Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Los siete pecados capitales

Para este miércoles tenía escrita una especie de agraciada cháchara que incluía envenenadoras y recetas para hacer talismanes (El miedo y el renacimiento de lo fantástico), pero anticipé algo de su contenido y el buen José Gros me hizo desistir.

Es probable que alguna vez que tengamos ganas de divertirnos –con algo de maldad (El Mal y el hombre moderno)- lo edite.

Por ahora cambiamos de tema, Gros, y tanto mejor si no le gusta lo que se opina aquí, porque su discurso es muy válido, y toda forma de pensamiento enriquece (Aprendiendo Educación Holística).

Lo mismo para el querido Celestino Gaitán, para Felipe Humberto Rizzo, Carlos Morozovich y Esmeralda Torres López (Los árboles).

Tampoco es obligación que no les guste, tampoco es necesario que elogien si les gusta –y acá me acuerdo de lo que dijo José María Gil-, basta con ampliar… (Filosofía y sabiduría de Oriente a Occidente).

Los siete pecados capitales

Cuando todo quedaba muy lejos y, por supuesto, el psicoanálisis no había nacido, las personas pecaban. Los pecados eran parecidos a los problemas que nos conducen a las sesiones del terapeuta (La envidia y el mundo sorprendente del psicoanálisis).

Lo que se consideraba pecado  –aun con distintos nombres o apelativos- era común a casi todas las religiones o estilos de vida de Oriente y Occidente, incluso al ateísmo –que, por supuesto, también era un pecado (Deísmo vs. ateísmo).

Antes se llamaban vicios, ahora son graves enfermedades o graves adicciones y, por supuesto, nadie tiene responsabilidad alguna, ni siquiera los padres, tan buen refugio de culpables para el analista.

Antes también constituyeron algunos de los Siete Pecados Capitales –pensándolo mejor, todos-: la soberbia, la gula, la lujuria, la envidia, la pereza, la avaricia.

Dicen que la soberbia es la madre de todas las demás, pero tiene sus encantos de madre. Según Dante, es castigada sometiendo al soberbio al método de tortura llamado “La rueda”, de una crueldad imposible, aunque no sé si hará efecto sobre un alma.

Dicen que la pereza es cómplice de algunos de estos pecados, pero tiene sus encantos de niña filósofa. Dante encierra a los perezosos en una fosa con serpientes.

Las que resultan más antipáticas de nombrar son la envidia y la avaricia, aunque la envidia es la niña bonita de todo psicólogo que se respete. El castigo dantesco para la envidia es sumergir al pecador en agua helada -¿por qué esa levedad?- y para la avaricia, en aceite hirviendo.

La que nos da curiosidad -¿envidia, tal vez?- es la lujuria. Para los lujuriosos, se prescriben el fuego y el azufre.

La que perdonamos de corazón porque todos creemos compartirla en alguna medida es la pobre gula –no es sólo cuestión de comer en exceso, sino también de beber y de picar entre las cuatro comidas -¡qué rigidez! Dante da a comer ratas, sapos y víboras vivos a los golosos.

Toda la gente que está en la cárcel ha sufrido en gran medida de estas adicciones, enfermedades o pecados –no nos rasguemos las vestiduras, hasta los que padecen la adicción del trabajo excesivo tienen deseos de pecar, y a veces lo consiguen.

Llevado al extremo el razonamiento de las adicciones-enfermades, ningún condenado es culpable.

Y tal vez sea muy cierto.

Creo que el destino trabaja con demasiados hilos.

Ningún condenado es culpable, pero debe curarse, claro, para estar entre nosotros, los sanos.

Nosotros, los sanos, tenemos algunos atisbos de insania.

Comemos demás, pero tan poco demás…

Fumamos, jugamos a los juegos de azar, mentimos, amontonamos dinero si podemos, trabajamos en exceso o descansamos en exceso, probamos un poquito de drogas más fuertes muy de vez en cuando, pero todo en su justa medida, no como para caer en la cárcel.

La verdad, no sé si no nos merecemos cada uno de los castigos que inventó Dante para su Purgatorio.

Nosotros estamos enfermos, los otros no, los que cayeron a un pozo más profundo. Es decir que la virtud y su contrario son una cuestión de cantidad, de metros, no de calidad… Ellos son delicuentes sin moral, no tienen perdón alguno más que el de algún dios, o el de Dios.

