Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Marzo, 2016

Invasión de personajes

Llovía (Mientras la lluvia cae…), y yo estaba escribiendo (Los cuentos de Canterbury). Escribía algunas líneas y levantaba la mirada hacia la ventana. Observaba cómo las cosas cambiaban de color, el verde de los árboles era más verde y todos los objetos parecían tener un barniz que los hacía muy atractivos, afuera (Transformaciones geométricas en el plano).

Adentro, adentro de mi cuaderno de escritura, el cuento progresaba hacia un horizonte desconocido. Siempre era así, y siempre me intrigaba el final (El Inmortal).

De pronto sentí la imposibilidad de mojar mis palabras con la lluvia, de traer el viento para que las batiera. Yo quería llevar adentro del cuaderno el paisaje, la lluvia, la desesperación de los pájaros (Elogio a la lectura, la escritura y otros deberes).

No lo conseguí,  e inicié una violenta discusión con mi primera persona del singular (Sujeto humano y conocimiento).

En mis cuentos, salvo muy honrosas excepciones, era yo la que narraba todo. Y más aún, demasiadas veces era la protagonista o el protagonista principales (Género Narrativo).

Sin embargo, había una cosa que me impelía a seguir con el trabajo y se trataba, como dije, del final. A menudo extraía lecciones del final de mis cuentos, no moralejas pero sí lecciones de escritura: cómo no debía escribirse, por ejemplo.

Otras veces, las menos, el final me asombraba. Quizás había empezado la narración con la ingenuidad de una niña boba, y terminaba siendo un lama tibetano, no por ninguna reencarnación especial sino por un juego que las palabras jugaban sabiamente a pesar de mi torpeza.

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Cumplo sus sueños, gratis

Un día caminaba en Buenos Aires (Un tango y un último café) por un sitio lleno de locales extraños, y no era un sueño (Mi primer sueño).

En las vidrieras estaban escritas las mercancías que se traficaban (Barrio de San Telmo). Más se compraba que se vendía, y después de unos cuantos negocios cuyos rubros eran el oro y la plata (La ciudad sumergida…), los libros viejos (Quema de libros…), el cartón, empezaron a aparecer otros más singulares. “Compro ojales” o “Compro cuerdas rotas de guitarra” no eran los más asombrosos, “Compro pelo de perro o de gato” tampoco.

Recuerdo uno especial cuya leyenda era: “Si tiene uñas suficientemente largas, se las compro. Yo mismo las corto”.

Me miré las uñas con aprensión. Las usaba normalmente cortas, pero sentí un escalofrío como si fueran tan preciosas que alguien pudiera robármelas.

No me atreví a permanecer mucho tiempo mirando hacia adentro desde la vidriera, porque de pronto se me ocurrió que ese negocio era una excusa para torturar arrancando uñas de pies y de manos, y temí ver una masacre.

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La Pascua tiene perfume a chocolate

Queridos amigos: hace unos cuantos años escribí este “Misterio del chocolate”. No es nada extraordinario, pero es festivo y al leerlo puede que se les haga agua la boca.

Joise visitó por esos años Buenos Aires -hicimos una gran reunión de lectores de Monografías que vinieron de distintos lugares- y me trajo una enorme barra de chocolate venezolano, amargo. Fue la cosa más dulce del mundo (El heroísmo de un pueblo y su poeta).

Otros amigos -hayan venido o no- ya desaparecieron de este espacio, pero la increíble persistencia de Joise me deslumbra.

De todos modos hay nuevos, valiosos miembros de este “club de los miércoles”, por ejemplo Felipe, muy buen narrador.

El misterio del chocolate

La Pascua es una de las fiestas que mejor simboliza la alegría, alegría que podemos por un momento hacer volver de nuestra niñez, más allá de religiones y polémicas religiosas.

Y a tal punto lo es, que el idioma recupera giros coloquiales como “estás hecho unas Pascuas” para expresar que alguien parece muy feliz.

Los huevos de Pascua, el conejo de Pascua y… el chocolate, tienen sabor a infancia.

Y más que a infancia, a misterios de infancia y a ilusiones.

Y refiriéndonos a misterios de infancia (y golosinas), el cuento que más me gustaba en esa época era “Hansel y Gretel”.

