Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Proyecto Elegancia

Estaba hojeando un diccionario enciclopédico cuando me topé con el nombre de alguien que definiría toda mi vida (El diccionario).

Yo era un niño de diez años en la mitad del siglo XX, y él un personaje del siglo XVIII, inglés (Viajeros ilustrados. El siglo XVIII y el mundo catalogado). No un héroe, no un pirata. Sólo un monumento a la mayor frivolidad y a la mayor estupidez: el Bello Brummell.

Las noticias que daba el diccionario resultaban enigmáticas, demasiado sutiles. Me entregué en cuerpo y alma a averiguar con precisión quién había sido esa persona. Finalmente creo que lo averigüé, después de dedicarle gran parte de mis días de escolar.

Salía de la escuela e iba directo a alguna biblioteca (La biblioteca escolar como vehículo del goce por la lectura). En las de mi barrio encontré poco, alguna que otra referencia más (Esa otra manera de vivir). Cuando cumplí los trece años mis padres me permitieron tomar ómnibus y subtes para acceder a las bibliotecas del centro. Eran otros tiempos. Con sólo decirles adónde iba y a qué hora volvería aproximadamente, me daban libertad.

Papá era un señor formal, alto, delgado, pálido o gris. Su único gasto suntuario consistía en comprar un billete de lotería para Navidad (Un acto informal: juguemos a la lotería). Trabajaba como vendedor en una zapatería de marca conocida, famosa. Éramos casi pobres, pero, según Mamá, felices. Mamá, ama de casa, se afanaba para que así lo fuéramos. La casa resplandecía de limpia como nuestras ropas; la comida era siempre abundante y casera; ella se las ingeniaba para fabricar manjares con poco, con lo elemental (Encuentro con la felicidad).

Y ahora regreso al Bello Brummell. Conseguí averiguar que era hijo de un pastelero del reino y nieto de un portero del tesoro, y que había logrado hacerse amigo íntimo del príncipe regente. Su profesión: árbitro de la moda.

Era la época de los grandes petrimetres y lechuguinos.

Claro que busqué esas palabras en el diccionario. Petimetre: persona que cuida demasiado de su compostura y de seguir las modas. Lechuguino: joven que sigue rigurosamente la moda.

Acá copio un fragmento de mis eruditas investigaciones:

“Entre otros célebres petimetres, o lechuguinos, de finales del siglo XVIII, figuraron Lord Effingham y Lord Scarbrough. El Morning Post del 4 de julio de 1798 decía: ‘No hay un solo hombre en la nación, no, ni siquiera Lord Effingham, que dedique tanto tiempo y esfuerzos a dotar de una elegancia extrema el aspecto externo de su cabeza como el conde de Scarbrough. Se dice que su señoría mantiene a seis peluqueros franceses, sin otra cosa que hacer que ocuparse de su tocado. Lord Effingham sólo tiene cinco”.

De The Times comentaba por esos mismos días: “Nuestros enflaquecidos figurines, con esas solapas acolchadas y mangas rellenas, son como una nuez seca en una gran cáscara”.

Este comentarista también hacía referencia a las mujeres: “A la fiebre del rojo oscuro ha sucedido una clase curiosa de frivolidad que los médicos denominan pteriomanía, o locura de las plumas. Ahora las señoras llevan plumas exactamente de su misma altura, de manera que una mujer es el doble de alta de pie que en el lecho. Una joven señora, de sólo tres metros de altura, fue derribada por uno de los últimos vendavales en Portland Place, y el mástil superior de sus plumas voló hacia la colina de Hampstead”.

Sobre la elegancia y las vestiduras del Bello Brummell, Lord Byron fue uno de los que tomó la pluma y escribió: “Casi podrías decir que es el pensamiento del cuerpo”.

Aunque no sólo “la carrocería” del cuerpo debía ser primorosa. Tenía mucha importancia que dictara moda también el carruaje.

“En forma de concha”, de color azul “como las aguas de un lago”, el de Brummell tiene un escalón de plata con forma de gallo. Lo tiran dos caballos blancos “de figura y andar impecables”, y el interior mana tanta belleza y poder económico como el exterior.

¿Qué vueltas daba y hacia dónde iba el Bello en el Londres de fines del XVIII?

De baile en baile, de palacio en palacio, banquetes imposibles, cabezas coronadas; su carruaje tenía grabadas en oro estas palabras: “Mientras viva, cacarearé”.

Y yo era un niño ya de casi quince años, cuando le robé el lema: Mientras viva cacarearé. Y dos deseos tuve: triunfar en el futuro por mi elegancia, y escribir una biografía ilustrada de Brummell. Mi frivolidad se adelantó al siglo XXI.

Leía: “Bajo las pieles lleva un abrigo azul bellamente adornado con alamares trenzados y cuello de camisa alto. Calza botas de Hesse muy rugosas con grandes borlas de adorno en el copete”, y me desesperaba.

Miraba a mi padre tan gris, a mi madre tan simple, y sólo podía esperar que a él se le cumpliera su único deseo: ganar la lotería de Navidad.

