Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Vestidos fúnebres

De chicos, la muerte nos parecía algo tan fascinante e inexplicable a mi hermana y a mí, que todos los sábados por la tarde, junto con otros jóvenes, nos reuníamos en el cementerio del pueblo (La muerte).

El cementerio estaba dividido en ricos y pobres, exactamente como el pueblo (Sobrevivir en el naufragio).

Y era la parte de panteones con escaleras, caoba y llaves de plata la que nos atraía (Los relámpagos de la muerte).

Nos sentábamos a conversar en algún frío escalón de mármol, y a fumar, mientras fantaseábamos sobre lo que había allí dentro (Generaciones que consumen generaciones). Calculábamos cuestiones desagradables como el grado de corrupción de los cadáveres, pero enseguida pasábamos a vestirlos de fiesta e imaginarlos vivos en un incalificable escenario del pasado (El cuento de terror).

Nos maravillaban los nombres que estaban inscriptos en cada panteón.

Había Hans, Hellen, Frida, Jacques y Madeleine, Ilsa y Frederik (Inmigración a la Argentina).

Nosotros, los más pobres, ya habíamos olvidado nuestras raíces y nos llamábamos Jacinta, Elena, María, Eduardo, Julio.

Es que nuestro pueblo pertenecía a una colonia que había llegado de diversos lugares de Europa y a la que el Estado le donó una enorme cantidad de tierra. Una parte de los campesinos europeos que vinieron habían hecho fortuna, y la otra parte éramos nosotros, los descendientes de aquellos que no se habían esforzado bastante o bien no habían tenido suerte en las cosechas. Cuando yo era chico, ricos y pobres se la pasaban mirando el cielo y exclamando: “¡que llueva!, ¡que no llueva!, ¡que no caiga granizo!”.

Lo cierto es que en mi pueblo aún los más pobres vivíamos relativamente bien. Sin ir más lejos me recuerdo observando desde el escalón de mármol donde me sentaba a fumar mis prohibidos cigarrillos Saratoga, la pintoresca casa de los cuidadores.

Era blanca, con tejado rojo y grandes ventanas para vigilar a los muertos y a nosotros, los jóvenes revoltosos.

Cuando el sol empezaba a caer, o un rato después algunas veces, bajo la luna más reciente, salía Ingrid, La Funebrera -como la llamábamos-, y nos recordaba que debíamos volver a casa.

Siempre lo hacía amablemente, siempre nos preguntaba por Mamá y Papá a mi hermana y a mí. De tanto en tanto nos pedía que le dijéramos a Mamá que tenía unos vestiditos muy lindos y baratos para vender, si ella quería visitarla.

Ya sabíamos que era costurera, inclusive Mamá se había tomado las medidas, le había llevado una tela bordada y ella le había hecho un traje blanco. También le había ofrecido otras prendas que traía su hijo, un joven viajante de comercio que iba de ciudad en ciudad con todo tipo de objetos en cajas misteriosas.

Pero mi Papá ganaba poco como peón, albañil y jardinero, y aunque ahorrábamos para proyectos puntuales, no gastábamos casi nada en materia de ropa.

Mejor dicho, lo que comprábamos eran prendas de segunda mano que ofrecían las señoras de la alta sociedad del pueblo a precios increíbles, casi por monedas.

Lo hacían en ferias, todos los meses. Lo que recaudaban lo enviaban a lugares que estaban en guerra o sufrían terremotos y hambrunas, en otros países.

Ellas se vestían elegantes y parecían más bonitas que nunca cuando atendían cada puesto. Y como los clientes no estábamos acostumbrados a tratarlas, y negociaban con nosotros con tanta gentileza, estábamos seguros de que hacían el trabajo para entregar “una flor”, como le llamaban a todo acto de bondad, al Señor, el domingo, en la iglesia.

Cuando mi hermana estaba por recibirse en la escuela secundaria, y habría un gran baile de graduación, en casa se decidió empezar a ahorrar para que Ingrid La Funebrera le hiciera un vestido adecuado al acontecimiento; el que se merecía, decía mi Papá.

