Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Invasión de personajes

Llovía (Mientras la lluvia cae…), y yo estaba escribiendo (Los cuentos de Canterbury). Escribía algunas líneas y levantaba la mirada hacia la ventana. Observaba cómo las cosas cambiaban de color, el verde de los árboles era más verde y todos los objetos parecían tener un barniz que los hacía muy atractivos, afuera (Transformaciones geométricas en el plano).

Adentro, adentro de mi cuaderno de escritura, el cuento progresaba hacia un horizonte desconocido. Siempre era así, y siempre me intrigaba el final (El Inmortal).

De pronto sentí la imposibilidad de mojar mis palabras con la lluvia, de traer el viento para que las batiera. Yo quería llevar adentro del cuaderno el paisaje, la lluvia, la desesperación de los pájaros (Elogio a la lectura, la escritura y otros deberes).

No lo conseguí,  e inicié una violenta discusión con mi primera persona del singular (Sujeto humano y conocimiento).

En mis cuentos, salvo muy honrosas excepciones, era yo la que narraba todo. Y más aún, demasiadas veces era la protagonista o el protagonista principales (Género Narrativo).

Sin embargo, había una cosa que me impelía a seguir con el trabajo y se trataba, como dije, del final. A menudo extraía lecciones del final de mis cuentos, no moralejas pero sí lecciones de escritura: cómo no debía escribirse, por ejemplo.

Otras veces, las menos, el final me asombraba. Quizás había empezado la narración con la ingenuidad de una niña boba, y terminaba siendo un lama tibetano, no por ninguna reencarnación especial sino por un juego que las palabras jugaban sabiamente a pesar de mi torpeza.

En las raras ocasiones en que conseguía esos deslumbramientos sentía una especie de felicidad. Comprendía que, desde el punto de vista exclusivamente literario, no había hecho nada que mereciera esa felicidad, pero también sabía que yo, mi propio ser, había crecido tanto como para llegar hasta los pies del lama. O de Buda, o de Sócrates, o de Cristo. O que había descendido a los sentimientos de un insecto, según lo que hubiera escrito en el cuaderno.

Ese día de lluvia en que estaba escribiendo fue el principio de un combate desigual que se cobró muchos peones de mi rústico ajedrez, el ajedrez lleno de delicadas telarañas que se interponía con mis pensamientos y con mis emociones (Funciones del lenguaje).

No vencí a la primera persona del singular: se me enquistó. Pero vi que no pudiendo vencerla, tenía que darle libertad, como a un ave inocente o a un animal salvaje.

Y se la di, abrí la jaula. Vi que la carcelera llamada Señora Literatura no era áspera ni irónica, sino que me dedicaba una tierna sonrisa y me dejaba pasar. Me pareció que detrás de mí murmuraba: “Total, tantos ya han pasado…” (Literatura).

Me puse a escribir con dedicación total; me obsesioné con cada historia que parecía un buen argumento, ya se tratara de los pájaros que golpeaban los vidrios de mi ventana y caían muertos o de conversaciones que escuchaba en la calle y me resultaban inspiradoras.

Ya había solucionado varios problemas sobre literatura, arrancándolos de cuajo de mi mente y de mi corazón. ¿Qué era escribir bien, qué era escribir mal, quién era yo como narradora para describir lo que ocurría en el fondo del alma de otros personajes? ¿Cómo les había oído la voz?

Superados todos estos obstáculos, llenaba cuadernos día y noche, noche y día.

Ahora estaba redactando una fluida crónica sobre un día cualquiera. Esperaba que sucediera alguna cosa notable casi al final de lo que estaba contando, o directamente en la frase final. Pero fue mucho más inoportuno lo que sucedió.

Por falta de inspiración, al principio describí a una señora que estaba en su balcón tendiendo ropa, esa mañana. La veía, como muy a menudo veo lo que describo, desde mi ventana.

En aquel tiempo yo vivía en un séptimo piso, en el barrio de Barracas, y hasta creo inclusive que ese detalle de la descripción lo utilicé en otra narración, en una nouvelle, pero no estoy segura.

Sin embargo, aunque seguía escribiendo, no estaba nada satisfecha con lo que sucedía. Esa señora de peinado alto, con una bata rosa, ¿a qué lugar podría llevarme?

Me levanté a hacer café, lo tomé lentamente. Volví a escribir con la sensación de que había encendido mi lapicera sólo con esas gotas de cafeína.

Escribí: “¿Y yo? ¿No recuerda que anotó una frase mía cuando discutía con mi hija por la calle Florida, y usted estaba acechando?”.

Mi desconcierto por la mano a la que yo le había permitido escribir sola lo que deseara fue enorme.

Era verdad que ocasionalmente anotaba frases al pasar, era verdad que recordaba a una mujer discutiendo con otra más joven cuando salí a comprarme un par de guantes en la calle Florida.

Me dispersé. ¿Qué estaba haciendo allí esa mujer, gritándome?

Me ofendí. Decidí  suspender la escritura hasta el día siguiente. De cualquier modo, no borré los gritos de la señora madre que me interpelaba. Quizás había estado discutiendo por algo muy serio con su hija.

Dormí bien esa noche y me levanté muy fresca, aunque por mí rondaba la idea de haber tenido una pesadilla que ya no recordaba en algún momento de mi sueño.

Me preparé con un buen desayuno, y volví a la batalla, lapicera en ristre.

Mi mano escribió: “¿Acaso no te acuerdas de mí tampoco?”. Me asusté. Parecía una voz masculina. Me estremeció el tono sombrío que le imprimía a su voz el hombre.

Con toda conciencia, me obligué a escribir: “No, ¿quién eres?”. Y dejé en libertad entonces mano con lapicera.

Él contestó: “No sólo me viste en tu sueño. Además conversaste conmigo en la vida real”.

Esta vez me levanté de la silla para fumar dos o tres cigarrillos junto a la ventana. Trataba de ubicar quién era el tipo. Al sueño no podía recordarlo, pero yo conversaba a menudo con taxistas, con gente que atendía kioscos, con mozos que me traían café, con floristas que me vendían diferentes flores, según la estación. Conversaba con hombres muy fatigados que atendían las librerías de viejo y que sabían infinidad de anécdotas, pero estaban demasiado cansados para contarme el final, o entraba algún otro cliente.

Por más que me esforcé, no conseguí dar con el que se había aparecido en mi cuaderno.

Sentía curiosidad, pero también un miedo muy sutil, y frío como un cuchillo. La historia empezaba a pesarme como un acoso de locos personajes. No me animé por ese día, y ya iban dos jornadas, a seguir escribiendo.

Decidí dedicar lo que quedaba de la mañana y toda la tarde a poner orden en mi casa, en especial en mi ropa guardada en el placard, que parecía una masa informe de colores… (continuará)

Envío

Les propongo algo, mis amigos. Yo continuaré escribiendo el cuento y les daré a conocer el final el próximo miércoles, aunque… Se me ocurre que una interesante variación -y podría ser más que interesante- es que algunos de ustedes lo completen, le pongan un final, con su gusto y su arte.

Mientras tanto, seguiré bordando este delirio.

Espero todo eso y mucho más del amor que me dan, gracias!

Mora

Monografias

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Comentarios

2 respuestas a “Invasión de personajes”
  1. felipe humberto rizzo dice:

    Querida amiga, con toda la imprudencia y desfachatez de “escribidor” me animo a completar tu cuento. Espero me perdones.
    “………………………………………………………………………………Con toda conciencia, me obligué a escribir: “No, ¿quién eres?”. Y dejé en libertad entonces mano con lapicera.
    Él contestó: “No sólo me viste en tu sueño. Además conversaste conmigo en la vida real”.
    Esta vez me levanté de la silla para fumar dos o tres cigarrillos junto a la ventana. Trataba de ubicar quién era el tipo. Al sueño no podía recordarlo, pero yo conversaba a menudo con taxistas, con gente que atendía kioscos, con mozos que me traían café, con floristas que me vendían diferentes flores, según la estación. Conversaba con hombres muy fatigados que atendían las librerías de viejo y que sabían infinidad de anécdotas, pero estaban demasiado cansados para contarme el final, o entraba algún otro cliente.
    Por más que me esforcé, no conseguí dar con el que se había aparecido en mi cuaderno.
    Sentía curiosidad, pero también un miedo muy sutil, y frío como un cuchillo. La historia empezaba a pesarme como un acoso de locos personajes. No me animé por ese día, y ya iban dos jornadas, a seguir escribiendo.
    Decidí dedicar lo que quedaba de la mañana y toda la tarde a poner orden en mi casa, en especial en mi ropa guardada en el placard, que parecía una masa informe de colores. No sé en que momento me quedé dormida y fue ahí cuando lo descubrí.
    Recordé que la tarde anterior, cansada de caminar busqué un banco bien sombrío donde sentarme a descansar, como de costumbre en mi bolso llevaba un libro que nunca terminaba de leer, absorta en su lectura no noté la presencia del extraño que se había sentado a mí lado.
    -Perdón señora, ¿por casualidad el libro que está leyendo no es el que yo olvidé hace un tiempo en este mismo banco?- me preguntó.
    Aún me lo pregunto y no tengo respuesta, al ver sus ojos lo reconocí, era el hombre de mis sueños, cerré el libro y sin decir palabra alguna se lo entregué. Sin un gracias tan siquiera lo arrebató y apretándolo fuerte contra su pecho más que caminar corrió.
    Esa noche me costó dormir, la imagen del hombre apretando mi libro contra su pecho no me dejaba conciliar el sueño, por momentos desde la penumbra de mi dormitorio me parecía oír su voz”.
    REENCUENTRO
    Ante tu sola presencia, mi espíritu estalló en mil petardos de colores. No lo podía creer, tanto tiempo sin ti. Estaba embelesado, más que embelesado, atrapado entre las redes de la electrónica y sus dominantes criaturas. Fueron la televisión, los celulares, las computadoras, las Tablet, los iPhone y otras más de difícil pronunciación las culpables de tan deleznable acción. Por ellas te fui olvidando, y hoy, sin querer, te encontré.
    ¡Al fin te volví a encontrar! ¿Cuánto tiempo solo y abandonado?, sin certezas de tu destino, sin embargo, fue tu aún fresco perfume, quien cual mágico vaho impregnó con su aroma mis aletargados sentidos haciéndome revivir los momentos vividos junto a ti.
    Te pido por favor, festejemos y bailemos juntos la danza del reencuentro sin importar el tiempo pasado, vivamos el hoy antes que regresen los duendes malignos de la cibernética, sé que soy débil y puedo flaquear, por favor, no te detengas, sigamos danzando como ayer, enamorados, olvidados del mundo, solo nosotros dos y los sones de una música celestial brotando de nuestros corazones.
    Déjame penetrarte, quiero gozar los sublimes momentos en que fuiste mío, ¡sólo mío! Por favor, no me niegues el placer de volver a acariciar tu cuerpo, recorrer con mis torpes dedos los sutiles pliegos de tu interior. Déjame cerrar los ojos y adivinar tus pensamientos más profundos, uno a uno, hasta llegar al clímax del inesperado final.
    Hoy como ayer quiero compartir tus secretos, ser yo el único en abrir los crípticos capítulos de tu ser y solazarme con tus conocimientos.
    Déjame gozar de tus íntimos colores antes de que te cierres a mis ardorosos reclamos. Por favor, no temas a mis ímpetus, te juro que he cambiado y hoy respetaré tus pausas, así sean de mil o más horas, solo quiero vivir junto a ti sin importar el tiempo que sea.
    Por favor, no me desprecies, volvamos a ser amantes. Se lo difícil que es creerme, fui díscolo, infiel y desagradecido, no supe valorar tu entrega total y por eso te perdí.
    No me importa si pasaste por otras manos, estoy seguro, no fueron tan cariñosas, lo veo en tu ajado rostro y las feas cicatrices que lo surcan, dame otra oportunidad y verás que nadie te acarició con tanto amor y ternura. Déjame curar tus heridas por profundas que sean, ¿el elixir?, mi pasión. Prometo no volver a olvidarte y mucho menos abandonarte, así envejezcas y tu ajado cuerpo no tenga el brillo de antaño te seguiré amando como el primer día, día que jamás debí olvidar, te entregaste sin oponer reparos, dejaste fuese el primero en desnudar tu cuerpo y desflorase tu más preciado tesoro. Te brindaste entero a mis ansias de posesión sin importar tus deseos de compartir tu vida con otros amantes y aceptaste sin protestar compartir la mezquindad de mi ser.
    Déjame morir contigo, hoja a hoja, querido amigo, tú en mi mesa de luz o en el anaquel de mi biblioteca, y yo, abrazado a tu recuerdo yaciendo en mi lecho mortal.
    Un último pedido querido amigo, si me voy primero, por favor no dejes que apaguen la luz, quiero seguir leyendo hasta el infinito lo más íntimo de tus pensares.
    JULIO 2.013 Felipe H. Rizzo

  2. Joise Morillo dice:

    Saludos querida, estas, las creo, las invasoras de vuestra inspiración…

    ¡Musas para una barda!

    Musa mala que arrebata y me enseña su locura
    Musa buena que perturba o me llena de dulzura
    Musa triste que revienta, majadera tal ninguna
    Musa puta que me tuerce, me revira, me tortura
    Que las plumas y pinceles sin abastos a escrituras
    Dejan cientos de ideas en las cienes, muy adentro
    ¿Tal que inspiración?
    O, peroratas, entelequias, dependencias de lo absurdo
    No, Más que burdas son hetairas, eruditas, profetizas
    ¿Cabalgantes de necedades, díscolas, censurables?
    No, son potencia de estética, son amor.

    Dominantes de esperanzas
    Lúdicas, optimistas
    Sueños someros y profundos con piélagos de esperanza
    Hades de orates lucidos de incoherencias gratas
    Alas que agita el Ícaro poeta en aras de alcanzar el cielo
    Hacedoras de epístolas, de evangelios
    De ateos ambiguos y espíritus de hierro
    Esas sois vosotras musas,
    Esa sería vuestra iluminación, barda
    Areópagos de lucernas para vos, anfitriona.

    Os ama
    Joise



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