Pero nunca ocurría, en tanto yo iba enterándome de más anécdotas referentes a mi personaje.

Llegó el momento en que me enteré de su discusión con el príncipe regente, que los llevó a no hablarse nunca más, y a evitarse en los salones. Yo ya sentía que la historia no terminaba bien, pero debía investigar más.

Lo había dejado todo por Brummell. Me llevaba todas las materias a marzo, y no se me ocurría planear para mí otro futuro que el de mi ídolo. Jamás pensé en trabajar, excepto escribiendo la biografía que me inmortalizaría.

Fue en la Biblioteca Nacional donde completé mi conocimiento de la historia de este “petimetre”.

Algún libro decía:

“…Pero Beau Brummell no vio en nada un presagio de la época en que el Regente le retiraría su favor y tendría que vivir con unos ingresos de 80 libras al año en Caen, cantidad insuficiente incluso para su factura de lavandería, como un desdichado anciano medio paralítico que andaría lentamente, con vacilantes pasos, por un lado de la calle, apoyándose en la pared, mientras todos los chiquillos se burlarían de él y le lanzarían pullas, tan abandonado era su aspecto. Acosado por esas burlas, todos los días, a las dos, iba a una pastelería para comprar dos de sus galletas favoritas y una taza de café, sus únicos lujos, a crédito. Y cuando la señora que le servía el café le preguntaba cuándo pagaría la cuenta, el anciano replicaba con una reverencia: A la pleine lune, Madame, a la pleine lune. A veces se veía obligado a mendigar para procurarse aquellos modestos consuelos”.

Me convencí entonces de que mi destino no era ser elegante ni dictar moda ni deglutir banquetes. Lo único que me podía hacer igual al Bello era la última parte de su vida: convertirme en vagabundo, andar por las calles sucio y desharrapado mendigando comida y durmiendo en los bancos de las plazas.

Ya tenía todo previsto, y empecé a entusiasmarme con esa vida. Después de todo, era distinta, más aventurera que la de muchos.

Ya tenía el palo con las ropas más viejas que encontré atadas a él, lo que llaman “el mono” de los linyeras.

Ya soñaba con dormir mirando las estrellas y la luna, en libertad perfecta.

Calculaba además que alguna vez pasaría unos días en la comisaría, por averiguación de antecedentes.

Todo eso tenía ya preparado, y mente y corazón para enfrentar tempestades y burlas cuando mi papá, cada vez más pálido y más deprimido, se sacó, en Navidad, la lotería, el gordo, el premio mayor.

Me morí de tristeza y abandoné cualquier proyecto.

Envío

Gracias amigos, gracias Felipe, gracias José María…

Un beso para todos

Mora

Monografias

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Comentarios

10 respuestas a “Proyecto Elegancia”
  1. luis b martinez dice:

    Bello, como siempre. Te felicito, muy bien manejado. creo que con el ritmo preciso.

  2. Yohanny Mederos dice:

    Muy inspiradora su historia.

  3. Juan Augusto Roa dice:

    Muy bueno, como todos sus cuentos.
    Me gusta.

  4. felipe humberto rizzo dice:

    Uno más a la larga lista de cuentos más que excelentes y que me obliga a ansiar la aparición del próximo como el adicto su dosis de droga.
    Abrazos
    Felipe

  5. ALEJANDRO FRANCO CHAVEZ dice:

    ¡Hola Mora!
    Hermoso cuento basado en ese personaje interpretado en el film “Beau Brummell” con Liz Taylor y Steward Granger. Vi la película a edad muy temprana, y se me quedó grabado aquello de los pantalones tipo “chimenea”.
    Bonito y ameno tu cuento con un final contundente.
    Estoy tentado a escribir un cuento con “dato escondido”; pero ¡estoy bloqueado”, no me sale una letra ni a tirones.
    Felicidades, Mora, fue muy grato leerte.
    Alejandro

  6. Joise Morillo dice:

    Hermosa historia querida Mora,

    He ahí lo absurdo de Kafka y la ironía de Sartre y Rorty

    Definitivamente, el dinero no es todo, pero, ¡como ayuda! Creo que nuestro biógrafo, casi que resentido, intuía su futura ruina, su conducta, temperamental, a la defensiva, en virtud de su precariedad económica y social. Empero su limitacion respecto a la voluntad de progresar.

    Hemos de tomar como evidencia el cambio brusco acerca de su mundano Avatar, lo cual, nunca asceta sería la sumisión a la vileza ¡anti pitagórico! Dependiente de una mano piadosa que irónicamente padece y trasciende su padecer a su herencia parental. Luego ya resignado y cuasi feliz por lo que iba a ser, inspirado por la desgracia de Brummell ; nuestro biógrafo siempre dependiente, devenido de nuevo hijo de afortunado, como si a Brummell lo hubiera perdonado el príncipe, dizque triste, se acoge a la responsabilidad de su ilusionado, paciente, tenaz lotero, azaroso y suertudo padre. Total, la vileza pura.

