Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Perro de perros

Borges insistía en que no se enorgullecía tanto de los libros que había escrito como de los que había leído (Algunos Borges de Jorge Luis Borges).

Lo mío es peor, no sé si más modesto, pero peor: no me enorgullezco de lo que he escrito, pero sí, con razón y vergüenza, de lo que han escrito mis amigos (La felicidad).

Mi talento indigente tuvo desde ellos alientos de oro (La incertidumbre del poeta).

Es raro, pero en una ciudad no demasiado grande como Santa Fe -la vieja Santa Fe, capital de la provincia, antigua y llena de la voz de los que juraron la Constitución en 1854 y a la que la ciudad de Rosario se le adelantó tanto que hoy casi todos en Buenos Aires creen que esta última es la capital- lo que había en lugar de empresarios era escritores, y en lugar de doctorados, músicos, pintores, gente de teatro muy adelantada (La transmisión de la cultura y la educación verdadera)

Fue por eso, supongo, que mis primeros, más entrañables y duraderos amigos fueron -como a mí “me daba” por las letras-, adolescentes que escribían (Construcción de cuentos).

Esos adolescentes que escribían, no sé por qué, llegaron a ser grandes escritores (El mundo de las letras).

Acabo de recibir el libro de uno de ellos, con prólogo de otro de ellos.

El viejo del agua, de José Luis Pagés, está “anoticiado” por Enrique M. Butti. ¿Qué tal?

Para los que no los conocen, es hora de conocerlos a ambos. Creo que después de Juan José Saer, que también se reunía con nosotros en las mesas de nuestra juventud, aunque era mayor, José Luis y Enrique son los mejores, aunque esto parezca, más que literatura, fútbol: soy fanática de ellos.

Dice Edgardo Russo -otro talento, pero él ya no está-, de Pagés, prologando un librillo publicado en 1985 por la Universidad Nacional del Litoral:

“… En otros cuentos los caballos vuelan, las casas se construyen desde el techo al piso, un hombre cuelga cabeza abajo de una telaraña, un artista logra hacer el retrato de un fantasma, un viejo realiza el sueño de una mujer enorme con un sombrero verde que al enamorarse de otra persona precipita la irrealización del mundo entero, un caballo carraspea y le dice al oído a un General: ‘No mires. No creo que te agrade el espectáculo’ “.

Pagés reúne 36 cuentos en su El viejo del agua, y el prólogo de Butti es un bello comienzo para el libro.

A mi entender -muy humilde, ya lo expresé- el más expresivo es “El hombre de los perros dálmata”. Me saco el sombrero, sin embargo, por todos y cada uno de los que incluye esta antología.

Se los copio para que sufran y disfruten.

El hombre de los perros dálmata

A Edgardo Russo (in memoriam)

Yo estaba puerta por puerta ofreciendo en venta unos jabones de la empresa Sol, cuando al llegar a una de las casas principales de 7 Jefes me sorprendió el encuentro con un antiguo compañero de colegio. Adamis, se llamaba, y lo reconocí inmediatamente a pesar de sus muchos kilos de más, sus arrugas y su calva notable, porque todavía conservaba un tic que le hacía abrir y cerrar los ojos permanentemente y porque su rostro mostraba una dolorosa expresión de abatimiento que siempre lo había acompañado a todas partes.

Él me miraba asomado a la ventana de la puerta de servicio y esbozó una sonrisa levemente idiota cuando llegó a reconocerme después de muchos esfuerzos de mi parte. Como en un primer momento me pareció que mi visita no le importaba en absoluto pasé a tratarlo como a un cliente más y le ofrecí el muestrario de jabones y ya hurgaba en mi portafolios buscando la lista de precios cuando escuché que me decía: “El señor no está”. Creí que había escuchado mal, de modo que le pedí que repitiera eso. Él lo repitió claramente y agregó: “Podrías volver en otro momento”. “¿Cómo es eso?”, pregunté, “¿qué estás haciendo en esta casa?”. Él volvió a sonreír y entreabriendo la puerta me invitó a entrar poniendo el índice en la boca para pedirme silencio. “Vamos a mi cuarto”, dijo después. Y él delante y yo detrás anduvimos lentamente por un largo pasillo hasta que llegamos a un sucucho ubicado en los fondos de la casa.

