Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El vestido amarillo

Miraba periódicamente por la ventana esperando que el día gris aclarara, cuando la vi. Las calles estaban solas y era más probable que el cielo tuviera menos intenciones de cumplir mi deseo que de echarse a llover (Mientras la lluvia cae - Cuento).

La observé. Estaba sentada en la cerca de mi jardín y no podía verle la cara. Sus dos trenzas rubias eran iguales a las que yo lucía de niñita, lo mismo que su pequeño cuerpo de ocho o nueve años (La representación del mundo en el niño. Jean Piaget).

¿Estaría perdida? (¿En qué consiste esa gracia, piedad o sabiduría de la infancia?).

No me atrevía a preguntárselo, porque me imaginé preguntándoselo: yo era una viejecita de pelo muy blanco, pero no estaba segura de si parecía una dulce anciana o más bien una bruja de esas que nacen en los relatos para niños y que los niños después reinventan en cada ventana donde una señora mayor está mirando, o cuando una señora mayor les da un beso que pincha un poquito (Entre Eva y Pandora - Cuento).

Más valía retirarme a seguir con mis labores (Alicia detrás del espejo).

En la cocina abrí un paquete que contenía un preparado en polvo para hacer torta de chocolate. Lo vacié en un bol, batí aparte dos huevos con veinte cucharadas de leche y se los agregué al bol lentamente, revolviendo con un tenedor para que no quedaran grumos. Enmantequé el molde, trasvasé a él el contenido del bol, y lo puse en el horno (Cocina y filosofía: la cocina peruana y el error de Platón).

Fabricar una torta de chocolate era una aventura para mí. Nunca había hecho otra cosa en la cocina que los sándwichs calientes con los que me alimentaba, de diversos fiambres y quesos, junto con una taza de café.

¡Pero el chocolate! Me trajo todos los recuerdos (Como agua para chocolate - L. Esquivel).

El primero: la casa de chocolate adonde fueron a dar Hansel y Gretel después de estar perdidos en el bosque (Cuentos de Hadas — Magia, Fe y Encanto?).

Era un cuento terrible, el que más me había gustado en la infancia, porque la casa era de chocolate y el jardín de caramelos de goma, con árboles verdes y flores rojas de merengue pintado con frutilla. Creo que me había gustado el contraste entre mi gula y la maldad de la bruja que era la dueña de esa casa.

“Aún hoy lo leería con gusto”, pensé. Y me dirigí hacia un arcón o baúl donde tenía amontonados mis recuerdos de infancia.

Estaba primero ese libro, apenas al abrir.

Lo saqué. Mientras lo hojeaba recordaba que no debía olvidar que la torta ya estaba en el horno, y que no llevaría más de una hora de cocción.

Antes de volver a la cocina, pasé a mirar por la ventana. La niña seguía allí. Una finísima llovizna la enmarcaba.

Probé con un cuchillo bien filoso, lo hundí en la torta y salió limpio, tal como se indicaba. Así saldría de las entrañas de la torta si ésta estaba cocida.

La desmoldé con miedo, pero apareció impecable, deseable, una verdadera torta de chocolate hecha por mí con la ayuda del fabricante del preparado para tortas.

Esperé a que se enfriara un poco, corté una gran porción y me senté a leer Hansel y Gretel.

De pronto, cuando la bruja les abrió la puerta, me acordé otra vez de la niña sentada en mi jardín.

Miré por la ventana y estaba en el mismo lugar pero apenas se distinguía su silueta, porque la lluvia la escondía entre sus gotas gruesas.

La llamé desde la puerta y corrió empapada hacia mí.

Le dije que se quitara la ropa mientras yo iba a buscar algo en el arcón que casualmente estaba recién abierto.

Encontré mi vestido amarillo, bordado, de cuando tenía diez años, que había guardado para un futuro que preveía de amorosa madre.

Se lo puso, y estaba hecho para ella, junto con las botitas que le alcancé, que eran de su número. Cuando tomó la porción de torta que le llevé vi los hoyuelos de sus manos.

Encendí el fuego de la estufa. No hacía tanto frío en casa pero este era un rito que se cumplía en los cuentos de hadas y en las películas de infancia.

Las dos nos sentamos frente al fuego.

