Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El grito de las sombras y las estatuas

El grito de las sombras y las estatuas

para José Itriago, in memorian

“La inmortalidad física es la única causa por la cual no debes morir”, leí con mis ojos ávidos un día (La Alquimia: El Arte Perdido). Ávidos de inmortalidad, precisamente. ¿Pero cómo lograrla? Ese enunciado parecía ridículo, una broma, no más. Sin embargo, ahora estoy entre muertos solo para conseguir precisamente la inmortalidad (La muerte en la historia).

Ninguno de mis conocidos alcanza a comprenderlo; mi padre y mi madre, que ya se acercan a la ancianidad, menos que nadie (Psicodinamia del envejecimiento).

Me cerraron las puertas de su casa, que era la mía también (Las familias), como si se tratara de un panteón fuertemente custodiado, porque no todos los panteones son inviolables; el mío, por ejemplo, no lo es.

Debo sacrificarlo todo para acceder a la inmortalidad, y sacrificarlo todo no es demasiado para mí, que siempre sentí el grito de las sombras y de las estatuas llamando, que nací para permanecer, aun cuando tenga una carrera universitaria y una posible herencia –creo que mis padres no pueden desheredarme, la ley se los impide- bastante generosa (Enfrentando a la ley y al padre…).

Y ese acceso es sólo una apuesta, pero vale la pena. Podría ser o no ser. Aunque tengo esperanzas, tengo fundadas esperanzas… (La pregunta por el inicio). Creo en mi empleador, creo en su palabra, yo que fui tanto tiempo escéptico de los seres humanos. Él no me prometió ningún cielo; solamente vivir para siempre. Con los males, las tragedias y, a veces, la felicidad que trae el correr del tiempo día a día. Y yo que no quiero morir, y aparte soy curioso de los cambios futuros, se lo acepté.

Yo era un muchacho de excelente familia al que le habían enseñado las reglas de la buena sociedad, la cultura y el orden. No sé si enlistados de esa manera: creo recordar que primero me enseñaron el orden.

Tal orden incluía, en primer lugar, una organización precisa y sistemática del estudio, los juegos y los ocios.

El estudio estaba, por supuesto, en primer lugar, y no era únicamente una cuestión de rendir, o de zafar. Era cuestión de ser brillante en el aula, ya fuera la de la escuela primaria, la del bachillerato o la de la universidad.

Semejante excelencia me dejaba poco tiempo para los juegos, en la infancia, y para las fiestas, en la adolescencia y juventud. Para el ocio no me dejaba casi nada. De modo que renuncié a juegos y festejos y amplié mi acotado –y acostado- tiempo de ocio.

Los fines de semana de toda mi vida estudiantil estuvieron dedicados a él. De tal manera me gustaba pasar el sábado y el domingo en la cama, pensando, que llegué a convencerme de que yo debía haberme instalado allí apenas nacido, nacer y no levantarme nunca más de una cuna que crecería conmigo.

Una confortable cama era todo lo que yo necesitaba para ser feliz. El ejercicio necesario de bajar por las escaleras a la cocina y prepararme sánguches y bebidas no me pesaba mucho. Hacía circular un poquito mi sangre tan quieta.

De lunes a viernes mi vida consistía en los libros de estudio y el esplendor  al dar examen. Los profesores me adulaban y mis compañeros me envidiaban. Mis padres acordaron no reprocharme el pecado capital de los sábados, domingos y feriados.

Las horas de cama y ensueño regalados me transportaron por todos los lugares de la imaginación, vívidamente, con especial preferencia por los más oscuros, como para compensar toda la luz que yo supuestamente emitía en las aulas.

Como ya expresé, sentía a menudo un grito que descifraba como un llamado de las sombras y las estatuas, sentía muchos llamados de diversos orígenes a menudo, en verdad. Desde el de la muerte hasta el de las mayores alegrías, desde el del amor hasta el de los desengaños, todo lo palpitaba yo en la mente, acostado, triste o feliz según lo que se presentara en ese momento en mi pensamiento. Pasaba fines de semana de pasiones de amor de locura o de dolores agónicos.

En ocasiones intentaba envejecer a fuerza de pensarlo para darme una idea de lo que sería yo de viejo, bien instalado en un refinado geriátrico. Otras veces me enamoraba de una completa desconocida cuyo carácter y cuyo cuerpo había formado con dibujos que ya tenía en el alma –digo en el alma; tal vez los guardaba en otra parte de mi persona, no lo sé.

Sin embargo la imagen que se imponía sobre todas las demás era la de la muerte.

Allí, entre las sábanas, en ese lugar tibio donde se nace y se ama y se muere, incubé mis primeros terrores a la muerte, y empecé a practicar con la voluntad para ser inmortal.

Leí libros muy raros, verdaderamente raros. No eran de literatura de ciencia ficción, ni tampoco científicos, no eran de religiones con promesas o amenazas ni de magias blancas o negras.

