Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Objetos raros

Amigos: en realidad no debí prometerles una explicación sobre por qué escribí para ustedes “El Diablo” el miércoles pasado (Anatomía de un escrito).

Desperté cierta expectativa que tal vez va a acabar en desilusión (Ilusión y desilusión estéticas).

La “musa” vino por este lado (Estatuto de poeta): recordé un momento de mi vida en el cual habitaba sola un departamento pequeñito.

Tenía una vecina en el mismo piso, que cuando yo llegaba del trabajo me esperaba en el pasillo con algún bocado delicioso, una masa fina, un chocolate, tortas o escones, etc. (Anecdotario erótico - sexológico).

Yo tomaba el obsequio, sonreía y entraba, casi escapando. Mi vecina, que sonreía a la par, mostraba en esa sonrisa algo amenazador, truculento (La violencia, una amenaza no tan silenciosa).

Tanto insistía con sus regalos que cuando llevó champán me vi obligada a invitarla a pasar a beber una copa conmigo (El Alcoholismo).

Brindamos. Conversamos un poco. Al rato me pidió ir al baño -y ella vivía, como ya les dije, en el mismo piso que yo, a unos metros.

Salió del baño y conversamos otro poco -no encontrábamos suficientes temas ninguna de las dos-, y en una hora se despidió y se fue.

El esfuerzo de todo un día de trabajo y el de responder con alegría fingida a alguien que me caía mal me llevaron al agotamiento. Me daría un baño antes de cenar (Stress).

Entré desesperada en la bañera, y me lastimé con pequeños trozos de vidrio muy delgado, como de lamparilla eléctrica, que yo no había dejado desparramados allí.

Nadie iba a mi casa en esos días; sólo había ido mi vecina (Soledad y género viviendo en soledad).

Claro que huí de ella como del Diablo.

Sin embargo, para descansar de “El Diablo” les mando un relato que escribí esta mañana:

Objetos raros

Fui hace poco a pasar unos días en Buenos Aires -ya no vivo allí-, y una mañana me desperté en el pequeño departamento que había alquilado temporalmente, con ganas de rescatar una aventura de la infancia o algo parecido, bizarro si era posible. Me dije ingenuamente: “Hay tantas cosas raras de acá a la China y de la China a acá”.

Pensaba más bien, en ese momento, en objetos raros, como una manita de porcelana a pila que repartía el pan en la mesa en la casa de mis abuelos, hace muchísimos años -¿qué se habrá hecho de aquella manita delicada y rosa?

Luego agregué a la lista de objetos raros la de animales raros y costumbres, y el desayuno se hizo tan largo que me tomé tres tazas de café. Quería seguir amontonando en mi invisible pila cosas raras.

De pronto me desvié por otro atajo. Me sorprendió el recuerdo de una pelota que, cuando yo la arrojaba, me sacaba la lengua. Se llamaba Toribio y me la regalaron al cumplir los 4 años, pero el recuerdo era muy claro.

Me puse a pensar con cuantos sentimientos y emociones se mezclaban los objetos que recordaba.

Recordar a Toribio me recordaba a la niñita de 4 años que recibió ese regalo.

Sentí mi cuerpo y mi ser de niñita, y el alrededor además. escuché discutir a una pareja y recibí una ola de angustia en mi pequeño corazón.

Vi un poco más tarde en el tiempo mi vestido de primera comunión y percibí el olor a cuero y a incienso de la cubierta del misal, más el olor a tela nueva de la falda de seda de mi mamá.

Y de pronto llegaron los terribles zapatos de ogro que usaba mi amiga Lidia cuando yo tenía 16 y ella ya 40 años.

A los 16 adopté temporalmente un par de padres: Héctor y Lidia.

Tenían dos hijitos con los que yo jugaba y a los que entretenía. Es decir, “adoctorada” como era en ese entonces, cubría todas mis necesidades con esta nueva familia: hacía travesuras con los niños; charlaba sobre Freud y sobre Marx -¡oh atrevimiento!- con Héctor y con Lidia.

