasta a los futuros (Pensar el futuro, y construirlo), les escribí un cuento breve.

Un cuento cuya única sorpresa es la Realidad (El cuento y sus características).

Yo, que me especializo en finales curiosos, a este cuento decidí darle el más inesperado. Ya lo verán.

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Copias de un viejo cuaderno

Acabo de descubrir que no tiré todos mis pasados escritos; descubro un cuaderno muy viejo, muy pequeño, muy desorejado. Se había ocultado en un cajón de ropa vieja (La risa como terapia).

No sé si las cosas que me resultan curiosas lo son también para ustedes, mis lectores amigos (La empatía y su entendimiento neural). Tal vez sólo las considero de ese modo porque me pertenecen y algo -aunque sea tonto e intrascendente- me dicen o me recuerdan de mí misma (Acerca del narcisismo).

En este cuaderno, sin embargo, no todo lo que está escrito -con mi letra- me pertenece, en algunos casos ni siquiera tiene que ver con mis elecciones de temas o con mis elecciones literarias. ¿Tienen ustedes, para esto, alguna explicación que me ayude a entender? (La enseñanza para la comprensión).

Pero me juego a que les interesa saber lo que esconde este infiltrado en el placard, que quiso salvarse de un gran incendio. El incendio que arrasó con mi pasado, voluntariamente (La fatalidad del fuego prometeico).

Contiene un poema mío, dos de Borges (La reinvención de Cervantes en dos poemas de Borges), varios comienzos de notas -mías o de otras personas, que quedaron truncas-, y hasta un principio de novela que no sé si alcanzaré a copiar. O que no sé si vale la pena hacerlo.

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Un gaucho

Yo era libre (La libertad) y salvaje; cuando me apresaron, la muerte me devolvió la libertad casi inmediatamente.

Es que para los gauchos el horizonte es sin puertas, sin cerrojos; mi caballo y yo eran mi cuerpo (El gaucho).

Dicen que el primer gaucho fue un andaluz, un tal Alejo Godoy que se lamentaba todo el tiempo por la vida miserable que llevaba en la aldea de Buenos Aires como soldado raso (Inmigración a la Argentina: Españoles -hasta 1975-). A fines del 1500 le escribió una quejosa carta al rey de España, y como el rey no le contestó se puso a gritar en la plaza mayor: “¡Muera Felipe II!” (Felipe II: El primer globalizador). Antes de que lo prendieran partió raudo al campo al galope y se perdió en la tierra ancha. Así de libre quiere ser el gaucho, nómada eterno, sin vueltas y dueño de su propia ley.

En Argentina (Historia argentina), donde yo nací, la gente distinguía entre gaucho bueno y gaucho malo (Los gauchos de Sarmiento frente a los gauchos de Hernández).

El primero era rastreador y baqueano -Sarmiento no lo quería decir, pero era hijo de un gaucho rastreador y baqueano, todo se sabe cuando uno ha llegado, como yo, al más allá-. El gaucho malo, para Sarmiento, era una especie de ermitaño movedizo cuyo único hogar era el caballo: “un salvaje de color blanco”, escribió.

Yo, si me atengo a esos modelos, fui un gaucho malo -solidario, noble, pero bien fuera de la ley; ya les cuento mi historia.

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El secretario II

…Un día vino con un recorte: “Se necesita secretario”, así de parco era el aviso.

Me entusiasmó la parquedad. ¿Secretario de qué, de quién? ¿De algún ministro o jugador de fútbol? ¿De una productora de TV? ¿De una anciana caprichosa? ¿De un príncipe exiliado?

Estaba en Buenos Aires y todo podía suceder.

El secretario II  (continúa de “El secretario”)

Llamé un jueves para solicitar una entrevista “por el aviso aparecido en el diario”. Me la otorgó una voz femenina para el lunes (Días fastos y días nefastos).

Durante la espera (¿Ya está listo?) fui instruido por Demetrio sobre lo que debía contestar al entrevistador (Entrevistas Laborales. Tips para tener en cuenta). A la vez, Demetrio me pidió el teléfono de Pedro:

-Tiene tus medidas -dijo-. Mis trajes te quedarían grandes (El espectáculo de la moda - Diseñadores).

Así se encontraron en mi departamento Demetrio y Pedro, y se hicieron amigos de tanto luchar juntos para civilizarme (La política y la sociedad argentina en el último tercio del siglo XIX). Pedro aportaba, además de su traje, su pensamiento estructurado y formal, las frases hechas que se supone debe tener a mano como respuesta una persona que trata de conseguir un trabajo (Lengua Oral y Escrita).

Demetrio, esencialmente de acuerdo con Pedro, alivianaba las mismas frases hechas y  daba vuelo.

El lunes me vistieron, me perfumaron, a último momento me cortaron el pelo (Historia de la peluquería) y me depositaron en la dirección que figuraba en el aviso.

Estuve parado un largo rato frente a esa mansión de Recoleta antes de hacer sonar el llamador -una mano de bronce, todavía no se usaban mucho los porteros eléctricos, excepto en los edificios de varios pisos que quedaban más bien en el microcentro de Buenos Aires y no en un barrio tan distinguido como Recoleta, con su cementerio y su “Biela” (Historia de la Recoleta…). Abrió la pesada y trabajada puerta una mujer vestida de azafata, o así me pareció el uniforme, que le quedaba tan bien, tan glamoroso.

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