Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El secretario

Era un muchacho bastante singular, yo (Talentos de los niños especiales).

Tal vez alguno que me conoció en esa época piense que debería más bien definirme como excéntrico, extravagante. Pero se equivoca, y, en primer lugar, muy pocos me conocieron en esa época en que débil, de 25 años y muy tímido, hice votos para ser el humano más feliz de la tierra (La Felicidad).

Lo de “hice votos” no es una expresión al vuelo de la pluma. Los hice de verdad, como quien entra a un monasterio. Y entré a mi propio monasterio privado (Confidencialidad y privacidad).

En segundo lugar la excentricidad y la extravagancia se demuestran -se practican- en público, y yo no tenía público más que un espejo de tamaño reducido donde sólo aparecía mi cara, y dos amigos que me habían quedado de la infancia, un vecino y un compañero de escuela (¿Existe realmente la soledad?).

Alquilé un departamento que consistía en un dormitorio con baño y un ventanal que se abría sobre una plaza solitaria, de esas sin juegos para niños, de esas con árboles enmarañados. Para mí, una selva.

Lo amueblé con mi cama, que era el artefacto más importante para mi felicidad, múltiples cuadernos y lapiceras y unos cincuenta libros -una pequeña biblioteca.

Sobre una mesa, última pieza que pudo penetrar el ajustado rompecabezas, coloqué un horno eléctrico y una heladera diminuta, casi de picnic, y la máquina de escribir. Puse una barra en otra pared, donde empecé a colgar mi escasa indumentaria, y abajo de la barra descansaban mis 4 o 5 pares de zapatos acumulados durante mucho tiempo, pero no muy gastados.

Al lado de mi cama todavía cabía una silla para que se sentara uno de mis dos amigos cuando fuera a visitarme -nunca iban juntos, casi no se conocían Pedro y Demetrio.

Pasaba el día acostado escribiendo y leyendo. Escribía colaboraciones -con seudónimo, “Mora Torres”- para una revista mensual y para la página literaria de un diario, esto último semanalmente. Dos chicas pasaban a recoger mis colaboraciones. La de la revista era muy alta y parecía una modelo; la del diario era bajita, menuda, de pelo negro corto y anteojos. Simpatizaba más con la segunda, pero nunca me relacioné con ninguna de las dos. Mi ser siempre quedaba más allá del buenos días y el gracias que repetía para cada una como un eco. Mi ser siempre quedaba adentro de casa.

Pasó un año y puedo jurar que de verdad fui feliz. Mi amigo Pedro me visitaba casi todos los sábados y me traía lo que él llamaba “noticias del mundo” que, bien analizadas, no tenían ninguna importancia.

Él no entendía que nada me inquietara. Me contó de un accidente que sufrieron unos escolares que iban de vacaciones cuando el micro se desbarrancó, y no entendía que no me conmoviera. Gritaba: “¡Veinte chicos murieron, demente!”.

Yo le decía que para que esa noticia me golpeara también debían golpearme los avisos fúnebres de gente joven que yo no conocía, y que, en última instancia, si ese fuera el caso, el de conmoverme, me sentiría obligado a imaginar los millones de niños que no salían en avisos fúnebres ni en ninguna noticia, y que morían en otros accidentes, de enfermedades y de hambre.

Le decía que había estado a punto de sufrir día a día por todos esos casos, pero que me había detenido a tiempo y, matemáticamente, había convertido en abstracciones esas muertes, salieran o no en los periódicos.

Pedro me preguntaba:

-Entonces, ¿por qué te interesan los asesinatos?

Y yo le respondía:

-No me interesan los asesinatos en sí. Me interesa la mente de los asesinos.

Eran poco variadas nuestras conversaciones.

Más importantes fueron las visitas de Demetrio, que me contaba crímenes del pasado, del presente y del futuro, creo, y además me traía los víveres que yo puntualmente le pagaba.

Ese día tomábamos café y él desplegaba su imaginación como un pavo real tenebroso desplegaría su cola blanca, negra, gris y morada.

Demetrio me ayudaba en realidad con una inocente fantasía a la que yo solía volver: ser cronista de policiales, cuando saliera de la cama y me decidiera a buscar un trabajo más formal que mis colaboraciones literarias.

Por eso, a veces, Demetrio también me traía avisos de empleos, aunque nunca traía el que yo soñaba, y además, como dije, ya era muy feliz aun con mis bienes tan escasos.

Sí, feliz, pero hay que considerar que esa felicidad estaba en mi mente, o en mi alma, como dicen los Evangelios, y que apenas mi mente variara, resbalara, se confundiera, podía ser que todo llegara a su fin.

Y no sucedió así, que de un día para otro ya no fui feliz, sino que delicadamente, como demoliéndome por una astilla diaria que perdía, o una cada dos días, se apagó, me apagué.