Todavía se me hace agua la boca al evocarlo y, a la vez, se me llena de tristeza el corazón, porque a veces me siento como una niña abandonada.

Todos somos niños abandonados, pero no lo sabemos.

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El fantasma de Federico García Lorca

Recién encendimos el televisor. Reproducían el rompimiento del glaciar Perito Moreno, un bloque de hielo de 60 metros de altura sobre el agua y 150 metros ocultos bajo la misma (El turismo del deshielo).

No pudimos observar su caída “en directo” porque estábamos sin electricidad desde la noche del martes, acá en Agua de Oro, pero sabemos que sucedió muy cerca de las diez de la mañana de hoy: cayó el gran techo de la piedra de hielo, que quedó partida en dos y comenzó a circular el agua hacia el Lago Argentino.

El estruendo fue tan grande y hermoso que parecía música; todos nos sentimos llenos de esas emociones inexplicables que empiezan con la admiración por la belleza y terminan en lo más profundo del sentir, donde ya las palabras se apagan (La Estética).

Miré por la ventana abierta hacia mis sierras, mis sierras cuyos pueblos tienen nombres tan bellos como Agua de Oro o, un poco más allá, y aún mirando desde mi ventana, Alta Gracia.

Me detuve un instante en los matices de ese nombre y repetí Alta Gracia. De pronto, vino hacia mí un recuerdo (La escalera).

Yo no conocí al músico Manuel de Falla, es lógico, por la diferencia de épocas y porque es casi seguro que no lo hubiera conocido aun sin diferencia (Lo típicamente español y Manuel de Falla), pero fue en Alta Gracia donde vivió sus últimos años, y junto a él vivió también para siempre la gran sombra de su amigo poeta, Federico García Lorca (La poesía española en el Siglo XX).

Una entrevista misteriosa

Rafael Alberti  (Inmigración y literatura. El exilio) -también él español y poeta, como es sabido- cuenta que a finales del invierno de 1946 -diez años después del fusilamiento de Federico- llamó a la puerta de una casa que parecía una ermita perdida entre los montes de nuestra Córdoba argentina.

El dueño de casa lo estaba esperando, vestido, dice Alberti, como un monje, con un poncho de vicuña. Era “pequeño y encorvado, fino y reverencioso”, le ofreció manzanilla -no la infusión sino el licor que es símbolo de España-:

-La hemos buscado para usted al saber que venía -dijo De Falla a Alberti-. Yo no la bebo, pero es de nuestra tierra.

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Penumbra

Ahora que se apagaron todas las luces (La Revelación de la Luna) puedo hablar de las sombras de mi infancia (La filosofía de Platón).

Hubo varias, pero la que casi llegó a definirse y a dejar de ser sombra para poder ser mirada de frente y de perfil fue una con la cual hice un cuento no de terror pero sí de delicado escalofrío -no sé si lo logré, quise lograr eso (Ensayo sobre la Teoría del Caos).

Son los peores para los corazones débiles: el horror sutil (El corazón de las tinieblas…).

El monstruo que no está detallado sino que lo detalla la imaginación de quien lo lee, y la inteligencia de aquel que lo descifra -yo no lo descifré, puedo escribir un cuento, pero no muy a menudo descifrarlo (Psicología filosófica).

En estos caso la infancia es infalible para llenarnos otra vez del miedo que tuvimos, y gozamos (El miedo en la infancia).

Penumbra

Siempre había una sombra, en mi infancia. Era una sombra que estaba afuera, pero que yo llevaba a todas partes.

Se deslizaba por la biblioteca de mi padre, caía como un rayo -de sombra- sobre el libro más triste, el de Leopardi, o el más oscuro, Compulsión (Asesinos en serie).

Yo jugaba a las escondidas con mis amigos y la sombra estaba allí, adentro del ropero, detrás del árbol, en el hueco de la escalera.

Una que todavía no tenía forma definida, era abstracta, aunque yo no supiera el significado de esa palabra (Los niveles lingüísticos).

Día a día, mes a mes, año a año, se definía un poco más, sin que llegara a comprender su dibujo todavía, pero formándose.

Mirándola podía imaginar cómo iba a crecer, madurar y, quizá, morir un día antes que yo. Pero nadie más podía imaginarla, ni siquiera mirarla.

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