Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El más allá de Serafina

Recibí cuatro comentarios sobre el cuento del miércoles pasado (Y fue arena de reloj). Los tres primeros -el cuarto era el de Joise- lamentaban amablemente que tuviera un final un poco triste (De la futurofobia a la angustia existencial).

Me encantó que lo expresaran y a la vez me asombró, gente feliz (Las virtudes de la expresión); ni siquiera todos los cuentos para niños tienen un cierre alegre (Análisis de cuentos de Hadas - Caperucita Roja), ni todas las películas de Hollywood (Historia del Cine).

No fue mi estado de ánimo, amigo Felipe (Otros estados de ánimo positivos): fue mi invención (El corazón herido. Truman Capote y la invención de la tristeza).

Decidí continuar el cuento pero con otro cuento; ya verán de qué se trata (El Inmortal).

Tal vez “Más allá del espejo” era demasiado blando como para tener un remate tan patético (La voz del viento).

Patético, no trágico como me hubiera gustado (Concepción de la tragedia), y como intento hacerlo ahora:

El más allá de Serafina

Estoy en la cárcel porque maté a un fantasma, no a mi mujer.

Voy a explicarlo.

Me llamo Franco, y soy el mismo Franco que aparece en el relato anterior, el marido de Serafina, que no recuerdo si dio su nombre pero hace años escribió para sí misma, en su diario, esa crónica nuestra.

Yo le decía que la titulara “El espejo hechicero”; ella insistió en llamarla “Más allá del espejo”. Algo de razón tenía, porque los sucesos trágicos surgieron después de la reventa que hicimos de él, con aparente suerte.

Serafina relataba en su crónica que éramos un matrimonio de dos años, sin hijos. Lo que olvidó decir es que no los teníamos porque -a pesar de la juventud de nuestra unión-, nosotros ya no éramos jóvenes, es decir, ella ya no era fértil. Ambos estábamos bastante cerca de jubilarnos.

Me dolió que afirmara que, después de la experiencia amarga del espejo, no teníamos nada de qué hablar. Pasado un tiempo, ella volvió y yo volví a conversar alegremente.

Alegremente es un decir; a veces sí, a veces no alegremente. Pero con énfasis, con muchas ganas.

A mí siempre me gustó la política, así que podrán imaginar que en un país como Argentina tenía tema de sobra.

Serafina me miraba y asentía con la cabeza. Luego, me hablaba de sus cosas.

No diré que sus cosas me interesaban demasiado, aunque al principio sí, eran curiosas. Ella no hablaba de nada que le sucediera sino de acontecimientos que leía en los periódicos o que miraba en los videos de Internet.

Estaba impresionada, y sus relatos eran coloridos.

Empezó con las “casualidades”, a las que llamaba, o le habían enseñado a llamar, “coincidencias significativas”.

Y sus coincidencias empezaron leves, apenas con los parecidos. Decía que siempre teníamos un “gemelo”, alguien idéntico a cada uno de nosotros que andaba rodando por el mundo y al que había personas que tenían la suerte de encontrarlo. También podía suceder que nuestro doble apareciera en una foto antigua o, más aún, en un cuadro, o en una moneda de extrema antigüedad.

-Todo eso indica que estamos en manos del destino -decía mirándome a los ojos, como si me amenazara.

Pero sus “coincidencias” se convirtieron pronto en algo más: ella soñaba con recorrer el mundo en busca de su “gemela” idéntica.

“¿Quién será, a qué se dedicará, dónde vivirá?” -canturreaba por las mañanas apenas levantada.

Nosotros habíamos conseguido resurgir de las cenizas: digamos que teníamos algo de dinero.

Cuando terminé de pagar el primer crédito -el que era para comprar el espejo- se me ocurrió conseguir otro para invertir en un negocio que esta vez salió muy bien.

El dinero que entraba en nuestra casa Serafina lo barajaba para ahorrarlo.

Ya no tenía caprichos ni espejos mágicos sino la voluptuosidad de guardar. Otra voluptuosidad que tuvo fue ir evolucionando desde las casualidades a los fantasmas y yo, su marido cultísimo como ella decía, me empecé a dar cuenta de que algo le faltaba -o de que algo tenía, como una carencia- que reemplazaba con muertos, con fantasmas de muertos, está claro.