“Mi cuarto”, indicó. Entramos. El lugar era estrecho y mal iluminado. Pude ver una colchoneta echada en el suelo, una vasija con restos de comida también en el suelo y un viejo impermeable que colgaba de un clavo fijado en la pared de ladrillos desnudos. No vi más porque tan pronto entré un olor nauseabundo me obligó a saltar afuera. “Podemos conversar en el patio”, dije. “No quiero que nos vean”, dijo él. “Entonces me voy”, afirmé. Él me tomó por la solapa del saco, tenía un nudo en la garganta. “Gutiérrez, qué emoción, qué gusto me da verte, quedate un rato más”. “Rodríguez”, corregí. “Me llamo Rodríguez”. “Es cierto, qué cabeza -se lamentó-. Podemos sentarnos aquí en el piso y me contás algo de tu vida, ¿eh?”. “Vendo jabones”, dije, “y no voy a sentarme en el piso por nada del mundo. Tengo que seguir mi trabajo”. Yo vi que su mentón se contraía formando un huequito y que sus ojos ahora estaban brillantes al tiempo que sus párpados se abrían y cerraban con más frecuencia. “Te decían semáforo”, recordé, y no sirvió para consolarlo. Le decían semáforo por esa costumbre de sus ojos que se prendían y apagaban a cada instante. Él miraba el piso, la puntera de sus zapatos gastados. “Sé que no te gustó mi cuarto”, dijo sombrío, “pero por vos pienso arriesgarme. No hay nadie en la casa, los patrones han salido y los hijos también. Vamos allá y te invito con una copa”. “No es por tu cuarto”, dije, “pero ya que insistís…”.

Y entramos. En primer término me dirigí hacia la heladera, pero rápidamente Adamis se interpuso entre la puerta y yo, y de aquí no comerás ni beberás, me fue sacando del lugar hasta que llegamos a una salita. Ese lugar era sobrio pero elegante. Había un sofá, dos sillones, un aparato de TV, un lindo bar con muchos cristales y botellas. Él se ubicó detrás del estaño. Se colocó una chaqueta blanca y un moñito y alisó con la palma de las manos los cabellos canosos y lacios a los costados de la calva.

