Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Nombres traspapelados en dulce montón

Recibo online, en mi correo electrónico, el diario de mi pueblo (Tía María: Not In My Backyard). Aunque hace mucho que vivo en Buenos Aires, en materia de información no puedo leer otros periódicos. Estoy hecha a que las noticias se cuenten de modo más personal y colorido, lo que está muy mal visto en la Capital. “Impersonal” es el adjetivo mágico en estas latitudes. Y a mí eso no me satisface (Fabricación de noticias).

Esta noche algo me inquieta al abrir el diario virtual (¿Desafíos de los diarios para no morir?). Busco en todos los rubros pero no encuentro nada que pueda producirme ese escalofrío que ahora siento en la espalda, esa opresión en el pecho, las manos que se me convierten en garras por el frío de las articulaciones. Tengo miedo.

Nada especial. Las noticias internacionales y nacionales no superan las tragedias de todos los días; en las locales encuentro viejos amigos que presentan un libro, abren un bar temático u obtienen una distinción en astrofísica. Nada, nada terrible.

Sin embargo, al llegar a determinada sección del diario está escrito un nombre que me sobresalta: Bernarda Montes (La catarsis).

Lo miro muchas veces; no es tan raro que figure en el diario de mi pueblo ese nombre, pero no en esa sección que es, por supuesto, la de Necrológicas (La estructura perversa).

No sé qué hacer, a quién preguntar por ese nombre.

No, no puede ser, es un error. Si de algo estoy segura es de que vive todavía. ¿Pero por qué estoy tan segura?

Se está haciendo muy tarde, pasan las doce de la noche y yo sigo con las Necrológicas, con el zoom al máximo, frente a la computadora. Yo sigo porque siempre sigo cuando algo como esto me detiene.

Repaso qué hice este día de Dios para merecer este estremecimiento.

Y es así: a este amanecer de ayer lo siento tan claro que hasta mis recuerdos desfilan en tiempo presente.

Mi cuerpo va creciendo con los juegos de infancia; mis amigas y yo preferimos jugar a las estatuas. Yo no poso tanto como observo. Me embelesa la curva del cuello de una, la mano que está por volar de la otra, mi compañera más pequeña transformada en cisne por obra y gracia de un movimiento delicado. Somos, en dulce montón de nombres, Nelva, Bernarda, Margarita, Amalia y Carmen.

Acá tengo el viejo cuaderno de dibujo donde inmortalicé a algunas.

La primera es Nelva, con su hermosa y pequeña cabeza que contiene una alhaja.

Doy vuelta la hoja y aparece Amalia; no ella, sino la danza de sus pies.

Después Margarita que tiene sólo un pétalo rojo en un brazo y un movimiento de volcán.

¿Qué fue de ellas?

Sólo de Bernarda Montes, que no estampé entre mis dibujos, sé que vive, y dónde.

Yo crezco hasta los 25 años en ese pueblo chico, donde ya todos saben mi nombre: soy escultora.

Trabajo mucho no solamente por mi obra, sino también para lograr la fuerza necesaria. Los brazos de un escultor deben parecerse a los de su modelo boxeador o levantador de pesas.

Esta mañana luminosa me miro, acá, después de ya años de haberme venido a Buenos Aires, y sí, soy escultora en cuerpo y huesos.

Mis brazos son tan fuertes que cuando transporto de un lugar a otro mis estatuas es como si transportara almas.

Ahora me conocen en Buenos Aires. No demasiado, pero los exquisitos círculos concéntricos de artistas y de críticos saben quién soy, cuánto pesa mi nombre. No soy Rodin, pero sí mi nombre es  fuerte, soy de pisada fuerte y –dicen, para poner un paño frío cuando exageran excesivamente mi fuerza- de mirada bondadosa.

Soy feliz acarreando y transformando materiales, mi vida es casi redonda de tan simple.

Me levanto, como hace un rato, muy temprano; dejo las sábanas desparramadas casi siempre. Mi cama es de madera cruda, sin lustre, sin adornos; la fabriqué yo misma. “Mi cama fue un nido, yo duermo en un árbol…” Todas las mañanas recuerdo ese verso de una mujer hermosa y frágil, una uruguaya.