Pensé que el viaje -ese que soñaba- le haría bien, y apenas nos jubilamos, cobramos el retroactivo, y vendimos el negocio que había seguido funcionando tan bien como al principio.

El que iba a comprarlo, Julio, nos invitó a su casa para conversar el asunto.

Vivía en un pueblito de la provincia de Buenos Aires, en la zona rural; no había vecinos o estaban muy lejanos; a su casa no la rodeaba ninguna otra. Y era hermosa como una muchacha del siglo XIX que aparecía en un daguerrotipo al cual Serafina había descubierto en los videos de Internet y aseguraba que era, evidentemente, uno de sus “clones”- hago esta comparación porque lo repetía tanto que en mí ya quedaba poca creatividad para nuevas metáforas.

Era magnífica la casa, inmensa y tenebrosa para nosotros que vivíamos en un departamento céntrico en la ciudad, de cinco ambientes apenas y mucho sol y mucho aire a pesar de lo céntrico -y lo contaminado del aire.

Pero, con toda su belleza, estaba protegida del sol, hasta de la luz y del aire, aunque estuviera en el campo.

Tenía techos muy altos en la sala donde Julio nos ofreció un “tentempié”, y las grandes ventanas estaban selladas con persianas de madera oscura.

Todo estaba lleno de lámparas, arañas y artefactos de cualquier tipo para iluminar, poco potentes, que reflejaban extrañamente las sombras y las mezclaban con fragmentos de objetos sólidos en profusión.

-Acá hay fantasmas -dijo Serafina, y yo noté en su voz la incipiente pasión que reveló de inmediato:

-Me enamora esta casa.

-La estoy vendiendo -le respondió Julio-, y el negocio de su marido es tan rentable que soy capaz de hacer un cambio, apenas tendrían que agregar unos pesos.

Me miró a mí:

-¿La quiere?

Por supuesto que me pareció una broma la oferta de Julio, pero Serafina era obstinada.

-No necesito el viaje -aseguró durante tres noches seguidas-. Seré feliz en el caserón de los fantasmas, te lo juro.

No quiero referir la mudanza porque ocuparía gran parte de este escrito, de modo que saltemos a cuando ya estábamos instalados allí.

Fue duro para mí, yo no tenía nada que hacer, sólo mirar las sombras y la televisión. Mi única verdadera alegría consistía en que Serafina era de verdad muy feliz.

De Internet ella no se olvidó: allí buscó el nombre de todas las personas que en el transcurso del tiempo habían habitado el caserón, que tenía más de 200 años, y fue identificando fantasma por fantasma. Yo a ellos no los veía; veía sombras quietas, como dije, pero me estaba sugestionando con esas sombras, muebles y adornos que nos dejó Julio, y a veces me parecía ver, aunque no más allá de una pequeña oscuridad que parecía moverse cuando corría el sillón o cuando después de apagar el televisor me paraba para ir a dormir.

Serafina, encantada y feliz, salía bastante, aunque todo quedaba muy lejos.

Venía de un vivero cargada de plantas de interior, o de la panadería con un pan criollo que, para ella, era una novedad exquisita. O con canastas llenas de huevos que vendían los vecinos más cercanos, los que vivían a 500 metros.

Venía y ordenaba, limpiaba, refregaba. Cantaba en inglés escolar canciones dulces que hablaban de fantasmas infantiles. Era puro movimiento; después se iba a sentar frente a la computadora y yo seguía sentado en la sala frente al televisor, observando objetos o escandiendo recuerdos.

Un día como cualquiera de esos ella salió.

Me senté en la sala, prendí todas las lámparas y me puse a mirar con más atención que nunca el lugar y sus posibles curiosidades, de puro aburrido.

Julio era coleccionista de armas viejas y nos había dejado algunas en un armario con puertas de vidrio.

Me paré, tomé una, la más liviana, con un gesto tembloroso; era la primera vez que tenía algo mortal en la mano.

Era un pistolón de los que se usaban en los duelos en que solían batirse los políticos; recordé la cara de Lisandro de la Torre, la de Alfredo Palacios, la de Yrigoyen, la de Alem. También, de pronto, me sentí un compadrito de los de Borges -como decía mi mujer, yo abrumo con mi “cultura”.

Me relajé, me senté otra vez en el sillón, examiné el arma y me quedé dormido.

