Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

La cueva del asesino de niños (un cuento para Joise)

En realidad no es únicamente para Joise mi cuento. Sólo es una respuesta a su pedido: “Espero creáis mi cuento!”. Lo que me gustaría es que lo leyeran todos (Literatura).

Claro, Joise dice de las leyendas: “Memoria de anécdotas y cuentos, ej. Las ánimas rezanderas, El tío rico que murió accidentalmente y ahora está en pena por haber enterrado su dinero sin haberlo repartido entre sus parientes. ¡Qué locura!” (Antología de leyendas).

Sin mencionar que el último de los argumentos de Joise me fascina para ser modificado un poco y traído a mis tierras, convertido en “suceso verdadero”, esa locura es el encanto que tienen las leyendas: dan miedo y no dan miedo porque sabemos que son leyendas (Las barcas de la noche - cuento).

Aunque no podemos dejar de admirar a esos hombres o mujeres rústicos que con tanta imaginación las crearon, y otros que con el transcurso del tiempo les fueron agregando o quitando material para hacerlas más bellas, y, al fin, a esos que, rústicos o no, con tanta inocencia las creyeron -y a algunos que las siguen creyendo… Además ¡quién tuviera la frescura y la lozanía para escribir como ellos narran oralmente! (Lenguaje hablado)

Todo eso forma parte de la cultura de un pueblo y de la idiosincrasia del mismo (La cultura, historia de un pueblo). Las leyendas que recrea por ejemplo un narrador como Felipe son regalos para los oídos y posibles relatos para que los niños duerman bien -sin ironías: los niños que pueden visualizar a sus monstruos no los guardan ya más para el futuro, suelen darles muerte apenas escuchan la narración (El muerto novio - Washington Irving).

Yo prefiero, sin embargo, el miedo más sutil: aquello que puede ser… o tal vez, visto a través de lo que se llama realidad, no ser, y tener alguna otra explicación (El karma, Bach y la matriz).

Pero aun los escritores que prefieren “el miedo sutil” dejan un estremecimiento en nuestra alma con el que quizá construyamos algo en el futuro. Una novela, otro cuento, o lo hagamos la carne de nuestra propia historia (¡Cuéntalos..! Cuentos, Mitos y Leyendas).

El miedo abre su abanico de posibilidades y nosotros, pobres mortales, no lo sabemos todo del más allá o del más acá.

Por otra parte este cuento que les envío es sólo un fragmento resumido de una novela que estoy escribiendo.

A la manera de García Márquez, que reunió sus enormes cuentos publicados o no -y hasta algunos muy conocidos- y les dio forma y conexiones para ofrecernos Cien años de soledad.

Como verán, yo tengo grandes ídolos como Kafka -precursor de cualquier “realismo mágico”-, Borges y hasta Shakespeare, de quienes robar en las tinieblas una idea, una imagen, una manera de contar. Y jamás he podido…

La cueva del asesino de niños

Llega de muy lejos el recuerdo de Stella, pequeña, gritándome que había encontrado los cuerpos en la cueva del asesino de niños en el Parque del Sur.

Cuando la vi en la puerta de mi casa, ella ya tenía esa aura futurista que la acompañaría para siempre, un resplandor en el que se cruzaban rayos de luz dorada, negra y roja; pero había que mirar muy bien para percibirlo. A veces se movía un poco y ya no lo tenía.

Corrí, siguiéndola, y llegamos al parque y alcanzamos la piedra grande de al lado del ombú a 20 metros atrás del hoyo; después el sauce a 12 metros y la estatua de la Virgen a cinco, y, finalmente, la cueva -debo aclarar que no era precisamente una cueva sino un hoyo en la tierra, pero nos pareció quizá más literario, intuitivamente literario, digo, llamarlo “cueva”.

Primero debería hablar brevemente de mi amistad con Stella, que era una niña de mi edad cuya casa estaba pegada a la mía. Pero nuestras relaciones eran mucho menos inocentes que las que existen habitualmente entre amigas vecinas.

La parte de descubrimientos sexuales era la más común a todos los infantes y la menos pesada; lo que se alzaba frente a nosotras consistía en lo dañino, no lo de hoy sino lo que planificábamos para mañana.

Lo más  notable en Stella era su terror, que me transmitía, mezclado con el deseo de que las cosas horribles ocurrieran.

Así, habíamos descubierto en el parque un hoyo -rebautizado “cueva”-, y en el borde del hoyo un hilo apenas visible de sangre seca -se hubiera dicho que alguien se había secado el dedo rasguñado con un papel- y ella comenzó a hilar una historia sobre “los niños desaparecidos”.

“Los niños desaparecidos” eran aquellos que habían dejado de asistir a nuestros juegos de la tarde en el parque.

Mientras ella empezaba con su historia, a mí se me ocurrió que había varios motivos para que nuestros compañeros de aventuras no frecuentaran más el sitio, como el frío que había comenzado a hacer de pronto, pero no me atreví a insinuárselo a Stella. Stella tenía un carácter muy fuerte y hasta peligroso.