Aunque yo no recuerdo, yo existo.

En la espaciosa cocina desayuno. Pan criollo, miel, café en el tazón más grande. Estas delicias y mi trabajo son toda mi vida.

Mientras desayuno se me ocurre una escultura que sean esos pies de Amalia que bailan. Esos que dibujé hace treinta años, anticipándome bastante, y que soñé en el presente, hoy. Para eso debo encargar unas pequeñas barras de mármol, del color más sutil, en una librería de arte.

Me visto para salir. Quiero ponerme un broche sobre la blusa. Al intentarlo me clavo el alfiler del broche. “Llegó hasta el corazón”, digo en voz alta, malhumorada y dolorida. Me desinfecto, me limpio y me vuelvo a vestir.

Camino con sueño y entonces las calles se desdibujan; tal vez también me desdibujo yo porque trato de parar un taxi y el chofer no me ve. Peor aún: decido caminar. Entro a una librería de arte, hay una fila bastante larga para comprar. Al fin llego hasta el vendedor, pero este parece no escucharme ni verme y le pregunta qué desea a la persona que está detrás de mí en la cola.

Me retiro vencida, me voy a casa. Hoy es mi día invisible o de mala suerte, no sé.

Pero yo sí que veo. Me entretengo con la computadora; hago solitarios cuya dificultad crece más y más, hasta que abandono todo entretenimiento cuando llega la noche y llega el diario de mi pueblo, donde les cuento a ustedes que encuentro un enigma indescifrable, un nombre.

Me pusieron Bernarda porque mi padre se llamaba Bernardo, Bernardo Montes.

No fue duro vivir con mi nombre, era ideal para mi oficio, era recordable además.

Nunca pensé en morirme, nunca me imaginé escrita en letras de luto; todavía soy relativamente joven.

Pero los hechos me vencieron, o eran irrefutables o yo estaba loca. Preferí  estar muerta, era más normal. Me acosté en mi cama deshecha, de árbol, de raíz, como una cuna.

Envío

Con amor, para José María Gil.

Mora

Monografias

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Comentarios

5 respuestas a “Nombres traspapelados en dulce montón”
  1. felipe humberto rizzo dice:

    Hola querida Mora
    Hace un tiempo, algún espíritu maligno, quiero creer que fue por celos, se metió en mi computadora y borró todos mis contactos.
    Desesperado corrí a consultar un técnico, no podía creer que esta hubiese sido atacada por un virus u otro bicho desconocido., si tiene instalada cuanta vacuna existe contra este tipo de males.
    Con la destreza de un cirujano comenzó a hurgar en sus archivos, el disco duro, y otros órganos más de su complicada anatomía.
    Y si, al final su diagnóstico confirmó mis sospechas: Las computadoras enferman y la mía sufría de un tipo de Alzheimer informático producido por un desconocido ente que destruye las células de su memoria.
    Pero tuve suerte, ni el supo como fue, pero cuando la creíamos perdida para siempre, de golpe comenzó a recordar, aunque no todo, pero si tu blogs intacto.
    En este momento está en franca recuperación y necesita que la mime, según el especialista, la pobrecita aún está un poco depresiva.
    Nunca llegué a imaginar que la salud de tan moderno artificio ocupase un lugar tan preponderante en mi vida y no pueda prescindir de ella. Mi analista teme que haya desplazado de mis más caros sentimientos, a mis familiares y amigos y me recomendó una urgente visitar a un siquiatra.
    Cariños de mi Notebook y de mi parte un gran abrazo,
    Felipe

  2. Mora Torres dice:

    Querido Felipe: advierto que me distinguís de tus familiares y amigos, que me querés casi como a tu Notebook. Eso es invaluable para mí. Un abrazo fuerte para vos y ella juntos.

  3. fabi risso dice:

    Mora
    Este relato me recuerda a un episodio que me ocurrió hace muy poco tiempo, parecido a la escultora. Es muy tenaz sentir esa confusión que dura segundos, parece irreal vivirlo o morirlo , difisil de explicar, raro de sentir esa extraña sensación.

  4. ZULY ROJO dice:

    SON ESTOS SUEÑOS? O REALIDADES, ?

