Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Nina

No sé si este cuento estará repetido en este blog (Como crear un blog con Blogger). Hace cerca de diez años que escribo en este sitio y mi memoria no es muy buena (Fenómenos Perceptivos).

Pero si es que se los vuelvo a contar (Funciones del lenguaje), tampoco lo siento demasiado, porque me gustaría que ustedes -los que no estaban antes- lo leyeran (Lecturas).

A Joise, por ejemplo, le pido disculpas si por azar recordara a “Nina” (Las leyes del Azar). Además, le agradezco sus hermosos y bizarros -en el sentido menos ruin de la palabra (Los no mundos)- poemas. Parecen madera gruesa trabajada de la manera más fina (Renacimiento).

A Felipe: nadie como vos para completar mi cuento del miércoles pasado. ¡Gracias! (Uslar Pietri. El hombre que fue).

Y a quien se acerca por primera vez, mi bienvenida. Acá no va a encontrar autoayuda (Impacto de los libros de autoayuda en el desarrollo de la sociedad en el siglo XXI), ni beneficio alguno, más que el de leer los buenos comentarios -a veces cuentos, poemas y alta literatura- que escriben mis amigos. Y si algún escrito malo hubiera, también, que el mal y el bien, como se ve en mi cuento, son hermanos (El Mal y el hombre moderno).

Nina

Veo -tengo memoria hasta de antes- los dedos casi negros que empujaban mi cuna, y eran los de Nina, mi niñera. Ella era oscura, grande, joven y, cuando yo lloraba demasiado, me levantaba y me mecía en sus brazos redondos cantando unas canciones portuguesas, pero también recuerdo, o esto tal vez fue un poco más tarde, que me tocaba todo el cuerpo, me besaba la espalda y el vientre y, abriéndolas muy suavemente, las piernas, como cuando partía en dos las mariposas amarillas en la plaza Belgrano y me ponía un ala en la boca y ella masticaba la otra dulcemente. Cierto que esto fue más tarde, unos años más tarde, pero no más de cinco.

Cuando llegó lo de las mariposas yo ya había soñado sola muchas veces (y era quizás inducida por sus besos, porque solía sentir un cosquilleo incómodo en el cuello y en las axilas, como si caminaran por allí hormiguitas o arañas, y le pedía que me besara las axilas, el cuello, con fuerza, como para apagar esos pasos pequeños que me invadían). En ese sueño al que ni Nina tenía acceso yo era un chico, no una niñita flaca y morena, un chico al que sentaban en una bacinilla tras colocarle una enema y al que clavaban diez o doce inyecciones cuyo contenido yo no tenía demasiado claro, pero veía pender de mí, de mi carne, de la carne de aquel chico que era yo y que sufría con infinito placer, las agujas con sus jeringas llenas de un líquido raro. A veces yo decía la palabra mercurio -recordando el misterio del termómetro roto del que me habían explicado que contenía mercurio-; las inyecciones eran de mercurio; el chico, además, tenía la obligación de “hacer” su caca, porque lo controlaban desde una ventanita, y esa caca era de mercurio. Yo la sentía salir de mí con una deliciosa presión contra el ano y, al desprenderse totalmente, al caer al final, ese segundo, era el placer más caro. A veces ensuciaba la cama sobre la que me había tirado a soñar, y me levantaba y trataba de limpiarla; llevaba la bombacha al baño y la libraba de su pecaminoso peso dentro del inodoro, y allí mi fantasía terminaba. Nina fregaba la bombacha y me ponía otra, me lavaba, me hacía trenzas gruesas y apretadas y me vestía con pollera escocesa y suéteres del tono de las medias para llevarme a la plaza, en donde me contaba cuentos verdes. Si fue mucho más tarde cuando supe del color de los cuentos, fue sin embargo ahí mismo donde aprendí confusamente que el sexo era muy bello, muy exquisito, muy estimulante y peligroso. Nina amaba el sexo sobre todas las cosas de la tierra, pero también le tenía miedo. Yo despertaba en ella las sensaciones que despierta un gatito al que dan muchas ganas de apretar, de besar, de romper, y de que esté entero, perfecto y nuevo para siempre, con la belleza de las cosas flamantes. Por eso Nina quería, y conseguía, despertar a mi sexo también. Los cuentos que me contaba eran de ogros violadores, de princesas sumisas y de conejos lujuriosos. Nina creaba imágenes más ingenuas y más sórdidas que las del chico crucificado con jeringas. Había vacas que parían y solamente esto, en sus labios, se transformaba en una bacanal. Las menstruaciones de las gatas tenían sus encantos especiales hasta llegar al éxtasis de los perros que se abotonaban -esa era su expresión- y no podían desprenderse jamás si no era por una complicada operación en la que el perro era castrado y la perra permanecía para siempre con un pedazo de carne dentro suyo.

-¿Y cómo hace la perra para hacer después pis? -era la pregunta que más enfriaba a Nina. Me decía que fuera a ver el tren que paseaba a los chicos por la plaza.

Fue entonces, cuando fui a mirar el tren, que conocí a una chica bastante mayor que yo y nos hicimos amigas por un tiempo.

El tren era una camioneta disfrazada no sé de qué manera, pero tenía ojos, boca y humo pintado sobre el techo.

Yo dije, cuando el tren ya se iba:

-¡Qué boca tan grande tienes, abuelita! -y la chica que estaba a mi lado, observando conmigo la maravilla, me siguió el juego y me miró haciendo muecas y simulando que me iba a dar un mordiscón.

Entonces estábamos las tres sentadas en el banco de la plaza casi todas las siestas. Nina empezó lentamente con su catecismo: ¿Ana tenía hermanitos, gatos. perros? ¿No la había visto a su mamá con panza? ¿No había escuchado ruidos por la noche en el dormitorio de sus padres? ¿Y ruidos como qué, como caballos, como bombos, como elásticos flojos, como cuando los chicos saltan parados en la cama?

-Como víboras de cascabel -dijo Ana.

Nina trató de recordar, y sólo se le ocurrió pensar en el sonido del gorro de mi traje de duende con el que actué en la escuela, que tenía un cascabel en el bonete.

-¿Ustedes son muy pobres? -fue la pregunta que le hizo a Ana, que se quedó reflexionando, algo ofendida, y dijo de pronto “no” con furia.

-Digo -aclaró Nina- porque cuentan monedas por las noches.

Ana tenía una sonrisa horrible, mejor dicho, era hermosa, pero cuando sonreía su boca, en lugar de estirarse, se llenaba de carne fruncida y roja y parecía muy mala. Y así sonrió.

Nina nos mandó a ver el tren.

Ana me tomó de la mano y me llevó corriendo hasta los árboles. Allí me levantó, tomándome las piernas por entre la pollera. Después me sostuvo del elástico de la bombacha y finalmente me bajó preguntándome si me había dado miedo. Dije que no pero era sí, porque yo la veía tan grande y casi adulta y sentía que, por lo que me había contado Nina, ella podía tener cualquier cosa debajo del vestido, un gran pene rosado, por ejemplo. Sentía -no sabía, pero era lo mismo- que era un momento en el que me violaban.

-¡Viene! -gritó Ana, y se puso a correr hacia el tren que llegaba. Yo no corría muy rápido, acaso apenas caminaba cansada, y ella se volvió y me arrastró.

Nos paramos enfrente de una vía pintada y Ana me ordenó:

-Mirá hacia allá -y yo miré hacia ella que ya tenía preparada la mano y me dio una tremenda bofetada, seguida de su parte de una huida prodigiosa, porque nunca la volvimos a ver. Nina dijo que le había parecido escucharle decir que vivía en una de las casas que rodeaban la plaza, y pasamos la tarde tocando timbres y preguntando por ella. No la encontramos nunca, nunca más, aunque la buscamos con tanto odio, desesperadamente, en esa y muchas otras tardes, y yo la seguí buscando hasta mucho después, quizás hasta ahora.

Tal vez Nina, porque era mayor y porque no había recibido en carne propia la bofetada, y la sorpresa y la humillación de la bofetada, se olvidó pronto de Ana, pero yo se la recordaba y la traía a la plaza cada vez que ella empezaba a hablar de sus antiguos novios. Ana era mi amor imposible de algún modo retorcido y dramático, y Nina parecía celosa de ese mismo modo, y yo, que me daba cuenta de sus celos, jugaba con ella y le aseguraba que cuando fuera grande iba a sacar avisos en los diarios preguntando por Ana.

-Ana no existe -dijo Nina un día. Y allí nomás la afantasmamos.

Nina intercalaba en sus “cuentos eróticos” historias de fantasmas. Parece ser que no era la primera vez que había existido una Ana, y todas las Anas habían venido de lejanos lugares de después de la muerte a molestar niñitas parecidas a ellas.

-Ana no era parecida a mí y era más grande y era mucho más alta.

-Porque creció en el cielo. Murió cuando tenía siete años, pero después creció -decía con malicia.

-¿Y por qué, si está en el cielo, tiene que molestar niñitas?

Y Nina decía que quizá no era exactamente el cielo el lugar donde estaba.

-Estará en el infierno -aventuraba yo, que conservaba, mezclado con mi amor, todo el resentimiento.

Y creábamos un infierno imposible, en donde poníamos a todos los que amábamos y odiábamos a un tiempo.

Este infierno estaba plagado de novios de Nina que habían desaparecido y seguramente muerto, ya que no eran desapariciones explicables en algunos casos. y en otros quizás habían muerto de maldad, o se habían suicidado después de abandonar a Nina, por la culpa. En este infierno sus habitantes se abotonaban fascinantemente, como los perros, con los ángeles malos. Quedaban para siempre pegados a elllos y se arrastraban como siameses entre las llamas.

-Con las ángelas malas -corregía yo, pero Nina negaba la existencia de éstas, porque no podía soportar la competencia femenina.

-A los hombres también les gusta con los hombres -susurraba.

-¿A los muertos? -desesperaba yo.

-A los vivos y a los muertos.

-¿Y a las vivas y a las muertas, como yo con Ana?

Esto era demasiado hasta para Nina, y regresábamos a casa con la excusa de que ella me iba a preparar un “tentempié”. La palabra me parecía deliciosa y yo la saboreaba, pero lo comestible solía consistir en un café con leche con abundante formación de nata y algunas galletitas, aunque a veces habían preparado una exquisita isla flotante cuyo nombre, de cualquier modo, prometía siempre más que lo que finalmente me llevaba a la boca. Si tenía que hacer algún dibujo para la escuela, Nina me lo hacía. Lo calcaba de las revistas viejas, con papel transparente, en la ventana, y luego lo pasaba tan mal a mi cuaderno, y lo había calcado tan mal, que la maestra no sólo estaba segura de que verderamente lo había hecho yo misma, sino también de que, aún considerando mi edad, era completamente inhábil. “Debes ser más prolija”, escribía debajo del dibujo. Y yo venía triunfante a mostrarle la calificación a Nina, que decidió poner a mi maestra en el infierno.

Mucho tiempo después leí la Divina comedia, pero Nina no había ni oído hablar de Dante y sin embargo hacía lo mismo que él. Ponía a algunos que todavía estaban vivos en el infierno, y daba explicaciones parecidas:

-Vive su cuerpo, pero su alma está en el infierno.

Fue justo en aquel tiempo en que creábamos infiernos cuando tía Julia decidió mandarme a estudiar el catecismo. Nina me dejaba en el atrio de la iglesia y pasaba a buscarme a la salida todos los sábados por la mañana.

Para mí era una fiesta porque al principio no creía verdaderamente en Dios, pero la fiesta se me fue aguando con temores. Dios existía y el infierno también, y más terrible que el de Nina.

Pero lo bueno, después de todo, era el pecado. Allí empecé a comprender los terrores y placeres de Nina: nada era más excitante que enfrentársele a Dios, porque el pecado siempre producía placer. Ya entonces me preguntaba si no sería al revés, es decir, que el placer estaba más que nada en enfrentarse a Dios. De todas formas aprendí a masturbarme en el baño de la sala de catequesis, con inmenso gozo y dolor y remordimiento.

Salía del baño oliéndome los dedos y pasaba corriendo por la puerta que comunicaba con el templo para lavarme las manos en la fuente de agua bendita.

Por las noches tenía sueños ardientes de infiernos y de sexos, o bien no dormía. Había una oración de la cual no recuerdo más que la palabra “pompa” unida a “demonio” y a “mundo”. Con esta oración se podía desterrar del corazón todo el sufrimiento, pero a qué precio. Era, me parecía, al precio de no ser jamás feliz en este mundo como se conseguía el cielo. Y el cielo era una parcela de azul adonde había que mirar eternamente el rostro barbudo de Dios, donde una también, casi seguro, se aburría muchísimo, pero donde al menos no se quemaba para siempre.

La oración que rezaba con más ganas la inventaba yo misma: “Dios, que no haya otra vida; Dios, que no existas”.

Al rezarla me imaginaba un ingenuo paisaje de hierbas y de flores, y allá abajo estaba sola, sólo mi cuerpo, y mi alma había muerto. Entonces, en el llanto más triste, encontraba aquella paz desconocida.

Nina estaba parada al lado de la cama aguardando que yo terminara de llorar. Entonces se metía en mi cama y me besaba todo el cuerpo y cuando se detenía en las nalgas me decía que yo tenía el culito más hermoso del mundo y que el infierno no existía en realidad, aunque se desdecía por las mañanas, pero su infierno era tan especial como ella misma. No obstante creo que tenía mucho miedo y también creo que no era del todo inocente respecto de lo que me hacía a mí y de la excitación que me provocaba; también temía por esto, pero quizá no se podía contener o el placer de la culpa era muy grande.

Pero cuando por fin llegaron los días de la primera comunión, los previos, que fueron los más intensos, los más cargados de culpa y más cercanos al pecado -ya que todo lo era-, yo me alejé de Nina con admirable sagacidad.

En esos días los catequistas nos invitaban a un lugar especial de la iglesia donde se fabricaban las obleas que luego, bendecidas, serían el cuerpo de Cristo, las hostias consagradas. Se hacían en planchas diminutas, eran pequeñas obras artesanales, labores de monjas de manos delicadas y severas (recuerdo los dedos, la piel entre amarilla y rosada, no los hábitos ni los rostros).

Yo robé unas cuantas obleas y las llevé a casa para Nina.

Cuando las desparramé sobre la mesa de la cocina Nina tembló y abrió sus grandes ojos oscuros, a los que en momentos como estos les aparecía una minúscula gota de sangre.

-Es pecado -murmuró.

-Es sacrilegio -yo mejoré su afirmación con las últimas nociones de catecismo-. Pero las vamos a comer lo mismo.

Nina casi gritó cuando traje el frasco de mermelada de frutilla y me dediqué a untar tranquilamente las hostias y a pegarlas de dos en dos por la parte del dulce, como quien prepara con habilidad alfajorcitos de maicena.

Las coloqué en un plato de porcelana y empecé a comérmelas.

-¡Tantas ganas de cometer una herejía! -exclamó Nina.

-Y están tan ricas -dije yo, haciendo un esfuerzo de voluntad para no terminármelas a todas y reservarle su parte de pecado.

Nina estaba hipnotizada mirándome comer y cuando se me cayó un pedacito sobre la mesa lo tomó con la punta de los dedos.

-Es lo más rico que hay en el mundo -exclamé-. No es el sacrilegio lo rico, es la hostia con la mermelada. Son mejores que los alfajores del kiosco.

Nina se chupó el dedo con el fragmento de la oblea.

-No tiene gusto -dijo.

-No tiene gusto porque no es casi nada, no se le siente el gusto a nada que es tan poco. Y, además, porque no tiene dulce esa partecita.

Nina dijo:

-No voy a hacer un sacrilegio por un alfajor. -Y yo le contesté:

-Al sacrilegio ya la hiciste porque en el más mínimo de mínimo de mínimo pedacito de hostia está el cuerpo de Cristo y ya te lo comiste para ver si era rico y sin haberte confesado. Así que ahora somos sacrílegas las dos.

-Bueno -dijo Nina y alargó la mano y comió con desesperación los tres últimos bocados como si se tratara de comerse su propia alma con veneno. Parecía un banquete larguísimo.

Al final nos miramos y ella quiso abrazarme pero yo corrí y la dejé sola en la cocina, espantada y entre sus mayores peligros, que eran sus deseos, y fregando cacharros y cucharitas de metal.

Yo quería alejarme de Nina en estos días porque había creído comprender que ella me acercaba, más que nadie, al infierno, así que me pareció ingenioso el truco de darle a comer obleas que no eran hostias todavía, pero que ella las suponía benditas, como si hubiéramos cometido juntas un pecado similar al de Adán y Eva, sólo que ellos saborearon manzanas. Pronto iba a ser el día de la “primera confesión” y yo -le decía- iba a borrar todas mis culpas. Ya no podría estar más a su lado, tan purificada yo, tan sucia ella.

Nina estaba convencida de que no tenía acceso a la confesión -pese a que había comulgado de niñita, en su país- porque jamás iba a la iglesia y porque a la iglesia adonde me llevaba a estudiar el catecismo veía entrar a señoras elegantes, a algunos de los hombres más distinguidos de la ciudad y a sus hermosos y maleducados niños. Yo no la saqué de esta certidumbre, pero lo cierto es que le conté a la maestra de catequesis toda la historia del sacrilegio de Nina, y ella me dijo que, en realidad, era yo quien había cometido el pecado mayor, no sólo por el robo de las obleas a las monjas sino por inducir a alguien a comerlas haciéndole creer que eran la hostia consagrada. Me dijo que debía decírselo a Nina, decirle que lo que había comido era un simple pedazo de pan, pero que, como lo había hecho convencida de que comía el cuerpo de Cristo con dulce de frutilla, debía utilizar con la debida urgencia el sacramento de la confesión. Y, por supuesto, yo también tenía que decirlo todo, con lujo de detalles, cuando me confesara por primera vez.

-Es más -dijo la señorita Sonia-. Voy a arreglar para que te confieses antes que las otras nenas y así puedas venir con Nina y lo haga pronto ella también.

Le dije a Nina:

-Mañana tenemos que ir a confesarnos porque yo le conté a la señorita que comimos las hostias -pero no me animé a darle mayores explicaciones.

Pasé una noche tenebrosa tratando de no llorar para que Nina no se acercara y se metiera en mi cama, temblando por el infierno e intentando decidir qué era más espantoso, si confesarle al cura todo, pero absolutamente todo, hasta lo de lavarme las manos en el agua bendita, o bien condenarme para siempre, cuestión que, por otra parte, estaba como a setenta años de distancia.

Me decidí por lo segundo, y a la mañana ya había recuperado la calma y la alegría, aunque tenía mucho sueño.

-¿Saben que omitir un pecado mortal al confesarse es más que un sacrilegio? -preguntó la señorita Sonia, que nos estaba esperando en la puerta de la iglesia.

-Sí -dije orgullosamente yo, y Nina dijo también, humildemente, sí, pero más que nada porque estaba abrumada por la presencia aristocrática de la señorita Sonia.

Le aseguré al cura que no tenía muchas faltas, apenas unas mentiras y alguna que otra desobediencia, y un día que no hice los deberes y otro que me pelee con una compañera, y el cura dijo:

-Eres un ángel todavía. Espero que no te dejes caer jamás.

-¿Qué es caer? -le pregunté levantando los ojos tratando de que me viniera el resplandor de la inocencia a la cara y que éste se viera a través de la mirilla del confesionario. Yo sabía que se hacía así: grandes ojos abiertos mirando hacia muy arriba y pensando en un cielo azul. por ejemplo. El me dijo que rezara un padrenuestro por toda penitencia.

