Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Julio, 2016

El sabor de la sangre (otro cuentito un poco “gótico”)

A mí, como a muchos, me sucedió recibir un regalo que yo misma había regalado hacía un tiempo.

Uno lo identifica de inmediato (El Proceso de Transformación)

Si es una pulsera, o un anillo, en alguna parte tiene la inscripción invisible para todos y visible para nosotros; si es un libro, él grita nuestro nombre, nos recuerda, por muy bien conservado que esté y por muy nuevo que haya sido cuando fue obsequiado la primera vez (En el Día del Libro).

Este caso es un poco distinto, porque sí, se trataba de un libro, pero de un libro que entre otras cosas se valoraba por lo antiguo (Fragmento del diccionario de la evolución). Aunque tengo que contar unas cuestiones previas a ese hecho.

Yo terminé la escuela secundaria en el bachillerato nocturno, el famoso Bachillerato de las Estrellas de Santa Fe.

Por supuesto, no se trataba de un “templo del saber”, sino de un Templo de la Diversión de la Juventud Descarriada, aunque tal vez exagero un poco (Los jóvenes años 60).

Lo cierto es que cinco de nosotros éramos amigos muy cercanos ya al inscribirnos en la institución, y todos nos dedicábamos al arte. Ya fuera al arte de escribir, de pintar, o a ese otro, más delicado y complejo, el arte de no hacer nada y meter las narices en todo y mucho más que en todo realmente: ¡teníamos 18 años! Yo era la única mujer.

Entre los componentes del grupo el que más llamaba la atención era Sergio. Se hubiera dicho que era un bailarín ruso por su figura, su agilidad y sus rasgos, con una belleza andrógina y unas caídas de ojos dedicadas a chicas y muchachos (El diente de Kong).

Como los cinco nos llevamos a marzo todas las materias -esto quiere decir: a dar en marzo examen, porque el promedio no nos alcanzó-, ese verano la pasamos de maravilla.

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Algunos souvenirs para el Día del Amigo

No sé si el 20 de Julio era ya, cuando yo era muy niña, el Día del Amigo (Amistad civil en Aristóteles). Pero a partir de los siete años recuerdo una seguidilla de 20s de julio.

Los hermanos nos levantábamos temprano, mucho antes de partir para la escuela (La leyenda de los hermanos Ayar, fundadores del Imperio Inca), con el propósito -que con algunas imperfecciones cumplíamos- de… ¡preparar una tortilla de papas! (Una escuela para la libertad).

El hecho resulta extraño, pero tiene una explicación (Gaudi y Tolkien - Lo mágico y lo intrínseco):

La primera perrita que tuve, llamada Topita como la que tengo hoy -digamos, Topita I- cumplía años ese día.

Y en materia de comidas, Topita era fanática de la tortilla de papas con mucho huevo y manteca.

Sólo una vez cada 12 meses podía degustarla, según los “doctores” (La alimentación de los perros).

Y ese día era el 20 de Julio.

Algunos souvenirs para el Día del Amigo

No sé si el paladar les quedará tan dulce como a Topita después de leer estos fragmentos que elegí, pero ojalá así sea. Primero busqué poemas referidos directamente a la amistad, tales como el de José Martí (Antología de José Martí):

Cultivo una rosa blanca

en junio como en enero

para el amigo sincero

que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca

el corazón con que vivo

cardo ni ortiga cultivo,

cultivo una rosa blanca.

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Cuento gótico

No sé si esto es soñado o es verdad (Sueños, visiones y presentimientos), pero hace más de 150 años que una figura vestida de negro, y también con un negro sombrero, lleva todos los días de mi aniversario cuatro flores a mi tumba. Creo que sé de quién se trata, pero lo dejaré para el final… (Triste final para una historia de Romance, Encuentro y Muerte).

Mi padre era actor y mi madre era actriz (Historia y evolución del Teatro Universal). A ella la abandonó mi padre cuando estaba muy enferma, para irse a morir, lleno de alcohol y drogas (La drogadicción). De cualquier modo estuve con mi madre hasta que ella también murió, cuando yo tenía tres años, y nunca pude olvidar su hermosura y, extrañamente, su alegría. Tampoco los días de frío y de hambre (A través de los ojos de los niños).

Me llevaron a vivir con un matrimonio muy rico, en Richmond (Edgar Allan Poe. Un acercamiento a las tinieblas).

Si las cosas fueran sólo blancas o negras, podría decir que la mujer que me adoptó, Frances, era bondadosa, y que el hombre que me adoptó, John Allan, era avaro y malvado. Pero las cosas no son blancas o negras. Tal vez John Allan, un rústico y poderoso dueño de plantaciones de algodón y tabaco, no pensó jamás en encontrarse con un personaje como yo, y que además hiciera el papel de hijo.

A mis quince años yo era en apariencia feliz. Me dediqué al deporte -fui un gran nadador, un nadador que hendía velozmente el río James, y un atleta, hasta practiqué boxeo. Mis amigos me “envidiaban” y me amaban, y yo guardaba para todos un misterio.

Livianamente, decidí profundizar ese misterio.

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El vestido amarillo

Miraba periódicamente por la ventana esperando que el día gris aclarara, cuando la vi. Las calles estaban solas y era más probable que el cielo tuviera menos intenciones de cumplir mi deseo que de echarse a llover (Mientras la lluvia cae - Cuento).

La observé. Estaba sentada en la cerca de mi jardín y no podía verle la cara. Sus dos trenzas rubias eran iguales a las que yo lucía de niñita, lo mismo que su pequeño cuerpo de ocho o nueve años (La representación del mundo en el niño. Jean Piaget).

¿Estaría perdida? (¿En qué consiste esa gracia, piedad o sabiduría de la infancia?).

No me atrevía a preguntárselo, porque me imaginé preguntándoselo: yo era una viejecita de pelo muy blanco, pero no estaba segura de si parecía una dulce anciana o más bien una bruja de esas que nacen en los relatos para niños y que los niños después reinventan en cada ventana donde una señora mayor está mirando, o cuando una señora mayor les da un beso que pincha un poquito (Entre Eva y Pandora - Cuento).

Más valía retirarme a seguir con mis labores (Alicia detrás del espejo).

En la cocina abrí un paquete que contenía un preparado en polvo para hacer torta de chocolate. Lo vacié en un bol, batí aparte dos huevos con veinte cucharadas de leche y se los agregué al bol lentamente, revolviendo con un tenedor para que no quedaran grumos. Enmantequé el molde, trasvasé a él el contenido del bol, y lo puse en el horno (Cocina y filosofía: la cocina peruana y el error de Platón).

Fabricar una torta de chocolate era una aventura para mí. Nunca había hecho otra cosa en la cocina que los sándwichs calientes con los que me alimentaba, de diversos fiambres y quesos, junto con una taza de café.

¡Pero el chocolate! Me trajo todos los recuerdos (Como agua para chocolate - L. Esquivel).

El primero: la casa de chocolate adonde fueron a dar Hansel y Gretel después de estar perdidos en el bosque (Cuentos de Hadas — Magia, Fe y Encanto?).

Era un cuento terrible, el que más me había gustado en la infancia, porque la casa era de chocolate y el jardín de caramelos de goma, con árboles verdes y flores rojas de merengue pintado con frutilla. Creo que me había gustado el contraste entre mi gula y la maldad de la bruja que era la dueña de esa casa.

“Aún hoy lo leería con gusto”, pensé. Y me dirigí hacia un arcón o baúl donde tenía amontonados mis recuerdos de infancia.

Estaba primero ese libro, apenas al abrir.

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