Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

La rehén

Encontré un cuento de hace algunos años entre mis papeles (La problemática de la mujer en la sociedad a través del tiempo). No sé inclusive si no lo publiqué en alguna oportunidad en este blog. Si fuera el caso, no tiene importancia, porque algo quiero decir también a mis nuevos amigos (Hannah Arendt, la dimensión de la amistad).

Ni siquiera tenía título, y en este momento me importa el título que encontré para ustedes (Bondades o maldades de la globalización en el mundo).

Creo que en algún momento fantaseé con hacer de él una novela, pero ocurrió que en la lengua de la narradora me es un poco difícil imaginar y componer. Yo había encontrado el tono, o creía haber encontrado el tono, de una muchacha del interior con todos los modismos de allí -formoseña, jujeña, riojana, a lo mejor-, y con todo lo que de la lengua culta perdura en las provincias. En Buenos Aires, donde escribí el cuento y viví varios años, eso ya se había perdido hacía mucho (Incomprensión por dos lenguas diferentes).

Antes que nada les diré que, aunque tal vez no sepa resolverlos del todo, me gustan los finales truncados, aquello que se nos pide que construyamos los lectores, el remate. Cada lector le da su forma definitiva, melancólica, terrible, o feliz (Los Tiempos Hipermodernos).

El porteño que llevó a Buenos Aires a mi formoseña o riojana puede quedarse solo o no, puede morir o no, y mi muchacha, si consiguiera huir, puede llegar al paraíso, al país del nunca jamás o al infierno. Todo depende de ustedes… (Es hora de leer).

La rehén

Después del almuerzo se va, siempre. Y siempre vuelve cuando estoy preparando la cena. Antes le preguntaba; alguna vez me dijo que iba al estudio de un amigo para ayudarlo con los casos difíciles, a buscar en los códigos, decía. Interpretar códigos. Ya no pregunto porque me conviene no preguntar ni contestar.

Siempre me convino que se fuera a esas horas; por el momento me conviene más. Con mis ahorros de lo que sin que él sepa me da el señor Gordo -su amigo íntimo- voy a salir volando en cien pájaros, mil. Como Estefanía le abrió la reja de la jaula al canario -la de El Viaje de Estefanía, el libro que me compré- me voy a abrir la puerta.

Estaba haciendo mandados, hoy, y le dije a la verdulera:

-Podría irme a España.

-¿Cuánto juntaste? -señaló mi monedero.

Le contesté.

Ella fue odiosa:

-Con esa plata no se llega ni al Tigre.

Lo que no sabe es que es despacio, mi plan. Aunque gasté en una radio y en un mapa, necesarios para el plan.

Él no me compra más la ropa. Pero uso la que ya tenía, los descosidos los vuelvo a coser.

Para empezar a poner orden compré un nuevo mapa porque estaba lleno de tachaduras el otro, y buen lápiz, crayón.

No puse todavía la variación de los nombres; lo importante era que dibujara el camino por donde iba a ir. Imaginé exactamente, creo, dónde queda Retiro, de donde todo sale, yo en primer lugar. El recorrido, fácil de prever, de los micros. Con una sola línea recta, hacia abajo, Chubut, la nieve, todos esos sueños que no conozco. A los costados, la Rioja por una parte. Porque está el río a la derecha. O tal vez me confunda; estudiaré mejor el mapa, hay tiempo.

Entonces él me vio, entraba y no lo escuché y me vio y yo estaba sobre el mapa y me miraba y levanté la cabeza y lo vi. Fue la sensación de que me sorprendiera acostada con otro, con el Gordo, por ejemplo. Sus ojos, además. Terribles. Pero ni una palabra, solamente preguntar por la cena.

Tomé más cuidado. No salgo de mi cuartito cuando estoy con el lápiz, los mapas o la radio, aunque sepa que recién se fue.

La tía Estercita era maestra de escuela en el pueblo y le encantaba leer y escribir versos. Hacía entre nosotras, con mis primas y mi hermana, concursos de composiciones.

Ella primero nos hablaba de la belleza de las flores, del canto de los pájaros, de la pureza de los ríos, para que después los describiéramos. Nunca me gané ninguno de los concursos porque no me gustaba poner tantas veces juntas hermoso y delicado y bello y cristalino, pero sí me gustaba cuando la tía Estercita, en lugar de hablar de la naturaleza, nos contaba cuentos de terror o cosas que habían pasado en el pueblo que daban miedo. Hasta pienso que hoy se debe hablar en el pueblo de mi desaparición como un cuento de miedo.

También me gustaba que nos leyera la Biblia; un día me la regaló y yo la seguí leyendo hasta ahora, me la traje cuando él me raptó. Por la tarde, después de hacer las cosas y los mandados, me sentaba a leer la Biblia; eso era lo único que él me permite sin discusión. Ya me sé de memoria las carpas y las arenas, las familias de esos hombres y el cantar del rey. Pero ahora tengo una lectura nueva.