    YO SIEMPRE SUEÑO QUE ANDO PERDIDA,
    Y SOLO ME ACUERDO EL TELEFONO DE MI HERMANA
    PERO NO TENGO COMO LLAMARLA.
    ESTE ES UN SUEÑO RECURRENTE.
    ESTE SUEÑO YA NO ME INQUIETA,
    VIVO CON EL CADA VEZ QUE LO SUEÑO.

  5. José María Gil dice:

    Deliciosa Mora:
    Un relato más, éste último, del que no poder despegar la mirada hasta el momento de su conclusión y la feliz sorpresa de tu envío. También con amor correspondo.
    Allá por el 95 del pasado siglo, durante los años más duros de mi vida tras la muerte en accidente deportivo de mi hijo mayor (el primer participante olímpico fallecido tras la Olimpiada de Barcelona), escribí un relato amargo que no supe terminar.
    Intentaré resumir:
    El relato trataba de una joven “cortesana de lo pobre” (llamémosla así), exóticamente bella, anímicamente alegre, pobre en estudios pero calculadora al detalle y con un niño pequeño con secuelas de parálisis infantil que, cercano ya el final de los dos años
    dedicados a la prostitución libre (programados de antemano por sí misma, como mejor opción para conseguir un pequeño capital con el que afrontar la normalización de su vida estable), se ve obligada a faltar a su cita por sentirse muy mal una tarde lluviosa.
    Aquella noche, sola en el pequeño apartamento compartido con otras dos compañeras al otro lado de la bahía, tiene verdaderas dificultades para conciliar el sueño a causa de serios problemas respiratorios, relacionables con los prolongados efectos del tabaco y la bebida, que parecen agravarse por momentos. Finalmente, cercana ya la madrugada, se duerme plácidamente mientras piensa que su hijo está seguro y bien atendido, bajo el cuidado de la abuela y que mañana ella se encontrará mejor y podrá reemprender su trabajo pasajero.
    Al despertar, pasado ya el medio día, se encuentra extrañamente bien, pero más tarde, frente al espejo, le cuesta más trabajo que otras veces acicalarse para mejorar el aspecto inexpresivo de un rostro reflejado que hoy le cuesta reconocer como suyo.
    Algo debió sentarle mal en su última salida, pues no siente apetito a pesar de no haber comido nada en las últimas 18 horas. Tampoco siente, cosa extraña, deseos de fumar. Pero no se nota cansada y decide salir de casa y dirigirse al centro para hacer algunas compras antes de acudir a las terrazas de los bares de alterne.
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    Hasta aquí el resumen de mi relato inacabado. Hoy, tras leer el tuyo, Mora, el final se me ha mostrado de manera clara y debo agradecértelo.
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    Tras subir al autobús, ha podido dirigirse a los asientos del fondo sin pagar billete y nadie le ha dicho nada. Piensa que estas cosas pueden ocurrir algunas veces pero no se siente culpable de nada. El largo trayecto por el puente sobre las aguas de la bahía se le ha hecho corto. Al bajar del bus se siente más ágil…, como liberada.
    En su deambular por los pasillos del centro comercial no se decide por nada, nada le parece bueno para ella y finalmente decide posponer sus compras para otro día en que acudirá a las tiendas de las calles céntricas más comerciales, a los establecimientos con mayor glamour, porque ha decidido que se lo merece.
    Con un caminar más ágil y liviano que en otras ocasiones llega a las terrazas de la Avenida Marítima, donde sus compañeras ya están sentadas, reunidas en grupitos más numerosos que en otras ocasiones. Mientras atraviesa la terraza entre sillas y mesas que ya se van poblando de ocupantes, se sorprende de que nadie la salude ni responda a sus saludos, ni sus conocidos, ni los camareros, ni sus amigas cuando llega a la mesa donde están éstas reunidas. Intenta llamar su atención, intenta tocar sus hombros sin conseguirlo, pero sus oídos sí oyen lo que están diciendo, mientras comentan la noticia de su plácido fallecimiento y del hallazgo de su cadáver en la mañana de ese mismo día.
    Saludos, Mora



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