Demetrio y Pedro estuvieron para intentar ayudarme, nunca juntos.

Pedro me dijo:

-Así debía terminar el engaño, yo ya me daba cuenta.

-¿Qué engaño? -pregunté-. ¿Crees que yo fingía?

-No es exactamente fingir. Como te digo, es engañarse. No eras consciente de lo que sufrías y te creías lo contrario -me contestó.

Lo eché. No era posible que no me comprendiera.

Demetrio fue más suspicaz. Me hablaba como siempre de buscar otros empleos que me obligaran a levantarme de la cama, pero lo hacía de un modo muy sutil, agregando por ejemplo que sería bueno hacerlo por un tiempo y después volver a mis colaboraciones, que eso me daría más material para la escritura y quién sabía si no para volver a ser feliz, para volver a mi estado anterior.

Un día vino con un recorte: “Se necesita secretario”; así de parco era el aviso.

Me entusiasmó la parquedad. ¿Secretario de qué, de quién? ¿De algún ministro o jugador de fútbol? ¿De una productora de TV? ¿De una anciana caprichosa? ¿De un príncipe exiliado?

Estaba en Buenos Aires y todo podía suceder. (Continúa el miércoles próximo.)

Envío

Que tengan el mejor año de todos los que tuvieron hasta ahora, sean infantes, viejitos, jóvenes o señoras paquetas o profesionales de la tinta, o lo que les guste o puedan ser, mejor.

Les aseguro que cumpliré, y el miércoles les mandaré el final, que es un poco largo y al que todavía le faltan dos puntadas.

Tómenlo como regalo de Año Nuevo partido en dos y con el mejor augurio.

Y perdonen que esta vez les diga gracias sin nombrarlos, porque después de haberles deseado tantas cosas felices, tengo miedo de que la computadora me retenga algún nombre.

Los quiero mucho

Mora

Monografias

Si le ha gustado esta entrada, por favor considere dejar un comentario o suscríbase al feed y reciba las actualizaciones regularmente.

Comentarios

7 respuestas a “El secretario”
  1. Emilio Luis Gaviria Lareo dice:

    Me gustó la entrada con los sugestivos conceptos iniciales, “singular”, “niños especiales”, “La Felicidad”, “la soledad” que estimulan mi imaginación.
    Como muy viejito, agradecido a Mora por los buenos deseos, que retribuyo.
    Emilio Gaviria.

  2. Ruben Dario Vega Sayago dice:

    Hola Morita.
    Muchas gracias por todos los cuentos de este año, los disfruto mucho y los espero semanalmente. Que tengas un fin de año lleno de tranquilidad y alegría. Y te tengas un nuevo año excelente.
    Rubén Vega. Caracas 31-dic-2016.

  3. carlos cesar molina leon dice:

    Me gusto està entrada,espero la proxima semana el plato fuerte. Gracias por estos regalos y espero que nos sigas sorprendiendo cada semana durante este proximo año.Gracias

  4. felipe humberto rizzo dice:

    Que mejor regalo para empezar el año, que un buen cuento. Para un “viejito lector” cada historia es como una golosina para un niño, golosina que espero ansioso todas las semanas de quienes quiero, y agradezco el saber que para la próxima ya está listo, en el bolso de su autora, el resto del dulce que faltó en esta entrega.
    Mora, gracias por el regalo y un sincero deseo de paz, salud y felicidad para este Nuevo Año que se inicia.
    Felipe

  5. Analia Guardia dice:

    Me gusto, me gusto! esperare hasta el domingo para el final! Gracias y buen año!

  6. Joise Morillo dice:

    Querida Mora, Saludos cordiales, que este año sea prospero para vos y los vuestros, de todas las formas.

    Gregorio Samsa, quedaría sumergido en una taza de suspiros, si alguna vez sus huestes parentales le hubieran ofrecido la solidaridad que Demetrio y Pedro ofrendaban a este escritor. Tal vez al chico “Mora Torres” –entre sus muebles- le faltaba un closet para poder salir, pues, el cuartucho le quedaba grande, muy grande para solo recibir amigos, quería –de hecho- una mujer, que no fuera solamente a buscar sus colaboraciones. su desconocimiento propio acerca de conseguir tal deseo, le sumergía en una debacle abrumadora, un total desconsuelo, ansiedad, no podía ser feliz, aunque así lo haya creído alguna vez.

    Os ama
    Joise

  7. linda verlliui dice:

    Su sitio es maravilloso y diverso. La situación de discapacidad y insomne ​​estoy siempre ocupado con usted.
    Buena continuación !

    voyance par mail



Deje su comentario

Debe para dejar un comentario.

chatroulette chatrandom

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda