Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Más allá del espejo

Tal vez alguien piense que hoy voy a referirme a Alicia, la del país de las maravillas, la de Lewis Carrol, con esto del espejo (Cuando las historias se pueden leer en tv). Pero les anticipo que habrá para ustedes otro cuento, y mío, y que nada tiene que ver con las extraordinarias creaciones de Carrol -quien también “creó” maravillosas fotografías en su mundo de fines -¿o mediados?- del siglo XIX (Historia de la fotografía).

Para nombrar a mis amigos, empiezo por Joise, con el que tuvimos este último miércoles una pequeña discusión. Que no fue tal, ya que nos dimos nuestras explicaciones (¿Qué son los grupos?).

Y aunque no por orden de llegada, sigo con Celestino, que se demoró y envió para este miércoles pasado la tarea que yo les mandé hacer para el antepasado. Gracias, Celestino. Aprecié mucho tu sugerencia (La cultura y la comunicación).

Y también Layli Lara, cuyo nombre suena a canción (La importancia del canto recreativo), llegó tarde, junto con Walter Neil Buhler, que vino con hermosos títulos (El hipocampo de oro).

A quienes me escribieron “en tiempo y forma” los saludo con mucho afecto: César José Oropeza Herrera, venezolano, el ganador del “concurso de títulos”. Felipe, mi Felipe Rizzo, amigo y muy amigo aunque no conozca su rostro, como me pasa con casi todos (no con Joise). Y Rubén Darío Vega Sayago, quien no lleva en vano su nombre de pila y que me “desburró” sobre el título propuesto por Joise.

Más allá del espejo

Mi marido y yo pasábamos todos los días frente a una casa de antigüedades y nos quedábamos mirando un espejo ovalado, grande, cuyo marco semejaba oro y plata y varios siglos de permanencia en la tierra.

Yo me miraba en el espejo, que estaba puesto en el lugar más ornamentado de la vidriera, y decía:

-¡Me veo más linda!

Franco hacía un gesto que ya no sabría describir, ni tampoco del todo descifrar, y allí nos despedíamos. Él tomaba el colectivo en la puerta de la casa de antigüedades para ir a su trabajo; en la otra esquina, a dos cuadras, yo tomaba el 106 que me llevaba al mío.

Por las noches nos encontrábamos en nuestra casa, comíamos juntos y nos poníamos a hablar de temas tan diversos como se encuentran objetos en los almacenes de ramos generales, o en La Casa de las Mil Cosas, en Buenos Aires. Si cada tema hubiera sido un objeto, creo que en dos años de matrimonio sin hijos ya los habríamos gastado a todos.

Una noche el tema empezó a ser el espejo que contemplábamos por la mañana en la casa de antigüedades, es decir que el tema era en realidad un objeto muy material, como si dijéramos, “de carne y hueso”, como un hijo, pero sin carne ni hueso sino metal.

Y el tema siguió siendo el espejo por demasiadas noches y unos minutos de la mañana, cuando lo observábamos en directo.

Al principio era yo la hechizada, y Franco me decía que yo sufría una neurosis obsesiva o algo así, parecido, que había leído en las obras completas de Freud, pero que no recordaba exactamente en cuál de sus obras.

-Pero me veo de verdad más linda en este espejo -le repliqué una vez, en el mismo acto de mirarme.

Él, antes de probar el espejo, me dio otra lección, esta vez no de psicología sino de óptica, sobre espejos y rayos de luz que inciden y reinciden y proporciones diferentes que dan algunos espejos en los cuales, al mirarse, uno se cura de la fealdad o bien recobra su belleza. También me enseñó los secretos de los parques de diversiones con sus salas de espejos donde uno puede verse alto y delgado u obeso y achatado y otras variedades.

-¡Pero no es eso, es distinto! -exclamé-. ¿Por qué no te miras?

Franco decidió que no tenía tiempo de mirarse porque allá, a treinta metros, venía su colectivo, y llegaría tarde a la oficina.

Muchas mañanas no tuvo tiempo de mirarse; yo sí. Pero llegó el día en que casi lo forcé a ingresar al espejo. Y lo hizo.

-¡No puede ser!… acá tengo un peinado distinto -dijo con una voz bastante temblorosa.

-No es un peinado distinto -le expliqué-. Es que el peinado de siempre te queda mejor.

-¿No será algo así como el cuadro que oculta Dorian Gray? -preguntó mi cultísimo marido. Pero yo a esa novela la había leído:

-No -contesté-. Este espejo no te hace más joven sino un poco más lindo.

A la noche discutimos la posibilidad de comprarlo. ¿Sería muy caro?

Como dije, era de siglos anteriores y de marco trabajado en oro y plata, al menos eso parecía.

Decidimos que al otro día entraríamos a preguntar el precio. Yo adelanté dos horas el despertador para que tuviéramos más tiempo.

Debo decir que me maquillé prolijamente y me puse una blusa blanca con cuello de broderí, como si fuera a sacarme una fotografía.

A Franco le sugerí que se afeitara con esmero y se pusiera su mejor ropa de oficina, esa que no usaba más que para ir a un cóctel, casi nunca.

Cuando llegamos todavía estaba cerrado, la vidriera tapada por una pesada cortina de acero, y tuve que retener a Franco con alguna artimaña porque ya estaba ansioso por irse a su trabajo, y el colectivo empezó a pasar muy seguido, como tentándolo.