Todo mientras estudiaba derecho, una carrera tan sensata… Y deslumbraba a los profesores con mi saber, que no era más que buena memoria y simple lógica para aplicarla.

Ya era el tiempo en que la cama también me servía de lugar de estudio. Mis padres me lo permitieron por mis notas, en las que ninguna era menor a un sobresaliente, desde el primer grado hasta derecho romano o constitucional, etc., y todavía mucho más adelante, hasta el final de la carrera.

Y avanzaba entre candelabros festivos para ser abogado mientras me reservaba mucho tiempo más para un libro del que les hablaré, o mejor dicho, del que ya les hablé al comienzo.

Se llamaba El sentido común de la inmortalidad física” y estaba redactado por alguien llamado Leonard Orr, Ediciones C.S., Colección Renacer, 1992, Buenos Aires.

En la primera página estaban escritas a modo de epígrafe esas palabras que les anticipé: “La inmortalidad física es la única causa por la cual no debes morir”.

Formaban parte del índice capítulos como los siguientes:

I: Ideas básicas sobre inmortalidad física y transfiguración

II: La muerte es insalubre

V: Los inmortales están vivos y siguen bien

VIII: Cómo manejar la paranoia.

Antes de recibirme de abogado –enloquecido, perturbado por mis lecturas de textos que propiciaban no morir- había decidido cambiar de vida. La cama era mi reino, pero mi cuerpo de apenas más de veinte años estaba envejeciendo –al menos en su aspecto exterior de sobrepeso y flaccidez- y me sentí obligado a hacer algunos ajustes para tener una vida más sana.

Dejé de comer sanguchitos y le pedí a mamá que me cocinara carne o pescado y siempre ensaladas verdes con un toque naranja, y me acerqué a la frutera que hacía de centro de mesa, con interiores a menudo renovados, y consumí por primera vez sus delicados manjares. Mis padres se alegraron.

A los pocos meses ya estaba listo para inscribirme en un gimnasio. Tenía que empezar muy lentamente a ejercitarme, después de 24 años –que era toda mi edad- de reposo. Pero lo conseguí. En otros pocos meses ya hacía el entrenamiento adecuado para un adulto joven, y  pesas, además.

No negaré que extrañaba, con síndrome de abstinencia y todo, la cama.

Sin embargo tenía conciencia de que ese lujurioso, lujoso y fundamentalmente cómodo lugar me impediría, quizá, la eternidad.

Empecé a sentirme mejor cuando superé el síndrome; extrañaba la cama, como a una novia antigua, con nostalgia, no con dolor.

Y me quedaba tiempo para apurar las últimas materias de derecho; después, una vez recibido, repasaría mis libros de supervivencia y ampliaría mis búsquedas.

Fue así.

Me recibí de abogado, me adularon hasta los profesores en los discursos de la graduación. Tuve muchas ofertas para adjunto de diferentes materias, y en especial para empezar como empleado de famosos estudios jurídicos. ¡Oh la gloria!

Ya se sabe, yo no busco la gloria sino algo mejor que la gloria, como no morir nunca, repito y repetiré.

Al año de obtener mi diploma yo ya me había dado cuenta de que no estaba hecho para ningún expediente, trámite o litigio. Mis padres no lo comprendían, y me acosaban con que encontrara un buen trabajo relacionado con la carrera que había seguido hasta el final.

Algún trabajo debía buscar; ya era insoportable el clima que se vivía en casa.

Después del gimnasio, al que empecé a concurrir todas las mañanas, desayunaba en un bar cercano mientras leía las ofertas laborales que aparecían en los clasificados de los diarios.

De pronto vi una que me llamó la atención: “Hombre joven y apto para mantenimiento a perpetuidad de tumbas”.

Me entusiasmé, era el mejor empleo que yo podría obtener, pero ¿estaría bien redactado el anuncio, o habrían querido decir otra cosa?

Me presenté al otro día, vestido con mi ropa de gimnasia, ya bastante gastada. El que me recibió me miró con agrado, me hizo algunas preguntas sobre mis estudios –contesté que había llegado a recibirme de bachiller-, y pasó a explicarme en qué consistía el trabajo.

-Tienes que mantener limpio, ordenado y lustrado el panteón de una familia ilustre. Tienes que mantenerlo cuidado y con flores para siempre.

-Siempre… ¿qué es siempre? –pregunté.

Él sonrió y dijo:

-Lo que esta familia pretende es que se lo mantenga bien hasta el fin de los tiempos…

Yo me sentí nervioso como en una competencia. No quería insistir, pero hice otra pregunta:

-¿Y usted me considera apto para eso, hasta el fin…?

Él desbordaba simpatía y sonrisas:

-Se te ve fuerte y, además, el mismo trabajo te asegura más fuerza. ¿Por qué no hasta el fin de los tiempos?