Ella miró las brasas que se juntaban y apartaban como cuando yo, de niña, creía en las salamandras, pero no dijo nada de esto. Dijo:

-Tengo un vestido amarillo igual, igual, igual, bordado así. Igual.

Imaginé que exageraba en las similitudes, aunque le dije, porque era verdad:

-Y te queda muy bien.

Me preguntó:

-¿De dónde lo sacaste? -y le respondí:

-Del arcón donde guardo todas las cosas que me resultan lindas, o que me traen recuerdos lindos.

-¿Qué recuerdo te trae este vestido? -siguió con sus preguntas.

Esperé un ratito antes de contestarle; ordené mis recuerdos y me vi en la fiesta de mi mejor amiga, cuando ella cumplía años.

-Una fiesta -dije-. Una fiesta muy muy divertida, el cumpleaños de mi amiga Sarita. Había globos rojos, sólo rojos, porque ella adoraba ese color.

-Yo también tengo una amiga que se llama Sarita. A ella también le gusta el color rojo porque vio una película que no puede olvidar.

-¿El globo rojo? -me sorprendí.

-Sí -dijo. Y me miró con una mirada en la que quise leer y no pude un secreto que titilaba como una estrella.

-Yo tampoco puedo olvidar El globo rojo ni al niño que era su “cuidador” -suspiré-. Ni la danza de los otros globos buscándolo.

-Yo tampoco -afirmó ella con melancolía.

Nos quedamos calladas. Esa niña me recordaba a alguien muy conocido, y me puse a mirarla quizá con demasiada intensidad.

Noté que se puso nerviosa. No quería preguntarle su nombre, ni dónde vivía, ni ninguno de los datos que hacen perder la magia de las cosas.

Yo era ya una vieja señora con pocas chances de encontrar momentos conmovedores, y éste era uno que no podía dejar pasar.

Permití que el silencio transcurriera; mirábamos el fuego de la estufa.

Después de un rato bastante largo le dije:

-En el arcón encontré el libro de cuentos que más me gustaba cuando tenía tu edad.

-¿Hansel y Gretel? -me preguntó, clarividente.

Ahora fui yo la que se puso nerviosa. Balbuceé:

-Deberías volver a tu casa, estarán preocupados.

Llovía apenas, y su ropa ya se había secado -olvidé aclarar que en realidad había encendido la estufa para que se secaran su pantalón, su blusita y sus zapatos, poniéndolos muy cerca del fuego, sobre una silla, más que para crear una atmósfera de película o cuento.

Se puso la ropa, le di un beso -no creo haberle pinchado mucho la mejilla tan tersa-, me dijo “gracias” y se fue.

Me miré toda la tarde en el espejo para tratar de encontrar en mi cara arrugada rasgos de la extraña visitante.

Por la noche hubo una tormenta tan fuerte que se apagó la luz y se mezclaron los ruidos de los truenos con las sombras y el tiempo con el espacio, me pareció, y cuando un relámpago iluminó la casa, tomé el espejo una vez más, me miré, y terminé encontrando en mí a aquella niña.

Era yo.

Envío

“El vestido amarillo” es para mis esforzados y valientes Joise, Felipe, José María, Gerardo Martín -de quien espero que pueda volver a entrar en la página-, Linda, Marta, Andrés, Pedro, Rubén Darío, etc. Y para mis silenciosos  lectores…

No me es muy fácil escribirles cuentos. Cuanto más estímulos reciba -no pido halagos- seguro que me salen un poco mejor.

Abrazos enormes

Mora

Monografias

Si le ha gustado esta entrada, por favor considere dejar un comentario o suscríbase al feed y reciba las actualizaciones regularmente.