Me arrodillé en el banco para rezarlo junto a Nina, que hacía un largo rato que lloraba y oraba.

Cuando salimos me dijo que lloraba porque no sabía exactamente de cuántas y de cuáles oraciones se componía un rosario y no se había atrevido a preguntárselo al cura, que le había dado a rezar un rosario como penitencia, tengo entendido que es la penitencia más grande que se da, y como no sabía, seguía estando en pecado.

Creo que lo estuvo para siempre, ya que yo jamás le revelé que son 53 avemarías, 6 padrenuestros y 6 glorias, porque ya había dejado de creer en Dios, en Nina y en el diablo y era mala y feliz.

Envío

Un beso en las mejillas de cada lector

Mora

Monografias

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Comentarios

6 respuestas a “Nina”
  1. Luis A. dice:

    Maravilloso texto, años leyéndote y este mi primer comentario. Me gustó mucho, es variado en situaciones, divertido, genial.

    Saludos. Besos!

  2. francisco cabrera dice:

    excelente!

  3. Joise Morillo dice:

    Saludos querida. Encantador, humano muy humano relato “veras” o ¿si!?
    No, soy muy freudiano, y Lacan me es un poco de lo mismo Freud, pro objetivo en partes y subjetivo en otras, si defendiera a Fromm me conformaría con mis acepciones anti-religiosas pero cristianas –perdonen la paradoja- no obstante ser indiferente con la concupiscencia por ser humana demasiado humana. Por tanto no la condeno y en cambio aleluya con lo carnal.
    Mente sana en corpus sanos –valga la combinación- “conoceos a vosotros mismos”.
    La exhortación Conócete a ti mismo estaba esculpida sobre el dintel del templo de Delfos, para testimoniar una verdad fundamental que debe ser asumida como la regla mínima por todo hombre deseoso de distinguirse, en medio de toda la creación, calificándose como « hombre » precisamente en cuanto « conocedor de sí mismo ». (Fides et Ratio) encíclica para la fe y la razón JPII 1998
    Quien quiera estar conforme con su vida debe haber sabido dilucidar o debe dilucidar de lo que es capaz de hacer para ser feliz consigo mismo si perturbar la paz del otro o del prójimo. Alienar a otros es perturbar. Empero si la acción de enseñar comprende un camino a la felicidad y el bienestar de los demás es más que dado a merito el esfuerzo.

    He sembrado en vos

    He tocado vuestra voz, y oído vuestra alma
    de los cielos la calma, el silencio del amor
    no recuerdo el dolor, ni haber habido mansalva
    los hechos, las albas, las disfrutamos los dos.

    Os obsequio mi pendón y recibiré vuestro escudo
    tengo con vos hecho un nudo
    si lo apretáis mejor.

    No he querido adularos como siervo sin ofrendas
    ósculos con miel y bordados os daré
    y pétalos de flor.

    Yo se, no soy mejor; mas, se parecerlo
    como sabia candente
    he lamido vuestro humor.

    y después de días y noches compartiendo amaneceres
    desbordando derroches y, recogiendo placeres
    he de sentirme ufano, con mi carne y no mi mano
    he sembrado en vos.

    Os ama

    Joise

  4. emmanuel gonzalez angulo dice:

    no se que decir; me aburrio…; no entendi, no se cual de los dos fue primer…vaya!!

  5. felipe humberto rizzo dice:

    Cuanto oficio, es realmente inocentemente erótico. Mil gracias por compartirlo.

  6. luis b martinez dice:

    Extraordinario relato. Más que extraordinario. Provoca decirte que como herencia del cuento vuelvas a ser la niñita del culito lindo y como tal escribas otro cuento como éste pero con una Nina similar besándote el pipi y tú, siempre de niña, y siempre escrutadora, disfrutando de un orgasmo a plena conciencia, bien pecaminoso y total. Y así hasta el desmayo. Dios ha muerto.



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