Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Septiembre, 2016

Lorelei

Soy Lorelei (Mitología Nórdica 6. Dioses menores); somos tantos fragmentos, que aunque solo apareciera mi cara en esta bola de cristal sobre la que a veces me inclino, podría ver y examinar el mundo (Brujería, un aprendizaje ancestral).

Vi los altos fuegos (Sexocidio en la Edad Media: el peligro de ser mujer).

Los inquisidores sólo deseaban que las malas personas se quemaran en la hoguera para que no tuvieran que hacerlo en el infierno (Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu).

Los inquisidores parecían querer hallar el secreto de mi ser que no habían encontrado en ellos (El gran secreto).

Fui una peregrina por los secretos de la Edad Media, fui una mujer que iba por los caminos enseñando un lenguaje difícil, el de los cátaros –la secta de los puros (Los cátaros del Languedoc)- y a mi lado iba mi marido, que nada tenía que ver con eso, solo era un poeta trovador (Literatura medieval y humanismo).

Nos habíamos conocido en el trayecto, mientras yo predicaba y él trovaba. La gente no sabe cuán grande es el alma de los trovadores, y su amor (Visión general del amor en Persiles).

Yo, como cátara, no debía entregar mi cuerpo al juego del deseo, pero los trovadores tampoco. Aseguraban que el amor es castidad. El juego amoroso para ellos consistía en escandir palabras preciosas de sus versos, darlas como ramos de flores, casi sin mirar a sus amadas.

Las palabras, los versos, iniciaban y terminaban la gran fogata del amor, se brindaba con esto: un vaso de vino compartido era toda la ilusión de una noche, pero qué noche, qué ilusión que quedaba prendida y alegraba el corazón y entibiaba los lechos.

Establecimos con mi trovador una casa, un hogar.

Aunque, como dije, yo sólo predicaba mis creencias.

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La noticia que conmovió al mundo

Gracias por tu inquietante relato, Felipe. Muy bueno (Acerca de “El escuchar: el lado oculto del lenguaje”).

Y por tus disquisiciones crítico-filosóficas, Joise (Hacia una comprensión pedagógica de los valores humanos).

Por la nostalgia de tu amoroso poema, José María (Amor es Nostalgia. Psicoanálisis).

Por tu inspiración, Jesús, Jesús Castillo, escritor cubano, “cuentista a ultranza”: claro que quiero leer todo lo tuyo (A orillas del Aqueronte).

Como siempre, gracias a todos los que posaron sus ojos por aquí, ¡oh golondrinas! (/”La luna de setiembre/” de David Auris Villegas).

Hoy mi cuento es muy raro, y ya verán por qué (El número áureo).

La noticia que conmovió al mundo

Me desperté esa mañana y, antes de levantarme, ya sentí que algo parecía cambiado en el mundo. Los ruidos de siempre -autos, frenadas, ambulancias- se habían atenuado tanto que se oían los cantos de los pájaros, la luz era un milagro al entrar por la ventana y hasta mi cuarto se veía ordenado y las paredes limpias, sin una mancha de humedad.

Me había dormido mirando “Mentes criminales”, serie de la cual era fanática desde que me separé de mi marido, desde que ocupaba la gran cama yo sola; el control remoto todavía estaba en mi mano, sólo había tenido fuerzas para apretar el botón que apaga el televisor y me dormí, anoche. Ahora todo estaba transformado; una fuente de agua muy pura lavaba toda la tierra, imaginé.

Tenía que llamar a los chicos, pero a pesar de mi alegría y de mi calma tenía miedo de que se rompiera el encantamiento. Todas las mañanas luchaba para que salieran de las sábanas tibias, se bañaran, se lavaran los dientes, desayunaran, se pusieran los guardapolvos blancos, reunieran útiles y cuadernos en la mochila, dejaran las lombrices que habían juntado en el jardín, no discutieran sobre de quién era la birome verde y partieran, al fin, cada uno de mi mano, hacia la escuela.

“Un minuto más” -me rogué a mí misma-, “sólo un minuto más en este sosiego inesperado.”

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Mi Emily

Escribo un cuento cada miércoles (Cuentos cortos del profesor Juan Bosch) -a veces esos miércoles se transforman en jueves, y de esto hace más de diez años (La mujer de los jueves no habla)-, para ustedes, y es un acto de amor (Breve ensayo sobre el afecto, amor y amistad).

Aunque a algunos mis cuentos les parezcan siniestros o necrófilos, doy lo mejor de mí. Que tal vez, considerando, sea lo peor (Lo siniestro en las Leyendas de Bécquer: La ajorca de oro).

Me divierten el suspenso (Relato policial), la magia y el terror (El terror tiene nombre propio: Stephen King).

Me parecen refrescantes porque -en especial dentro de un cuento- no son reales, y contrastan con las noticias de los diarios. Los crímenes y los horrores sin encanto. El dolor de la gente que camina o navega por el mundo buscando un lugar y de otros detalles de la realidad (¿Es realidad la realidad?).