Comentarios

14 respuestas a “El vestido amarillo”
  1. luis b martinez dice:

    Más que la historia en sí, que me parece mágica, lo mejor es el ambiente que la envuelve, perfectamente acorde con el tema y perfectamente lograda. Gran relato en la forma y el lenguaje. Sutil y escrito sin lugar a dudas con mucho cariño. Un beso. luis

  2. Celestino Gaitan dice:

    Estimada y admirada Mora Nuestra:
    Escribe esto, el más alharaquiento de tu silenciosos lectores,
    El que con frecuencia se queda con las ganas de comentar,
    soy demasiado exigente conmigo mismo.
    Prefiero disfrutarlos y dejar de hacer el ridículo.
    Últimamente he preferido ser cabeza de ratón,
    que cola de león y estoy haciendo lo que debo
    con mi escaso tiempo.
    Por primera ocasión estoy siendo espontáneo,
    existe un dicho…”La que de amarillo se viste, a su hermosura
    se atiene, de sinvergüenza se pasa…o es el único que tiene”
    como siempre viví tu cuento, lo disfrute y te imaginé en las
    dos hermosas versiones, lo sé, para mi…a tu hermosura te atienes.
    Ademas de la Hermosura que lleva usted por dentro.
    El Ser Supremo la cuide y la mantenga saludable para
    que siga deleitándonos con sus aportaciones.
    Como siempre Abrazo a Tod@s y en especial a Mora Torres.

  3. luis b martinez dice:

    En estos días que leí la pequeña historia “El vestido amarillo” de M. Torres estaba tocado por un fuerte contacto emocional con los recuerdos de mi padre y de mi casa. El cuentecito lo intensificó. Todos los cuentos de Mora, como el de marras, así sean describiendo a Santa Fe, acaban por ser íntimos. Y la intimidad siempre ha estado entre mis preferencias intelectuales. De ahí, de esos parajes, fue que mucho antes extraje mi cuento “Mientras la lluvia cae” (Mora es siempre Santa Fe y yo soy siempre “la lluvia”) y lo extraje de ahí y de H. Hess, otro que forma parte de mis constantes). Cómo no serlo si cuando leía a Anita la Huerfanita y a Winnie Winkle (Daniel seso hueco) en el anexo en colores de la Prensa dominical, en aquellos tiempos también ya leía el Lobo estepario, y Narciso y Goldmundo, y el Juego de abalorios, de la escogida Biblioteca de mi hermano mayor. En realidad fui muy precoz para husmear y contactar la intimidad de la melancolía. Y no me arrepiento. luis

  4. Pedro Antonio Peraza Lopez Peraza Lopez dice:

    No acabo de saber quien dice lo que dice Mora. Que dice Mora.Bueno como ando atontao pues quizas diga lo que no quiere decir.

  5. Gerardo Martín Solá dice:

    Estimada Mora; el cuento me gustó mucho.Espero que mi comentario no moleste, es tan solo una opinión. Casi desde la mitad se prevé el final; me parece que podría haber terminado, por ejemplo;
    ”– y cuando un relámpago iluminó la casa, tomé el espejo una vez más, me miré, y terminé encontrando a aquella niña.”
    Con la admiración de siempre. Gerardo Martín Solá.

  6. Ruben Dario Vega Sayago dice:

    Gracias, muchas gracias por dedicarnos el cuento; aunque siempre he pensado que todos tus cuentos son dedicados a tus lectores. Gracias por tu esfuerzo y por “tu prodigiosa imaginación Morita”. Por otra parte, también comparto lo dicho por Gerardo M. S., en cuanto al predecible final, hubiese sido muy sorpresivo, y hasta gracioso, que la niña pensara “me está pasando lo mismo que a Gretel, mejor salgo corriendo antes de que esta bruja me atrape” y zás! , pega un salto y huye sin dar la gracias. Luego la señora diría: “Definitivamente, esa niña es exacta a mi cuando tenía esa edad, no solo en contextura sino el lo que piensa de las viejas que miran por las ventanas”

  7. felipe humberto rizzo dice:

    Maravilloso cuento querida Mora, pero disiento con los dichos de Gerardo M.S. y de Rubén Sayago, tu relato es como un espejo en que cada uno ve lo que desea ver y para corroborarlo transcribo un Cuento Japonés que encontré en un viejo libro de los años 30; su autor J. de Laserna.
    EL ESPEJO
    De la feria de Yedro, un aldeano trajo dos compras a su aldea: a su mujer un espejito; para su hijita, una muñeca.
    La mujer, que un espejo no vio nunca, pregunta con cándida sorpresa: -Di, ¿de quién es esta carita que tiene dentro y que me hace señas?
    -¡Que tonta!- sonriendo exclama el hombre. Mujer tu propia cara es esa.
    Más la mujer supersticiosa en el cajón en el cajón guarda la prenda.
    A punto de morir mandó sacarla, y en cuanto al lecho se lo llevan, llama a su hijita y con misterio del espejito le hace entrega.
    -Óyeme bien- le dice -si tú, hijita, me quieres ver después de muerta, mirando esto puedes verme todas las veces que tú quieras.
    Así la huerfanita,día y noche, cuando al espejo se contempla, creyendo ver la de su madre, a su carita le habla y besa.

