Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Invasión de personajes (2a. y última parte)

Fue un fracaso el cuento del miércoles pasado (¡Del Fracaso a la Grandeza!). Pedí que algunos de ustedes lo continuaran -aunque yo lo haría también por mi lado- pero no hubo respuesta (Cuan feliz, es ser muy feliz).

Los comprendo, los perdono, me pongo en sus zapatos: ante un caso similar, tampoco lo hubiera hecho. ¿Por qué concluir un cuento que ni siquiera imaginé yo misma? (El proceso de Ayudar).

De todos modos cumplo con la segunda parte (Clientes satisfechos).

A quienes no leyeron la primera y quieran entenderlo, les ruego la busquen y la lean.

¡Les pido tantas cosas! ¿Por qué no pedirles una más? ¡Y tan simple! (Aproximación a la filosofía y género de vida cínicos).

Invasión de personajes (2a. y última parte)

…Toda esa ropa había sido lavada y llevada directamente del lavadero a los cajones, sin dar vueltas las mangas, sin revisar bolsillos, sin planchar o, al menos, darle forma con las manos.

La extendí sobre la cama y empecé la tarea. Solía guardar papeles en los saquitos y pantalones o en cualquier bosillito de las blusas, y a veces me olvidaba y los metía llenos de contenido en el lavarropas.

La inspección fue minuciosa. Estiré cada prenda, busqué sus posibles tesoros, la doblé y la guardé.

No encontré nada, ni un humilde billete de 2 pesos.

Intentaba recordar cuándo había usado cada pantalón, blusa o suéter. Por ese método descubrí a la señora que reprendía a su hija por la calle Florida. La señora tenía rasgos muy duros ante su hija, una tímida muchachita de diecisiete años. Pero la historia era totalemente intrascente, el recuerdo del todo descartable.

Al que me interesaba recordar era al hombre maduro que decía en mi cuaderno, con esa voz tenebrosa, inconfundible: “¿Acaso no te acuerdas de mí tampoco?”. Y remataba: “No sólo me viste en tu sueño. También conversaste conmigo”.

Parecía una frase intemperante y nada más, pero mi mente la leía con tonos de amenaza, por lo menos de confrontación, y le atribuía un rictus amargo a la boca que hablaba.

Aunque no encontré entre mi ropa ningún conjunto que recordara haber usado para tener un diálogo con un señor malhumorado…

Dejé de pensar en las librerías de viejo: conocía las voces de todos los antiguos libreros adonde concurría, y no pertenecía a ninguno de ellos esa voz.

Seguí doblando, acomodando. Cerré cada cajón y, en el último, quedó afuera una parte de mi jean azul. Era precisamente el bolsillo de mi jean azul, y allí había un papel.

Lo desdoblé, lo estiré con delicadeza. Sólo tenía un número de teléfono que ni remotamente recordaba haber anotado, aunque era mi letra. Mejor dicho, mis números, dibujados sobre una tira de papel, un boleto.

Seguí trabajando, pero ese número se convirtió en mi nueva obsesión. ¿Dónde, cuándo, cómo, vestida de qué colores además del azul del jean, había escrito ese número? Yo lavaba bastante seguido mis conjuntos, no debía haber pasado mucho tiempo…

En determinado momento la obsesión traspasó el miedo y la curiosidad y borró todos los interrogantes anteriores que habían quedado suspendidos en el aire de otoño de mi alma. ¿Qué importaba que mi mano escribiera sola en el cuaderno, si yo le había dado libertad? ¿O que la voz me amenazara?

Lo importante consistía en descubrir ahora a quién pertenecía el teléfono con ese extraño número. En cuanto a terror y expectativa, no era menor -porque yo era muy supersticiosa- que el mismo terminara en triple seis, el número emblemático del anticristo.

“No, no -pensé-, me estoy volviendo loca por simples tonterías. Basta con que llame por teléfono y, seguro, se resolverán mis dudas.”

Pero no se resolvieron ese día, porque no me animé a acercarme al teléfono ni siquiera para atender cuando llamaban.

A la mañana siguiente dejé de lado el desayuno y los preparativos y me puse a escribir. Escribí con lápiz algo desafilado, pero bastante coherente. Borré con rabia todas las voces extemporáneas que habían aparecido y que seguían apareciendo -entre ellas un coro de niños-, y terminé un cuento soso, equilibrado. No me gustaba pero me daba certificado de salud mental, me tranquilizaba.

Con esta certificación tan elocuente, tomé el teléfono y llamé al “anticristo”.

En el primer “hola” reconocí la voz de mi cuaderno.

Cuando esa voz preguntó quién llamaba, le di con heroísmo mi nombre.

Su respuesta fue copia del cuaderno, un reproche que decía con las mismas palabras y tonos: “¿Acaso no te acuerdas de mí? No sólo me viste en tu sueño. También conversaste conmigo”.

Y no fui yo la que cortó la comunicación, fue él. Por eso este aire de extrañeza que se me incrustó para siempre en los ojos.

Envío

Ojalá que les guste el final. Ojalá que escriban que les gustó mucho o poco. Ojalá que me escriban…

Mis abrazos

Mora

Monografias

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Comentarios

4 respuestas a “Invasión de personajes (2a. y última parte)”
  1. Joise Morillo dice:

    Querida si me gusto muchisimo, ahora os envio el dizque poema corregido, eliminad el anterior muy fuerte y discolo.

    ¡Musas para una barda!

    Musa mala que arrebata y me enseña su locura
    Musa buena que perturba o me llena de dulzura
    Musa triste que revienta, majadera tal ninguna
    Musa Magdalena que me tuerce, me revira, me tortura
    Que las plumas y pinceles sin abastos a escrituras
    Dejan cientos de ideas en las cienes, muy adentro
    ¿Serán, inspiración alguna?
    O, peroratas, entelequias, dependencias de lo absurdo
    No, en vez de burdas son hetairas, eruditas, profetizas
    ¿Cabalgantes de necedades, díscolas, censurables?
    No, son potencia de estética, son amor.

    Dominantes de esperanzas
    Lúdicas, optimistas
    Sueños someros y profundos con piélagos de alabanzas
    Hades de orates lucidos de incoherencias gratas
    Alas que agita el Ícaro poeta en aras de alcanzar el cielo
    Hacedoras de epístolas, de evangelios
    No de ateos ambiguos y espíritus de hierro
    ¿Serán esas todas las musas? ¿Serían esas vuestra iluminación, barda?
    Si lo son,
    Serán areópago de lucernas para vos, anfitriona.

    Os ama
    Joise

  2. Fernando Rosso dice:

    Me gustó mucho! Gracias Mora.

  3. felipe humberto rizzo dice:

    Un final difícil de igualar por no compartir la misma Musa inspiradora, que al igual que los ángeles de la guarda solo hay uno por persona y no se pueden compartir, nacen y mueren con uno.
    Hermoso final.

  4. Gerardo Martín Solá dice:

    Excelente Mora! Como siempre, Ud me sorprende. Pero es natural que uno no quiera darle final al cuento iniciado por otro. Lo que si podemos hacer, es pensar en otros finales posibles, eso es mas fácil. Gracias!



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