Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Agosto, 2016

“Dejar la red abierta por un lado”

La asombrosa frase que da nombre a mi entrada de hoy es de Chao-Hsiu Chen. Su libro se llama Astucia sonriente, con traducción de Mónica Scholz para la Editorial Edaf, de Madrid, en 2001. En su tapa reza además del título: “108 estrategias de la antigua China para conseguir el éxito” (La breve sonrisa de Confucio…).

No me lo regalaron, ni lo encontré entre los ocultos libros-sorpresa de mi biblioteca (Saber leer).

Lo compré para ustedes en una mesa de saldos -generalmente compro allí mis libros en la actualidad, y son los que más placer me producen (La felicidad, esa constante búsqueda).

Quería devolverles algo, hacerles un regalo, no sabía cómo, algo muy personal para cada uno de ustedes (Entre Eva y Pandora - Cuento).

Confieso que estoy un poco harta de los párrafos, las frases, las líneas, cada palabra, de los textos llamados de autoayuda (Impacto de los libros de autoayuda en el desarrollo de la sociedad en el siglo XXI).

Siempre estuve harta, antes de siquiera abrirlos.

Pero a éste lo hojeé -parada frente a la mesa de saldos- y le encontré algo distinto.

Será por su antigüedad, por su “sabiduría milenaria”, por lo original y ácido de su enfoque, por la falta de mermelada y confites pero no de poesía.

Son bocados de la más alta cocina china, pero salados. Condimentados a veces, a veces exquisitamente amargos (Los pares de opuestos).

Pensé en ustedes, en qué les iba mejor uno por uno.

Todo puramente intuitivo, ayudada por un poco de raciocinio -de eso, en mí, no hay sobrantes- considerando lo que me han escrito (Informe del juicio, el raciocinio y el razonamiento).

Hay gente nueva que apenas conozco, aunque soy tan valiente que me animé a equivocarme.

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Las palabras son cuchillos

Me llamo Irene Cavas Islas, y si bien el nombre que me atribuyo es falso, suena muy parecido al mío verdadero (Acerca del origen del lenguaje). Lo usaré sólo para contar mi historia, breve y, tal vez, interesante. El país y la ciudad donde resido van a permanecer ignorados para ustedes. De otro modo, con este relato, que puede inclusive matar a alguna persona que lo lea, yo sería fácilmente ubicable. Me conviene permanecer en las tinieblas, aunque la ley de ningún Estado penalice mi modo de matar. (Al hilo de las identidades asesinas de Maalouf).

Haré primero un rápido resumen de mis primeros años de estudiante (La lluvia de estrellas en mi vida. Una historia de inspiración).

En la escuela secundaria me gustaban las ciencias exactas -más precisamente la física- y la anatomía (El Conocimiento en las Ciencias Exactas y en las Ciencias Humanas).

Cuando me recibí de bachiller decidí inscribirme en medicina y, al mismo tiempo, comencé a escribir literatura, como esparcimiento en mis escasos ratos libres (Tiempo de drogas, hijos en riesgo).

Me especialicé en neurología -por la que sentía una verdadera pasión- y continué escribiendo -después supe por qué: escribir era el acto necesario para una gran carrera (La escritura y cómo escribir).

Esta nueva “carrera” nada tiene que ver con la ciencia ni con la escritura, pero las abarca a las dos. Si no fuera neuróloga, si no fuera aun humildemente escritora, no hubiera podido acceder a ella, que me depara una vida de lujos, y la sensación de ser un dios. Que me depara la equilibrada unión de mis dos opuestos: el mal y el bien que circulan por mis entrañas (Más acá del bien y del mal).

Ya antes de mi especialización en neurología me intrigaba el continente oscuro del cerebro. Ya investigaba todo lo posible sobre él, sobre sus zonas peligrosas, sobre sus zonas de misteriosa santidad, sobre la posibilidad de estimularlas o bloquearlas.