Fuimos todos a encargarlo al cementerio; Ingrid nos hizo pasar a la casa de grandes ventanas y tomó las medidas de Beatriz.

-¡Qué cintura pequeña, qué preciosa! -dijo, y Beatriz se ruborizó. Ingrid dijo además:

-Para esta niña haría un vestido rosa… ah, pero esperen lo que voy a mostrarles.

Fue hacia el interior de la casa. Se la oyó conversar con su marido, El Funebrero, el que no sólo cuidaba a los muertos sino que también los enterraba desde hacía muchos años. No entendimos lo que conversaban pero sí escuchamos graznidos de él y risotadas de ella.

Volvió. En las manos tenía un vestido del color más hermoso que yo he visto. Me dijeron que ese color se llama rosa viejo, pero después investigué otros objetos que eran de ese color, y el vestido tenía una luz más singular que la del rosa viejo.

Mi hermana enloqueció de alegría, aunque debió esperar una semana a que se lo arreglaran para ella. En primer lugar, era un vestido largo, lo que no correspondía a una jovencita de esa época, así que Ingrid lo acortó hasta las rodillas, le achicó la cintura y mandó a su marido El Funebrero, el graznador, con el paquete, a casa.

Beatriz se lo probó de nuevo ante el espejo. Le quedaba muy bien, la hacía ver mayor y deslumbrante. Sin embargo, noté en su boca un efímero gesto de desagrado mientras se observaba:

-No tiene mangas -desaprobó.

-Tus brazos son muy lindos -le aseguré.

-No es eso -dijo mi hermana-, es que todavía está haciendo frío, y la fiesta es de noche, en un salón helado.

Justo era el día en que se realizaba la feria mensual de las señoras caritativas de alta sociedad.

Fuimos a buscarle a Beatriz algún suéter abierto que hiciera juego, o alguna chaqueta.

Era tarea difícil. Se probó una docena de camperitas en negro, gris, blanco, rosado, hasta en azul. Nada correspondía al hermoso vestido, que por olvido no habíamos llevado, pero cuyo tono recordábamos perfectamente.

La última señora que nos ayudó en estas pruebas nos informó:

-En el puesto de Odette pueden encontrar chaquetas elegantes.

Fuimos a ese puesto, y cuando explicamos lo que buscábamos, Odette nos mostró una chaqueta de la misma tela, color y diseño que el vestido de Beatriz.

No lo podíamos creer, y se lo hicimos saber a la vendedora.

-Era de mi madre -explicó- que murió no hace mucho. Pensé que mejor que donar su ropa era venderla para enviar a África el dinero.

El dinero era tan poco que en esa feria deberían venderse miles de chaquetas en excelente estado para hacer una suma adecuada, que sirviera para alguna cosa.

No dijimos nada. Estábamos entusiasmados con la casualidad.

Beatriz estuvo divina en el baile y allí fue, por supuesto, donde dio y le dieron el primer beso de su adolescencia, como corresponde.

Pero ese beso significó más. El agraciado -llamado Héctor- empezó a venir a casa a visitarla, se hizo amigo mío y terminaron siendo novios que hablaban de fantasmas los sábados por la tarde, en el cementerio. A menudo yo los acompañaba, valga la pesadez.

Era una siesta de inmenso cielo azul cuando ellos recordaron el baile de graduación, y mi hermana le contó a Héctor la historia del vestido que la había vendido Ingrid La Funebrera y la chaqueta que le vendió la señorita Odette.

Héctor pareció alarmado e insistió en hablar con Odette, llevándole el vestido y la chaqueta para que ella opinara. Mi hermana sólo repetía “¿para qué, para qué?”, pero yo ya había pescado la duda de Héctor.

Fuimos a la mansión de Odette los tres, con el vestido y la chaqueta.

Odette vio el vestido y se puso a llorar. Dijo:

-Enterramos a Mamá con ese vestido. Era mucho más largo; no nos pareció necesario ponerle la chaqueta.

La señorita Odette era una de las mujeres poderosas del pueblo, no sólo por su dinero sino también por su carácter.

