Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El sabor de la sangre (otro cuentito un poco “gótico”)

A mí, como a muchos, me sucedió recibir un regalo que yo misma había regalado hacía un tiempo.

Uno lo identifica de inmediato (El Proceso de Transformación)

Si es una pulsera, o un anillo, en alguna parte tiene la inscripción invisible para todos y visible para nosotros; si es un libro, él grita nuestro nombre, nos recuerda, por muy bien conservado que esté y por muy nuevo que haya sido cuando fue obsequiado la primera vez (En el Día del Libro).

Este caso es un poco distinto, porque sí, se trataba de un libro, pero de un libro que entre otras cosas se valoraba por lo antiguo (Fragmento del diccionario de la evolución). Aunque tengo que contar unas cuestiones previas a ese hecho.

Yo terminé la escuela secundaria en el bachillerato nocturno, el famoso Bachillerato de las Estrellas de Santa Fe.

Por supuesto, no se trataba de un “templo del saber”, sino de un Templo de la Diversión de la Juventud Descarriada, aunque tal vez exagero un poco (Los jóvenes años 60).

Lo cierto es que cinco de nosotros éramos amigos muy cercanos ya al inscribirnos en la institución, y todos nos dedicábamos al arte. Ya fuera al arte de escribir, de pintar, o a ese otro, más delicado y complejo, el arte de no hacer nada y meter las narices en todo y mucho más que en todo realmente: ¡teníamos 18 años! Yo era la única mujer.

Entre los componentes del grupo el que más llamaba la atención era Sergio. Se hubiera dicho que era un bailarín ruso por su figura, su agilidad y sus rasgos, con una belleza andrógina y unas caídas de ojos dedicadas a chicas y muchachos (El diente de Kong).

Como los cinco nos llevamos a marzo todas las materias -esto quiere decir: a dar en marzo examen, porque el promedio no nos alcanzó-, ese verano la pasamos de maravilla.

Nos reuníamos a estudiar en lo de Sergio, en una pequeña habitación que quedaba en la terraza de su casa, Sergio, José Luis, Alberto, Andrés y yo, durante la noche, hasta la madrugada.

Se tocaban todos los temas menos el de la materia de estudio. Del surrealismo al nihilismo, el marxismo y el existencialismo, para seguir la rima.

Sergio estaba más interesado en lo oculto. Por él supe tempranamente de templarios y alquimistas, de rosacruces, masones y tribunales de la Inquisición, brujas y brujos.

Mi cumpleaños es el 27 de febrero, justo cuando marzo se aproxima. Y aquella vez fue festejado en el cuartito de Sergio con bombos, platillos y, diría que casi, con fuegos artificiales.

José Luis me regaló la bella Historia del Surrealismo de André Breton.

Alberto -que ya era un actor- un afiche de teatro.

Andrés, una canción folklórica escrita por él mismo.

El regalo de Sergio fue todavía más especial: El sabor de la sangre, un libro antiguo o viejo o avejentado, no sé bien, con tapas de cuero, cuyo autor era… Vlad III, Vlad el Empalador, príncipe de Valaquia, es decir, el mismísimo Conde Drácula -que devino en protagonista de la novela de Bram Stoker.

Pero este texto, según parece, estaba escrito en el siglo XV por el verdadero Drácula, por el Drácula histórico, y traducido al español en el siglo XIX. Tal vez el libro físico era en efecto del siglo XIX, tenía todos los detalles que para eso se requieren. Lo demás era cosa de quien hacía el regalo y de quien lo recibía, yo, creerlo.

Sergio me lo entregó con gran ceremonia y, a la vez, con los ojos llenos de lágrimas, me contó que apenas terminara de rendir las materias del bachillerato viajaría para instalarse en Florencia, que le habían otorgado una beca para estudiar arte allí, donde seguramente se quedaría a vivir para siempre.

Con lápiz anotó en la última hoja de El sabor de la sangre la dirección del Departamento de Estudiantes en donde pararía primero, en la ciudad de sus mejores sueños.

Al libro lo leí; podría decirse, para no explicar lo macabro que era, que se trataba de “recetas de cocina”. ¿A quién se le habría ocurrido componer una falsificación tan vulgar?