    ¡Qué fallo! “Lo había dejado todo por Brummell (…)Jamás pensé en trabajar” su pingue teleología era realizar una biografía de otro de su misma índole, que, emulando la hidalguía del Lazarillo de Tormes, vivía como un “dandi” Petimetre, de la dadiva, cortada esta, Zuaas, al calvario del escarnio del mundo, antes que al averno, fue a dar.

    Os ama
    Joise

  7. José María Gil dice:

    Hoa Mora:
    Cada día te superas en tus relatos y el de esta semana es precioso.

    Curioso personaje el de Brummell que, con el tiempo, ha llegado incluso a dar nombre a un perfume varonil. En realidad se trataba, mientras tuvo posibles, de ser un Playboy de la época a caballo entre el XVIII y el XIX, como más tarde lo sería el filósofo Francesc Pujols en Cataluña entre el XIX y el XX. Seguro que, como escritora curiosa e ilustrada, te encantaría ahondar en la personalidad de este último, pues ambos compartíeron, cada uno a su manera, el logro de no haber tenido necesidad de ganar nunca un sueldo para mantenerse siempre en la cresta de la ola, en cuanto a elengancia y a frivolidad se refiere.

    En el manual del playboy, Renzo Barbieri hace repetidas referencias a Brummell, destacando entre ellas aquella en que dice:
    “George Bryan Brummell no fue un lord. Era de modesta extracción (middle class country), pero no desprovisto de fortuna. En Londres se impuso, gracias a su espíritu punzante, su orgulloso desprendimiento, su carácter caballeresco y la blancura de su ropa, siempre secada al sol, el brillo de sus botas Hesse lustradas con mermelada de albaricoque, por la sobriedad de los colores (white pants and navy blue redingote) y el impecable corte de su vestimenta. Brummell sostenía que la elegancia verdadera no debía ni podía ser notada; sólo el ojo clínico y entendido podía advertir sus matices. La imagen de Brummell como petímetre empolvado, es un error”.

    A su vez, el insigne dramaturgo Jose María de Sagarra, tampoco se corta en absuloto al referirse a Francesc Pujols en sus “Memorias” (traduzco del catalán más bello que escribir se puede):
    “Este hombre auténticamente descomunal que tanto iba a influir en mí (y en todos los de mi generación)…, este Francesc Pujols (único en el tiempo y en el espacio), cuando yo le conocí en nuestra peña - El Ateneo - era un chico de treinta años que parecía haber conocido un milenio. Tenía un no sé qué de brujo, con facultades transmigratorias que, en diversas épocas, tanto hubiese picoteado cuatro aceitunas con los estóicos, hubiera hecho un gran bum-bum de cirios y de silogismos con los escolásticos, hubiese dicho cuatro procacidades a la mayordoma de un convento y, en un campo de tomillos de las Guillería y haciendo la gara-gara al bandolero Serrallonga, se hubiera zampado una importantísima pierna de cordero; y parecía que de todas aquellas eventuras por el campo de la historia y de la moral, hubiese sacado su lenguaje filosófico, en el que se proyectaban amarga y cínicamente los posos grotescos de la infinita bestialidad de los hombres, mezclados con una celestial somnolencia de vino Merlot o con un rayo de poesía pura, que tanto podía situarse en el temblor de un melocotonero florido como en la rotunda imparcialidad de un cementerio…”

    Saludos, Mora.

  8. Ruben Dario Vega Sayago dice:

    Hola Morita !!
    Llevaba tiempo sin hacer un comentario. Me encantó ese cuento. Me hizo reír mucho con los dos finales. Sí, dos finales; ese cuento tiene dos finales: el primero cuando el muchacho dice que lo que deseaba era ser vagabundo, allí podía haber terminado el cuento maravillosamente y, de hecho, pensé que allí terminaba. Me causó mucha risa, pero el cuento tenía tres líneas mas, y al leerlas me sorprendo porque hace un giro total, y estallé en mas risas; ese es el segundo final. Genial, genial y muy gracioso.

  9. Olga Beatriz Barientos dice:

    Me agradó el relato y también los ilustrados comentarios.
    El final me resultó muy triste y, creo que denota una cierta crítica de la autora a la fatuidad del personaje; si es así, me pregunto: ¿Por qué una persona no puede vivir, libre y sin castigo, según su gusto? Olga

  10. Anh Mr dice:

    Tenía un no sé qué de brujo, con facultades transmigratorias que, en diversas épocas, tanto hubiese picoteado cuatro aceitunas con los estóicos, hubiera hecho un gran bum-bum de cirios y de silogismos con los escolásticos, hubiese dicho cuatro procacidades a la mayordoma de un convento y, en un campo de tomillos de las Guillería y haciendo la gara-gara al bandolero Serrallonga, http://www.friv4schoolgame.org/ se hubiera zampado una importantísima pierna de cordero; y parecía que de todas aquellas eventuras por el campo de la historia y de la moral, hubiese sacado su lenguaje filosófico, en el que se proyectaban amarga y cínicamente los posos grotescos de la infinita bestialidad de los hombres.



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