Hizo averiguaciones, reclutó a gente de la feria que había enterrado abuelas, madres, hijas, hermanas, y también familiares masculinos; se presentaron dudas, se empezó a especular sobre la ropa que vendía Ingrid y sobre su joven hijo viajante, que salía en su polvoriento automóvil cargado de paquetes hacia no se sabía dónde. Hubo denuncias, presentaciones ante el Juez, pedidos de allanamiento.

Finalmente se abrieron y examinaron muchas tumbas.

Dicen que tanto los muertos recientes como los un poco más lejanos estaban completamente desnudos, en diferentes estados de corrupción, algunos inclusive intactos. No tenían los relojes, medallas, anillos y otras alhajas con los que los habían acostado en el féretro, ni apretaban rosarios sus manos descarnadas o todavía enteras. Todo lo que había sido ya no era, como esas personas, pero además, los objetos que los acompañaron se habían convertido en mercancía.

Había un ataúd nuevo al cual le habían sacado el raso rosa pálido con que estaba forrado -se veían retazos en las esquinas del cajón- y una señora gritó que de ahí habían extraído la primorosa pollerita que le compró a su hija de tres años.

Ingrid, su marido y su hijo dejaron la casa del cementerio. Está vacía y tiene los vidrios rotos. Ellos huyeron en el auto polvoriento a juntar más polvo en los caminos. No sé si la policía los encontró.

Mi hermana estaba tan orgullosa de cómo le quedaba su vestido rosa viejo, que lo volvió a usar para un cumpleaños, pero cuando volvió a casa y se miró en el espejo vio la cara de una anciana que le sonreía, no la  de ella, y lo quemó con la chaqueta en el patio.

Mucho tiempo pensé en esos muertos ricos y desnudos, en el enterrador que les robaba, en la costurera que arreglaba la ropa, en el hijo que vendía pueblo a pueblo relojes, anillos y vestidos.

Eran vampiros, pienso. Despojaban despojos. Mucho tiempo pensé, más allá de los hechos, en el significado de despojar despojos.

Envío

Un cálido abrazo a todos mis amigos vivos, o quizá muertos sin que yo lo sospeche

Mora

Monografias

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Comentarios

13 respuestas a “Vestidos fúnebres”
  1. luis b martinez dice:

    Este relato es una prueba más de que una parte puede ser más completa que el todo al que pertenece, es como un infinito dentrode otro, los números impares y la serie total de números. Es hermoso el cuento pero es perfecta la ejecución (la forma sobre el fondo). Y simpatizo con esos supuestos despojadores. Pero no se puede despojar de algo a los que ya no pueden poseer ni poseen nada. Un gran beso para mi admirada Mora.

  2. Francisco Munguia dice:

    Genial, Mora Torres: excelente relato. Hasta voy a conservarlo para un volumen de relatos cortos de diversos autores.
    Felicidades!

  3. felipe humberto rizzo dice:

    Querida Mora, como siempre, un excelente relato para disfrutar.
    Además te envío uno de mi autoría, no para competir, solo para compartir.
    DETRÁS DEL ESPEJO
    Terminaba Junio y la noche le robaba horas al día haciendo que los demonios escondidos en la penumbra de mi dormitorio despertasen más temprano.
    Nunca llegué a entender por qué las noches de verano no ocultan tantos misterios, hasta que me sucedió lo que les voy a contar: Tenía diez años y recién comenzaba el invierno, terminada la cena, los mayores seguían de sobremesa y a mí me mandaban a dormir. Siempre tuve miedo a la oscuridad, así que me dejaban con la luz encendida y una revista o libro para leer, cosa que nunca llegué terminar, el sueño cerraba mis ojos y jamás pude ver quien apagaba la luz, pero esa noche fue diferente.
    Tuve la sensación de despertar parado frente al espejo, que según mi madre, era un viejo espejo de pie heredado de su bisabuela, la que había muerto asesinada en un extraño hecho y desaparecido uno de sus hijos, y que al no tener donde colocarlo lo pusieron en mi pieza. Lo veía empañado por el frío, lo que difuminaba mi imagen, con la palma de mi mano lo limpié haciendo un círculo a la altura de mi cara y me encontré con la de un desconocido, era la de un niño casi de mi edad, se lo veía triste, pálido y ojeroso. Sus ojos llorosos y suplicantes buscaban los míos, parecían querer decirme algo. Sorprendido no atinaba a nada, solo lo miraba sin saber qué hacer hasta que su quejumbrosa voz atravesó el cristal.
    -¡Ayúdame por favor!- Varias veces me lo suplicó.
    Mientras me hablaba comenzó a desaparecer el vaho que empañaba el resto de su imagen, estaba parado y aferrado a un viejo puente colgante de madera que parecía querer ser arrastrado por una fuerte correntada, mientras, a sus espaldas, un tenebroso bosque, de esos que solo se ven en las películas de terror, era batido por el viento y hasta sentía su ulular entre las ramas.
    -¿No sé cómo puedo hacerlo?- atiné a preguntarle, -si estás detrás del espejo y el cristal nos separa.
    -Solo acércate y toma mi mano- me contestó, mientras pegaba su mano al vidrio
    Sorpresivamente sentí como me asía y de un tirón me hizo traspasar el cristal. Aterrorizado sentí como este se astillaba y sus pedazos ruidosamente se estrellaban contra el piso. Volví a mirar y no había nada a mis espaldas, solo un negro agujero ocupaba el lugar del espejo. Recién entonces me di cuenta que estaba fuertemente aferrado a su mano mientras hacía esfuerzos por no caer del puente y ser arrastrado por la corriente, era tal la furia del viento que por momentos parecía que iba cortar las deshilachadas sogas que lo sostenían y terminaríamos cayendo al río.
    Casi arrastrándonos y agarrándonos de su endeble maderamen conseguimos llegar a la orilla, cansados por el esfuerzo nos sentamos a su vera, y recién entonces pude mirar mejor al extraño niño; permanecía callado y solo el brillo de sus suplicantes ojos me decían que no era un fantasma. Me rehíce y comencé a mirarlo con atención, su escuálido cuerpo, su palidez y su respiración entrecortada eran la de alguien muy sufrido. Le pregunté su nombre y como era que había conseguido pasar al otro lado del cristal; ni un gesto o una palabra que me explicasen lo ocurrido fue su respuesta, recién entonces sentí temor, lo sucedido no era algo normal y me horrorizaba no saber cómo podría volver a mi casa si el espejo se había roto y en su lugar solo quedaba un negro agujero. Me puse de pie y lo ayudé a incorporarse, quería alejarme del amenazante río cuyas aguas seguían creciendo hasta cubrir totalmente el puente. El negro agujero había quedado en la otra orilla y eso me preocupaba porqué era, según deducía, el único paso para regresar a mi habitación.
    De pronto me abrazó fuertemente y comenzó a hablarme con la voz entrecortada por el llanto, me pedía que no lo abandonase, que mientras estuviese acompañado el asesino de su madre no se atrevería a atacarlo y que una vez amainado el vendaval y aplacado la furia del río este moriría para siempre.
    A mis preguntas me contó que todo sucedió hacia unos setenta años atrás en esta misma casa, donde el nació y se crio hasta la llegada de un inquilino a quién su madre, ya viuda, había rentado una habitación para hacerse de unos pesos que le ayudasen a sobrellevar la ruina en que los dejó su padre al quebrar. El llanto entrecortaba su relato mientras con su mirada escudriñaba la espesura del bosque tratando de descubrir a su acosador.
    Todo lo que me decía me sonaba raro y no podía entender cómo después de setenta años podía seguir siendo un niño y mucho menos la historia del asesino que durante tanto tiempo seguía persiguiéndolo y que recién moriría cuando se calmase el vendaval. Al final terminó diciéndome que este había querido abusar de su mamá y ante su resistencia extrajo una navaja degollándola; que él, ante los gritos se despertó y corrió hacia la habitación de su madre, y la vio caída y desangrándose en el piso, mientras su asesino al verse descubierto intentó atraparlo, y que en su desesperación por escapar confundió el espejo con la puerta y la atravesó corriendo, cosa que también hizo el hombre sin darse cuenta que esta se había astillado y un filoso trozo de cristal cortó su garganta quedando a tirado y sin alcanzar a pasar totalmente al otro lado y que por eso quedó medio vivo, y que la única forma de terminar su eterno suplicio era matar a quien había sido el culpable de este hecho, y que por eso intentaba agarrarlo para matarlo y así ocultar su crimen y poder acabar de morir para siempre.
    Mientras hablábamos no notamos que la tormenta había pasado y el río vuelto a su cauce, de no ser por el crujir de una rama al quebrarse nos hubiese atrapado; nos dimos vuelta y vimos su horrenda figura corriendo hacia nosotros blandiendo amenazante su navaja, sin pensarlo dos veces lo tomé de un brazo y pese al bamboleo del viejo puente alcanzamos a cruzarlo antes de que sus roídas sogas se cortasen y nos arrojase a las aguas, detrás quedó nuestro perseguidor, nos detuvimos unos momentos y vimos cómo rápidamente comenzaba a envejecer hasta que su carne comenzó a desprenderse de su cuerpo y su ropa manchada con la sangre de su víctima se incendiaba calcinando sus huesos hasta convertirlos en ceniza.
    Terminado tan macabro espectáculo le dimos la espalda y para nuestra sorpresa, el negro agujero había desaparecido y el plateado cristal del espejo reflejaba nuestra imagen, la de un niño de diez años y la de un hombre de setenta años tomado de su mano. Cerré los ojos y encaré contra el cristal y los volví a abrir cuando oí la voz de mi madre que me decía que era la hora de levantarme sino quería ir a la escuela sin desayunar.
    Han pasado los años y pese a que no creo en fantasmas o aparecidos aún, en las frías y largas noches de invierno siento la presencia del extraño niño junto a mí.
    Del espejo: por supuesto, tanto insistí que mis padres decidieron venderlo a un anticuario cerca de casa donde aún permanece en la vidriera, y cosa rara, en invierno se empaña totalmente, menos un limpio círculo a la altura de mi cara.
    26 de Junio de 2016 Felipe Humberto Rizzo

