Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Meditación de un alma candorosa

Mi alma (Alma platónica) cayó del cielo cuando se produjo el choque de dos procesiones de fieles: una por Santa Lucía, otra por Santa Cecilia (Santa Cecilia, ¿patrona de la música?).

La indulgencia de Dios había permitido un exceso de superpoblación. La prueba de semejante indulgencia era quizá yo misma (La virtud como principio y valor).

En vida fui una mujer bastante fácil y alocada. Trabajaba en un cabaret, de bailarina, la noche que me encontró la muerte, o que me la encontraron, mejor dicho. Esencialmente en esa época no le hallaba sentido a todo lo que tuviera relación con religiones, ritos, leyes y mandatos (Los ritos de la vida y los mitos de la felicidad).

Antes de ser bailarina, había empezado filosofía en la universidad, por eso mi caso es tan extraño (Los no mundos).

Fue mientras estudiaba que me vi en un aprieto económico tan grande que debí dedicarme a conseguir trabajo, de lo que fuera y lo que fuera (Trabajo).

No tenía muchas condiciones prácticas, así que fracasé en cada uno de los que probé: empaquetadora, mucama por horas, empleada de tienda (Pedagogía).

Todo lo arruinaba. Envolvía los objetos de un modo tan original que terminaban pareciendo masticados como una galleta.

Ni qué decir de mi trabajo de mucama; recuerdo que muchos de los que me tomaron tuvieron la paciencia de pretender enseñarme: a barrer, a cocinar, a fregar la vajilla. Y como el acto de enseñarme era cotidiano, porque yo no aprendía nunca, al final hacían el trabajo ellos mismos y me cobraron comisión.

Como empleada de tienda tampoco me destaqué, pero allí fue que conocí a la persona que me cambió la vida.

No había nadie en el lugar y yo aprovechaba para repasar mis apuntes, ya que pronto debía rendir “Introducción a la filosofía griega”, cuando entró un cliente.

Lo había escuchado entrar, pero no sé si por terminar la página o por demostrar quién era yo, no solté el cuaderno y continué con la cabeza inclinada. El hombre se quedó un rato parado al otro lado del mostrador hasta que dijo:

-¿Qué estás leyendo?

Me hice la que me sobresaltaba, le pedí disculpas, no le contesté la pregunta -si sabía leer, vería claramente en lo que estaba ocupada- y le sondeé lo que deseaba, porque parecía algo vacilante. Terminó confesándome que necesitaba un soutien talle 120.

Revisé los cajones de ropa interior y encontré uno de raso y encaje de ese talle que le pareció conveniente. Me olvidé por supuesto de tapar las cajas, acomodar la ropa y volver cada cosa a su lugar.

Él se quedó parado mirándome con la prenda que había escogido colgando de su mano derecha.

Le pregunté:

-¿Quiere probárselo? -y me dijo que sí.

Le señalé el probador.

Al salir del probador pagó y quiso quedarse conversando conmigo. Era agradable y nadie entraba esa mañana en la tienda.

-Así que estudias filosofía… -dijo-. ¡Estás para mucho más que para atender una tienda!

-¿Estoy como para qué? -pregunté por curiosidad.

Me extendió una tarjeta donde estaban su nombre, dirección y teléfono.

-Llámame y vemos -concluyó.

Dejé pasar un tiempo, rendí “Introducción a la filosofía griega” bien, y empecé a pensar en mi destino. Cuando me recibiera de profesora de filosofía, y en el caso de que consiguiera una cátedra, me pagarían menos que en la tienda, Y lo de la tienda apenas me alcanzaba para sobrevivir, si era que no me despedían pronto por mi desorden imposible de combatir -imposible de combatir aunque me esforzara mucho- con otra mancha en el currículum.

Y fue una mañana luminosa que yo estaba alegre sin saber bien por qué el momento en que hice la llamada.

Me contestó inmediatamente Mario, el cliente que compró el soutien. Me dio una cita de inmediato. Su casa, o su oficina, o lo que fuera, quedaba cerca de la tienda.

Fui a la salida de mi trabajo; ya anochecía y yo miraba las delicadas estrellas perdiéndome en ellas para no pensar qué labor me ofrecería, porque sentía algún temor.