Llegué al extremo de hacerle notar el cuerpo bien formado de una chica que pasaba, rauda, por la vereda de enfrente. Total pasaba rauda y no la volveríamos a ver. Hasta que el dueño del local abrió.

-Queremos ver el espejo que tiene en la vidriera -dije.

El que nos atendía sacó unas fichas que certificaban la procedencia, el material y el valor de ese objeto tan preciado por nosotros.

-No podemos -dijo Franco con absoluta firmeza.

-Es para coleccionistas -dijo el empleado, o el dueño, con un dejo burlón.

-No, es para nosotros, pero esperaremos un tiempo. No creo que lo vendan enseguida -me sentí algo hostil.

-Como gusten -dijo el señor y guardó con un poco de violencia las fichas en un cajón que estaba a su costado-. ¿Quieren ver algo más?

Franco y yo nos despedimos en la puerta y él se trepó al colectivo que pasaba justo. Lo noté algo cansado. El hombre del local ni siquiera nos había ofrecido el espejo para mirarnos más de cerca. No nos habíamos sacado la fotografía.

Durante todo el día en la oficina me la pasé pensando en encontrar otro tema que no fuera el espejo para emprender esa noche. Tenía que exorcizar ese fantasma de tantos meses y tanta… ¿vanidad, estupidez?

Sin embargo esa noche las primeras palabras que emitió Franco fueron:

-¿Si sacamos un crédito?

Y yo inmediatamente me di cuenta de que no se trataba de otra cosa que de poder comprar aquel espejo que había sido de una virreina del siglo XVIII y cuyo marco era de oro y plata.

-¿Nos darán todo el dinero que se necesita? -fue lo único que se me ocurrió preguntarle.

Seguíamos mirándonos en el espejo aquel todas esas mañanas que antecedieron a que Franco consiguiera el dinero en el banco y nos endeudáramos hasta los dientes, pero felices.

Nos veíamos cada vez más hermosos en el espejo, él y yo, y nos prometíamos besarnos y otros detalles frente a él, cuando lo tuviéramos en casa. Lo pondríamos en la pared que está frente a los pies de la cama.

Hasta que el día llegó, y entramos esa mañana en el local para llevárnoslo.

El dueño -era al final el dueño- ya nos conocía, no sólo por la vez que entramos a preguntar el precio sino por vernos cada mañana holisqueando cinco minutos su vidriera.

Dijo con asombro:

-¿Vienen a comprar el espejo?

Le dijimos que sí, y mientras lo retiraba de la vidriera, lo envolvía en paño y después en papel, en varios papeles madera, dijo:

-Necesitan un flete para llevarlo.

Tan emocionados, no nos habíamos dado cuenta del detalle. Sí habíamos preparado la casa para recibirlo y habíamos pedido licencia en nuestros respectivos trabajos.

-Pueden llamar un flete desde aquí -dijo el hombre, otra vez con acento levemente burlón, pero menos burlón que la primera vez.

Nos dio un número de teléfono y nos señaló un aparato para que llamáramos.

Mientras llegaba el flete el hombre nos informó que habíamos estado a punto de no conseguir el espejo hechizado -aunque él no sabía que lo llamábamos así.

-Ayer a la tarde -contó- lo compraron.

-¿Y entonces? -nos estremecimos Franco y yo.

-Entonces recordé que tenía guardado en otro negocio uno igual, de parecida procedencia y trabajado en oro y plata y lo busqué y lo limpié. Anoche lo coloqué en el mismo lugar del otro, no tanto para adornar la vidriera sino para que ustedes no se llevaran una desilusión al no verlo esta mañana. Claro que no pensé que justo hoy vendrían a comprarlo…

Le rogamos que le sacara los envoltorios para mirarlo bien -para mirarnos bien.

El dueño protestó diciendo que era igual, igual, exactamente, y que por eso además nos conservaba el precio del anterior, pero terminó desenvolviéndolo.

Era, de verdad, exactamente igual al otro, como dos gotas de agua, como dos lágrimas.

Pero nosotros ya no éramos iguales a él. Adentro del espejo nosotros éramos los mismos, tan feos o tan lindos como siempre en la vida, pero tal vez más feos.

Lo pusimos donde habíamos dicho que íbamos a ponerlo en la casa y desde entonces nunca más nos besamos. Ni siquiera encontramos tema de qué hablar por las noches como antes.

Un abrazo de

Mora

Monografias

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Comentarios

4 respuestas a “Más allá del espejo”
  1. endyra rodriguez dice:

    Me gustó el cuento aunque me impresionó el final me causó tristeza…. Pero fue interesante

  2. EDWIN RONI CANAHUIRE dice:

    Una historia linda; pero me hubiera encantado que sea con final feliz.

  3. felipe humberto rizzo dice:

    Estimada amiga, hermoso cuento, y coincido con Edwin en su comentario, pero como todo buen relato refleja el estado anímico del escritor, y el ojo sagaz del buen lector lo ve como se dice en el turf: “con final abierto”.
    Gracias por considerar amigo a quién respetuosamente la admira.

  4. Joise Morillo dice:

    Saludos Mora

    Excelente cuento, esa es la estrategia goebbeliana del comerciante ¿timador? -quizá- la propaganda, no lo vendió lo cambió para seguir exibiendolo y atraer clientes crédulos e incautos, por otro lado refleja la presión del capricho mas que tenacidad o necesidad.

    os ama

    Joise



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