Elijo en general la primera persona del singular para escribirlos, y me elijo a mí como la relatora o el relator. Es extraño también que a veces me convierta en hombre, que tenga varios oficios y que lo que relato, por desopilante que sea, no me sorprenda mucho (Matemagia: Magia y Matemáticas).

Sea como fuere, les escribo, y recibo a cambio narraciones maravillosas que enriquecen mis historias.

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La rúbrica del artista

Por primera vez desde que estoy aquí conseguí buen cuaderno y buenas lapiceras (Cuaderno hallado en una casa deshabitada, de Robert Bloch). Es un papel ya amarillento  -el amarillo es mi color preferido- con el perfume del papel de alto gramaje cuando se pone viejo: muy dulce, parecido al del bizcochuelo; ¿contendrá azúcar y vainilla? (Coloreando con Martí).

La lapicera es otro objeto amable; se acomoda a mi mano y fluye tinta más rápida que el pensamiento; llega hasta esa región desolada que antes aparecía cuando estábamos solas ella -la lapicera- y yo, frente al cuaderno virgen y yo empezaba a dibujar mis signos (Del sonido al signo) -la escritura, para mí, es pedir socorro en esa región desolada que nombré (Escribir en el Siglo XXI).

Hace ya muchos años que no escribo; lo hago por primera vez desde que me trajeron. Creo que nunca más quise tomar la pluma, de otro modo habría conseguido antes estos refinados instrumentos de placer, al menos hubiera logrado hacerme de un lápiz y una libretita (Trastorno por estrés postraumático).

Pero no, no quería. Escribir fue la causa de todo; la causa de que me condenaran. Es inconcebible la injusticia (La justicia a través de la filosofía); es inexplicable la mente del ser humano, lo impresionante de que una imaginación coincida parte por parte con los hechos y los reconstruya sobre nada, o sobre una página, con una lapicera (La gente me ha dado permiso para pensar. Entrevista).

Era joven y había publicado un libro de cuentos -más delgado que un libro, parecía un folleto. Trabajaba en una revista de turismo, redactaba artículos bastante frívolos y coloridos (Viajeros ilustrados. El siglo XVIII y el mundo catalogado).

El dueño de la revista -además era su director, es decir mi jefe- cambió de pronto de rubro; los placenteros viajes terminaron y la revista se volvió amarilla. Él había advertido que el crimen y el terror resultan más atractivos para los lectores que los paisajes bellos.

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Los misterios del amor

Cuando me preguntan por qué no me casé (Hermógenes calla), o tuve alguna novia, alguna amante fija, contesto que no tengo el don de enamorarme; evado fácilmente con esa respuesta posibles acosos del tipo: “Todavía estás a tiempo”, o “Podría presentarte una señorita” (El amor, un sentimiento que mueve al mundo)

Es que aunque al mencionado “don” lo poseo en grado extremo (Test de Dominancias Cerebrales), tal vez por eso mismo sigo enamorado de la misma persona imposible desde hace cuarenta años -ahora tengo sesenta (La media luna, o lo que ya no será)

Fue un rayo (La orden del caballero maestro). Cayó sobre mí partiéndome. Me dividió en muchos fragmentos, ninguno de los cuales logró amar nunca otra vez más que a ella, cuyo nombre supe unas horas después del rayo: Elisa.

El lugar y el instante en que la conocí podría parecer peligroso, casi perverso, pero es más puro aún que un nacimiento, porque se podría decir que nací allí mismo (Amores altamente peligrosos).

Mi trabajo, mi esfuerzo, se acrecentaron. Y ya sabía que jamás iba a tenerla. No me esforzaba por Elisa, sólo para olvidarla. Y era tanta mi imposibilidad de hacerlo que debí redoblar mis esfuerzos y luego triplicarlos, y cuatriplicarlos, y así hasta el infinito, sin conseguir absolutamente nada de olvido. Sólo me convertí en un magnate, alguien lleno de citas y esperas, congresos, vacaciones exprés, almuerzos de trabajo, en eso que nunca quise ser, lleno de lujos que no quería tener y de empleados que, por mi solo poder, me temían (El Poder).

El principio de la historia es sencillo. Yo iba a la facultad de ingeniería, y el único horario en que podía concentrarme para estudiar era de noche.

En el aula conseguí a una compañera que estaba dando las mismas materias que yo y que tenía el mismo problema: sólo a la noche podía concentrarse.

Lara y yo nos empezamos a reunir ya bien caído el sol, para estudiar juntos en mi casa o en la suya.

Ella era inteligente y con ese encanto de las chicas serias que, aun siendo atractivas, no piensan en el amor. O todavía no piensan.

Yo tampoco pensaba en el amor, aunque ella un poco me gustaba.

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