(Todo esto lo estoy recordando mientras mi alma redonda, transparente y del todo invisible rueda por el mundo donde vino de nuevo a caer.)

Lo último que dije entre paréntesis, como un secreto, me recordó que, aunque del todo visible, yo en esa época era parecida a mi alma: redonda por fuera y también transparente, pero por dentro.

Entré en lo de Mario. Había muchas mujeres en el salón principal, casi tan grande como un teatro y con un escenario.

Mario me llevó a su oficina.

Me dijo:

-Disculpa -y empezó a tocarme los pechos, la cintura, la cola.

Me dejé tocar, yo no era una persona que recibía tantas caricias a menudo, pero me sorprendió. Dije un poco ahogada:

-¿Por qué?

-Debo saber cómo eres y si sirves para lo que te ofrezco. Baila un poco -ordenó.

Ya no parecía el hombre que había comprado tímidamente su corpiño -aunque se notaba que lo tenía puesto y hacía de él una figura notable, andrógino perfecto- sino un dictador.

Puso música y bailé con toda mi alma; no había bailado nunca y quería descargarme. Sentía que mi baile lo saludaba a Nietszche y disolvía la amargura de Schopenhauer. Sentía que mi baile le decía adiós a todo lo que de niña me enseñaron y me convertía en santa de otra esperanza y otra religión, la del desenfreno y la dicha.

-¡Para, para, para! -gritó Mario, que creyó que me había vuelto loca-. ¡Pero lo haces muy bien!

Yo tenía el corazón tan oscurecido que la esperanza de un empleo me había vuelto imparable en mis pasos y vueltas de baile en el abismo. Yo conocía otro abismo pero éste elegí.

Desde entonces bailé todas las noches en el cabaret La Pantera, y la pantera era yo. Ya no sé cuántos pasos de felino me enseñaron, cuántas mentiras me enseñaron a decir, qué modos aprendí para embaucar a los clientes a que pagaran el vaso de whisky on the rock en dólares, y después me pagaran la noche casi diría en libras esterlinas.

Los clientes se enamoraban de mí porque mi cuerpo era todo lo mullido que podían desear y mi vocabulario era ardiente, aunque cuando querían hablar de cuestiones profundas yo era psicóloga de primer nivel. Cuando querían charlar del sinsentido de la vida además, yo era filósofa casi graduada.

Sí, se enamoraban de mí esos hombres tristes que buscaban consuelo en La Pantera y se enamoraban tanto que el más apasionado, por supuesto, ante la imposibilidad de tener una relación estable conmigo terminó asesinándome.

Poco antes de hacerlo me dijo lo que dicen todos esos asesinos de índole pasional:

-”Antes que te tengan otros, prefiero…”.

Así fue como por la indulgencia de Dios me establecí en el cielo, y por esa indulgencia del Mismo de admitir a casi todo el mundo, me caí.

Ahora debo encontrar un cuerpo, un estuche, donde pasar el tiempo hasta volver a morir.

Preferiría un enfermo, un viejo, alguien que esté bastante cerca de la muerte, para volver al cielo.

Pero, ¿cómo escoger, cómo atravesar un cuerpo de carne con mi alma de espuma?

Estoy en esa búsqueda, muy preocupada. Por otra parte, ¿cómo desalojar al dueño de su cuerpo? ¿Se mezclarán nuestros dos seres, nuestros pensamientos y sentimientos?

Y cuando ese cuerpo muera, si el primer ocupante debe ir al infierno y yo al cielo que me tengo ganado, ¿cómo será la división de nuestras almas mezcladas?

Yo estoy aquí parada frente al cabaret La Pantera. Entran y salen rostros conocidos pero nadie me ve. No tengo hambre ni sed ni necesidad alguna. No sería tan malo que esta fuera mi eternidad.

Envío

Este cuento fue escrito para divertir -o distraer- a Celestino, Joise, José Itriago -porque tengo esperanzas de que lo lea-, José María, Felipe Humberto, Linda, Fabiana, etcétera. Como agradecimiento. Pero también para todo el que pose sus ojos sobre él y le perdone cualquier carencia ética o estética. Y, además, para aquel que contribuya con otro cuento para seguir con este sitio que ya tiene cerca de 10 años y supo ser muy concurrido.