Una especie de paréntesis: mirar con los ojos bien abiertos los siete pecados capitales de El Bosco, eso ya es lujuria pura.

Tal vez lo que más transgredimos los “sanos” es la parte agregada últimamente por el papa Francisco a los siete pecados capitales, pero, ¿qué importancia tiene? Es una especie de ortopedia del modernismo lo que le agregó, es apenas esto –señalo los tres primeros de la lista:

1. Abandonar a tus mayores en una residencia.

2. Juzgar a los demás y no a uno mismo.

3. Pagar salarios en negro.

Ocuparía demasiado espacio copiar las consideraciones que da Francisco respecto a cada uno de estos pecados, pero no resulta difícil sacar alguna conclusiones de la lista escueta.

Los otros siete pecados capitales

Tienen un autor hinduista, Mahatma Gandhi:

1- Riqueza sin Trabajo, 2- Placer sin Conciencia, 3- Conocimientos sin Carácter, 4- Negocios sin Moral, 5- Ciencia sin Amor a la humanidad, 6- Espiritualidad sin Sacrificio y 7- Política sin Principios.

Envío

¡Ay, todos los perdones que tengo que pedir!

¡Y todos los abrazos perdonadores que mandar!

Besos

Mora

Monografias

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Comentarios

3 respuestas a “Los siete pecados capitales”
  1. Jorge Eliécer Vacca Escobar dice:

    EL PAPEL QUE HA JUGADO LA ESCRIBIDORA ES EL DE LA VENGANZA FRENTE A LOS PECADORES, LO CUAL IMPLICARÍA EL PECADO DE “LA VENGANZA”, A CADA QUIEN LE HA ASIGNADO UN CASTIGO LETAL Y DEFINITIVO, TAL VEZ CON EL PROPÓSITO DE SANEAR EL MUNDO DE LOS PECADOS CAPITALES Y FRANCISCANOS; AGREGANDO LA AMENZA DE LA VENGANZA PARA TODO AQUEL QUE OSE CAER EN CUALQUIER PECADO. DIRÍA QUE EJERCIÓ EL PODER DEL PURITANISMO ABSOLUTO.

  2. Mora Torres dice:

    Jorge: ¿no conoces la palabra ironía, de la cual está llena mi post?

  3. Joise Morillo dice:

    Consideraos en un pueblo abierto a un camino por el cual accedisteis a un paseo vespertino y, donde a medida que vais caminando, se os van presentando ciertas situaciones, a las cuales vais haciendo caso omiso. No obstante, frente a otras, reflexionáis sin interés de cambiar las mismas, sino salvarlas; con el fin de continuar vuestro andar, sin restricción, a no ser solamente por agotamiento y/o por incapacidad de continuar, bien sea por efectos de la naturaleza o por condiciones extremadamente adversas a vuestra capacidad corporal. Al mismo tiempo, no desear que se mejoren las condiciones, tampoco de tener la suficiente capacidad corporal y eliminar las desavenencias, sino, llegar hasta donde las condiciones favorables lo permitan. ¿Cómo definiríais tal actitud? ¿No observáis falta de deseos, aspiraciones y otras situaciones que no tienen nada que ver con la actitud de pasear?

    En tal sentido, hemos elaborado un ejercicio en el momento y el espacio, donde no se presenta ni una característica –por lo menos- de mediación entre el poder y querer. Sin embargo, habéis llegado hasta lo más lejano posible, sin deseos ni esperanzas, solamente os acompaña el espíritu emprendedor de lo cual sois dueño. Llamemos entonces, a esta actitud, “voluntad”.

    Empero, teniendo voluntad, necesitáis de la libertad para poder ejecutar esa actitud que manifiesta vuestro espíritu. Mas, la libertad es la capacidad de ejercer la voluntad sin necesariamente cumplir deseos; ni tener la necesidad de transformas ni alterar las dificultades que os presenta el mundo.

    No obstante, de no existir el otro, nadie tendría que cumplir con normas que nacen de la necesidad cotidiana y de las buenas costumbres, lo cual implica estar preparado para hacerles cumplir, esa es una responsabilidad ciudadana, civilizada, humanitaria.

    El pecado, o crimen, es –mala conducta- no cumplir con las normas que ha creado la sociedad en contra de la ley del más fuerte, de la voluntad de poder del malo.

    Os ama
    Joise



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