  8. José María Gil dice:

    Hola Mora:

    No resulta infrecuente, ya sea en el plano ficticio, en el onírico o en el mundo real, identificarse con otras personas o incluso reconocernos en ellas, como te sucedió a ti en el maravilloso cuento que nos has brindado en este Editorial. Más raro y difícil resulta identificarse con sus vivencias, sobre todo si éstas nos llegan cargadas de tristeza y de nostalgia (los alimentos de la melancolía). Fue precisamente un cruce de vivencias de este tipo lo que generó este relato aderezado con una receta culinaria, que hoy te ofrezco como comentario a tu cuento.

    “GOLOSINA TABERNARIA”

    Ingredientes necesarios:

    “Una cebolla de tamaño mediano, dos pimientos (uno rojo y otro verde) de tamaño pequeño, un tomate pequeño, dos dientes de ajo, una lata pequeña de anchoas en aceite de oliva, orégano, albahaca, unos granos de pimienta negra y un pimiento picante pequeño”.

    Fabián, un joven músico mexicano de aspecto distinguido y porte muy tímido, había llegado a nuestra casa de la mano de mi hija menor para pasar unos días con nosotros, mientras la fundación que sufragaba su beca se ocupaba en encontrarle un alojamiento definitivo y adecuado para sus años de formación de postgrado.
    No tardé nada en sentirme identificado con el recién llegado, pues su actitud indefensa y melancólica me hizo recordar aquellos tiempos lejanos en los que mi niñez y mi incipiente juventud se vieron plagadas de ausencias obligadas de mi entorno familiar. Mi familia quiso hacer de mí algo grande y decidieron comenzar por alejarme pronto del nido. Primero, a mis 5 años, fue el casserón de mis abuelos paternos en una ciudad muy alejada de la nuestra donde mi abuelita, viuda ya desde hacía bastantes años, vivía con dos de sus hijas (una de ellas deficiente mental) y con cuatro sirvientas de las que una, la mayor, se ocupó en instruirme de acuerdo a los protocolos por los que seguramente se rigen las buenas maneras de convivencia familiar y los modales adecuados para el comportamiento en sociedad. A pesar de mi corta edad, aquello fue para mí como vivir 3 meses en pleno siglo XIX.

    “Primero hay que saber elegir una cebolla de tamaño mediano que tenga, si es posible, las capas gorditas. Luego se le quitan las capas superficiales y se corta el resto en planos paralelos que más tarde se cortarán a su vez de través a las líneas de las tiras interiores, hasta conseguir pequeños cuadraditos que se depositarán en un recipiente adecuado”.

    Mis días del verano siguiente se vieron repartidos en dos pequeños pueblos de la comarca del Maestrazgo: Un mes y medio con mi tía abuela Primitiva en La Alcora y otro mes y medio con mis tíos maternos Carmen y Hermenegildo, en Benasal. En el primero de estos lugares aprendí a cazar por las noches grandes ranas de San Antonio a la luz de los carburos; en Benasal, con mi tío Hermenegildo, aprendí el difícil arte de manejar la máquina de proyección en el cine del pueblo, sin causar incendios.