Era una pareja de intelectuales pobres. Él colaboraba de vez en cuando en los diarios con sus notas -un escritor brillante- y ganaba algunos pesos por estas colaboraciones y por alguna conferencia; Lidia recogía “préstamos” por la ciudad, ropa y calzado para todos.

Un día trajo un par de zapatos que, por el tamaño y por la estética, se los adjudicó con humildad a sí misma.

Eran unos viejos zapatos de color verde que de un lado tenían un candado y, sobre el empeine, rejas. Los tacos eran anchos y altos; este par daba la impresión de tener prisioneros a dos sapos dentro de ellos.

Inmediatamente inventamos bromas pesadas con Honorio y Leticia, los chicos de la casa.

Yo les aseguré que habían pertenecido al ogro más huraño de los cuentos de hadas, y cuando mis pequeños amigos, por la noche, se estaban empezando a dormir, con las manos hacía caminar por su cuarto los espantosos zapatos, que hacían un extraño sonido medieval. Ellos se levantaban entre risas y gritos de horror.

Entonces inventábamos una fiesta en la que había ogro -pero también princesa, que era Leticia-, una fiesta que duraba hasta que Lidia se decidía a llamar a Héctor para que pusiera un poco de orden, y todo, hasta los juguetes, obedecíamos y nos dormíamos con naturalidad.

Al otro día Lidia se calzaba los zapatos verdes, y ella era tan elegante, tan bella, que uno se olvidaba de todo ogro y de todo sapo y veía a una mujercita escapada de El Libro de las Hadas afanándose en las tareas de la casa.

Héctor murió muy pronto; Honorio y Leticia crecieron, encontraron cada uno su pareja, se casaron y se fueron a vivir a otro país; Lidia continuó siendo mi amiga más cercana por muchísimo tiempo.

Aunque un día dejó de ser cercana. La distancia y los tiempos oscuros nos separaron con tanta crueldad que hasta nos perdimos el rastro. Cada noche, antes de dormirme, yo me decía: “Lidia tiene veinte años más que yo, dónde estará, ¿la volveré a ver?

Después de la tercera taza de café del desayuno en la casa que alquilé hace poco en Buenos Aires, y después de que me invadió la avalancha de objetos raros y recuerdos, consideré salir a caminar por calles que antes eran casi mías.

Y no quiero seguir relatando sin jurar que pocas veces en mi vida tomé alcohol y una sola vez probé la droga -un tosco cigarrillo de marihuana, hará de esto medio siglo.

La primera cuadra estaba llena de montículos de arena, había muchos edificios en construcción. Una brisa hacía volar la arena y conformaba un paisaje brumoso, con algún árbol gris.

Fue justo sobre el último montículo donde observé la aparición de lo que hasta ahora era el fenómeno más extraño del mundo para mí: una pelota Toribio que sacaba la lengua. Me apresuré para tomarla, llegué, estiré el brazo. La piel de mis dedos se encontró con la piel de la palma de mi mano.

Seguí caminando. La segunda cuadra estaba llena de negras bolsas de residuos. Y por supuesto que encontré el segundo, el tercero y el cuarto objeto en los que había pensado mientras tomaba el desayuno.

Allí vi en la primera bolsa mi vestidito de la comunión; de la segunda, a pesar del hedor de la basura, vino olor a misal, y de la tercera a seda nueva. Todo se hacía aire cuando yo lo tocaba.

En la tercera cuadra había que tratar de no pisar a la gente que dormía estirada en la vereda.

Yo avanzaba y miraba pies descalzos, pies con medias, o zapatillas o zapatos. Algunos pies acariciaban uno o dos perros, dormidos también.

Y vi de pronto los zapatos de ogro. No seguí avanzando, quería hacerlo despacio, que no se convirtieran en aire cuando los tocara, que fueran reales, que estuviera la cara de Lidia al final de ese cuerpo que empezaba en los pies, en los zapatos verdes enrejados de un cuero todavía más gastado que hacía cincuenta años.

Respiré lentamente, caminé lentísimo, tenía el corazón que funcionaba al máximo y se escuchaban los golpes de la sangre.

Recorrí la geografía de Lidia hasta el cuello arrugado, hasta la cara que dormía, que había cambiado pero era la de ella con 90 años, hasta el cabello ya muy blanco.

