Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Penumbra

Ahora que se apagaron todas las luces (La Revelación de la Luna) puedo hablar de las sombras de mi infancia (La filosofía de Platón).

Hubo varias, pero la que casi llegó a definirse y a dejar de ser sombra para poder ser mirada de frente y de perfil fue una con la cual hice un cuento no de terror pero sí de delicado escalofrío -no sé si lo logré, quise lograr eso (Ensayo sobre la Teoría del Caos).

Son los peores para los corazones débiles: el horror sutil (El corazón de las tinieblas…).

El monstruo que no está detallado sino que lo detalla la imaginación de quien lo lee, y la inteligencia de aquel que lo descifra -yo no lo descifré, puedo escribir un cuento, pero no muy a menudo descifrarlo (Psicología filosófica).

En estos caso la infancia es infalible para llenarnos otra vez del miedo que tuvimos, y gozamos (El miedo en la infancia).

Penumbra

Siempre había una sombra, en mi infancia. Era una sombra que estaba afuera, pero que yo llevaba a todas partes.

Se deslizaba por la biblioteca de mi padre, caía como un rayo -de sombra- sobre el libro más triste, el de Leopardi, o el más oscuro, Compulsión (Asesinos en serie).

Yo jugaba a las escondidas con mis amigos y la sombra estaba allí, adentro del ropero, detrás del árbol, en el hueco de la escalera.

Una que todavía no tenía forma definida, era abstracta, aunque yo no supiera el significado de esa palabra (Los niveles lingüísticos).

Día a día, mes a mes, año a año, se definía un poco más, sin que llegara a comprender su dibujo todavía, pero formándose.

Mirándola podía imaginar cómo iba a crecer, madurar y, quizá, morir un día antes que yo. Pero nadie más podía imaginarla, ni siquiera mirarla.

Y no es que me hiciera la misteriosa: quería compartirla con mis amigos y eso resultaba imposible. Les hablaba de ella, que mientras tanto ya crecía me parecía casi hasta el final, y ellos no la veían, no la imaginaban, ni siquiera se les ocurría ponerle un nombre para saber de qué hablábamos.

En ese tiempo mis amigos y yo teníamos mucho tiempo -es decir, en ese tiempo el tiempo existía- para quedarnos sentados repitiendo nombres posibles para cualquier cuestión, fuera una muñeca, una aventura o un pecado, así que les propuse bautizar a mi sombra.

En el fondo creíamos que tal bautismo sería una especie de exorcismo que la haría desaparecer, y yo podría subir las escaleras, colgarme de las ramas de los árboles, encender velas en las noches de tormenta cuando se cortaba la corriente sin que ella nunca más estuviera presente.

Les propuse encontrar primero un nombre y después bautizarla.

Estuvimos reunidos en los escalones barajando nombres que de verdad significaran algo.

No puedo contar las veces que tuve que frenar a algunos que querían llamarla Muerte, porque esa sombra, al tener crecimiento, no se parecía en nada a la muerte. Inmediatamente alguno decía: entonces llamémosla Vida, si es tan opuesta. Y yo le explicaba que si bien crecía no tenía tampoco nada que se pareciera a la vida. No tiene luz, ni calor, ni manos, ni brazos para abrazar, y es fría, les hacía notar.

Un niño dijo: algo que esté entre la vida y la muerte, entre la luz y la oscuridad, y, aunque yo no estaba del todo conforme, le elegimos el nombre de Penumbra.

Faltaba el día del bautismo, que preparamos con casi una semana de anticipación.

Mi hermano se puso sobre los hombros el acolchado con que solía dar misa en mi habitación mientras yo tocaba la campanilla, porque soy mujer y me estaba vedado participar en las labores del sacerdote.

Mi hermano se comía la hostia y se tomaba el vino que habíamos robado, cuando daba misa.

Y en lugar de asumir que cometía una herejía, se sentía purificado.

Pero esta vez no le permití apoderarse del bautismo. La sombra no sólo era mía, sino que yo sola la veía. Los otros chicos me dieron la razón y me pusieron un vestido que quería ser de sacerdotisa y era una prenda pagana de una tía abuela a la que los años le habían urdido otra trama, como un encaje hecho con agujeros.