Los quiero

Mora

Monografias

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Comentarios

4 respuestas a “Meditación de un alma candorosa”
  1. zenaida Toro dice:

    Wow, que historia tan bonita, a medida que la iba leyendo parecía como si fuese yo quien actuaba, viví la historia como si fuese real… Me encanto… Felicitaciones sra Mora…Éxitos…

  2. Joise Morillo dice:

    Hola a Todos, hola Mora.

    Este fragmento a continuación lo escribió uno que yo llamo patético, al punto de haber ganado un Nobel de literatura, lo cual despreció, para luego en momentos de precariedad fue a reclamarle ¡Ya era Tarde, pasó al erario de instituciones benéficas ¿cómo quizá a el “tan socialista” le hubiera gustado?!

    Jean Paul Sartre. Narra lo que quizá pasa por la mente de muchos asesinos en serie que matan mujeres y no necesariamente de carácter pasional…más bien psicópatas.

    Eróstrato

    Había en la calle Odesa una morena que yo había visto a menudo, un poco madura, pero firme y regordeta; yo no detesto las mujeres maduras; cuando están desvestidas parecen más desnudas que las otras. Pero ella no estaba al corriente de lo que me convenía y me intimidaba un poco exponerle aquello de cabo a rabo. Y además, yo desconfío de las recién conocidas; esas mujeres pueden muy bien ocultar un granuja detrás de la puerta, y después el individuo aparece de pronto y le quita a uno el dinero. Puede uno considerarse afortunado si no le da unos puñetazos. Sin embargo, esa noche sentía no sé qué audacia; decidí pasar por casa para tomar mi revolver y tentar la aventura.

    Cuando un cuarto de hora más tarde abordé a la mujer, el arma estaba en mi bolsillo y ya no temía nada. Al mirarla de cerca, vi que tenía más bien un aspecto miserable. Se parecía a mi vecina de enfrente, la mujer del ayudante, y quedé muy satisfecho de esto, porque hacía mucho tiempo que tenía deseos de verla encuerada. Se desvestía con la ventana abierta cuando no estaba el ayudante, y a menudo yo me quedaba detrás de la cortina para sorprenderla. Pero se arreglaba en el fondo de la pieza.

    En el Hotel Estela no quedaba más que una habitación libre en el cuarto piso. Subimos. La mujer era bastante pesada y se detenía en cada escalón para respirar. Yo subía con facilidad; tengo un cuerpo seco, pese a mi vientre, y son necesarios más de cuatro pisos para hacerme perder el aliento. En el descansillo del cuarto piso se detuvo y se puso la mano derecha sobre el corazón respirando con fuerza. En la mano izquierda tenía la llave de la habitación.

    - Es alto-, dijo tratando de sonreírme.

    Le tomé la llave sin contestarle, y abrí la puerta. Tenía el revólver en la mano izquierda, apuntado derecho ante mí, a través del bolsillo y no lo dejé hasta después de haber girado la perilla de la puerta. La pieza estaba vacía. Sobre el lavabo había puesto una pequeña pastilla de jabón verde, para lavarse después de eso. Sonreí: conmigo no son necesarios ni los lavabos ni las pastillitas de jabón. La mujer seguía resoplando detrás de mí; eso me excitaba. Me volví, me tendió los labios, la rechacé.

    - ¡Desvístete! -le dije.

    Había un sillón de tapicería; me senté confortablemente. Es en estos casos cuando lamento no fumar. La mujer se quitó el vestido y luego se detuvo arrojándome una mirada de desconfianza.
    - ¿Cómo te llamas? -le dije echándome hacia atrás.

    - Renée.

    - Pues bueno, Renée, date prisa, estoy esperando.

    - ¿No te desvistes?

    - ¡Bah, bah! -le dije-, no te ocupes de mí.

    Dejó caer los calzones a sus pies, después los recogió y los colocó cuidadosamente sobre su traje junto con el corpiño.

    - ¿Así que eres un viciosillo, querido, un perezosito? -me preguntó-, ¿quieres que sea tu mujercita la que haga todo el trabajo?

