Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Octubre, 2016

Vestidos fúnebres

De chicos, la muerte nos parecía algo tan fascinante e inexplicable a mi hermana y a mí, que todos los sábados por la tarde, junto con otros jóvenes, nos reuníamos en el cementerio del pueblo (La muerte).

El cementerio estaba dividido en ricos y pobres, exactamente como el pueblo (Sobrevivir en el naufragio).

Y era la parte de panteones con escaleras, caoba y llaves de plata la que nos atraía (Los relámpagos de la muerte).

Nos sentábamos a conversar en algún frío escalón de mármol, y a fumar, mientras fantaseábamos sobre lo que había allí dentro (Generaciones que consumen generaciones). Calculábamos cuestiones desagradables como el grado de corrupción de los cadáveres, pero enseguida pasábamos a vestirlos de fiesta e imaginarlos vivos en un incalificable escenario del pasado (El cuento de terror).

Nos maravillaban los nombres que estaban inscriptos en cada panteón.

Había Hans, Hellen, Frida, Jacques y Madeleine, Ilsa y Frederik (Inmigración a la Argentina).

Nosotros, los más pobres, ya habíamos olvidado nuestras raíces y nos llamábamos Jacinta, Elena, María, Eduardo, Julio.

Es que nuestro pueblo pertenecía a una colonia que había llegado de diversos lugares de Europa y a la que el Estado le donó una enorme cantidad de tierra. Una parte de los campesinos europeos que vinieron habían hecho fortuna, y la otra parte éramos nosotros, los descendientes de aquellos que no se habían esforzado bastante o bien no habían tenido suerte en las cosechas. Cuando yo era chico, ricos y pobres se la pasaban mirando el cielo y exclamando: “¡que llueva!, ¡que no llueva!, ¡que no caiga granizo!”.

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Les presento a un poeta

Alberto Girri además era tanguero, con una flor en el ojal (Géneros, movimientos literarios y la literatura en el Río de la Plata).

Nació en 1918 y murió en 1991, el día que se daba a conocer que había obtenido un importante premio nacional de poesía.

Su estampa de bailarín de tango (El Tango) y sus vivaces ojos claros ocultaban a un iluminado poeta, expresión que en este caso tiene dos sentidos: era además alguien relacionado con el budismo, un “poeta zen” que elaboraba su trabajo con sobriedad y con la paciencia de un dibujante japonés (El camino a la libertad).

En 1985 yo escribí en el diario El Litoral, de Santa Fe, la siguiente nota sobre su último libro, Monodia. Me parece que es bueno recordar a este poeta cada vez más olvidado y que “cada vez canta mejor”.

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Proyecto Elegancia

Estaba hojeando un diccionario enciclopédico cuando me topé con el nombre de alguien que definiría toda mi vida (El diccionario).

Yo era un niño de diez años en la mitad del siglo XX, y él un personaje del siglo XVIII, inglés (Viajeros ilustrados. El siglo XVIII y el mundo catalogado). No un héroe, no un pirata. Sólo un monumento a la mayor frivolidad y a la mayor estupidez: el Bello Brummell.

Las noticias que daba el diccionario resultaban enigmáticas, demasiado sutiles. Me entregué en cuerpo y alma a averiguar con precisión quién había sido esa persona. Finalmente creo que lo averigüé, después de dedicarle gran parte de mis días de escolar.

Salía de la escuela e iba directo a alguna biblioteca (La biblioteca escolar como vehículo del goce por la lectura). En las de mi barrio encontré poco, alguna que otra referencia más (Esa otra manera de vivir). Cuando cumplí los trece años mis padres me permitieron tomar ómnibus y subtes para acceder a las bibliotecas del centro. Eran otros tiempos. Con sólo decirles adónde iba y a qué hora volvería aproximadamente, me daban libertad.

Papá era un señor formal, alto, delgado, pálido o gris. Su único gasto suntuario consistía en comprar un billete de lotería para Navidad (Un acto informal: juguemos a la lotería). Trabajaba como vendedor en una zapatería de marca conocida, famosa. Éramos casi pobres, pero, según Mamá, felices. Mamá, ama de casa, se afanaba para que así lo fuéramos. La casa resplandecía de limpia como nuestras ropas; la comida era siempre abundante y casera; ella se las ingeniaba para fabricar manjares con poco, con lo elemental (Encuentro con la felicidad).

Y ahora regreso al Bello Brummell. Conseguí averiguar que era hijo de un pastelero del reino y nieto de un portero del tesoro, y que había logrado hacerse amigo íntimo del príncipe regente. Su profesión: árbitro de la moda.

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La rehén

Encontré un cuento de hace algunos años entre mis papeles (La problemática de la mujer en la sociedad a través del tiempo). No sé inclusive si no lo publiqué en alguna oportunidad en este blog. Si fuera el caso, no tiene importancia, porque algo quiero decir también a mis nuevos amigos (Hannah Arendt, la dimensión de la amistad).

Ni siquiera tenía título, y en este momento me importa el título que encontré para ustedes (Bondades o maldades de la globalización en el mundo).

Creo que en algún momento fantaseé con hacer de él una novela, pero ocurrió que en la lengua de la narradora me es un poco difícil imaginar y componer. Yo había encontrado el tono, o creía haber encontrado el tono, de una muchacha del interior con todos los modismos de allí -formoseña, jujeña, riojana, a lo mejor-, y con todo lo que de la lengua culta perdura en las provincias. En Buenos Aires, donde escribí el cuento y viví varios años, eso ya se había perdido hacía mucho (Incomprensión por dos lenguas diferentes).

Antes que nada les diré que, aunque tal vez no sepa resolverlos del todo, me gustan los finales truncados, aquello que se nos pide que construyamos los lectores, el remate. Cada lector le da su forma definitiva, melancólica, terrible, o feliz (Los Tiempos Hipermodernos).

El porteño que llevó a Buenos Aires a mi formoseña o riojana puede quedarse solo o no, puede morir o no, y mi muchacha, si consiguiera huir, puede llegar al paraíso, al país del nunca jamás o al infierno. Todo depende de ustedes… (Es hora de leer).

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