Yo tenía en mis brazos a mi sombra; para mí era visible que le estaban creciendo las piernas, largas y, quizás, esqueléticas. La íbamos a bautizar llamándola Penumbra, luego daríamos un pequeño refrigerio con mi hermano -de sobrenombre Pato-, y convidaríamos vasos de limonada.

Pato se puso sobre los hombros el acolchado con que solía dar misa en mi habitación mientras yo tocaba la campanilla, porque era mujer y me estaba vedado participar en las labores sacerdotales.

Mi hermano había depuesto su misión de sacerdote para sólo abrir la canilla y entregarme tres gotas de agua -él de todos modos bendecía las gotas de agua- para que yo las pusiera sobre la supuesta frente de mi sombra y dijera despacito su nombre: Pe-num-bra.

La cocina estaba llena de chicos expectantes.

Pero la sombra se escapó de mis brazos antes de que Pato abriera la canilla, se trepó por mis piernas para llegar al suelo y pasó entre los tantos niños aterrorizados que había, tocándolos mientras ellos gritaban.

Ellos la vieron por fin, la tocaron por fin, pero nunca más supieron de ella -¿a dónde fue?- que no alcanzó a llamarse penumbra.

Yo sí. Vino a mis sueños un día -ya era yo una mujer adulta- y me explicó que no era ése el nombre que la nombraba, que hubiera sido un contrasentido, o una paradoja, no sé: ¡una trampa!, dijo en verdad. Y gritó, y se fue sin que yo alcanzara a preguntarle por su auténtico nombre. Pero sí vi que había crecido tanto que ocupaba todo mi cuerpo más la cama matrimonial, y quizá vi una pequeña garra, no estoy segura.

Todavía espero tener otro sueño revelador. Aunque me preocupa un poco que esté viva, aún.

Algunos de mis amigos de esa época, que estaban ese día del bautismo, me preguntan si ahora creo en lo inexistente.

Ellos vieron la sombra, pero la pregunta es incoherente aunque jamás la hubieran visto.

¿Cómo contestarla?: Creo, pero no es inexistente. O: Creo, pero lo inexistente existe. O: No creo en lo inexistente.

Esta última respuesta, ahora lo veo, es la más clara. Es perfecta, diría.

Podré creer en cosas raras, sobrenaturales, terribles, pero jamás creeré en lo inexistente.

Y creo en mi sombra sobre todas las otras cosas mencionadas. ¿Y ustedes?

Envío

Me quedé esperando lo que, supongo, hiciste tanto esfuerzo para mandarme y no llegó. Prueba de nuevo. Ojalá yo pudiera ayudarte.

Joise, gracias, como siempre.

Felipe H.: tu firma me honra como un homenaje caprichoso. Bello tu cuento-poema. Creo en tu destino recto hacia los libros editados.

Abrazos a todos, por mil…

Mora

Monografias

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Comentarios

3 respuestas a “Penumbra”
  1. felipe humberto rizzo dice:

    Querida amiga, como siempre sorprendiéndome con sus hermosos cuentos y hacer me sienta tentado a cometer el pecado de compartir uno que por su paralelismo o rara coincidencia escribí hace un par de meses atrás y que también se refiere a una sombra. Espero nuevamente sepa disculpar mi atrevimiento.