    Al mismo tiempo dio un paso hacia mí, y apoyándose con las manos sobre los brazos de mi sillón, trató pesadamente de arrodillarse ante mis piernas. Pero la levanté con rudeza:

    - ¡Nada de eso! ¡Nada de eso! -le dije.

    Me miró con sorpresa.

    - Pero, ¿qué quieres que te haga?

    - Nada, caminar, pasearte, no te pido más.

    Se puso a andar de un lado a otro, con aire torpe. Nada molesta más a las mujeres que andar cuando están desnudas. No tiene costumbre de apoyar los talones en el suelo. La mujerzuela encorvaba la espalda y dejaba colgar los brazos. En cuanto a mí, me sentía en la gloria: estaba allí tranquilamente sentado en un sillón, cubierto hasta el cuello; había conservado hasta los guantes puestos y esa señora madura se había desnudado totalmente bajo mis órdenes y daba vuelta a mi alrededor.

    Volvió la cabeza y para salvar las apariencias me sonrió coquetamente:
    - ¿Me encuentras linda? ¿Deleito tus miradas?

    - ¡No te ocupes de ello! -le dije.

    - Dime -preguntó con súbita indignación- ¿tienes intención de hacerme caminar así mucho tiempo?
    - ¡Siéntate! -le ordené.

    Se sentó sobre la cama y nos miramos en silencio. Tenía la carne de gallina. Se oía el tic-tac de un despertador al otro lado de la pared. De pronto le dije:
    - ¡Abre las piernas!

    Dudó un cuarto de segundo, luego obedeció. Miré y olí entre sus piernas. Luego me puse a reír tan fuerte que se llenaron los ojos de lágrimas. Le dije sencillamente:

    - ¿Te das cuenta?

    Y me volví a reír.

    Me miró con estupor, después enrojeció violentamente y cerró las piernas.

    - ¡Cochino! -dijo entre dientes.

    Pero yo reía más fuerte; entonces se levantó de un salto y tomó su corpiño de la silla.

    - ¡Eh! ¡Alto! -le dije- esto no ha terminado. Te daré en seguida cincuenta francos, pero quiero algo por mi dinero.

    Ella tomó nerviosamente sus calzones.

    - No entiendo. ¿Comprendes? No sé lo que quieres. Y si me has hecho subir para burlarte de mí.
    Entonces saqué mi revólver y se lo mostré. Me miró con aire serio y dejó caer sus calzones sin decir nada.

    - ¡Camina! -le ordene- ¡Paséate!

    Se paseó durante cinco minutos, luego le di mi bastón y la obligué a hacer ejercicio. Cuando sentí mi calzoncillo húmedo me levanté y le tendí un billete de cincuenta francos. Lo tomó.

    - Hasta luego -agregué-, no te he fatigado mucho por ese precio.

    Me fui. La dejé totalmente desnuda en medio de la habitación, con su corpiño en una mano, y el billete de cincuenta francos en la otra. No lamentaba mi dinero, la había aturdido y eso que no se asombra fácilmente a una ramera. Pensé bajando la escalera: «Eso es lo que quería, asombrarlos a todos». Estaba feliz como un niño. Me llevé el jabón verde y cuando volví a casa lo froté largo tiempo bajo el agua caliente, hasta que no fue más que una delgada película entre mis dedos, parecida a un bombón muy chupado de menta.

    Pero por la noche desperté sobresaltado y volví a ver su rostro, los ojos que puso cuando le mostré el arma y su gordo vientre que saltaba a cada uno de sus pasos.

    ¿Qué estúpido fui?, me dije. Y sentí un amargo remordimiento. ¡Hubiera disparado en aquél momento! ¡Debí agujerear ese gordo vientre dejándolo como una espumadera!