De todos modos, cuando continuó su relato, yo ya no tenía reparos para creerle; me había hipnotizado: un asesino brutal enterraba realmente a los niños en su cueva.

Cuando llegamos al lugar a ver los cuerpos que había encontrado previamente Stella, ella empezó a remover la tierra. Sacó un pedazo de madera no muy grande, no más de medio metro me parece, y dijo: “Acá está Carlos María, ese que le decimos Charli”. No exclamé nada, ni afirmando ni negando, solamente esperé. Esperé que removiera la basura que contenía el hoyo, esperé hasta con cierta esperanza infantil.

Y así llegó un pedazo de cartón de forma irregular que ella extrajo con la punta de los dedos lamentándose: “¡Mirá como mataron a Horacito!”.

Yo empecé a ver o casi a ver. Algo no me llegaba a persuadir del todo de que el pedazo de madera fuera Charli y de que el cartón fuera Horacito, pero algo inverso a esa persuasión -que tal vez era la fuerza de Stella- quería convencerme.

-Vamos a contarles a nuestros padres para que hagan la denuncia -dije muy seriamente.

Stella se horrorizó de que hiciera trizas así nomás nuestro secreto.

-Solamente nosotras conocemos el caso -habló como hablaban en las novelas policiales que ya a sus diez años leía-. Y nadie más.

Colocó el cartón y la madera otra vez en el hoyo y hasta lo cubrió con ramas secas y pasto, para disimular.

Volvimos cada una a su casa. Tuve muchas pesadillas en las que estuve a punto de despertar a mis padres y contarles algo que no sabía, que era dudoso, que no existía pero existía: los cuerpos de los niños enterrados en la cueva del asesino en plena oscuridad y soledad, ya que era de noche.

Mi amistad con Stella siguió por mucho tiempo.

A ella no le importó que ya mayores -¡como de trece años cada una!- encontráramos en nuestros paseos por el centro de la ciudad, los sábados, un día a Horacito, otro día a Charli.

Ni siquiera aclaró -como lo hubiera hecho yo- que eran fantasmas.

Sólo explicó -casi para sí misma- que los cuerpos habrían pertenecido a otros niños, desconocidos.

Cuando el tiempo pasó más todavía y ella y yo nos casamos y nos perdimos en nuestra propia vida, un día la encontré: era artista plástica, a punto de ser muy famosa, y varios críticos de arte ponderaban los rostros de sus collages, que tenían la calidad exacta de un cutis humano, como si hubiera hurtado piel de niños para su obra.

Pero esa es otra historia que algún día les contaré…

Un beso y un abrazo a mis amigos

Mora

Monografias

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Comentarios

6 respuestas a “La cueva del asesino de niños (un cuento para Joise)”
  1. Joise Morillo dice:

    Hola querida, encantador cuento, la viva imagen de la inocencia creativa (estetica en potencia)
    un egocentrismo peculiar del potencial genio (cualquier indole)

    Juego de niños (Julieta)

    Abuelito tomad vuestro café;
    No, no me deis gracias
    Es mi deber hacia vos
    Pero probad que esta sabroso
    No creáis que a mis cuatro años;
    No se cocinar lo suficiente, más aún;
    ¡Siendo café!
    Bebéroslo todo.

    Ya le probasteis
    Qué bueno abuelito
    Con ello compruebo vuestro amor
    Luego daré a abuelita;
    Aun cuando ella reniega de él
    Es que no le agrada el agua y su procedencia

    Un beso y un abrazo abuelito
    “Abuelito” ¡por dios! , ¿Por qué vomitáis?
    Ah ya se; le puse mucha azúcar
    ¡Claro invisible, cómo el polvo de café!

    Os ama
    Joise

  2. felipe humberto rizzo dice:

    ¡Excelentes ambos cuentos! solo pueden ser escritos por maestros de la pluma y el relato. Dos veces me gustan.
    Saludos
    Felipe

  3. Andres Ortiz Arriagada dice:

    Estimada Mora;
    Me gusta leer los mensajes que conmueven nuestro espíritu, es semejante a volver a ser niño o bien es que seguimos siéndolo, eso no lo se pero, qué hacer para que el arte impera en nuestra sociedad Terrícola y no impere el dinero hasta doblegarnos. No estoy contra el dinero sino contra el abuso de quienes no tienen conciencia y que no se han dado cuenta que el arte es la punta de flecha para el desarrollo de la sociedad entera.
    Reciba mi afecto de hermandad.

  4. Marta Vázquez dice:

    ¡qué maravilla!

  5. Gerardo Martín Solá dice:

    Estimada Mora; leo su blog desde hace años y recién ahora pude entrar para comentárselo. Es excelente.
    Disfruto cada uno de sus escritos y se los reenvío a mucha gente que los lee, los aprecia y los colecciona.
    Espero que a sus fieles amigos nos cuente cuando publique su novela, y seré su primer lector. Un muy cordial saludo.