    LA MANCHA
    Lentamente, la bucólica tarde de Diciembre parecía fundirse con el eminente anochecer. Miré el reloj por segunda vez, tenía la sensación que andaba más lento y que los minutos ya no eran de sesenta segundos, no sé cuantos, pero si notaba que la más fina de sus agujas se movía perezosamente (si se le puede decir perezoso al monótono andar de una de sus agujas). Quizás fuesen mis ansias las que me hacían verla más lerda que de costumbre.
    Una tenue penumbra comenzó a invadir mi escritorio y solo el brillo de la pantalla de mi computadora daba algo de luz. Volví a mirar la hora, solo dos minutos y la misteriosa mancha comenzaría a aparecer en la pared, lo hacía justo debajo del clavo donde durante años estuvo colgado una vieja lámina de una sufriente “Madonna” sosteniendo el inerme cuerpo de su hijo sobre su regazo. La imagen me deprimía, así que un día la descolgué y guardé en el fondo de un cajón de mi biblioteca.
    No recuerdo cuando la descubrí, solo sé que me preocupó su aparición; hacía pocos días que habíamos pintado la habitación y esto era realmente un problema. Llamé al pintor, estuvo un largo rato tratando de descubrir el motivo de su aparición. Varias veces me preguntó si pasaba algún caño de agua dentro del muro, le contesté que no, que la cañería más cercana se encontraba más allá del living, sobre la pared de la cocina y el baño, o sea, a más de 10 metros de distancia. Abrió su bolso, sacó una espátula y raspó hasta encontrar el revoque, y nada, ni rastros de humedad.
    Es algo raro e inusual, pero podría ser una falla de la pintura -me dijo- suerte que nos sobró más de un cuarto, así que ahora solo le pondré un poco de enduido y mañana la lijo y vuelvo a pintar. Pintó y repintó varias veces y la mancha se resistía a desaparecer. Cansado de lidiar me pidió paciencia y que dejáramos pasar una semana antes de volver a insistir, confiaba que quizás fuese algo de agua que vaya uno a saber cómo se mezcló con el látex. Recogió sus herramientas, me saludó y se fue.
    Me dormí pensando en ella y al despertar lo primero que hice fue ir a ver la mancha y esta había desaparecido. Corrí las cortinas pensando que al disminuir la luz volvería, y no, la pared se veía impecable. Satisfecho por el resultado tomé el teléfono, quería quitarle una preocupación al pobre hombre comentándole el excelente resultado de su trabajo. Una voz llorosa me atendió: -“Lo siento, pero anoche tuvo un accidente, lo atropelló un auto y falleció”. Solo corté sin atinar ni tan siquiera darle el pésame. Me sentía culpable, de no haber sido por la maldita mancha en la pared de mi escritorio, el pobre hombre estaría vivo.
    Fueron interminables las horas esperando el momento en que la Luna comienza a reemplazar al Sol. Encendí la computadora y apagué la luz. Casi no pestañeaba, la ansiedad por saber si volvía a aparecer me hizo olvidar la desgracia acaecida al pintor.
    Lentamente una difusa mancha comenzó a aparecer, al principio era una descolorida figura, hasta que su opacidad dio paso a una forma más oscura que se destacaba sobre el color beige de la pared y me daba la impresión que colgaba del clavo donde antes estuvo la “Madonna”.
    Sus primeros rasgos fueron como si se tratase de una borrosa y avejentada lámina cubierta por el moho y carcomida por los hongos, pero a medida que la penumbra reemplazaba a la luz estos se fueron resaltando, ya sus trazos se fueron afirmando y surgió la imagen de una mujer sosteniendo en su regazo la inerme figura del pintor.
    No pude soportarlo, tomé el abrecartas y fuera de mí comencé a raspar y descascarar el muro, quería borrarla para siempre, y de ser necesario no pararía hasta horadar la pared. Miré mis manos, gotas de sangre salpicaron mi cara, temí en mi desesperación haberlas lastimado, pero no, era la sangre que brotaba del cuerpo del muerto ante cada raspón o puntazo del abrecartas en mi intento por borrarlo.
    Aterrorizado abandoné la habitación y la casa. Mi último recuerdo es el estridente ulular de la sirena de los bomberos y la figura de un policía tratando de quitarme el bidón de nafta con que rociaba las ardientes paredes de mi escritorio.
    Hace meses que dejé el hospital siquiátrico y me alojé en una pensión muy cerca de la casa. Por las noches no puedo sustraerme a la atracción de acercarme y pasar horas y horas viendo como lentamente una verdosa mancha va cubriendo sus paredes. Estoy seguro que terminará por engullirla y hacerla desaparecer para siempre y recién entonces recuperaré los sueños y proyectos que dejé olvidados en su interior en un desesperado intento de escapar de mis pesadillas.
    21 diciembre de 2.015 Felipe H. Rizzo

  2. Oswaldo R Ordonez dice:

    Un saludo Morita. Bonito tu relato. Igual de F.H. Rizo.

  3. Juan Guevara dice:

    Ambos relatos son excelentes, felicitaaciones a ambos.



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