    Os ama

    Joise

  3. felipe humberto rizzo dice:

    Admirada amiga, cuando dice que empezó a escribir en la panza de su madre, no se equivoca porque sus relatos nacen del fondo de sus entrañas e impactan con fuerza en mi intelecto, obligándome a contestarle con modesto cuento que intenta un paralelismo con su historia. No se si lo logré, pero si que no pude frenar el deseo de escribirlo sin importarme el valor literario que pueda tener.
    Perdón por el atrevimiento.
    Felipe

    CUENTO
    OLOR A POBRE

    ¡Ufa!, ya las siete de la mañana, no necesitaba reloj para despertar, el picante olor del carbón recién encendido empezaba por mi nariz y terminaba haciéndome lagrimear, me restregué los ojos y vi a mi madre apantallando él fuego para calentar el agua, y así casi todos los amaneceres en la villa.
    El manchado ya estaba atado al carro y mi padre, de profesión cartonero, solo cubierto con su mugroso saco oscuro y una gruesa gorra con orejeras esperando mate en mano, que al igual que los ratones, saliésemos de la cueva. No era largo el viaje hasta la escuela, solo unas veinte cuadras, pero a esa hora de la mañana las primeras siete de tierra y barro hacían que llegásemos hechos adobes si debíamos caminarlas, no importaba estuviese lloviendo o no, siempre estaban gredosas y resbalosas.
    Había terminado el acto del 25 de Mayo y rápidamente maestras y celadoras destaparon las ollas y comenzaron a servirnos un vaso de humeante chocolate con leche y una factura o pedazo de bizcochuelo donado por la cooperadora. Lástima que para mí ya terminaron los festejos, no más bailar gato, zapatillas recién lavadas, guardapolvo sin desgarrón y hasta el de cantar el Himno Nacional.
    Fue cuestión de un momento, un tropezón o una pícara zancadilla y mi cabeza contra el duro cordón de la calle. Solo oscuridad y un lejano resplandor como él de un relámpago en medio de la negrura. Como nada podía ver me senté en el mullido suelo, si mullido como el asiento de la Directora. El silencio era total, ni un ruido, ni una voz, solo el resplandor de un relámpago acercándose lentamente.
    Desperté encandilado en medio de vaporosas nubes y rodeado de un coro de niños dándome la bienvenida. Eran los muertitos de mi barrio, todos vestidos de blanco, limpia de mugre sus caras y con pícaras sonrisas en sus labios. Uno a uno los fui reconociendo, allí estaba el Juancito, el más sabandija de todos y que sabía cómo hacerle trampa al hijo del abogado para ganarle a las figuritas; el Pepito, gran trepador de árboles y muros y experto en cosechar los duraznos antes de que su dueño el Gringo del almacén llegara con la escalera; la Rosita, la más machona de las chicas y que como número 10 no había quién pudiese atajar sus goles; el Raulito, el de la bolsita con poxiran y muchos más, todos muertos por la incurable enfermedad del hambre y la pobreza.
    Pese al tiempo transcurrido aún recuerdo con tristeza mi vida terrenal, y eso que sigo teniendo los mismos ocho años con que llegué. Pero no hay caso, hay cosas que no se olvidan y la que les voy a contar me marcó más allá de la vida.
    En la escuela todos me querían y se peleaban por jugar conmigo, me las sabía todas, desde el rango y mida, las bolitas, el trompo, la mancha y la escondida, y si de bromas se trataba no había como las mías, el globito a medio atar en la silla de la maestra y su asombro por el inesperado pedo, el sapo bajo la tapa del pupitre de la más gritona de las chicas, la caricatura de la Directora en el pizarrón de informes de la galería firmado por el más educadito de la clase y sus sonrojos y balbuceos para explicar su inocencia ante las burlas y risas de toda la escuela. Ese era yo, todo amistad y alegría, pero, siempre hay un pero en la vida, difícilmente la felicidad sea completa.
    Cumplía años la María Inés, -aún recuerdo mi embeleso con ella- y antes de retirarnos de clase pidió permiso a la maestra y comenzó a repartir las invitaciones, eran unas tarjetitas con el dibujo de una princesa y todos sus bordes dorados. Fue banco por banco, yo esperaba con ansiedad mi turno, llegó, no me miró y solo le entregó una al Juampi, mi compañero. Pensé se le había pasado, así que esperé salir, me acerqué y le dije: ¿creo te olvidaste de mí y te debe sobrar una?
    Me miró con vergüenza. -Mi mamá no quiso que te invitase.
    -¿Por qué?- pregunté.
    Con toda la brutal inocencia de que es capaz una niña y sin un atisbo de lástima me contestó:
    -Porqué dice hueles muy mal- Bajó la vista y salió corriendo.
    Regresé llorando a mi casa y vanos fueron los esfuerzos de mi madre por saber que me había pasado, solo mi padre que siempre tenía una respuesta para todo dijo que seguramente me habrían castigado por una de las tantas travesuras a que los tenía acostumbrados.
    Recién esa noche, pese a mis ocho años comprendí muchas de las cosas que me hacían distinto a los otros chicos de la escuela.
    Que sabían ellos de vivir en una casa de chapa, madera y cartón construida casi en medio del basural, del frío que se cuela en el invierno por las hendijas y del calor que quema en el verano; que saben ellos de vivir amontonados en una sola pieza que de día es cocina comedor y de noche dormitorio; que saben de dormir sobre un pedazo de gomapluma tirado en el suelo, dormir vestidos y taparse con bolsas y cartones para no morirse de frío, y lo peor, pelearse con los hermanos por un pedazo de colcha; que saben del hollín que todo lo mancha y el olor a guiso con cebolla que impregna toda la ropa; que saben de despertar mojado por el orín del más chico y tener que volver a acostarse sobre el mismo colchón; que saben ellos el de tener que compartir los ronquidos del padre y los ayes de su madre por el dolor de espalda de tanto lavar a mano; Que saben ellos de su esfuerzo por blanquear nuestras zapatillas y remendar nuestra ropa para que fuésemos decentemente vestidos a la escuela; Y por último, que saben ellos de un yerbeado sin pan antes de ir a la escuela, y de almuerzo tener que conformarse una sola cucharada de un guiso escaso de carne, y de las largas tardes chapoteando descalzos en el barro para muchas veces irse a dormir con las tripas crujiendo de hambre. ¿Y saben qué?: ignoran que la pobreza es la razón por la que por más que nos lavemos a diario seguimos llevando la hediondez pegada a nuestro cuerpo, pobreza que no solo ensucia nuestro cuerpo sino que también mancha vuestra conciencia.
    Por suerte, cuando mueren ustedes, los de enfrente, los del asfalto y sus lindas casas, no vienen a este cielo, donde el olor pobre no puede entrar y se agolpan hediendo a mugre en su exclusivo paraíso, castigados a fruncir la nariz eternamente porque llegaron sin sus jabones, desodorantes y perfumes y no hay negocios donde poder comprarlos.
    Febrero 07 de 2.016 Felipe H. Rizzo