  6. José María Gil dice:

    Buenas noches, Mora Torres…!
    Me ha encantado tu cuento. No sólo tienes imaginación y estilo…, es que además los trabajas. Te envidio por ello.
    Hoy quiero contarte una Historia, así, con mayúscula, ya que la viví muy de cerca. La he recordado al toparme en tu introducción con la Leyenda de “Las Ánimas Rezanderas”, a la que hace referencia Joise Morillo. En este caso, la historia es más bien de corte hilarante, si bien no lo fueron seguramente sus consecuencias.
    La historia tuvo lugar en una ciudad del Levante español (capital de provincia) y en el seno de una familia acomodada y de prestigio. Sucedió en 1968 ó 1969, pues fue durante mis últimos años de Universidad y después del fallecimiento del abuelo de un buen amigo y compañero de estudios a quien, desde ahora y por aquello de la discreción, vamos a llamar Francisco.
    Sólo algunos amigos, los más allegados y cercanos, acudimos para acompañar a Francisco en el funeral. Francisco era el menor de 5 hermanos (3 hembras y 2 varones) con los que se llevaba bastantes años y aunque era de naturaleza frágil, delgado, bajito, miope y poco amigo del deporte, compensaba sobradamente tales deficiencias al ser muy inteligente, extrovertido, alegre, participativo, generoso con sus amigos, simpático con las chicas y muy bailarín. Además, parece ser que había siedo siempre el nieto preferido del abuelo.
    Pasadas unas semanas tras el entierro del abuelo, Francisco comenzó a cambiar de actitud, se volvió más reservado, casi huraño, tenía frecuentes despistes y participaba menos de las actividades del grupo, sin que se resintiera por ello su rendimiento estudiantil.
    Hasta pasados unos meses, a pesar de nuestra amistad, no se sinceró conmigo. Fue a raíz de haberle encontrado enfrascado en una desagradable discusión con su hermano (médico desde hacía ya algunos años), que decidió hacerme partícipe de sus preocupaciones. De todos modos, cuando me contó la historia, ésta era ya de dominio público en los ambientes relacionados con su familia en la ciudad donde vivían.
    Al parecer todo comenzó cuando los familiares convocados en la Notaría para la lectura del tertamento (su padre tenía tres hermanos más), se encontraron con la sorpresa de una última y reciente cláusula en el documento que ponía en conocimiento de todos los interesados la existencia de una importante cantidad de monedas de oro escondidas en un lugar indeterminado del domicilio, sin añadir ningún detalle ni alguna pista de los que poder partir en las pesquisas para su búsqueda.
    Francisco me contó que en su casa se habían vuelto todos locos. Todo eran discusiones, malas caras, peleas y disgustos familiares. Y lo mismo ocurría en casa de sus tíos y primos. Al parecer, una fibre de busqueda de riquezas se apoderó de todos ellos y lo que comenzó siendo de común acuerdo una búsqueda razonada, calculada y dentro de un orden, se convirtió pronto en una actividad frenética y desordenada que en pocas semanas provocó el deterioro y destrucción de todo el contenido de la vivienda, ya que fueron escudriñados cada uno de los objetos y los muebles, de los que la mayoría acabaron destruídos y el resto malvendidos; y más tarde la búsqueda se centró también en el propio continente, causándose daños severos en paredes y suelos de la vivienda y poniendo incluso en peligro el conjunto del edificio, todo ello sin haber llegado a encontrarse moneda alguna.
    Unas semanas más tarde como en mi casa teníamos un furgón para uso agrícola, Francisco me pidió que le ayudara en el traslado de un mueble a la pequeña casita que había heredado cerca de la playa. Se trataba de una vieja cama que había logrado recomprar en el taller del anticuarió que adquirió los muebles de la herencia. Al parecer se trataba de una cuestión sentimental, ya que era la cama que él usaba cuando se quedaba a dormir en casa de los abuelos.
    Al terminar los estudios nos separamos, él se trasladó a Madrid y yo partí al extranjero para seguir estudios de especialidad. A mi regreo, unos años después, coincidí con su hermano en un Hospital y le pregunté por Francisco, pero me contestó de manera un tanto desagradable y no quise insistir. Pasaron muchos años y en 2001 coincidí con él en Madrid y pasamos una velada repasando nuestras vidas. Éstaba separado de su mujer y vivía con dos de sus hijos. En la conversación salió a relucir el tema de esta historia y me contó que sus relaciones interfamiliares se deterioraron totalmente y que pensaba que lo mismo había sucedido con todos los demás. Pero uno de sus comentarios me sorprendió sobremanera, hasta el punto de que aún sigo dándole vueltas en mi memoria: “¡¡Parece mentira que todo este desastre familiar lo llegaran a provocar 80 monedas isabelinas de 100 reales de mierda de 1863!!”
    Desde entonces, me he preguntado muchas veces cuánto tiempo habrían durado en el otro mundo las risas del bromista impenitente que fue siempre su abuelo.
    A Francisco no lo he vuelto a ver, pero sigo preguntándome cómo sabía que las monedas eran precisamente las clásicas Isabelinas de 100 reales de 1863.
    Hace unos meses, en el periódico, pude ver la esquela que anunciaba el fallecimiento de su hermano.
    Buenas noches, Mora.



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