    “Se lavan bien los dos pimientos pequeños (uno rojo y otro verde) que se cortan también en dados muy pequeños y se añaden a la cebolla que hemos cortado antes”

    Un año después fue Lisboa. Eran todavía tiempos de post-guerra en España y mi mamá, tras un embarazo fallido, sufrió una grave infección de riñón. Por ello, con la excusa de evitar toda posibilidad de contagio con la tuberculosis, me llevaron a casa de mi tía Marta, que estaba casada con un militar portugués y vivía en el barrio de Benfica. Esta vez el destierro iba a durar más de un año y medio, pero no lo pasé mal, pues tía Marta no había tenido hijos y se sentía muy sola, ya que en aquel país tan militarizado mi tío Santos se ausentaba largas temporadas por motivos de su profesión, por lo que yo fui una gran compañía para mí tía y ella fue para mí casi como una madre. Recuerdo que me adapté muy pronto a la casa y al colegio donde me llevaron y donde hice pronto buenos amigos. Además, a mi edad me resultó muy fácil aprender portugués, idioma que todavía hablo casi sin acento extranjero.

    “Lo siguiente es el tomate, un tomate pequeño. Una vez lavado y pelado, se trocea con cuidado y se añade al resto. Si las semillas son voluminosas o duras deben retirarse antes, aunque, dependiendo del tipo de tomate, puede que ello no sea necesario ”.

    Comencé a temer cada año la llegada del verano porque las separaciones se me antojaban inevitables. Así, bien jovencito, conocí París, Londres y Rotterdam. En cada una de estas ciudades el negocio de exportación de cítricos que regentaban mi padre y su hermano mayor tenía delegaciones de recepción y distribución, al frente de las cuales se encontraban los hijos mayores de mi tío, en cuyos domicilios pasé los veranos de tres años consecutivos de mi vida.

    “Es el momento de picar la pareja de ajos. Deben mezclarse bien todos los ingredientes hasta formarse un conglomerado uniforme sin que quede muy líquido ni muy espeso”

    El verano de 1957 lo pasé con mi familia y su recuerdo ha sido siempre motivo de tristeza y de nostalgia para mí, ya que vino a ser mi último capítulo de vida familiar plena, pues a principios de Octubre y tras larga enfermedad, falleció mi mamá. Mi padre, siempre animoso hasta entonces, cayó en una especie de profunda depresión, para cuya solución parace que sólo sirvió una mayor dedicación a su trabajo. Casi dejamos de hablarnos y creo que a partir de entonces comencé a desear que llegara pronto el verano para poder alejarme de aquella casa. En mis recuerdos se mezclan Londres y París de nuevo, Amberes, Bruselas y más tarde Munich cuando ya Alemania resurgía de los efectos devastadores de la 2ª guerra mundial.

    “Ahora abrimos la lata de anchoas y con un cuchillo afilado las vamos cortando de través en pequeñas tiritas que vamos añadiendo a todo el salpicón, procurando que queden todos los fragmentos bien distribuidos”

    Luego llegó a mi vida la etapa universitaria. Terminaron los veranos fuera de casa hasta el verano del 4º Curso en que comenzaron las obligadas fases de la Milicia Universitaria en el campamento militar de Ronda hasta mi nombramiento de Alférez Provisional. Reconozco que fueron 3 veranos de gran compañerismo en los que mis pensamientos se veían salpicados con frecuencia por los consejos y el recuerdo del Coronel Santos, el marido de mi tía Marta la de Lisboa, pero no son veranos que yo recuerde con gusto ni con nostalgia.

    “Una vez mezclados todos los ingredientes, sazonamos la mezcla con el propio aceite de las anchoas, con el orégano, con la albahaca y con algunos granos molidos de pimienta blanca, pero no añadimos sal, ya que las anchoas cumplen perfectamente la función de la misma”

    Sé que ya soy mayor y que cada día son menos las cosas que de verdad me importan, pero hoy ha sido un día especial. Coincidimos, solos en casa, Fabián el joven músico melancólico y yo. A media tarde le he invitado a merendar y hemos podido hablar sin compañías que condicionaran nuestra conversación. La merienda no ha sido nada especial, pan tierno y unas endivias cortadas a la larga por la mitad y coronadas con filetes de ventresca de atún rojo. Me hubiera gustado preparar algo mejicano que alegrara su nostalgia, pues me confesó que también lleva sin veranos familiares desde los 12 años, pero no tenía en la despensa nada adecuado para ello. Por eso he recurrido a una vieja receta tabernaria de las gentes del campo de Valencia: “La llepolía”, es decir “La golosina”, en la que he introducido una pequeña variante.