  4. Celestino Gaitan dice:

    Respetable Mora Nuestra:
    Amados tod@s…
    “Si aquellos que comenzamos a amar pudiesen conocer como fuimos antes de conocerlos…
    podrían percibir lo que ellos han hecho de nosotros.” A.Camus
    Siempre estoy con Ustedes, y me apena…no terminar a tiempo mi tarea,
    y no aportar a tiempo…(últimamente me he vuelto lento…bueno, mas lento que de costumbre)
    la semana pasada, me quedé con las ganas,,,Ja.ja…me sentí master o doctorado
    en eso de los Pecados Capitales y no encontré nada nuevo,al final me centre en las Virtudes,
    y se me agotó el tiempo…aunque le avance en el tiempo del recreo.
    En esta ocasión no aportaré nada…me han dejado sin palabras, los he leído mas de tres veces
    y nada…nada de inspiración..Todo…todo es asombro, admiración y respeto,(me quito el sombrero)
    …y al final me descubro como personaje en el Cuento de Felipe H Rizzo.
    Así es que solo me asomo, para que recuerden que soy parte de Ustedes…
    …y perciban, lo que han hecho de mi.

    Los abrazo a To@s y en especial a Mora Torres…( Cuento?…Cuentasazo!!! )
    …y me ofrezco como voluntario donador de mi estuche para esa su Pantera…
    con la plena seguridad de que se fundirían… (como dice la canción) …
    …si yo encontrara un alma, como la mía.)

    P.D.: Agrego algo del Tema de la semana pasada.

    Las Siete virtudes celestiales según los Planetarios

    Humildad… el ser de modesto, reverencial y Cortés.
    Bondad… la ternura y preocupación por los demás.
    Templanza… el control sobre los excesos.
    Castidad… la moderación del deseo y los placeres.
    Paciencia… la resistencia en circunstancias difíciles.
    Caridad… un amor ilimitado hacia todos los demás.
    Diligencia… la concentración total en el trabajo.



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