Debo de haber despertado en media hora; apenas una siesta. Con los ojos todavía semicerrados, vi un fantasma, me acomodé el arma, lo corrí, tropecé con los muebles y adornos. El fantasma se apoyó, o más bien se estampó, en la puerta que daba al pasillo de acceso, que estaba cerrada. Ahí apreté el gatillo; sabía que el pistolón estaba cargado, Julio lo dejó así.

Apreté el gatillo y sentí un grito detrás de la puerta. La bala había atravesado al fantasma y lo había matado, pero también había matado a mi  mujer, que estaba por entrar.

Nadie me creyó. Alguna gente le dijo a la policía que nos llevábamos mal. Julio aseguró que mi mujer estaba loca y que se veía venir algo raro.

Hasta el anticuario fue a declarar a Tribunales. Afirmó que desde hacía años sospechaba que yo maltrataba a mi mujer.

Yo declaré que a mi mujer los únicos que la maltrataban eran los fantasmas, pero que ella los quería. Y agregué:

-Como ella había oído decir y repetía, algo o alguien nos manipula.

Ahora siento que es Serafina la que me manipula a mí. ¿Por qué me vi impulsado a contar nuestro final y a publicarlo? ¿Acaso espero -o ella espera- alguna respuesta?

Para empezar, voy a llamar a nuestra historia “El más allá de Serafina”. Un guardia generoso me presta a menudo su pequeña computadora portátil.

Envío

Ahora que lo leí por segunda vez después de haberlo escrito, tampoco es trágico el relato, sigue siendo patético.

O más bien es un poco simétrico y otro poco “metafísico” con lo de las casualidades o coincidencias significativas.

Ojalá coincida con algunos y no coincida con otros de los lectores, de modo de enriquecernos con la variedad de comentarios.

Gracias, mis amigos

Mora

Monografias

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Comentarios

3 respuestas a “El más allá de Serafina”
  1. felipe humberto rizzo dice:

    Querida amiga, hablando de espejos me recordó una ocurrencia que escribí uno de esos días en que parece que las ideas escapan más allá de lo que queríamos escribir y es lo que hoy también me ocurrió y es por eso que se la envío.
    REFLEJO MORTAL
    Me miro
    Te miro
    Te veo
    Te vez
    ¿Quién eres?
    ¿Quién sos?
    Tú mismo
    ¿Yo mismo?
    Tu imagen
    ¿Mi imagen?
    ¿Ese viejo?
    Eres tú
    No te creo
    No me crees
    Cierra los ojos
    Me matas
    Los abro
    No te veo
    ¿Dónde estás?
    Hecho trizas a tus pies.

    28 de Mayo de 2016

    Abrazos, Felipe

  2. Ruben Dario Vega Sayago dice:

    Hola Morita.
    Me encantan tus cuentos. Tienes una imaginación prodigiosa.
    Según los parapsicólogos, las almas que no han trascendido, se aferran al lugar donde vivieron, éstos son los fantasmas. Éstos no aceptan nuevos residentes en sus antiguas propiedades, y cuando alguien es indiferente o, peor aún, es feliz en una casa con fantasmas, entonces se empeñan en sacarlo. Lo que para Serafina era divertido, para los fantasmas era una molestia. El fantasma aprovechando que Franco tenía un pistolón cargado y sabiendo que Serafina estaba llegando, se colocó justo en la puerta, sin moverse, para desafiar a Franco y provocarlo para que le disparara y matara a su esposa. Ahora, pareciera que Serafina es la nueva fantasma.

  3. Joise Morillo dice:

    Encantadora Mora

    Excelente narración, me recuerda “El mal entendido” de Camus, quien describe la paranoia, el fetichismo fanático, el prejuicio y el dogma como fuentes perversas de innumerables tipos de tragedias, ej. Matar a sus propios parientes por ideas absurdas que hacen ver lo que no existe en la verdad material, sino, en la imaginación. De aquellos que afectados por tales defectos psíquicos e imperfecciones espirituales, y quienes comete estas “supuestas locuras”. Sin embargo el hastío y la obstinación que generan algunas conductas de los parientes también pueden ocasionar tales tragedias, de las cuales el homicida quiere justificarse con absurdos que ni ellos mismos creyeren y, que ofenden la inteligencia de sus afectados y jueces.

    Por otro lado del editorial transcribo:

    “Un hombre que no arriesga nada por sus ideas, o no valen nada sus ideas, o no vale nada el hombre.”

    Os ama
    Joise



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