  4. Ligia Blanco dice:

    Estoy muy agradecida por el cuento que nos ha regalado Mora. Me gusta la forma tan sencilla y entretenida de su narración, como una gran escritora que no necesita complejizar las palabras, pues hecha a andar la imaginación. Entiendo que la pobre hermana, finalmente se quedó con un trauma, por haber usado el vestido de una muerta. Los seres humanos somos muy sopersticiosos.

  5. ALEJANDRO FRANCO CHAVEZ dice:

    Apreciable Mora: Este tu cuento me ha parecido de lo más sugestivo y expectante; no obstante las pistas que vas dando al lector para que descubra lo oculto, obra bien hasta el momento en que los chicos acuden con la señora Odette. En ese momento, dada la relación con los trabajadores del cementerio, se adivina todo y pienso que ahí al lector se le suelta. No por ello deja de ser lindo el cuento, debo aclararlo. Una disculpa por el comentario, si este diera la impresión de reseña. Créeme, no es la intención.
    ¡Me encanta leerte, Mora!
    Abrazo,
    Alejandro

  6. Joise Morillo dice:

    Hola Mora,
    Interesante cuento

    Dentro del fraude como ardid y timo en contra de la gente de bien no podía faltar el protagonismo de los funerarios como se dicen en mi país eufemísticamente entre quienes tienen en su haber el oficio de sepultureros o fúnebres.

    Cuando joven en horas libres solía pasar ratos jugando dominó en una funeraria que quedaba colindante con un negocio donde yo trabajaba, lo fúnebres, se mofaban de los difuntos o lo que quedaba de ellos, lo cual casi que me indignaba, pues me aterrorizaba que algo sobrenatural ocurriera como producto de tales profanaciones. Entre los cuentos que relataban algunos hasta se propasaban hasta la necrofilia.