El tiempo, como suele ocurrir, pasó vertiginosamente, y nunca más, por muchos años, supe de Sergio.

Como corresponde, o correspondía antiguamente, me casé.

Mi marido tenía una cantidad infernal de amigos de todos los colores, de todas las manías, de todos los fanatismos. Me hice amiga de muchos.

Uno de ellos era un pintor muy talentoso, famoso en la ciudad y en Buenos Aires, que, ¡oh, coincidencia!, se llamaba Miguel Ángel.

Pero no pintaba las mismas cosas que el Buonarroti: se había dedicado al misterio, a la sangre, a los vampiros. Pintó varios retratos de Drácula en persona.

Era demasiado complejo este señor. Sus conversaciones me dejaban terriblemente pálida.

Nos invitó a su cumpleaños. Mi marido exclamó: “¡Es tan difícil pensar en hacerle un regalo que le guste!”.

Inmediatamente se me ocurrió El sabor de la sangre, ése era el regalo para él, yo lo tenía guardado cuidadosamente en recuerdo de Sergio.

Lo envolvimos en un papel brillante, muy rojo.

Apenas lo desenvolvió, Miguel Ángel también palideció.

Dijo: “Este libro se lo regalé yo, hace mucho, a alguien que está muy lejos…”.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, como se habían llenado los de Sergio cuando me lo entregó. En ese momento recordé, pero ya era tarde, que en la última hoja del libro estaba anotada la dirección de mi amigo en Florencia. Ya no viviría allí seguramente.

A los pocos días de aquel cumpleaños, recibí una carta desde Florencia que empezaba diciendo: “Supe tu dirección por Miguel Ángel, que me contó de vos y tu marido. Como estoy por viajar a Santa Fe, te aviso que pasaré a buscarte por tu casa”.

Así seguía siendo Sergio, vanidoso, frívolo, soberbio y encantador. Pero me habían llegado versiones de que había cambiado, sin embargo.

Un mes después, cuando mi marido se encontraba de gira con su teatro, tocaron el timbre de mi casa y yo sabía que era él.

Sola, apenas en compañía de mi gatito negro, empecé a dudar.

No es que temiera a Sergio. me aterrorizaba lo que el tiempo suele hacer con la gente, pero no por afuera, por adentro. Lo imaginé distinto, a pesar de su carta que había sido tan él. Y ya empezaban los timbrazos, cada vez más seguido.

Me hacían doler los oídos, me enloquecían, y me hacían pensar en Drácula, Miguel Ángel, la sangre de sus cuadros, las recetas de vino con sangre humana.

“Ya voy”, me decía a mí misma. “Ya voy, en un rato.” Y ya golpeaban con el puño, fuerte, directamente la puerta. O tal vez la pateaban.

Sergio gritó mi nombre.

Sentí en su voz -¿yo estaría loca?- toda la fuerza del viento en Transilvania, la nieve sobre los árboles de todos los bosques con asesinados en el mundo, el frío de los muertos me congeló.

Quedé parada allí, a punto de abrir la puerta, pero nunca la abrí.

Sé que Sergio se volvió a Florencia a atender su consultorio de tarot y otras yerbas, con el que ganaba mucho dinero.

Los que lo vieron dijeron que estaba cambiado, pero muy sutilmente.

José Luis -seguramente como broma, o eso quise creer- me dijo que cuando se reía notó que le habían crecido los colmillos. Pero José puso cara muy seria, como para que le creyera.

Una cosa que no hace José Luis -el famoso autor de El viejo del agua- es mentir. Ni escribiendo sus cuentos es capaz de mentir.

Siempre todo lo que dijo fue verdad.

Envío

Gracias Luis B.! Rafael, gracias por el poema que compartiste; Joise, gracias por siempre compartir, Felipe, ¡por tu acróstico!

Me estoy yendo precisamente a Santa Fe.

Abrazos en montón, para todos

Mora

Monografias

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Comentarios

7 respuestas a “El sabor de la sangre (otro cuentito un poco “gótico”)”
  1. Gerardo Martín Solá dice:

    Excelente, Mora!