Debí esperar un poco para abrir el libro. Sin costumbre de lectura más que de la Biblia que cuento, aunque sí ganas, desde lejos, una tarde entré en una librería por primera vez, después de hacer mis mandados. Venía una música suave; las personas no hablaban, no parecía haber dueños ni vendedores. Los libros estaban apilados sobre las mesas, con carteles: “Ofertas: dos pesos, tres pesos, cinco pesos”. Yo había pensado que los libros eran inalcanzables.

El solo ruido de abrir el libro, con ser tan mínimo, me sonó fuerte, capaz de despertarlo a él, que no debía saber que yo tenía la luz encendida. Pero me dije que eran cosas mías, por el gran silencio de la noche. Él dormía bastante lejos, yo en el cuartito que estaba junto a la cocina. Minúsculo, con un baño pequeñito también, me alegraba tener pieza y baño propios. “Los de servicio”, decía él.

Pensé que mientras planeaba mi fuga, mi viaje, la pasaría mejor  con esa novela entre mis manos por la noche, por eso la compré, y además el título me pareció sabroso, como de un drama, El Viaje de Estefanía, pero que él no se enterara por la luz. Se enteraría sólo si venía a ver, porque entre mi cuarto y su dormitorio estaban la cocina y el living, no podía verse ninguna raya de luz en realidad.

No sabía si me gustaría leer estas cosas aunque me gustara el título. Él no me permitía leer el diario ni libros más allá de mi Biblia, y yo podría haber perdido la costumbre; en mi pueblo leía algunas revistas y hasta libros de lectura que le habían quedado de la escuela a mi tía. Pero finalmente leí y el mundo explotó.

Miraba la rosa en el vaso que puse en la piecita y le preguntaba, como si la rosa fuera la médica del pueblo que siempre contestaba sobre amores, especialmente, o sobre las cosas del cuerpo. No me contestaba la rosa pero me parecía que las palabras venían de allí como consejos. Y escuchaba. Decía “no”. Lo decía como una madre, una curandera, alguien mayor, y ya entendía que tenía que decirlo yo misma. Al lado estaba el reloj despertador que era el que decía “no”, con la palabra que yo le ponía para que dijera repiqueteándome en la cabeza: No. La rosa estaba allí en el vaso, y yo en la pieza me vi presa en un vaso de agua. Si me encogía me ahogaba, si trataba de salir me marchitaba. Él era el carcelero dándome agua, porque si no me moría como la rosa. Las cosas de mi cuartito eran mis únicas compañeras, y me veía aparecer entre ellas soñando conmigo misma. Veía mi propia figura caminar por el escaso lugar, de aquí para allá, tigre encerrado o canario de Estefanía. En jaulas.

Escuché un ruido, apagué la luz.

No era nadie, o los vecinos, o gente que andaba lejos por la calle. Distanciados, sí se escuchaban sonidos sedosos que formaban parte del gran silencio que ya dije.

Menos le gustaría que yo leyera una novela, no solamente el gasto de la luz. Eso era lo primero, que no leyera, más que el gasto. O las dos cosas, pero especialmente quería como esclava una dócil sumisa que no aprendiera en ningún libro nada, ni diversiones ni filosofía, él decía que era boñiga, para las mujeres, la filosofía. Y yo le contestaba que de todos modos aprendía filosofía en la Biblia. Él insinuaba que era lo único permitido en ese aspecto.

¿Quién llevó mis manos a elegir la novela que me iba a revelar todo eso, y quién era yo? Me parecía asombroso, después, que me dijera todo, porque ni más ni menos era la historia de una mujer cualquiera y nada más. Me revelaba todo porque tenía que ver con destinos de gente, porque una cosa me pedía en mí que hiciera algo por salir de la cárcel, y mostraba, por ejemplo, las cartas que Estefanía escribía sobre la libertad.

Envío

Felipe, Joise, Francisco, Fabi, mis queridos, y todos los demás. Me emociona cada palabra -siempre exagerada-: vuestras monedas de oro.

Con amor

Mora

Monografias

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Comentarios

2 respuestas a “La rehén”
  1. José María Gil dice:

    Hola Mora:
    Tus relatos anteriores, especialmente los dos últimos, se movían en el terreno de las probabilidadades de lo imposible, aunque lo improbable suele darse en el terreno metafísico mientras lo imposible se da siempre en el terreno humano.
    Este último relato me ha gustado mucho más. Resulta más real y no por posible, sino más bien por el grado de angustia que revela en quien, siempre más débil, está decidido a hacer algo difícil o prohibido pero que considera necesario.
    Es la decisión insegura del rehén. Escapar y huír…, alejarse con o sin rumbo (aún a costa de morir en el intento) de la cadena moral que supone la figura del vigilante, por bueno que éste sea.
    ¡Tantas bondades “malignas”, las que adornan a los vigilantes de la rutina prolongada!
    ¡Vivan las mujeres libres!

  2. felipe humberto rizzo dice:

    Querida Mora
    Como siempre: ¡BÁRBARO!, no encuentro otro mejor adjetivo.
    con admiración,
    Felipe



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