Y me detuve junto a su cabeza. Mis manos no me respondían o bien me respondían que no se atrevían a tocar a Lidia para no convertirla en aire.

Me quedé allí mucho tiempo y el único movimiento que observé de su cuerpo fue un temblor en el párpado que no sé si soñé o produje.

No me animé en ningún momento a despertarla o a convertirla en aire y volví al departamento lamentando mi cobardía, preparé la maleta, entregué la llave, pagué y me volví a donde ahora estoy establecida.

En mis meditaciones, comprendí que soy huérfana de todo lo que amé o quise, como cualquier anciano.

Envío

Mis queridos, todavía no estoy del todo bien pero no se preocupen… es apenas una conjuntivitis que, eso sí, ya dura mucho tiempo y hasta se contagiaron mis perritos.

Todos mis abrazos

Mora

Monografias

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Comentarios

8 respuestas a “Objetos raros”
  1. Analia Guardia dice:

    Bello simplemente bello!!

  2. Gerardo Martín Solá dice:

    Me emocionó mucho. Excelente cuento ¿o historia real? Quiero quedarme así, con la duda…Sus cuentos tienen la capacidad de maravillarme. Pero no sé porqué, no puedo ya imaginarla en Buenos Aires, ni siquiera de paso y la ubico feliz en Agua de Oro. No la imagino feliz en las calles de Buenos Ares. y sus cuentos de allá son como éste, melancólicos o directamente tristes. Será porque nunca fui feliz en Buenos Aires y lo fui en Agua de Oro…La saludo, con la admiración de siempre.

  3. ZULY ROJO dice:

    DESDE HACE SEMANAS TENGO SUEÑOS RAROS, NO SE SI ESTO QUE USTED ESCRIBIO FUE UN SUEÑO O UNA REALIDAD, . YO NO SE EXPLICAR MIS SUEÑOS X ESCRITO, EN UNA NOCHE, TENGO SUEÑOS DE TODA INDOLE, HAY SUEÑOS EN ESPECIAL DONDE SIERMPRE ESTOY PERDIDA, ESTE SUEÑO ES RECURRENTE .
    SU RELATO ME GUSTO SALUDOS

  4. Joise Morillo dice:

    Hola Querida

    Ya que mencionaste a Freud, quien afirma: “todo gira alrededor del sexo” y a Marx con su Dizque “Hombre nuevo” que, a ciencia cierta lo que quería es un “hombre prehistórico” o sea, Marx era retrograda con todo lo intelectual. Antes que cambiar la naturaleza lo propio es: no manejarle sino concebirle y hacer uso apropiado de ella. Este cuento hermoso, representa la la esencia del anciano, necesidad de compañía, el temor de acabar solo en el ocaso de su existencia, por ello, cultivar la empatía en la juventud, sembrar bondad; es la semilla para una buena cosecha. Eso es lo natural.

    Os ama
    Joise

  5. fabi risso dice:

    Mora:
    Exelente cuento,
    se ve la soledad.
    Espero,
    Te pongas bien.

  6. felipe humberto rizzo dice:

    Un buen relato, es como un mágico elixir, no solo cura las dolencias del cuerpo, sana las heridas más profundas del espíritu y hace de su hacedora un hada protectora contra los males que acosan a sus lectores.
    Gracias por compartir tu mágica medicina., y sigue escribiendo, que somos muchos tus pacientes.
    Mis más sinceros deseos de una pronta mejoría.
    Felipe

  7. ALEJANDRO FRANCO CHAVEZ dice:

    Un hermoso relato y un final aún más, Mora. Me dejaste verdaderamente impresionado. Te dice algo así Felipe: viene a ser como un mágico elixir; y es de creerse. Gracias por este regalo, apreciada Mora. Fuerte abrazo,
    Alejandro.

  8. Liana María Sosa Hernández dice:

    Parece difícil conectar con tantísimas personas, diferentes, especiales que seguimos tus trabajos y nos encontramos en ellos y encontramos además a otros (fantasmitas) que conviven muy dentro. Sabiéndote me sé menos sola.



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