  2. ANIBAL CHICHIPE dice:

    Es una creacion espectacular, me gusta la forma como narras un hecho, muy creativamente y fantastico.

  3. felipe humberto rizzo dice:

    Sin ánimos de competir, uno para compartir.

    UNA GOTA DE SANGRE
    Un ayer de más de sesenta años irrumpió en mi presente.
    Allí estaba ella con su trenza frente a mí, sus oscuros ojos y
    su exótico rostro con reminiscencias árabes. Fátima era su nombre.
    La recordé con su guardapolvo blanco compartiendo el mismo banco
    de la escuela de mi barrio. Oí su grito de dolor cuando
    la aguda punta del compás hirió uno de sus dedos
    Solícito le presté mi pañuelo. De la espesura de sus pestañas
    surgió una mirada agradecida que sin hablar se apoderó de mi
    corazón, mirada de la que nunca más me pude desprender.
    Los años la escondieron en lo más profundo del rincón de mis recuerdos,
    hasta que hoy, rebuscando en el fondo del cajón de mi cómoda en busca
    de un par de gemelos perdidos mis dedos se tiñeron de rojo.
    Un viejo y bien doblado pañuelo blanco manchado con sangre
    la rescataron del olvido. El recuerdo de su gesto de dolor
    y su contenido llanto me volvieron a sentar junto a ella.
    El tiempo es impiadoso y muy pronto la volvió a esconder entre
    sus blancos pliegues.
    Jugueteando con el agudo pinche de papeles herí mi dedo y
    una gota de sangre cayó justo sobre el diario del día.
    Tomé una servilleta para secarla y horrorizado pude leer junto a la Cruz impresa su nombre debajo de la sanguinolenta mancha: “Fátima”… QEPD se durmió en la paz del Señor…….
    Mis lágrimas terminaron mezclándose con la sangre como un doloroso tributo a su memoria.

    Con admiración, Felipe

  4. Joise Morillo dice:

    Hola Mora, estoy triste por el falleciiento de Jose, yo esperaba otras noticias, pero estas fueron ciertamente funestas.

    La vida sigue:

    Otro modo de saborear la sangre, Las 120 Jorndas de Sodoma (Marqués de Sade), Fragmento.

