Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El Diablo

Yo del Diablo nunca supe nada, hasta que me invitó a bailar (Bailando con el diablo…).

La historia es larga. Yo era una mujer muy alegre y un poquito astuta; decían que era muy inteligente a pesar de mi frivolidad (El hombre light).

No me gustaba leer, coser, limpiar la casa ni cocinar. Por eso mi último marido encontró una excusa perfecta para dejarme, tan sola y ya bastante mayor, a mí que, aparte de dinero, lo que más necesitaba era compañía (¿Existe realmente la soledad?).

Me gustaba, me encantaba, me fascinaba bailar. Bailar sobre las mesas de los bares y los boliches, o bailar en el piso como volando, volando tanto que parecía un ave -un ave de rapiña- o una bruja (Brujería: un aprendizaje ancestral).

Las pulseras tintineaban en mis brazos, las cincuenta pulseras de mi brazo izquierdo y mi brazo derecho; la minifalda se me subía hasta el comienzo de los muslos flacos, algo arrugados, siempre bronceados falsamente por el sol. Al final de los brazos mis manos se sacudían espásticamente mostrando uñas larguísimas y coloradas; mi pelo se sacudía también, un pelo rubio que llegaba hasta mi cintura de muñeca y era como un mar dorado que hacía olas por toda la pista de baile (La mujer, un ícono de contraste en la obra de Frémez).

Apenas él se fue con otra -una señorita que tenía la mitad de mi edad- comencé a buscar nueva pareja. En lugar de ir a bailar los viernes y los sábados, empecé a hacerlo todas las noches.

Mi ex marido no me había dejado mucho dinero, pero yo lo gastaba en mí y me alcanzaba para divinos maquillajes y cremas que me dejaban la piel suave, tentadora. Así que desde que me levantaba al mediodía hasta la medianoche cuando salía me estaba preparando.

Comía unos sanguchitos, me bañaba, me ponía la bata y examinaba desde la punta de mis pies hasta la onda más oculta del cabello.

Algunos días tenía que depilarme, otros cortarme uñas de pies y manos, hacerme pedicuría y manicura, extirpar cada pequeño vello de mi cara, delinearme también con esa pinza las cejas; alguna que otra vez hacerme la permanente en las pestañas.

Era un trabajo que me imponía voluntariamente y que me daba felicidad y algunos resultados.

Yo nada de pensar en los pobres, o en ir a misa o en el sentido de la vida; siempre había sido así, nunca me gustó leer más que revistas de modas y belleza, ni rezar. Ni siquiera me interesaban las revistas de chismes sobre actrices y actores; a mí la otra gente no me importaba. A veces una vecina que se llamaba Ester -es importante que se recuerde este nombre- me alcanzaba un pedazo de torta o buñuelos que había hecho, y yo le preguntaba: ¿Para qué te preocupás por mí?

Ester era admirable, aunque yo nunca admiré la bondad. Me hacía sentir segura contar con ella para cualquier problema.

Le pedí una vez que me acompañara en mis noches, pero se horrorizó; ella no me juzgaba, solamente dijo: Esas cosas no son para mí.

Y era verdad, me correspondían sólo a mí. Yo creía que era alguien único, sinceramente. Me gustaba bailar y encontrar marido que me acompañara y me pagara los gastos de ser tan especial.

Los muchachos que conseguía en los bailes eran pasajeros, no duraban más de una noche o dos. Yo me divertía, no puedo negarlo, y les decía: Busco algo más serio.

Una noche me decidí a ir a un lugar en el que tal vez tendría más suerte, según me aconsejó Ester: una Tanguería.

Era un sitio elegante y casi diría severo.

La gente se acomodaba en mesas vestidas con largos manteles negros y cuando empezaba el show los viejos tangueros invitaban a los espectadores a unírseles.

Algunas parejas se levantaban con timidez y se acercaban a bailar quedamente en el piso ajedrezado. Los concurrentes solitarios miraban a almitas en pena que también estaban solas y elegían a alguna para sacarla a bailar. Otros miraban y miraban; si no encontraban una cara sonriente y receptiva, seguían sentados observando.

Esto me ocurrió a mí. Yo estaba sola y no tenía ninguna experiencia en este tipo de baile más formal. Estaba, como dije, acostumbrada a bailar sobre la mesa, o a arrancar al más flojo de su asiento y hacer que se moviera.

Acá no. Me puse temerosa. Eso sí, un caballero me miraba desde otra mesa, clavaba sus ojos en mí con insistencia.

La verdad, me resultaba buenmozo de lejos, en la penumbra me parecía que tenía los ojos verdes, la piel morena y una postura elegantísima.

La pista estaba ahora llena de parejas que bailaban con entusiasmo, y él me miraba sólo a mí, y yo lo esperaba sólo a él. Era un capricho, pero me juré no aceptar la invitación de ningún otro bailarín.

Cuando uno de ellos se acercó a la mesa, vi la mirada tensa del de ojos verdes evaluando mi comportamiento. Dije que no y giré la cabeza para mirar de lleno a mi galán: una sutil sonrisa pasó por sus labios sin quedarse mucho tiempo.

En fin, que él no se acercó a decirme nada; creo que ya sabía que se había ganado al menos mi curiosidad.

Seguí yendo a la Tanguería. El hombre siempre estaba solitario allí, como yo.

Estuve planchando muchas noches, como se decía antes cuando a una mujer no la sacaban a bailar por fea, por pata dura o por antipática, hasta que de repente él se acercó, me tomó en sus brazos y bailamos toda la noche como dos llamas de un mismo fuego, con cortes, firuletes. La gente nos aplaudía; no cambiamos una sola palabra.

Cuando nos separamos en silencio, él me entregó una tarjeta con su nombre y número de teléfono y no me pidió nada mío.

Estuve una semana sin salir, tratando de entender qué era lo que me ocurría. ¿Me había enamorado de Juan Glorioso -el nombre que aparecía en la tarjeta-, me había enamorado por primera vez en mi vida, quedando vulnerable, expuesta a un ser del que ni siquiera conocía la voz y que daba la impresión de estar seguro de que yo lo seguiría a donde me llevara?

Lo charlé con Ester y ella dijo:

-Así es el amor. Lo raro es que lo experimentes recién ahora.

Vi en su cara una profusión de dolores y traiciones que había sobrellevado con estoicismo y, también por primera vez, me conmoví; de inmediato empecé a verla como mi primera amiga de verdad.

Era la primera vez de muchas cosas, de pensamientos y sentimientos nuevos. Me encerré en mi departamento a meditar en eso. A veces me acompañaba Ester. Nunca había tenido una amiga, y menos como ella, por puro placer de la amistad.

La figura de Juan Glorioso y yo bailando en llamas entre relámpagos de música no se borraba de mi memoria, estaba allí constantemente, desde que me levantaba hasta que me iba a dormir, aunque apenas dormía porque él seguía allí, yo no dejaba de pensar y de sentir y no me podía entregar al sueño.

Una de esas noches de insomnio lo decidí. Aunque yo siempre esperé que él me buscara y no buscarlo yo, al otro día lo llamaría por teléfono.

Cuando nos encontramos por la tarde en un bar, vi que sus ojos no eran verdes sino negros. Negros carbones llenos de luces más oscuras. Por momentos su mirada era angelical, por momentos se veía atormentada, terrible. Cuando se veía terrible me parecía todavía más seductor.

Nos volvimos a encontrar muchos días seguidos. Yo no entendía por que me hacía ciertas preguntas, no entendía por qué nunca se acercaba siquiera a hablar de amor, tampoco de deseo, o me decía un piropo, o me regalaba una flor. Lo único que él sabía era que la próxima tarde yo estaría en el mismo bar, tomando un café, sin exigirle ni pedirle nada, como una esclava a la que se le pagaba sólo a veces con una sonrisa pasajera, que se sometía sin protestar a un curioso interrogatorio. Por ejemplo: “¿Crees que el Diablo es el dueño del mundo?”.

Yo ya sospechaba que él era el Diablo. No me lo hubiera imaginado nunca antes, porque yo no creía en esas cosas, pero me tuve que rendir a la evidencia.

Había vagas señales de que él me acompañaba cuando yo creía estar sola en mi casa. Yo tampoco sospechaba antes de puertas que se golpean sin explicación, de una música que llega y que se va, de sensaciones delicadas que aparecían en mí cuando venían las horas oscuras, cuando caía el sol o cuando había tormenta. Sin embargo la vez que sentí en mi piel unas manos ásperas que no tenían por qué encontrarse en mi cuarto solitario, y unas caricias ásperas también, lo confirmé. Y aun así no dejé de ir a verlo al bar ninguna de esas tardes, ni de contestar sus preguntas.

Uno de esos días me sorprendió con un:

-Tengo algo que decirte.

Inmediatamente mi torpeza me llevó a derramar sobre la mesa toda la taza de café. Él llamó al mozo para que limpiara, pero sus ojos me miraron con rencor, tormentosos.

Pedí perdón con una voz finita que salía de mí y que yo no reconocía como mía. Él le pagó al mozo y se despidió de mí hasta mañana.

Ester, mi buena amiga, me acompañó esa noche. Tomamos mate y conversamos hasta el amanecer; ella creía que yo estaba impresionada por mis nuevos y fuertes sentimientos y por eso me había vuelto demasiado aprensiva. Quería que me pusiera de novia con Juan Glorioso, estaba convencida de que seríamos felices.

Por supuesto que a la tarde siguiente concurrí cumplidamente a nuestro bar. Y él llegó en dos minutos.

Yo para ese nuevo encuentro me había vuelto a arreglar, maquillar, peinar, por consejo de Ester. Juan Glorioso, sin haberme mirado, repitió:

-Tengo algo que decirte.

Esta vez me cuidé de mi torpeza; esperé aparentando serenidad a que siguiera hablando. Y continuó:

-Es un negocio que nos conviene a ambos.

No podría decir que no temblé escuchando de los labios del Diablo, que yo quería besar, esta propuesta fría y tenebrosa:

-Yo no quiero tu cuerpo, sólo tu alma.

Casi tenía convulsiones cuando él siguió:

-Si me la das podrías ser la mujer más hermosa del mundo, y vivir muchos años.

Aquí alguna cosa me tentó, a pesar de mi miedo:

-¿Y volver a ser joven? -le pregunté.

-Lógicamente -respondió-. En la belleza eso va incluido.

Mi temblor me impedía contestarle con claridad, pero a la vez había algo en mí que había caído en una red, que rápidamente calculaba, rápidamente abarcaba la vida, el mundo y cada frustración que había sufrido.

Me sobrepuse y hablé como cualquiera que intenta hacer un buen negocio:

-¿Y qué harías con mi alma, cómo te la llevarías?

Se sintió un poco incómodo:

-Es una historia muy vieja y que la gente ha interpretado mal. No me “vendes” el alma, me la das como una fiel amiga a la que yo esperaré mucho tiempo. A cambio de eso mi amistad te dará todo lo que te prometí.

Todavía temblaba mientras pensaba en sus promesas: una vida perfecta para mí, y lo que quisiera de este mundo. Aparte, la amistad eterna de aquel de quien yo estaba enamorada.

-¿Esperarás hasta mañana mi respuesta? -le pregunté.

-Será un placer esperar por un alma valiosa -contestó.

Volví a casa. Ester estaba aguardándome nerviosa en la puerta de mi departamento. Abrí y entró conmigo.

Dijo:

-Siempre supe que eras de los nuestros -ahí vi sus tenazas, ahí vi su fuego.

Nos quedamos tomando mate un rato más.

Al otro día me acompañó al bar, saludó con mucha familiaridad y con un beso en la mejilla a Juan Glorioso, y yo cerré trato con él.

El Diablo rió con una risa fresca, juvenil, espontánea, cuando puse mi firma.,

Yo me miré en el espejo de la columna que adornaba el bar y vi a la mujer más hermosa del mundo sonriéndome y luego tomando un sorbo de café.

Más tarde Ester y el Diablo se fueron juntos y nunca más los vi.

Por ahora estoy tratando de aprender a ser tan joven y tan bella; ojalá resulte, tengo poca experiencia.

De todos modos me consuela saber que, ocurra lo que ocurra, alguien me espera en un lugar desconocido un día que no sé.

Envío

Queridos amigos: en la próxima entrega les relato por qué hoy escribí este cuento para ustedes, y los mantengo al tanto de las noticias sobre mi salud -no son tan malas, no teman.

Muchos abrazos.

Mora

Monografias

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Comentarios

13 respuestas a “El Diablo”
  1. Yuri Expósito Nicot dice:

    Muy bueno ese cuento, me motivó desde el principio y no le miento que hasta salté algunas lineas para llegar más rápido al final, deseo siga teniendo muchos éxitos

  2. Analia Guardia dice:

    Hermoso el cuento!! me encanto

  3. Victoria Echenique dice:

    Fue maravilloso, en serio me encanto!. Hace mucho que yo no leía algo que tomará toda mi atencion, felicidades, breve y perfecta historia.

  4. ALEJANDRO FRANCO CHAVEZ dice:

    ¡Vaya, algo así como el retrato de Dorian Gray, pero en mujer! Dejaste una sensación de eternidad. De fecha indefinida. De qué hacer cuando ya cansada de una vida fútil, pida a gritos ser recibida por su dueño. Aunque debo decirte que no me convenció del todo el papel de la “amiga” Esther. Me pareció como que no encaja o encuadra. Me parece también que es una forma un tanto extraña de ser cómplice. De cualquier manera, Mora, me tentó a seguir con avidez la lectura para saber el desenlace. Así como también la inquietud que despiertas ante la razón del por qué escribiste este cuento.
    Como siempre, de lo más agradable leerte.
    Abrazo,
    Alejandro

  5. fabi risso dice:

    Guarda con la Ester.. amigaza…!
    Abrazo

  6. fabi risso dice:

    Mora, sería un pacto con il Diabolo, vero?

  7. Mora Torres dice:

    Es un pacto con el Diablo planeado por su asistente Ester. Gracias Fabi!

  8. francisco lopez dice:

    Genial. Aún cuando se necesita cierto valor para enfrentarse de nuevo a los inicios de una nueva vida, ¿quién estaría dispuesto a rechazar una nueva oportunidad, aún cuando la oferta proceda de semejante personaje?
    Me ha encantado el cuento, con este Mefistófeles modernizado y un tanto desabrido, pero claro este no necesita invitación para pasar por el ángulo abieto en la puerta.
    Saludos, espero su explicación al respecto.

  9. fabi risso dice:

    Que será lo que il Diabolo le prometió a Ester…
    O será que los dos son el mismo “personaje”…?

  10. felipe humberto rizzo dice:

    Hermoso cuento, muy bien relatado y con un final inesperado que obliga a releerlo para gustar cada una de sus líneas.
    Abrazos y un sincero deseo que pronto superes ¿la dolencia?, que aunque leve, siempre preocupa a quienes te admiramos.
    Felipe

  11. Joise Morillo dice:

    Impactante cuento, con una estética Tétrica

    La diabla era Ester y Glorioso: Fausto, dedicados a apoderarse de esa alma. Como Mefistofeles a Margarita en el Fausto de Balzac

    Os ama
    Joise

  12. José María Gil dice:

    Hola Mora:
    Tu relato me ha parecido precioso, aunque no me sorprendió el final, pues me recuerda el final de la película “La semilla del Diablo” donde, llegado el momento del parto, los amigos que tanto se han preocupado por el bienestar y la seguridad de la embarazada, asisten al mismo como servidores de Lucifer y no como servidores de la parturienta, con gran desazón de ésta y alegría de su compañero, también implicado.
    En la demonología cristiana el pacto con el diablo siempre conlleva una contrapartida que es la venta del alma a cambio de algo (juventud, amor, riquezas, fama o, sobre todo, poder). Pero es un pacto ligado a la fatalidad, ya que conlleva la segura condenación del pactante terrenal que, irremisiblemente, predestina su eterno futuro a la condenación. De acuerdo con esto, éste sería un pecado del grupo de los llamados irremisibles, como la presunción segura de la salvación personal o los pecados contra el Espíritu Santo.
    En la doctrina cristiana, tanto la demonología como la apologética exageran los aspectos más siniestros de esta especie de rito fatal que siempre queda en lo más secreto de la persona que lo practica. Pero no deja de ser el resultado de un trato y, como todo trato, a veces necesita de la intervención de un tercero para llegar al pacto, un “agente comercial” al servicio del diablo que en este caso es Esther, cuya recompensa, a su vez, es otro pacto con el maligno o la ampliación de los favores derivados del mismo si éste ya existía previamente.
    Un beso de buenas noches.

  13. Joise Morillo dice:

    Hola, Cierto José María

    Mefistofeles es Glorioso y Esther: Fausto

    os ama

    Joise



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