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El grito de las sombras y las estatuas

El grito de las sombras y las estatuas

para José Itriago, in memorian

“La inmortalidad física es la única causa por la cual no debes morir”, leí con mis ojos ávidos un día (La Alquimia: El Arte Perdido). Ávidos de inmortalidad, precisamente. ¿Pero cómo lograrla? Ese enunciado parecía ridículo, una broma, no más. Sin embargo, ahora estoy entre muertos solo para conseguir precisamente la inmortalidad (La muerte en la historia).

Ninguno de mis conocidos alcanza a comprenderlo; mi padre y mi madre, que ya se acercan a la ancianidad, menos que nadie (Psicodinamia del envejecimiento).

Me cerraron las puertas de su casa, que era la mía también (Las familias), como si se tratara de un panteón fuertemente custodiado, porque no todos los panteones son inviolables; el mío, por ejemplo, no lo es.

Debo sacrificarlo todo para acceder a la inmortalidad, y sacrificarlo todo no es demasiado para mí, que siempre sentí el grito de las sombras y de las estatuas llamando, que nací para permanecer, aun cuando tenga una carrera universitaria y una posible herencia –creo que mis padres no pueden desheredarme, la ley se los impide- bastante generosa (Enfrentando a la ley y al padre…).

Y ese acceso es sólo una apuesta, pero vale la pena. Podría ser o no ser. Aunque tengo esperanzas, tengo fundadas esperanzas… (La pregunta por el inicio). Creo en mi empleador, creo en su palabra, yo que fui tanto tiempo escéptico de los seres humanos. Él no me prometió ningún cielo; solamente vivir para siempre. Con los males, las tragedias y, a veces, la felicidad que trae el correr del tiempo día a día. Y yo que no quiero morir, y aparte soy curioso de los cambios futuros, se lo acepté.

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Otro ramo de flores del ciruelo para José Itriago

Estaba redactando uno de mis cuentitos algo góticos, con la intención de sorprenderlos, cuando llegó la noticia:

“…se nos fue Jose, el bello Jose Itriago, el trovador de las letras, el amigo, el caballero, el hombre gentil de la palabra sabia y los cuentos nutritivos… tengo una tristeza honda” (lo escribió en facebook Judith Mora, una magnífica ex participante de este blog).

Todo lo que dice Judith -la libélula de nuestro grupo- es cierto, pero además José era un escritor muy grande. No tengo idea de sus publicaciones, sólo lo leí en este blog. También lo amé en este blog.

Se me ocurre que no puedo rendirle mejor homenaje que copiar un post que le dediqué, en el que comentan él y otros participantes, como Joise. Lo más importante son los comentarios, precisamente.

Los agradecimientos se los debo para el próximo post. Me quedé sin tinta, me quedé con todos los dolores del mundo. Quisiera transmitirles quién fue José Itriago a los nuevos participantes…

Les anticipo el precioso trabajo de luis b martinez (Frente al espejo -relato-).

Un ramo de flores del ciruelo para José Itriago

Sí, se escribe para decir algo que queda más allá de las palabras (Oralidad y escritura), pero si no se escribiera, mi querido, mi entrañable José -con el genio de tu hermano Francisco aleteándote en las espaldas como los ángeles (La historia de la pintura) y con tu propio genio recogiendo en tu austera habitación el universo para nosotros que te leemos (objeciones-al-que-no-objeta)-, si no se escribiera, digo, no tendríamos la esperanza o la posibilidad de llegar a decirlo alguna vez… Tú, o “cualquiera”, tan cualquiera como mi amigo José Luis Pagés, o Vancho y Osvaldo, o alguien futuro, con música, con palabras, con colores (La relación entre los colores y el conocimiento).

En este momento, por ejemplo, quiero estar en silencio para sentir tu gran silencio que llega desde lejos  José (La luna y el solitario), y es el silencio de la calma, aunque me lo transmitas con tu prosa compuesta de vocablos -pero el silencio de la escritura ordena a veces el caos, no es como vociferar, no es como hablar en las reuniones de escritores.

Me apoltrono en el jardín, lugar tan etéreo que el verbo apoltronarse es casi grosero (Las siete maravillas del Mundo) -ahora tengo jardín y árboles frutales en un lugar casi desierto de gente, pienso en vos, en ti, en usted, José I.

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