    El duque de Blangis y su hermano el obispo de…, que habían hecho inmensas fortunas, son
    pruebas incontestables de que la nobleza no desdeñaba más que los otros los medios de
    enriquecerse por este camino. Estos dos ilustres personajes, íntimamente ligados por los
    placeres y los negocios con el célebre Durcet y el presidente Curval, fueron los primeros que
    imaginaron la orgía cuya historia narramos, y tras comunicársela a esos dos amigos, los
    cuatro fueron los actores de los famosos desenfrenos.
    Desde hacía más de seis años estos cuatro libertinos, unidos por la similitud de sus
    riquezas y sus gustos, habían imaginado estrechar sus lazos mediante alianzas en las que el
    desenfreno tenía más parte que cualquier otro de los motivos que generalmente forman estos
    vínculos. He aquí cuáles habían sido sus arreglos: el duque de Blangis, viudo de tres esposas,
    de una de las cuales le quedaban dos hijas, habiendo advertido que el presidente Curval
    mostraba ciertos deseos de casarse con la mayor, a pesar de estar bien enterado de las
    familiaridades que el padre se había permitido can ella, el duque, digo, imaginó de pronto
    esta triple alianza.
    -Tú quieres a Julie por esposa -dijo a Curval-. Te la doy sin vacilar, pero con una
    condición: que no te muestres celoso, y que ella, aunque sea tu mujer, siga concediéndome
    los mismos favores de siempre, y, además, que te unas a mí para convencer a nuestro común
    amigo Durcet para que me entregue a su hija Constance, la cual ha suscitado en mí los
    mismos sentimientos que tú experimentas por Julie.
    -Pero no ignoras que Durcet es tan libertino como tú… -dijo Curval.
    -Sé todo lo que puede saberse -contestó el duque-. ¿Crees que a nuestra edad y con
    nuestra manera de pensar detienen esas cosas? ¿Crees que yo quiero una mujer para hacerla
    mi amante? La quiero para que sirva a mis caprichos, para que vele y encubra una infinidad
    de pequeñas orgías secretas que el manto del matrimonio tapa de maravilla. En un palabra: la
    quiero como tú quieres a mi hija. ¿Te imaginas que ignoro el fin que persigues y tus deseos?
    Nosotros los libertinos tomamos mujeres para que sean nuestras esclavas; su calidad de
    esposas las hace más sumisas que si fuesen amantes. Tú sabes cómo se aprecia el despotismo
    en los placeres que gozamos.
    En este momento entró Durcet. Los dos amigos lo pusieron al corriente de la
    conversación, y el arrendador de contribuciones, encantado por la oportunidad que se le
    ofrecía de confesar sus sentimientos por Adéldide, hija del presidente, aceptó al duque como
    yerno a condición de que él se convirtiera en yerno de Curval. No tardaron en concertarse
    los tres matrimonios, las dotes fueron inmensas y las cláusulas iguales.
    El presidente, tan culpable como sus dos amigos, confesó, sin que esto molestase a
    Durcet, su pequeño comercio secreto con su propia hija, ante lo cual los tres padres,
    deseosos de conservar cada uno sus derechos, convinieron, para ampliarlos más aún, en que
    las tres jóvenes, únicamente ligadas por los bienes y el nombre de sus esposos, pertenecerían,
    corporalmente, y por igual, a cada uno de ellos, bajo pena de los castigos más severos si
    infringían alguna de las cláusulas a las que se las sujetaban.
    En vísperas de concluir el contrato, el obispo de…, compañero de placeres de los dos
    amigos de su hermano, propuso que se añadiera una cuarta persona a la alianza, si es que
    querían dejarlo participar en las otras tres. Esta persona, la segunda hija del duque, y por
    consiguiente, su sobrina, le pertenecía más de lo que se creía. Había tenido enredos con su
    cuñada, y los dos hermanos sabían sin lugar a dudas que la existencia de esta joven que se
    llamaba Aline se debía ciertamente más al obispo que al duque; el obispo, que se había
    preocupado de Afine desde el día de su nacimiento, no la había visto llegar a la edad de los
    encantos sin haber querida gozarlos, como es de suponer. Sobre este punto, pues, estaba a la
    par de sus cofrades y su propuesta comercial tenía el mismo grado de avaricia o de
    degradación; pero como los atractivos y la juventud de la muchacha supe-asan os de sus tres
    compañeras, la proposición fue aceptada sin vacilar. El obispo, como los otros tres, cedió sin
    dejar de conservar sus derechos, y, así, cada uno de nuestros cuatro personajes se encontró
    pues marido de cuatro mujeres. Para comodidad del lector, recapitulemos la situación basada
    en el convenio:
    El duque, padre de Julie, se convirtió en el esposo de Constance, hija de Durcet.
    Durcet, padre de Constance, se convirtió en el esposo de Adélaïde, hija del presidente;
    El presidente, padre de Adélaïde, se convirtió en el esposo de Julie, hija mayor del duque.
    El obispo, tío y padre de Aline, se convirtió en el esposo de las otras tres al ceder Aline a
    sus amigos, sin renunciar a los derechos que tenía.

    Seguid leyendo el libro es totalmente aberrado.