    “Este salpicón se suele servir en dos hondillas de barro, una tal cual para quienes no gustan del picante y otra en la que añadiremos, finamente picadita, una pimienta picante de las que llaman “de la puta madre”.

    Pero en esta ocasión me he permitido alterar la receta y he sustituido el pimiento picante por un par de “chiles rojos”, de los cortitos y gordos, tan sabrosos para el gusto mejicano.
    El resultado ha sido espectacular. Se ha roto de inmediato el hielo entre nosotros y Fabián, entre sorbo y sorbo de un buen vino, ha ido engolosinando las endivias con el preparado de la hondilla picante, a la vez que volvía a gozar de aquellos recuerdos familiares casi olvidados. Mientras tanto, los rasgos de la nostalgia se iban borrando de su rostro y la melancolía cedía el paso a una alegría franca, como antesala de una tarde de felicidad.

    Un abrazo, Mora…

  9. Joise Morillo dice:

    Saludos a todos, A vos, Mora querida, gracias.

    Me gusto el cuento, siempre añorando la niñes perspicaz y curiosa que contáis, fue la vuestra, con sus avatares, que, desde luego, viniendo a vuestra memoria, como acto de conciencia narráis con la amenidad del poeta.

    También me gusto la apreciación de felipe humberto rizzo y su fabula folclórica, muy linda.

  10. Joise Morillo dice:

    Saludos Celestino

    Os ama

    Joise

  11. isabel salcedo dice:

    Me gusto mucho este cuento..al igual que el anterior que leí “silenciosamente”…creo que me encontrè con la brisa de mi niña interior…yo tenia un vestido azul de organza con un lazo en la cintura…un lazo grande que me encantaba…lo amè, pero siempre quize un vestido amarillo como el de acà…-es de mis colores favoritos-
    Gracias Mora por esos guiños perspicaces y curiosos que nos haces -como dice Joise Morillo-, me acabo de cambiar de casa y sabes que…en el muro de mi living hay un solo cuadrito con ese poema tan pero tan hermoso que escribiste una vez y yo imprimi y coloque en un marquito morado con forma de rectangulo.

    Afectuosos Saludos desde la Biblioteca de Providencia,Santiago de Chile.

    Isabel

  12. Celestino Gaitan dice:

    Gracias Joise Morillo.
    Saludo recibido y correspondido.
    Siempre es un disfrute leerlos, respetarlos y quedarnos con lo mejor…
    …empezando con el plato fuerte, Gracias a nuestra Generosa Mora,
    …luego espera lo inesperado, con el postre de Comentarios,
    (disculpen,aquí no puedo dejar de agradecer a Felipe H Rizzo por su aportación)
    los que mellan dentro nuestro, los que nos causan asombro!,
    los que nos hacen dudar?…Ja.ja.ja…o los que simplemente no entendemos.
    ( de cualquier modo es fascinante pensar e imaginar…
    estuvo buena la fiesta, de cual pomo tomó?, y este quien lo patrocina o cuales son sus oscuras
    intenciones?)
    A modo de justificación reproduzco algo que escribí con motivo de mi 69 avo Aniversario.
    “Agradezco a Todos sus Felicitaciones, a los Presentes y a los Ausentes, a los que sonaron y a los que callaron…(acaso el Silencio que da la pauta y el Ritmo no es parte de la Sinfonía?…) Últimamente inter-actúo poco por limitaciones de Tiempo, Distancia y de otro tipo…
    …pero siempre estoy con ustedes, este Grupo Especial al que llamo Familia en la que todavía soy un leve destello de su enorme y bello reflejo.”
    Y ustedes son mis Amigos que han llegado a ser como mi Familia.
    Reciban tod@s mi Fraternal Abrazo.

  13. luis b martinez dice:

    No me gusta decir cómo debió terminar el cuento si no fui yo quien lo escribió. Zapateroa tus zapatos.

  14. Gerardo Martín Solá dice:

    En su momento hice un comentario, pero veo que no fue publicado. Y lo que dice Luis B Martinez está relacionado. A mí me hubiera gustado un final un poco menos predecible.
    Algo así como “me miré, y terminé encontrando a aquella niña”. Saludos y gracias por su magnifica inspiración!



Deje su comentario

Debe para dejar un comentario.

chatroulette chatrandom