“Un coñac”, pedí acodado en el bar echando a correr la mirada por las paredes de ese lugar. Cuando él notó que yo miraba unas fotografías enmarcadas de unos perros del tipo dálmata, se apresuró a decir: “Es el señor y la señora y los hijitos”. Tomé mi coñac de un solo trago y pedí otro. De pronto tenía muchos deseos de llenarme de coñac o de lo que fuera. Había caminado mucho en la mañana y en lo que iba de la tarde y ya me parecía hora de tomarme un descanso. “¿Y cómo te va acá?”, pregunté sólo por decir algo. “Ah…”, dijo él, “los señores son muy buenos, no los hay mejores en toda la ciudad, mi estimado Gutiérrez”. “Rodríguez”, dije yo. “¿Qué te parece como me queda esta chaqueta? ¿Y este moño? Son un lujo. Eso sí, yo siempre trato de ser limpio y ordenado y de servir lo mejor posible. Los niños me quieren muchísimo. En especial el más pequeño”. Yo pedí otra copa y él la volvió a llenar. “Además el señor y la señora tienen gestos impagables. Imaginate que me dan dos días a la semana, la paga es buena, me hacen regalos, qué sé yo, ya soy como de la familia”. “Adamis, no lo tomes a mal, pero decime”, inquirí, “en el colegio había algunos muchachos que decían que eras un alcahuete, ¿era cierto eso?”. Él me sirvió otra copa como toda respuesta, después pasó a limpiarse las uñas con un alicate y por fin sin dejar de mirarse las manos expresó con una vocecita temblorosa: “Envidias, eso, los profesores me querían. Yo cumplía con ellos y ellos me querían. Yo no era como otros…”, y me echó una mirada rencorosa. Mi amigo Adamis era el hombre de una familia de perros dálmata, no había progresado mucho. “¿Cada cuanto te llevan a la plaza”, pregunté. “Todas las tardecitas”, contestó él. Yo me apoderé de la botella y me eché un trago a pico que me quemó la garganta. Ahora mi visión estaba un tanto obnubilada y me zumbaban los oídos. “Pero a veces te han tratado mal. Ser tan sumiso no paga bien”. “No creas”, dijo él, “yo tengo la ventaja de no andar arrastrando los zapatos y dando lástima a cuantos me ven”. “Pero hoy estabas un poquito tristón”, dije yo. “¿Te dejaron solo, no?”. “A veces…”, dijo y calló, para estar un buen rato en silencio. Yo, cuando terminé la botella de coñac fui a echarme en el sillón. “A veces”, dijo después. “Pasa a veces que las cosas no salen como uno quiere. A veces duermo tirado en el piso, no me alimento muy bien que digamos y me obligan a hacer cosas desagradables, como por ejemplo…” “¿Qué cosa?”, pregunté. Él se quitó la chaqueta, el moño, y levantó la camisa por sobre la espalda. “¿Ves?”. Tenía unas cuantas cicatrices ahí, todas amontonadas. “Yo mismo tengo que castigarme cuando grito de noche”. “¿Gritás de noche?”. “Sí, grito. Sólo para prevenir algún peligro, pero ellos se enojan”. “Ah…”. “También ellos mismos me castigan con un palo cuando desparramo la comida por el piso o araño las maderas de las puertas; no me puedo contener”. Miré la foto del Dálmata, no parecía malo. Miré la foto de la señora, tampoco. “A veces soy muy desgraciado. También me está prohibido recibir visitas. Pero todo eso tiene algunas compensaciones”. Se metió las manos en los bolsillos hasta que sacó un alfiler de corbata. Era de oro, muy lindo y brillante. “Me lo regaló la señora para la última Navidad. Ya ves, no sé de qué me quejo…”. Y volvió a hablar como al comienzo.

De pronto el ruido de una auto que se detenía frente a la casa. “Son ellos”, exclamó, “vamos, salgamos pronto”. Me tomó por un brazo y me sacó a empujones hacia el pasillo por donde habíamos entrado. “Me matan si me ven con alguien”. “Estás loco, totalmente”, exclamé algo borracho. “Esperá”, me pidió. “Para que ellos no te vean salir, salí cuando estén entrando por la puerta principal”. “Estás loco”. Antes de salir le regalé un jabón.

Se puso contento. “Es para que te laves ese cerebro”, lo instruí. “Así, así”, le indiqué mientras con otro jabón sobre mi propia cabeza le mostraba lo que debía hacer.

Me empujó. Me echó a la calle. Miré a la puerta cuando ya se estaba cerrando. Alcancé a ver una cola larga y blanca con algunas pecas negras, era una cola de perro dálmata. Me sentí muy confundido. Abandoné la venta y me fui a dar un baño a casa.

Envío

No dudo de que los haya emocionado, impactado, y todos los sinónimos que puedan encontrarse. Si alguien quiere mandarnos su cuento, o el cuento de otro, bienvenido será. Me encanta compartir con ustedes ocasiones como ésta; difundir una obra magnífica.