    No es nada extraño lo sucedido a la cumpleañera del cuento de Mora, pues de los grandes autores de la novela dramática en el mundo, tenemos un ejemplo “Fauchelevent” quien se encargaba de sacar “monjas” muertas de un convento del París de Víctor Hugo, dejo una vez a una de ellas insepulta, para salvar del presidio a un amigo a quien debía la vida, metiéndolo en el cajón que debía estar lleno con el cuerpo de la monja, incluso lo enterró y casi que se muere pues se había olvidado tras una borrachera de profugo Jan Valjeam.

    En los cementerios venden hasta os esqueletos, Ja Ja Ja

    Os ama
    Joise

  7. José María Gil dice:

    Hola Mora:
    Intranquilo me tiene tu tardanza en escribir esta semana. ¿Te habrá ocurrido algo malo?…Dios no lo quiera.
    Espléndidos relatos, tanto el tuyo como el de Felipe Humberto, que han logrado transportarme a mi temprana juventud, cuando en las reuniones entre amigos y algunos compañeros y compañeras estudiantes de secundaria, solíamos narrar cuentos de corte truculento en los que, en el momento más álgido de la narración, siempre surgía un desenlace de sorpresa y susto, con el que dejar al borde del síncope a la más temerosa de las posibles oyentes (”La Ventera del puerto de Morella”, “El súcubo”, “La tumba del Canónigo Magistral”, “La calavera peregrina”, “El perro de caza”, etc.) ¡Cuantos sustos y momentos de pánico hemos llegado a provocar!
    Muchos de estos relatos solían tener un común denominador…..”los cementerios”, donde, como dice Joise Morillo, se venden hasta los esqueletos. Aún recuerdo mis dos primeros años de Facultad y las correspondientes compras de algunos “huesos clave” para el estudio de la Anatomía, procedentes siempre del sucio negocio de algunos sepultureros cuyo yacimiento principal era siempre la fosa común.
    Hoy, con tanto Atlas Ilustrado y y con tanto programa Multimedia, eso ya no pasa.
    Saludos… y, por favor, no me tengas por más tiempo intranquilo con tu ausencia.

  8. fabi risso dice:

    Mora, me gusto y me sugiere, imágenes fuertes, como los muertos en.. desnudos azules muy frios y suaves.
    Un abrazo

  9. Joise Morillo dice:

    Mora, Hola, que pasó con vuestro cuento de la semana

    Os ama
    Joise

  10. Anh Mr dice:

    No es nada extraño lo sucedido a la cumpleañera del cuento de Mora, pues de los grandes autores de la novela dramática en el mundo, tenemos un ejemplo “Fauchelevent” quien se encargaba de sacar http://www.y8school.com/ “monjas” muertas de un convento del París de Víctor Hugo, dejo una vez a una de ellas insepulta, para salvar del presidio a un amigo a quien debía la vida, metiéndolo en el cajón que debía estar lleno con el cuerpo de la monja, incluso lo enterró y casi que se muere pues se había olvidado tras una borrachera de profugo Jan Valjeam.

  11. linda verlliui dice:

    Su blog es precioso, así como bellas ideas!

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  12. elisa sotomayor dice:

    Buen día apreciada Mora!
    En verdad pones a trabajar la imaginación! me llevas a recordar mi anhelo que se escriba en mi tumba una frase que me describa y motiva a otros. Seguiré trabajando por ello. En fin el cementerio además de albergar cuerpos, alberga sueños, si sueños… aquellos que se han guardado tal vez por falta de fe, esperanza, apoyo, motivación, dinero y auto superación; quedaron allí mudos, incógnitos… mi invitación hoy que desempolvemos aquellos sueños que por algún motivo no hemos realizado, desde el más sencillo hasta el más irreal y lancemos los como flechas, esto nos llena de combustible para seguir soñando, pensemos que somos inmortales no moriremos hasta que el propósito en nuestra vida sea cumplido; debemos trabajar para ello.

  13. FROILAN QUIROGA dice:

    Mora, muchas gracias y felicitarte por el magnífico relato, los seres humanos somos así, durante la juventud parece que nada puede contra nosotros pero los prejuicios y la herencia de comportamientos y creencias a veces pueden más.



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