Empecé al poco tiempo. No pude convencer a mis padres de que era el trabajo que más me convenía, pero eso también tuvo su recompensa: me sentí más libre que los pájaros del cielo.

Dándole muchas vueltas al asunto, la muerte me gustaba; la tumba que me había tocado era espléndida, puro mármol y bronce,  y escaleras y féretros de la mejor caoba y del mejor metal trabajado por orfebres.

Cuando mis padres ya no me aceptaron en casa, mi empleador admitió que me estableciera allí, que durmiera y soñara. También comía allí, y comía muy bien, ya que mi sueldo, aunque era bajo, lo invertía sólo en eso, en la mejor comida que me llevaban del mejor restaurante, extrañamente muy cercano al cementerio.

Era, para explicarlo bien, un panteón, con mucho espacio para agregarle algunos muebles como una mesa, una silla y una cama; no era una tumba. Eran muchas tumbas ordenadas dentro de una construcción que podría ser un  castillo de Las Mil y Una Noches. Y hasta me parecía escuchar, en el silencio enorme y cuando ya oscurecía, música de Bach, calmada y bella.

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Comentarios

7 respuestas a “El grito de las sombras y las estatuas”
  1. Gerardo Martín Solá dice:

    Este es uno de esos cuentos que uno desea compartir, para que todos disfruten de la magia de su imaginación. Excelente Mora.

  2. felipe humberto rizzo dice:

    Pocas palabras para describirlo: más que un cuento es un lujo para el intelecto.
    Felicitaciones.
    Felipe.

  3. Joise Morillo dice:

    Feliz cumpleaños Mora querida…espero os encontréis saludable.
    De alguna forma, quien se da el mérito para recordarle, por los siglos –trasciende en la historia- se convierte en inmortal. No es para menos la fama que consiguió este chico sin nombres, que eligió vivir en un panteón sepulcral, ese record lo debe haber hecho inmortal. ¡Lindo cuento querida!

    Sócrates en Fedon dice :

    “Ya es tiempo de que explique delante de vosotros, que sois mis jueces, las razones que tengo para probar que un hombre, que se ha consagrado toda su vida a la filosofía, debe morir con mucho valor, y con la firme esperanza de que gozará después de la muerte bienes infinitos.(…) Los hombres -el individuo humano- ignoran que los verdaderos filósofos no trabajan durante su vida sino para prepararse a la muerte; y siendo esto así, sería ridículo que después de haber proseguido sin tregua este único fin, recelasen y temiesen, cuando se les presenta la muerte.(…) Salvo un punto que ignoran, y es por qué razón los filósofos desean morir, y por qué son dignos de la muerte. La muerte, ¿es alguna cosa? ¿No es, la separación del alma y el cuerpo, de manera que el cuerpo queda solo de un lado y el alma sola de otro? ¿No es esto lo que se llama la muerte?

    (…) La razón no tiene más que un camino que seguir en sus indagaciones; mientras tengamos nuestro cuerpo, y nuestra alma esté sumida en esta corrupción, jamás poseeremos el objeto de nuestros deseos; es decir, la verdad. En efecto, el cuerpo nos opone mil obstáculos por la necesidad en que estamos de alimentarle, y con esto y las enfermedades que sobrevienen, se turban nuestras indagaciones. Por otra parte, nos llena de amores, de deseos, de temores, de mil quimeras y de toda clase de necesidades; de manera que nada hay más cierto que lo que se dice ordinariamente: que el cuerpo nunca nos conduce a la sabiduría.

    Os ama
    Joise

  4. Ale Perez dice:

    Bueno y que paso despues. El tipo se quedo a vivir en el panteon y luego que mas hiso. No se supone que todo cuento tiene un desenlace. Me llevaste al punto de inflexion y alli me dejaste con las ganas de seguir leyendo.

  5. ALEJANDRO FRANCO CHAVEZ dice:

    ¡Fantástico cuento! Aprendí mucho de él para mi beneficio, pues me da también por escribir cuentos. Me causó mucha gracia lo que comenta Ale Pérez. Debo suponer que la autora es Mora Torres, pues no pude hallar la firma del autor. Pero sea quien sea, ¡Felicidades!
    Si me dejan saber el nombre del autor lo agradeceré infinitamente.
    Saludos,
    Alejandro Franco

  6. Mora Torres dice:

    ¡Gracias, Alejandro! Me parece increíble que hayas “aprendido mucho” de mi cuentito… Soy Mora Torres y te mando un abrazo especial.

  7. Iván Salazar Urrutia dice:

    EL NADADOR
    Dedicado a José Itriago

    El nadador hace su mejor esfuerzo; vive la corriente y cada ola.
    El nadador se cansa en la jornada.
    El nadador duerme en el río.
    VANCHO



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