Mora

Monografias

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Comentarios

6 respuestas a “Perro de perros”
  1. Oswaldo R Ordonez dice:

    Un saludo fraterno querida Mora. Sabes que pase un texto por esta pagina(cuento) pero lastimosamente, al hacer click en “enviar” la maquina me avisa que hay un error porque no he iniciado la sesion. Si yo pude escribir todo el texto en el recuadro, es porque ya inicie sesion. No se como hacer para enviar dicho texto. Espero alguna sugerencia de tu parte, para poder hacer llegar el texto. Un abrazo.

  2. Oswaldo R Ordonez dice:

    Por medio de mi Pc, al hacer click en el recuadro de “enviar”, sale un aviso de que hay un error, por ese motivo, no logro hacerte llegar el relato que pides desde tu pagina. Pero te cuento que por medio de mi IPod , en cambio no hay problema. Asi que, mañana, volvere a pasar el texto ofrecido. Por ahora estoy un poco cansado. Un abrazo querida Mora.

  3. Oswaldo R Ordonez dice:

    Y por cierto, todo lo que escribes tiene mucho interes y encanto. Saludos a Los amigos de esta pagina.

  4. Oswaldo R Ordonez dice:

    Hermoso el cuento de Pages. Causa tremenda tension y gran espectativa y ademas contiene un sabroso humor. Gracias por compartirlo querida Mora.

  5. felipe humberto rizzo dice:

    Maestro de la pluma Pages, y que gracias a Mora hoy me permite disfrutar de tan grande escritor. Nuevamente gracias por compartir tu página con quienes intentamos emular tu genio.

    EL NIÑO Y EL SOL

    Jugando un niño de un manotón atrapo un rayo de sol.
    Corrió, corrió y bajo su almohada lo guardó
    Y esa noche no pude dormir pensando a quién robó.
    Amaneció y no aclaró. Avergonzado el Sol no salió,
    Le faltaba un rayo de su corona y no se animó.
    ¿Qué pensarían la Luna y las Estrellas al ver que su Rey
    Junto a su rayo perdió parte de su luminosa corona?

    Desesperado buscó al ladrón y no lo pudo encontrar.
    Pasaron los días, el amanecer y el anochecer
    Solo lucían Luceros y Estrellas y una Luna preocupada.
    Se decidió consultar con un viejo y sabio astrónomo.
    Tú que sabes de las ciencias del Cielo y las Estrellas:
    ¿Puedes decirme quién fue el ladrón que un rayo me robó?
    Los rincones más oscuros del mundo lupa en mano escudriñó.

    Buscó y rebuscó hasta que una pista encontró.
    En medio de la oscura noche un brillo llamó su atención
    Acercó la lente y un brillante rayo lo encegueció,
    Cerró los ojos y llamó al Sol diciéndole:
    He aquí al ladrón, solo un niño juguetón
    Que solo tú brillo sus ojos pueden ver.
    Nació ciego y al ver cuanta luz guardas en tu corazón
    De un solo rayo se apoderó sin saber que su picardía
    Dejó al mundo sin luz.

    Enternecido al saber de la ceguera del niño
    Cada tanto se eclipsó para poder compartir su brillante tesoro,
    Prestando por unas horas un puñado de sus rayos
    A aquel que en su inocencia le robó un poco de su luz.

    Febrero 14 de 2.016 Felipe H. Rizzo

  6. Joise Morillo dice:

    Hola querida, interesante alegoría de lo absurdo y opacidad de algunos seres traumatizados por el avatar y la sumision. (casi que Cínicos)

    La fabula

    Quebranta mi alma y, enaltece mi ego. Inmerso en mí; parece un gigante ciego, dando tumbos y zarpazos, sin mazo ni cuchillo y, en mi mente las angustias, crean opaco brillo. Aligérese mi alma por semejante alivio, es la ficción el silo; el contenedor, de tanta herida sufrida, en mi lar y derredor.
    De seguro es mi fabula el orgasmo sin comunión, es la fuga de tormentos, de desmanes sin pasión que atropella mi pobre vida, alcahueta y sin honor.

    Os ama
    Joise



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