    Os ama
    Joise

  5. José María Gil dice:

    Hola Mora:
    Tu cuento de hoy trae a mi memoria una reciente historia de casualidades en la que, curiosamente, se entremezclan también el tiempo, la amistad, los libros y la sangre.
    Conservo todavía en Barcelona, cerca de la vieja Universidad, una plaza de aparcamiento que comparto ocasionalmente con mi hija mayor, cuyo domicilio queda muy cercano. Digo ocasionalmente porque, a estas alturas de mi vida, son ya pocas las veces en que me desplazo en coche a la ciudad y además, porque para poder hacer uso de dicho aparcamiento éste debe encontrarse libre y ello no siempre es así. Desde allí, tanto para ir a la Universidad como para ir a casa de mi hija, mi itinerario transcurre siempre por la misma calle y en dicho recorrido paso siempre por delante de una vieja librería de lance regentada por Griselda, una mujer argentina muy atenta y de la que, tanto por su amabilidad como por mis numerosas visitas al establecimiento, ya me considero amigo.
    La librería, con la llegada del Internet, la crisis y sobre todo desde el imparable aumento de intelectuales jubilados, se ha convertido, como dirían los catalanes, en “un cau de savis” (una madriguera de sabios), siendo frecuentes las “tertulias de a pie” (sobre todo porque allí no hay sillas), tertulias de la más variada temática en las que también participa muchas veces la Sra. Griselda a quien ya hemos insinuado los contertulios en varias ocasiones que sería bueno incorporar al local una mesa de reuniones con sus correspondientes sillas y una máquina de ésas de cafés rápidos. Ella admite que la idea puede ser interesante aunque, por aquello de la falta de espacio y la debida atención a la clientela, parece que de momento va a ser que no.
    Hay a la entrada de local, de puertas a fuera, dos grandes cajas con muchos libros usados, colocados en un semidesorden calculado, cuyo precio es de 1 y 2 euros respectivamente. En una de ellas, la de los más baratos, encontré a primeros de Mayo pasado un ejemplar del “Manual del Playboy” de Renzo Barbieri que llamó especialmente mi atención. Le faltaba la sobrecubierta y al hojear las primeras páginas reconocí mi letra y mi firma en una vieja dedicatoria escrita a boligrafo: “Lola, para que sonrías muchas veces este verano. Barcelona, Junio de 1982”. La sorpresa mayor, sin embargo, se encontraba en dos de las últimas páginas en forma de dos notables manchas ennegrecidas cuyas características se correspondían con las de viejas manchas de sangre. Le mosttré el libro a Griselda, quien se sintió rapidamente complacida por mi elección y estuvo de acuerdo en que podía recuperarlo, previo pago del euro correspondiente (el negocio es el negocio, me dijo.)
    Hace unas semanas, a mi regreso de Canarias, acudí con mi esposa a una cena de amigos en casa de Lola y le llevé el libro. Se mostró gratamente sorprendida de mi hallazgo pues, al parecer, daba ya el libro por perdido. Por lo visto lo había prestado a una amiga hacía algunos años y como ocurre muchas veces cuando se prestan libros, ya se había hecho a la idea de no recuperarlo. Sucedió, sin embargo, que la amiga, tras larga enfermedad, había fallecido a finales de Noviembre del pasado año y que sus herederos, con toda probabilidad, bien por falta de espacio, bien por divergencia de gustos y aficiones literarias, se deshicieran de sus numerosos libros vendiéndolos en masa.
    Lo único que me quedaba por aclarar era el origen de la mancha de sangre, pero tampoco resultó ser nada misterioso ni truculento, ya que Lola recordaba perfectamente que al poco tiempo de haberle regalado el libro, éste se manchó accidentalmente en aquellas páginas con la sangre de la niña pequeña de la casa, al clavarse ésta en una manita una aguja de hacer labores de ganchillo.
    Saludos cordiales, Mora.

  6. Joise Morillo dice:

    Sinceramente extraordinario, Jose Maria, esa parece metafora, pero considerado de vos como el de Mora, es la parabola de la vida.

  7. maria elizabeth dos santos dos ramos dice:

    …A mucho que ser mujer es sinónimo de pecado, de lujuria, de infiernos y tentaciones, no se concibe ser mujer sin recordar el pecado original ,por culpa d e una mujer todos hemos sido de una forma u otra manchados por el pecado desde el nacimiento, nacidos impuros ,antes quemadas en la hoguera luego estigmadas por la sociedad para su deber de ser puras en el concepto mas erróneo ,libertinas son aquellas que hacen carrera, y dejan a sus hijos al cuidado de terceros , barraganas cualquiera que solo ose ser lo que para los hombres les caracteriza como hombres , ….y entonces que sociedad es la que queremos crear una donde la norma existe para todos o una donde solo existe para aquellos que no viven una doble vida…



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